Mostrando entradas con la etiqueta Amor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Amor. Mostrar todas las entradas

miércoles, 10 de febrero de 2016

El combustible del amor

por Mario Note Valencia


Pongamos las palabras, como frutas, en el banquete
(homenaje a Platón)

Del amor diré pocas palabras. Creo que puedo hablar del amor, como he aprendido a hablar de la muerte: digo algo sin decir nada, porque nunca es suficiente lo que sé, visto, probado, y ninguna verbalización todavía me convence en lo absoluto. Y eso está muy bien. La infancia y la vejez no son benignas para la memoria, enseñó Aristóteles. Soy joven, un fuego, como tú, irresoluto. Temo sin pena que nunca lo sabré, me defiendo con un filósofo cuando asegura que “lo que realmente es grandioso e importante no tiene cabida en las palabras”. No puedo negar su existencia, la Historia tiene una retahíla de rellanos en los que la humanidad se ha recargado para configurar esa otra fuerza que se llama libido (deseo y pulsión, fuerza y vida). Tanto se habla del amor, como de la muerte. Mis dedos, ahora mismo, disparan hacia muchas direcciones; trataré de retenerlos para esta ocasión.

Podemos hablar del amor apenas por sus consecuencias. Un abrazo es una consecuencia de la causa: el amor. Lo mismo un beso, un atajo abierto entre la piel. La causa es el amor. Bien, pero ¿qué es el amor? Podríamos hablar como ese método interesante en que descartamos las cosas que no son de lo que es. Pero si hablamos de consecuencias, suponemos que hay experiencia cognitiva, empírica, esencialmente vital. ¿Qué recuperamos de esas experiencias? Impresiones, apariencias, intelecciones, resonancias.

Sospecho que el amor nunca será arrancado por el humano inteligiblemente de su podio universal, es decir, que sea como el concepto de humanidad que puede ser reconocido en un individuo y aun así no es posible reducirlo a una muestra de afección común, natural. Un tiempo mortal. Lo que siempre es bueno, supongamos, aprehendido en su actualidad (cuando la potencia se vuelve acto creador) poco importa qué nombre tenga o cuánto se demore en desaparecer (de aquí son los amadores que desean evaporarse en el instante –y si encuentran cómo hacerlo para siempre, díganme).

Lo que expongo es, en definitiva, la imposibilidad de hablar del amor alrededor de sí o desde adentro. Yo me acuerdo y olvido del mundo cuando estoy entre tu piel. Irrumpimos en el mundo con la ciudad de los abrazos. Uso un abrigo en tiempos de frío para acordarme de ti. La única que lo sabe todo es la libélula que se inmola en el fuego de una vela. Somos palomillas que siguen ciegas la luz de las lámparas. Y eso está muy bien. Como si quisiéramos renunciar al pasado y a las expectativas, ése es el amor auténtico. Nadie que sepa y haya estado dentro ha sabido describirlo; no han bastado los cien mejores libros de poesía y filosofía para entenderlo un poco y para siempre. Es una paradoja, como el infinito. Accedemos, escribe Octavio Paz, a esa porción de infinito que nos pertenece. Quizá por eso, en el delirio, decimos “eres mi diosa, sin tiempo, eterna…”. Propongo una religión del Amor.

Invitación al deseo,
combustible del amor

Hay un amor para cada loco en este pequeño planeta. Hay cada tipo locura para los que ya están enamorados. Fall in love, que no es lo mismo caerse de amor o derrocharlo. Fit as a fiddle, nos recuerda Cabrera Infante, and ready for love, ready for love. ¡Listos para la fiesta! Desde las llaves del sax te escribo I groove, and sing, and swing, you, you, youuu (grave, gravísimo, denso y ligero, como el amor).

De nada sirve saber que el piano cuenta con 88 teclas, o que el tablero de ajedrez tiene un ocho por ocho de cuadros, si no se entra al juego, si ni siquiera se toca por error. Tendremos que morir como el gato: por curiosidad. Lo mismo pasa con el conocimiento: es poco útil memorizar el plano de la ciudad si nunca se camina por sus calles, si nunca levantamos ese mapa a la medida de nuestra experiencia, acorde al asombro y la mirada que despega en infinitas posibilidades de conocerla.

Así con el amor y sus manifestaciones. Aunque existan exquisitos códigos de amor, maneras de reconocer y nombrar los tipos de abrazos y de besos, o la ciencia del cerebro alegue que todo se trata de un efecto psicológico y eléctrico a nivel neuronal, la realidad de la experiencia amorosa es irresoluta y nunca gasta los versos de la poesía. Bien se dice que es necesario acoplar saber con sabor.

La estela de un cometa, eso es el deseo. Imposible de diagnosticar, imposible de cuantificarlo sin otros aparatos más que el pulso del corazón y la conciencia. Y en todo lo que dura, no se parpadea, porque dura menos que un segundo: terrible indulgencia de los enamorados que no descansan y pasan sus noches en vela, con los ojos abiertos, con el miedo de que el jugoso dolor (que no es dolor común) desaparezca con el agua de los sueños en una noche. Y lo que dura, cuando madura y estalla, partiéndose en fríos pedazos de tierra estelar, se alcanza a “pedir un deseo”. Es una estrella fugaz, pero no es un sol. Podemos recoger, como el amor, los restos de ese magnetismo una vez que han caído en el patio y la lluvia las filtra… Con un imán las llamamos entre el otro polvo antes de que se vayan por las rendijas de la cloaca.

