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sábado, 25 de febrero de 2017

De música y metralletas

por 
Mario Note Valencia


Los antiguos griegos sugerían no decir nada para no caer en el error. Otros apuntaron que es más sabio el que no responde o el que sabe guardar silencio. En todas partes sabemos que frente momentos dolosos de terceros es mejor no decir, como los griegos, nada. Y tanto se ha advertido como para que dicha sabiduría popular no llegue a oídos de los funcionarios públicos: el pasado viernes 17 de febrero, sin aviso previo ni propaganda, una banda sinfónica de la Secretaría de Defensa Nacional (SEDENA) orquestó música en vivo en un centro comercial (al norte de la ciudad) y después en el Jardín Principal de Colima.

¿Cómo nos enteramos? Fue una sorpresa. En redes sociales se transmitió en vivo la hazaña musical de los militares. Miles de “likes” y “corazones rendidos” llovieron de todas partes de Colima. Unos llegaron a lamentar no estar ahí presentes; otros pocos, sin embargo, opinaron distinto. Ya advierto que con lo que diré a continuación iré en contra de la opinión de miles de personas (en contra de mi propia gente) a las que se les hizo agua la boca cuando vieron y escucharon esta semblanza (extraña) de militares tocando instrumentos.

Lo del viernes 17 de febrero ha sido, culturalmente hablando, un error. Un error que peca de inocencia e ignorancia. Un error garrafal y, sobre todo, de mal, muy mal gusto. Todo empieza a tener este sentido si ponemos en contexto la actuación de los militares: Colima tiene dos de los municipios más violentos del país (Tecomán y Manzanillo) y no hace más de un mes que, al menos en Tecomán, han llovido retenes de la SEDENA en todos los puntos de entrada y salida del municipio. Incluso con esta vigilancia la violencia no ha cesado y, para colmo, el mismo día de la llegada de estos refuerzos militares hubo secuestros a escasos kilómetros de sus puestos de control.

El error no es para nada de la SEDENA ni de los infantes que cumplen la labor que se les manda. Y digo que no es de la SEDENA porque ésta responde a los mandatos del Gobierno Federal, el mando superior que decide sobre toda la fuerza armada en México. Creo que fue en el año 2009, o antes, cuando el presidente de entonces, Felipe Calderón, sacó a los militares de sus cuarteles para patrullar las calles. La culpa de tantas violaciones a los Derechos Humanos en manos de los militares ha sido responsabilidad del Presidente de la República: en ningún momento se dijo que los militares se habían formado para detener ladrones callejeros o calmar manifestaciones, ellos, claro está, se formaron para defender a la nación en caso de una intervención extranjera, no para hacer lo que a otra fuerza judicial le corresponde.

Recuerdo que una de las campañas políticas de Andrés Manuel López Obrador era empezar a vaciar las calles de la vigilancia militar, propuesta que favorecía tanto a los ciudadanos como a los mismos militares que pierden la vida por una lucha que no les pertenece, o por las barridas y tropezones de la corrupción que los mismos políticos cometen. Eso propuso López Obrador para tener otra facción popular más de apoyo y ganar las elecciones presidenciales del año 2012; sin embargo, hubo un secreto a voces muy poderoso que, aunque fuera el hilo negro, me imagino que ayudó a Enrique Peña Nieto a ganar la presidencia.

Enrique Peña Nieto representaba el retorno del PRI y con él, dijeron muchos en secreto, vendría la calma, el reposo de las armas. Y ese bajar las armas significaba que ser policía o militar ya no sería un trabajo de riesgo. Pero vamos a ser claros: con el PRI en el poder, la corrupción iba a fluir sin sangre derramada, es decir que el narcotráfico no se vería detenida por la vigilancia militar y, en consecuencia, poco a poco (eso se supuso) la SEDENA se retiraría de las calles, aunque las operaciones militares en la sierra, claro está, serían una simulación pre-programada para la propaganda social y política: “decomisaron droga, quemaron plantíos”, pero detrás de cámaras tanto productores como capos entenderían que era parte del trato (teatro), como se hizo, especulo, antes de que Felipe Calderón alborotara el panal.

Desde el 2012 al presente (2017) el escenario no es ni un poco de lo que se esperaba. Es mucho peor. Les explotó la palomita en la mano a capos y políticos corruptos. En consecuencia, el negro plan maestro priista se ha ido al caño y todos los ciudadanos (civiles y uniformados) la estamos pagando caro. La justicia es, era, fue… Inocentes y culpables, la violencia también es ciega. Y no veo para cuándo se vaya a acabar.

