lunes, 2 de febrero de 2015

Fiel detractor de Dios en la tierra



por Mario Note Valencia


“He intentado creer en Dios, pero siempre fracaso”
–Jorge Luis Borges

Quizá porque colaboré con un amigo en la fundamentación histórica de por qué los ídolos religiosos son utilizados por el gobierno (a través del clero católico) para neutralizar los problemas reales del país, se me llamó blasfemo y la venganza fue que nadie me avisara de la suspensión de labores en la escuela donde trabajo. Me presenté puntual pero nadie abrió la puerta, tampoco vi a ninguno de mis alumnos que siempre llegan temprano, mucho antes de las siete de la mañana. Convencido de la situación y a punto de retirarme, el alboroto de fuegos artificiales en el cielo, lanzados desde calles aledañas, detiene mi paso y me recuerdan que mi pueblo festeja a una Virgen que la tienen por bien venerada. Con el rumor a pólvora, mi memoria anticipa sus reservas para explicarme el descontento y al mismo tiempo simpática ironía: han pasado algunos años desde que dejé de seguir a un dios y de amistar con esas procesiones religiosas de mi pueblo.
No recuerdo qué oscuros motivos (porque sin duda debían ser execrables) me arrastraron para asistir constante a la misa católica de seis de la mañana solo, muy de temprano y frío, en un periodo de mi adolescencia en el que ya tenía sospechas de la existencia de un dios todopoderoso y omnipresente (qué indecencia de Dios, dice Borges, eso de estar en todas partes). Ignoro los motivos: no recuerdo a ningún familiar convaleciente, moribundo, hospitalizado, ni mucho menos una petición de arreglo sobre mi vida apenas novicia, o se trataba de una simple y graciosa rendición de cuentas: obligar a Dios para que pusiera su mano ausente sobre un detalle alrededor del mundo. Qué infamia de ese muchacho, ahora me digo, cuando podemos deducir que si existe un paraíso perdido, la Tierra es la boca del infierno y sus militantes católicos son las escorias sociales con mendigos decorando las calles.
            Tiempo antes de mi adolescencia viví atemorizado por la idea del infierno, por saber que cargaba con el pecado original y viviría, de por vida, condenado involuntariamente por la genealogía familiar: padres abandonados, abuelos que se casaban a los trece sin ningún supuesto sacramento, bisabuelos pistoleros que asesinaron en nombre de la Iglesia y tatarabuelos que abrieron fuego sobre cabezas y espaldas de otros durante la Revolución Mexicana. De esta manera, según la fútil fusta del catolicismo, estaba condenado a reventar mi cuerpo en los lagos ígneos del Averno; un simple niño, sobre todo, no puede con ese peso.
Supongo que si estamos preparados para vivir la eternidad en el cielo, también estamos listos para vivir el tedio del infierno. ¿Acaso no las almas que vio Dante condenadas en el infierno vivían milenios, adeptas al sufrimiento, pero aburridos de no conversar con nadie diferente a ellos? El cielo sería la misma cosa, sugiero, asediada de meloso romanticismo y nostalgia por la vida, y sólo el dolor (ajeno al paraíso) sería el único síntoma humano porque es, mientras vivimos, perceptible a esta maquinaria que es el cuerpo; además, si nos vamos condenados, sería un gusto compartido ver de nuevo a todos los héroes de la mitología y a todos los poetas imprescindibles, desde Homero y seguidores de Aristóteles, que fueron excomulgados.
            Por otro lado, y para comodidad de todos, no debimos haber abandonado la cosmología de la maravillosa Grecia Clásica, persuadidos de que sólo hay un lugar, sin moral ni discriminación, a donde pararemos todos tras la muerte, en los oscuros antros del río Aqueronte y conducidos hasta el lugar navegando en la barca de un viejo barbudo que no espanta a nadie (pues la imagen de la parca, como la suponemos, apareció a parir del imaginario medioevo). Ahí, en esos lugares de muertos, como lo hizo Aquiles y Eneas, antígonas de Troya, volveríamos a ver a nuestros familiares sin ningún olvido de nuestra vida pasada. 

