por
Itzayana Delgadillo
Hace unos días, mientras observaba a los
niños jugar en el parque, descubrí que me había olvidado de lo que es divertirse
despreocupadamente, ¿tú lo recuerdas?
Cuando era pequeña me encantaba jugar en
la tierra, arrastrarme en el suelo y ni qué decir de los pasteles de lodo; sí, hoy
suena un poco asqueroso, pero cuando era pequeña la verdad es que eso no me
importaba. Aún recuerdo a mi abuela regañarme por usar sus plantas para jugar a
la comidita, a mis hermanos jugando futbol conmigo en la lluvia y a mi madre regañándome porque dejaba
asquerosa la ropa; ésa sí era vida.
Ahora dejo que la etiqueta de “adulto”
me absorba: vivo los días muy de prisa, siempre tengo demasiadas cosas por
hacer y casi siempre estoy cansada; pero lo peor de permitir que lo adulto me
domine, es que las reglas que rigen este tipo de vida marcan la mía y, me temo,
ya no disfruto de algunas cosas como cuando era pequeña.
Sin embargo, después de observar a los
niños divertirse, decidí tomarme un día para volver a disfrutar la vida como enano.
Ventajosamente tengo tres hermanos menores que facilitaron mi aventura y con
ellos jugué a redescubrir el mundo: fuimos piratas que navegaban por el
maravilloso mar azul, astronautas que
viajaban entre estrellas, conductores de carros de carreras, chefs de un famoso
restaurante (sí, hice muchos pasteles de lodo), también fuimos soldados,
futbolistas y buzos. De igual forma, comimos demasiados dulces, disfrutamos de
un frutsi congelado, nos revolcamos en el lodo y tuvimos una guerra de globos
de agua.
Al final del día, tenía la cara y la
ropa llenas de lodo, sólo que esta vez mi mamá ya no estaba regañándome; al
contrario, pude notar cómo su mirada se llenaba de ternura, pues a pesar de mi
edad, ella siempre me ha visto como su bebé. Después de un baño, nos sentamos
en familia a ver “Buscando a Nemo”, mamá nos consintió con un poco de chocolate
caliente y papá me acurrucó entre sus brazos, debo decir que es una maravilla
ser o sentirse niño.
Cuando se es niño, las preocupaciones
son menos, los prejuicios no te afectan –bueno, no tanto– y todo pasa más rápido. Los niños tienen la
habilidad de perdonar los errores, de aprender con facilidad, de curar heridas, de regalar sonrisas y de dar
felicidad; no digo que los adultos no lo hagan, los niños hacen que todo
parezca muy fácil y hay cosas que a los adultos, y a los no tan adultos, se nos
complican un poquito.
Propongo que una vez al año –por lo menos–
nos tomemos un día libre y lo disfrutemos como niños. Lo cierto es que para
disfrutar la vida como niños, no hay necesidad de embarrarnos con lodo (aunque eso
hace que todo sea más divertido, no es necesario), pero para escaparnos de la
vida adulta –aunque sea por unos segundos– lo único que se necesita es caminar
por la línea amarilla de las banquetas, ver y disfrutar de una película
infantil, saborear una golosina o disfrutar de un día de lluvia (me refiero a
salir y caminar –o bailar– bajo la lluvia), no es tan difícil y la satisfacción
que eso te da mejora tu vida de manera
significante.
Sentirse niño de nuevo es mirar las
cosas de diferente manera, es ir más despacio, es observar cuidadosamente las
huellas que vas dejando en la tierra. Sentirse niño es re-descubrir el mundo y
darte cuenta de que las cosas no van tan mal como parece. Sentirse niño es
creer en la magia y dejar que esa magia ilumine tu vida; anímate a vivir la
vida como un niño.