El deseo no se manda, sólo se desboca. No hay más. El deseo es pretensión de amor para consumirse, de ahí la búsqueda errática. Transfigura las cosas, nos engaña, pero nos hace viajar por terrenos incógnitos. Nos hace cruzar las sombras como a través de puertas infinitas. Hacer caso al deseo es entregarse a los periplos del aire, aceptar los desvaríos, cultivar un amor también igual de fugaz que el agua y el aire, antes de que se vuelvan tierra y fuego. Pero cuando aparece y se corresponde, lo único que queda no es menos pasional que ir tras su origen: se trata de ganar todos los días el jardín que nos pertenece, pero sin seguridad del para siempre. No por tenerla una vez a esa persona se tiene para siempre. Es agua, explica Ruy Sánchez, que si se aprieta en la palma escapa mucho más rápido que en su huida natural. Una hora, un día, una semana, incluso un mes o diez, noventa años, eso dura el deseo. Nadie sabe. Spinetta cantó a propósito: “Necesito verte ahora, porque no decido entre el mar y la arena”.

Si el deseo escapa, no perdura un amor por la vida misma, de vivir por vivir, consumiéndose en el mundo. El deseo permite el amor en su más entera esencia: búsqueda y reencuentro, obra y expectativa. No son contrarios ni extremos, sólo unidad, numéricamente infinitos como la geometría. Estar conscientes del deseo, asegura fiebres y ansiedades, a veces quita vidas, en otras desata guerras y, con suerte, construye palacios. La mejor de las veces hace de un ser humano una potencia, hacedor de cosas, inteligencia y creatividad. Al enamorado le sucede una coraza. Goethe alguna vez dedujo que “da más fuerza saberse amado que saberse fuerte: la certeza del amor, cuando existe, nos hace invulnerables”.


martes, 22 de diciembre de 2015

El amor es un mal negocio

por Mario Note Valencia


Tengo 24 años y puedo decir que alguna vez me he enamorado. No es la gran cosa, pero la noticia, si se reflexiona, invita a pensar en la necesidad que tenemos los humanos, algunas veces, de creer en eso que llamamos continuidad de la especie. Continuidad, ya se sabe, ilusoria, pues engendrar no es perpetuarnos, pero cuando hacemos el amor lo demás ya está dicho: fingir que nos prolongamos, mujer, como para mirarte luminosa entre las vetas oscuras de la habitación que nos refugia. Sin embargo, cuando no estamos en la cópula instantánea, lo demás es una suerte de errancia distendida en la búsqueda por el encuentro, la concordancia, la confluencia de explicaciones quijotescas sobre las que ponemos voluntad al universo y sus conspiraciones.

En tu espalda encontré, alineada, una constelación hecha de lunares, supe entonces que estaba destinado a dar fuego, por aquello de que sagitario es pura sombra de aire y cenizas. No sé qué animal soy en el horóscopo chino, pero supongo que debería ser una especie de sincretismo entre hombre y animal, como los sátiros de la antigua Grecia. En la cosmogonía nahua busqué mi dirección y di con que soy ollín, es decir, movimiento. Ni esto ni lo otro ayudan tanto si en el amor auténtico por los viajes se olvidan manuales y conjeturas.

De un viaje a otro, creo que ya lo he dicho en otras conversaciones, me dedico a reconocer los síntomas de las ciudades que visito. Hay señales que la ciudad nos coloca en el camino y basta con tener suficiente amor y delirio para advertirlas, dormir y amanecer con ellas. A veces puedo sostener una ciudad en los últimos momentos, o una estancia de tres semanas me descubre como el habitante de un amor inconmensurable y vagabundo. Sólo este amor por las ciudades disemina los límites especificados en el Kama Sutra, en la que una mujer vaca no podría vivir satisfecha con un hombre galgo, corredor.   

Somos insuficientes para las ciudades, como para aquella que Italo Calvino describió y que atosigaba a los viajeros atolondrados, volviéndolos esclavos de su belleza. Sospecho que uno de los dolores de los enamorados consiste en reconocer que no somos los primeros en explorar ni que los demás están libres de indulgencias del pasado; pero ante ello surge una vaina reveladora: puedes volver a fundar, renombrar las calles, hacerlas tuyas, ganarlas y perderlas. Una vez, mientras paseaba con la noche sobre mis hombros, la Ciudad me dijo al oído: “No intentes sujetar las calles”. Entonces la perdí, naturalmente.

Creo que el amor consiste en la correspondencia, una suerte de serendipia más que una insistencia por querer y que te quieran. De esa manera el amor no sólo es filial a las personas, sino a los objetos mismos (sin contar el fetiche) y a las escenas inauditas de la vida cotidiana. Me puedo enamorar de un evento del cual fui testigo o partícipe, así como de un hábito, como viajar, que renueve mi estadía en el mundo. Me puedo enamorar de tu manera como desayunas todos los días, o de tu asombro sobre cosas a las que nadie más, en mi camino, he visto nombrar a tu manera.