 

 La pintura favorita de Adolf Hitler, cosa curiosa, era aquella que mostraba la entrada rocosa al mundo griego de los difuntos (La isla de los muertos según Arnold Böcklin). No era el único obsesionado por ver la muerte, ensoñar con ella, contar con el cuadro original en su recibidor, pues Ludwig Wittgenstein decidió por voluntad propia (y sin ninguna necesidad económica) surcar en las filas de la Primera Guerra Mundial “para ver la muerte de frente, hablar con ella cara a cara”. Por supuesto, en ninguno de los dos casos existió un divertimento al respecto, sino motivos y licencias que concede el arte y se escapan a los confines de la humana pasión individual.
            Sólo una vez, en sueños, vi el rostro de una mujer bellísima que di al instante valor celestial: el cielo existe y ella vino a deslumbrarme, me dije al despertar en sudores. Después de eso, y desde no hace mucho, sólo toca a mi puerta, en mis noches de ocio, un Belcebú envejecido. Después de ajustar cuentas en la sala, de hablar del sexo y de la muerte, convenimos casi siempre en ir a una taberna de la ciudad donde tocan jazz y venden exquisita cerveza de barril. Aun cuando estamos delirantes por el amor etílico, Belcebú no suelta palabras en vano: no me confiesa, por ejemplo, si existe o no un infierno como nos lo han pintado.
            A él, precisamente, le he contado varias veces, mientras ríe enervado y da tumbos de cabeza sobre su tarro, cómo llegué a dejar de sufrir el pecado de ese catolicismo viciado que me regalaron de nacimiento. Mi desprendimiento fue en la adolescencia, Belcebú, entiende, no te rías. Bueno, ríe si quieres, venga, me gusta que rías. Ah, no cabe duda que la adolescencia es un fuego clave que incendia en dudas, que sospecha y se entrega a la rebeldía, y si es por suerte dirigida a excelentes decisiones, despega en grandes consecuencias, felicidades instantáneas donde los valores del mundo tiemblan y desenmascaran una verdad más fascinante. La adolescencia puede definir, sin atar, la disposición futura con el mundo. ¿Qué vas a ser con este fuego, sobrino? ¿Devorarlo y consumirte?
Me cuento entre los jóvenes que se conciben ya insatisfechos, exigentes con lo cotidiano, tendidos muchas veces al tedio que aparece de imprevisto en las horas del día, y por eso nos convertimos en buscadores hambrientos, dionisiacos, del instante: ese espacio del infinito que cabe en el amor de una mano que nos acaricia el rostro y luego baja sin reparo por el camino a la perdición trastocada. Me cuento, sin pertenecer a ninguna grey ni asociación acreditada, entre los que se desviven por vivir en ese instante pleno, de los que mueren porque no mueren, habitados de hedonismo activo, sin descanso, hedonismo sin ataduras o más bien estimulado para sobrevivir al yugo del pujante pasado y el presente móvil, río abajo. Allá va el rostro sobre la nueva página leída, la nueva melodía de la música, invisible pero encontrada, sabida pero intraducible, ornato del jazz siempre distinta cada vez que se ejecuta; mirada puesta sobre las pinturas del corredor y el cuerpo que se pinta de deseo, el paladar dispuesto a los sabores y saberes, los sentidos alargados de la nariz y de la lengua, el lenguaje de la piel y las vocales, del tacto en los dedos (y en la punta llevan fuego), entregados todos a encriptar deseos fugaces alrededor de quienes deseamos, igual mortales, para que vengan y nos visiten. Apenas nos dan una mano, buscamos el cuerpo entero de los espíritus y de las cosas. Tu corazón es un espacio que cabe en el universo, según el camino sufí.
            También me cuento entre quienes ven la negación de Dios, por medio de la palabra, como un acto erótico. Georges Bataille, filósofo de esta armonía sobre el erotismo vital, guió sus bases con la idea de que un acto erótico proviene de la pulsión auténtica y nueva que llevemos a cabo, a través del cuerpo, en algún momento de nuestra vida cotidiana (no sólo la parte sexuada, sino actos descomunales como aventarse de un paracaídas), y  que por eso mismo nos renueva el espíritu. Cuentan que él mismo, Bataille, fue un religioso empedernido y llevó a cabo uno de sus más grandes actos eróticos: ir a una iglesia y gritarle groserías a Dios, al propio dios que había respetado. Aunque en ese tiempo no era extraño que alguien lo hiciera, para Bataille significó un desafío. Sólo nos podemos imaginar el placer que sintió al hacerlo si recordamos los placeres que hemos experimentado al desdibujar las líneas, vivir al filo de la incertidumbre.
            Woody Allen, que nació en hogar del judaísmo, llevó el mismo erotismo de Bataille al arte cinematográfico, de manera que contadas veces retoma lo risibles que pueden llegar a ser las reglas judías cuando el simple ser humano se encara con las pasiones humanas. En una ocasión sus productores le preguntaron por qué la necesidad de blasfemar en sus películas: “Bueno –contesta–, Dios sabe que soy su fiel detractor en la tierra”.