Entonces, volviendo al tema, cuando vi la participación de la banda sinfónica de la SEDENA, hace una semana en Colima, no pude más que pensar: qué clase de perversión es ésta. Supongo que Secretaría de Cultura, coludida con el Gobierno Federal, quiso dar una “buena impresión” de la intervención militar en el Estado de Colima. Pero incluso esta acción desprovista de malas intenciones es contradictoria: ¿qué hacen los militares tocando instrumentos cuando les hacen falta refuerzos para detener la violencia en Tecomán y Manzanillo? Bueno, en sentido estricto eso es lo que se lee entre líneas, y hace falta ser pendejo para no darse cuenta.

Repito: estoy seguro que en dicha programación cultural no tuvieron que ver los militares y que el responsable de los músicos sólo respondió a los oficios del Gobierno Federal (como demanda la Constitución). Sé que dentro de la formación militar en México no todo es “apunta y dispara”, pues incluso existe una escuela militar gratuita que ofrece licenciaturas e ingenierías. El problema radica en que plantaron su concierto artístico y popular en un momento inadecuado, y no porque no sepan tocar (sí saben) o porque no nos gusten los conciertos, sino porque concuerda con el evidente fracaso del Gobierno por tratar de detener la violencia.

Buena imagen la de Octavio Paz con respecto a la poesía: el arco del guerrero y la lira del que canta. Terrible conjunción cultural: el uniformado… con trombón y metralleta.

*  *  *

Fotografía de Juan Carlos Cruz. Soldado mexicano cargando los cascos de sus compañeros caídos en la emboscada de Sinaloa (2016). Yo me pregunto, como en muchos otros casos: ¿era realmente necesario todo esto? 

sábado, 7 de enero de 2017

La muerte vino a comer una tarde

por Mario Note Valencia


Hace poco más de un año doña María viajaba por los alrededores de Veracruz en compañía de su esposo, ahora jubilado. Después de criar a sus hijos, verlos crecer, madurar, casarse y hacer su vida en otra parte, vio bien en dar un respiro una vez al año en ese tipo de viajes que organizan las agencias turísticas de provincia. Excursiones que siempre reparan en la Ciudad de México y de ahí hacia otros estados de la República. Aunque ella conocía a detalle la gran Basílica de Guadalupe, todas y cada una de las iglesias de Cholula, todas las rocas de La Quebrada, en Acapulco, (puntos comunes de estos viajes turísticos), en esa ocasión, recuerda, visitarían Veracruz después de conocer la frontera de Guatemala.

Hace más de un año, en octubre de 2015. Eso me platicaba doña María después de que ambos terminamos de comer en el patio de su casa bajo la sombra fresca de un almendro. Con la yema de sus dedos acarició lentamente el borde de su plato redondo de cristal. Cuando llegó al punto donde reposaba su cuchara de aluminio, se detuvo y guardó silencio, con la mirada de quien piensa más a fondo o de quien se pregunta cuán extraña es la vida. Absorta durante unos segundos, segundos que usé para ir del tallo del árbol a las bonitas marcas que los años han puesto en su frente, me hizo sentir transparente y fuera de su tiempo. Por experiencia comprendí que deseaba monologar un rato.

Entonces recuerda que había sido en un restaurante de Xapala, sí, en uno de esos que se llenan de turistas ansiosos por comer y despistados en que la calidad de la comida corresponda con el precio. Todos los comensales provenían de Tecomán. En la televisión del establecimiento transmitían reportes especiales sobre el paso del huracán Patricia por las costas de Colima. La suerte había querido que todos ellos, incluyendo a doña María y su esposo, estuvieran lejos de casa para cuando el fenómeno tocara tierra. Algunos cuantos preferían ignorar las noticias, pues de algún modo la ansiedad se apoderaba de ellos cuando anunciaban en varias ocasiones que, acaso, sería el ciclón más poderoso registrado en la historia del Océano Pacífico.

–Y ya sabes –me decía– nunca falta el que grita: “¡No te acabes, Tecomán!”. No pasó nada, tú estabas aquí cuando pasó. Fue más el argüende. Y fíjate –siguió–, ahora se está acabando de verdad, pero por tanta matazón que hay en las calles.