Cotejo, ahora, algunas visiones cotidianas sobre el amor con las que no estoy de acuerdo:

a) Del odio al amor hay un paso. Supongo que quienes la dicen no odian de verdad o nunca se han enamorado en serio, porque si no: ¡cuántos amores he dejado ir! (Risas). Hay quienes perdonan pero no olvidan; a lo mejor, como contaba un comediante, me pasa al revés: odio a ciertas personas, pero no me acuerdo por qué.

b) Déjalo ir. Si regresa es tuyo; si no, nunca lo fue. Qué ocio de andar indagando en donde no hay nada que hacer. Si se fue, se fue. No hay ciencia. Si regresa, le gustó cómo cocinas.

c) El primer amor es siempre el verdadero. Qué visión tan reducida: la madre naturaleza nos perdone por encontrar después amores falsos. En dado caso, esto sólo se lo creo a Dante Alighieri.

ch) La “ch” no es una letra, no te hagas ilusiones.

d) El amor duele. No, definitivamente no, porque entonces no es amor ni mucho menos. Lo que duele es creerse un mártir y darse cuenta de que esa actitud, por lo demás fastidiosa, al final no sirve de nada.

e) Las peleas entre parejas son normales, son parte de la madurez de la relación. ¿Entonces el amor, como con Cristo, evoluciona a base de sufrimiento? (A la Madre Teresa le gusta esto).

 f) Si te ama de verdad, va a aceptarte con todo y tus defectos. Bueno, entonces busca una persona lo suficientemente estúpida. (Véase: Supuestos defectos de la personalidad).

g) Recordar experiencias pasadas. Además de ser un mal gusto, denota la insania psicológica de quien tiende a suponer que como le fue le irá. Qué egocentrismo. Nietzsche habló al respecto: de un amor a otro sólo sobreviven unas pequeñas ramitas, nada más.

h) Fidelidad. Sobre esto podría surgir un texto independiente, sólo adelantaré (si llego a escribirlo) que la fidelidad está asociada con el enorme deseo que tenemos por una persona. Por ejemplo, si me encantas, no me gustaría perder el tiempo buscando a alguien más. Esto, a menos que sea Florentino Ariza, de El amor en los tiempos del cólera, en la que para sobrevivir más de 50 años de espera, tuvo que verse en el ir y venir de amores carnales y fugitivos.

La espera y la paciencia son ahora, entre tanta rapidez abominable, aptitudes valiosísimas. Sólo un enamorado sabe esperar hasta que el deseo desaparece. Cuando se va el deseo, no hay nada que hacer. Ocurre por dos motivos: por simple fugacidad o por no haber cuidado la renovación del deseo. El deseo, alimento del amor auténtico, puede durar una hora, un día, una semana, un mes, diez años… No se le puede obligar al Otro a que nos desee, o que permita que su amor se transfigure sin nosotros. No hay normas ni leyes, es un juego; el amor es un accidente.

Por otro lado, es también válido confesar “estoy enamorado(a)”. Sólo quien esté enamorado que arroje la primera señal, de una serie de hábitos increíbles: comer a gusto, sonreír a fondo, cuidarse mucho o ver con estoicismo las inclemencias del trabajo y de los días. Traigo, a propósito de escopeta, una visión que hace sufrir a los más susceptibles:

i) No es posible que puedas cambiar el amor que sentías por mí de la noche a la mañana. Tengo una noticia: así como aparece el deseo, se va (si es que se va). No intentes sujetar las calles, me lo ha dicho una ciudad.

Disfruta el momento: así la búsqueda, el riesgo y la espera. Hay que estar a la altura de las circunstancias. Necesitamos más locos enamorados que pueblen las calles de la ciudad. Incluso, sólo plantaría un árbol (o dos) porque sé que los enamorados buscan la oscuridad y la sombra. A los enamorados les pertenece el mundo, el derecho de procrear y vivir la ilusión de la continuidad. No hay que interrumpirlos, dejemos que se vayan y se escondan, se chupen y se muerdan o, como Sabines, “se maten el uno al otro”.

Hay cada tipo de amor y de loco. Me casé con la literatura hace muy poco tiempo; es un amor que comparto y se lleva bien con mi amor por las ciudades y los cuerpos. Todos los días me exige ser un buen lector, como un buen viajero. La llevo en mi mochila de viaje, me acompaña y la siento en mis sueños. Ella me abrazó y me dejó llorar tendido, al contarle del dolor que sentí por aquello que la Ciudad me musitó al oído, paseando con la noche sobre mis hombros, tu recuerdo en mi cabeza. Por ese motivo guardo en el amor, como en los negocios, la enseñanza que aprendí de Groucho Marx cuando fue increpado por cobrar un servicio: “Señor, yo no trabajo por amor al arte; una vez me enamoré y fue un mal negocio”. (Risas).