            No hay cabida, es cierto, para dedicarse a ser un ateo aguerrido, un ateo oficial y acreditado, porque no podemos perder el tiempo en esos vanos esfuerzos cotidianos (muchas veces los ateos son tan fanáticos de sí mismos que se vuelven amistades indeseables para cualquiera). Woody Allen, por supuesto, ni muchos otros, se dedican a seguir el itinerario del ateísmo, porque es un asunto superado. Decía el mismo Friedrich Nietzsche que no deseaba simpatizar con simples y débiles ateos, ni con anarquistas, porque, en efecto, “el anarquismo y el cristianismo no sólo son palabras parecidas: las dos desprecian la vida”. Desde ese punto, es desdeñable ir por la vida negándola, ser pesimistas, queriéndose morir a cada rato con estupefacientes en la mano, síntomas de la decadencia, “por no resistir los latigazos que da la vida”. El filósofo alemán, como todo dionisiaco, ni siquiera tocó el nihilismo, sino que hablaba de la redención del espíritu a través de una conciencia que apreciara la vida y reconociera que, para lograrlo, debía notar los vicios del cristianismo: humillación ante Dios, ejercicio de la compasión, de la culpa y la moral, en fin, de todo lo humano, demasiado humano.
Sentirnos dioses, después de que dios ha muerto y que nosotros, seres de la modernidad, lo hemos matado, responde a la voluntad de poder ser igual que ellos (evitar la decadencia) y sólo así estaríamos acercándonos al proyecto vital de Nietzsche. ¿Por qué Nietzsche dedicó su vida para que el futuro se librara de la moral cristiana? La razón la encontramos en un dato biográfico terrible: su padre, aferrado a la religión, esperó la muerte asistida por un dios desconocido (y no por médicos reales). Nietzsche esclareció el hecho de que su padre dijera no a la vida, muriera, por el fanatismo religioso, por ese tan crecido lema de “será lo que Dios demande”. Tal crueldad atestiguada, se esparcieron emociones contrarias en el infante Friedrich, por lo que se internó en el conocimiento más completo de teología hasta su tiempo; según documentaciones, Nietzsche fue el joven estudiante más avanzado en las clases de religión, sin sospechar que ésa sería después su principal herramienta para desmenuzar el cristianismo desde la raíz hasta sus últimas consecuencias.
El filósofo alemán realizó una gran reflexión sobre cómo la cristiandad ha cosechado hombres débiles y esclavos, sobre cómo arrebata vidas en la tierra asegurándoles pases de cortesía en el cielo. Hecha pública su revelación, lo llevaría a perder los pocos amigos con los que contaba y directo un progresivo delirium tremens motivado por la soledad e incomprensión de sus coetáneos, sus propios viejos amigos, de los que tuvo que alejarse para vivir y concretar su filosofía. Como bien escribió un escritor mexicano: “Nietzsche primero tuvo que ser un gran ángel para llegar a ser un gran demonio”. Friedrich Nietzsche amó al ser humano y regresó de las montañas como Zaratustra, pero al verse rechazado comprendió que, primero, llegó demasiado pronto y, segundo, acaso podía amar a los hombres del futuro si desgajaba por completo la inútil coraza cristiana (matriz de lo católico).
El amor sincero al otro no se mide en cuerpos divinos  (lo expresaba así Cabrera Infante para soltar los cuerpos desnudos de tensiones innecesarias), pero hay instantes, es cierto, en los que creemos ascender a lagos septentrionales, beber de esa agua infinita, absorber la eternidad escondida en los cuerpos e invocándola, tras rituales, para que venga, se venga, a nosotros, buscadores del instante. Lo divino es para los dioses, pero hurtamos el fuego como el osado Prometeo para regalarlo a los mortales. El fuego no sólo puso la luminosidad en las penumbras, también entregó el conocimiento y las artes, el amor febril y la soledad habitada del eremita.
            Recibo todo en el mismo segundo en que truena una luz en el cielo, se desfragmenta en centellas de colores y, con la pólvora a mis pies, me recuerdan que definitivamente no habrá labores escolares por motivo, entre otras cosas, del festejo religioso. Cuando me digo, entre sonrisas, que cómo son las cosas: yo que me vestí uniformado y me peiné con tropiezos, llega a mi pecho la soledad habitada en mis noches de ocio y al momento me habla la imagen de mi pequeña niña Lulú, una frenh poodle encantadora, que me espera en casa con el miedo al ruido de los cohetes. Retorno al camino a mi morada, recuerdo de tanto en tanto la primera vez que un dios fue desplazado de mis días. Surco las calles, me acerco a mi destino, alcanzo las primeras sombras de luz que me reciben en mis aposentos abovedados, como la rata divertida que me miró esta mañana a través del espejo: me hundo entonces en la música de Chet Baker y, tranquilo, con Lulú en mi regazo, ensueño mis horas sin tiempo, las del niño con el cuerpo de veinte años o la del adolescente de diecisiete que se sintió como de cinco. En lugar de estar impartiendo clases, aquí me encuentro escribiéndote esto.
Woody Allen, en una de sus cintas, sabe cerrar este caso: Balbuceo, casi un rumor desde el asiento trasero.
–¿Qué pasa?
 –No sé. Nada. Sólo me he estado preguntando –dice el pasajero al taxista– lo extraña que es la vida, sus misterios, sus…
–Señor, la vida es: como todas las cosas.