Cuando lo dijo no pude estar más de acuerdo. Tecomán es actualmente el municipio más violento del país. Meses antes, cuando apenas comenzaba a recrudecerse la cifra de asesinatos, me imaginaba cómo sería vivir según lo contado sobre Ciudad Juárez, por ejemplo, o Tamaulipas. Ahora no sé si es así como lo imaginé. La cierto es que nos estamos acostumbrando a los muertos.

Aunque evites leer los periódicos o ver el noticiario en la televisión, en todas partes donde se reúne la gente siempre hay una voz que anuncia a quién han matado el día de hoy o a quién andan buscando todavía. Es imposible evitarlo si el deceso ocurre en tu calle, en los alrededores de tu manzana o si se trata, tristemente, de alguien que conocías. Vidas arrancadas. Nadie distingue si el ruido sonoro en el aire proviene de simples explosiones de cohetones o detonaciones de armas largas.

Mucha muerte involucrada con el crimen organizado no se cuenta ni se suma a las estadísticas. Parece que todos la merecían al estilo de quien la hace la paga o porque, como dicen, ya debía otras vidas. En esas reflexiones estaba doña María cuando llamaron a la puerta de su casa. Se trataba de otra señora mayor, vecina suya (quien, a propósito, ha perdido dos nietos de mi edad en un mismo mes). Sólo fue a preguntarle si asistiría más tarde al velorio en la casa de otra vecina que tienen en común:

–Acaba de llegar de la SEMEFO. Una de sus hijas vino a avisarme. Que reconoció el cuerpo de su hijo por un tatuaje de su espalda. Que le dejaron la cara desfigurada y que también…

Vidas arrancadas. Doña María la interrumpe y le contesta que más tarde le avisa. Luego regresa a la mesa y me dice que ya está cansada. Noto su pesar en los ojos. Un muro de desánimo. ¿Cansada de qué? –le pregunto. Cansada de esto: no termina un novenario cuando ya hubo otro desgraciado que perdió la vida. Tan es así que si en una misma calle coinciden dos velorios, los familiares en luto se ponen de acuerdo para no chocar en horarios y permitir que los vecinos asistan a todos los novenarios posibles.

–Es que hay que apoyar, hay que estar presente –me contesta–, como luego una espera que respondan cuando, Dios no lo quiera, pase algo y tengan que venir a mi casa para velar a alguien.

Su visión me hace guardar silencio. La vida cotidiana en Tecomán sigue su curso, a pesar de todo. Disfruto con doña María una tarde agradable de sobremesa y a la vez extraña por los temas que ha tocado. Quienes aquí vivimos ya nos hicimos a la idea. Rezar ya no sirve, Dios no responde. No opera el no buscar donde no debes. Igual muere gente inocente. La sangre es regada en cualquier parte y a cualquier hora del día. Pero a vista de turista: “aquí no pasa nada”. Aunque la gente no tenga miedo, se comporta como el recluso al que le permiten salir al patio de recreo pero vuelve a su jaula cuando cierra la noche.

Te vuelvo a oír, Jiménez, cantar que la vida no vale nada. Los muertos aparecen en los campos donde juegan los niños. Aunque no todos están de luto, la Navidad pasada ha sido de las más apagadas que he visto. No hay mucho qué festejar, al menos en los barrios donde me muevo y vivo. ¿Hasta cuándo viviré? ¿Me tocará ser una de esas… vidas arrancadas? ¿De qué hablarán mis sobrinos cuando sean mayores y recuerden con nostalgia las navidades del pasado?

Me hundo en las reflexiones. Miro a doña María sonreír al decirme “¿qué le vamos a hacer?”. Y suspira. Yo le respondo con una sonrisa. Me gusta cuando sonríe. Recorro con la yema de mis dedos su cabello lacio y corto. En esa proximidad le pregunto:

–¿Te sirvo más agua, mamá?

* * *


Nota: Sólo he querido dejar una chispa, una visión general, de cómo la difícil situación de mi municipio ha invadido las esferas de comunicación humana más íntimas. Me hubiera gustado nunca haberlo escrito por razones obvias. A cualquiera que tenga un poco de amor por la vida le hubiera gustado vivir en un lugar libre de violencia o que, al menos, no hubiéramos llegado a este punto. Cada muerto al que he hecho alusión no es producto de la ficción; lo triste es que son reales y ocurridas en las circunstancias que he contado. La realidad es ésta. Ojalá pronto pase y mi texto pierda vigencia.