viernes, 23 de enero de 2015

La dos horas del alba



por Mario Note Valencia

"El anciano de los días" del terrible William Blake


Todos los días del calendario (en su traspaso por el corredor de la luz a las penumbras, luego el alba, el nacimiento, la tarde recta y de nuevo puesta del sol mortecina) suceden en el cielo, variables, los rituales de la búsqueda amatoria que mueven al sol y a la luna. A veces, un eclipse nos hace ensoñar en que por un instante se han arropado en un halo luminoso. El eclipse fecunda en sombras. La sombra originada mueve cuerpos terrenales a buscarse el amor de las horas o a poner hojas de acero afiladas debajo de las camas de mujeres encintas.

Los amores contrariados se desplazan de esa manera, emulando la órbita de los astros sobre la tierra contraída, perecedera; por algo estamos sujetos a ser enterrados, por algo se nos demuestra que quien vuela alto se consume en la plenitud de su felicidad instantánea, como la libélula que por conocer el fuego se entrega a la flama que la devora.

Está muy bien que así se busquen los cuerpos, intuyendo que en el otro queda fuego para quitar los rastrojos del tronco que crece indómito bajo nuestra piel, de ese tono café del tallo que a la primera herida se desvela clara y verde, casi transparente. Cuando no es la sustancia lechosa de las ramas corrompidas, brota del contacto la resina que guardaba: delirio coagulado de colores, ese síntoma de eternidad a la que le hará falta tierra, lluvia y un mar que la sedimente. Agregaremos a la receta un tanto de tiempo, miles de años, para que se descubra en el futuro con el nombre del ámbar.

Se le ha dicho ámbar a la tela sonora desplegada en la puesta del sol. El sol es el ser masculino que se incinera, en su último ahogo, para que venga la luna, femenina, a redimir las consecuencias del paso diurno sobre las jardineras, sobre las ciudades que se han buscado en la luz del mediodía y convienen, en última instancia, reposar la medianoche junto a ellos, como maldecidos por la luz directa.

Podríamos contar los efectos del sol y la luna con la imagen de extremidades invisibles que nos acarician. Las bondades y las injurias de los astros apenas son prejuicios que guardamos para justificar eventos descomunales que trastocan nuestra experiencia cotidiana. Por motivos de transmisión generacional y cultural se nos ha enseñado que la luna es femenina y el sol es masculino, pero también estas designaciones forman parte de los prejuicios emanados con el pulso de nuestro corazón oráculo.

Ciudades que se trazaron con la simetría de los cielos, ciudades que se fundaron con la muerte de un sol o el arribo austral de la luna. Así, como las ciudades, los cuerpos se fundan y se hablan de desorbitados paréntesis estelares. Si yo veo una luna resbalada al pie de mi cama, podrá ser que, durante mi delirio, la luna ni siquiera cuente con dimensiones sexuadas.

La luna, como el mar, siembra sueños. Quizá porque la profundidad está enraizada con la oscuridad, es más sencillo para el soñador entregarse al paraíso inmenso de la creatividad desmedida. He compartido con mis compañeros alumnos, a los que un día veo y otro no, la bondad de asistir a clases de literatura de siete a nueve de la mañana. Encuentro estimulante despertar con la temperatura de los sueños y con esa piel, intuyo, todavía tibia por los acontecimientos oníricos, se recibe mejor la estética del asombro literario. El cuerpo está más dispuesto en esas horas ulteriores, incluso del natural desvelo, a dejarse llevar por las vocales de invisibles melodías encriptadas en el cobertizo de los textos.

En esas horas del alba después de las seis, he coincidido, sin proponérmelo, escapar de las casas donde he pasado la noche en un convivio con amistades, y no precisamente me escapo y fugo al hogar donde resido. En las últimas semanas, sin embargo, a esas horas he escapado de mi casa, sin necesidad de brincar bardas ni abrir puertas con cuchillos, para esperar a los nuevos estudiantes que entran por la puerta del salón de clases; estoy seguro que en intermitencias e intervalos sin medida vendrán de nuevo los días en que me tendré que escapar al alba con la argucia de abrir ventanas (haciendo palanca con la boca de una botella) para salir a la calle en gallicinium o abrir el cancel de candado robusto para llegar puntual a clases. Algo raro navega en el aire que no se consigue en ninguna otra hora. Uno se siente extranjero hasta de sí.

Sólo una nueva mirada sobre los objetos del mundo puede poner en juego las reservas con las que contábamos. La innovación del aire matutino desprende las rocas del suelo, los valores salen despedidos y no se reconocen, se drena el agua del pozo inmóvil por un canal que la hace perderse en la corriente de un río. Los sueños que resguardábamos en la memoria se multiplican o se reducen en una simple pesadilla informe. Cuando creíamos entonces que el sol y la luna representaban a los amantes que se buscan, viene a movernos la idea de otra cultura en la que son percibidos como hermanos. De esa manera los fenómenos son fraguados a conveniencia por la cultura que modelamos. Antes de que llegara Europa a América, al menos en la dimensión náhuatl podría explicarse por qué el mundo florece con la muerte: en aquella senda solar, durante los últimos minutos de la tarde, caminan las madres que mueren en el parto y los guerreros que se entregan en la ceremonia de las guerras floridas.

En mi habitación alumbrada por la flama de una vela, inmerso en las fauces de la madrugada avanzada, voltea hacia mí la terrible figura perfil de una media luna sobre el escritorio. Por el rigor del acero modelado me desboca en una sensación bidinámica, lacerada y magnética, porque el semblante de esta luna es, sin embargo, andrógino y olímpico. Retirado, al otro extremo, en la paz de los desiertos quevédicos, un pequeño xolo de arcilla, sonriente y oblongo, pasa la noche despierto con nosotros: la flama, la luna y mi mano izquierda entumecida. De cuando en cuando su rostro canino dobla su perfil para atisbarnos: algo llama por debajo de la tierra, en las tumbas, y reclama su presencia.

viernes, 19 de diciembre de 2014

Cuidar la ciudad



por Mario Note Valencia


En una publicación pasada (“Des-abordar la ciudad”) hablé de una experiencia terrible, pero al mismo tiempo catártica, sobre cómo las ciudades pueden librarse, por diversos avatares citadinales, de nosotros.

No es que nosotros seamos inadecuados para la ciudad o que, en un último momento, la ciudad se desprenda por algún reproche de nuestra contingencia solitaria sobre ella. Sostengo la intuición, con mucho embargo, de que sucede porque algo sale mal (cómo saberlo) en nuestro ritual de despedirnos. No hay ritual precisa para la despedida, sólo se abandona por el simple paso.

De la misma manera como cuando pasamos tiempo feliz con nuestras amistades y al final de la noche algún comentario nos deja en malos planes o, en el peor de los casos, adoloridos en nuestra humanidad. La amistad se despide sobria y taciturna esa misma madrugada, un viernes a las tres de la mañana, con la incertidumbre en el rostro de si un sueño nos reparará tan pronto como nos volvamos a necesitar de nuevo. De este dolor humano y asequible en los viajes, me refiero al mismo hecho de cuando las ciudades nos abortan.

El camino para abordar la ciudad (cada ciudad tiene sus claves y acertijos) es naturalmente sinuoso, ambiguo. Si es una satisfacción momentánea poder estar en ella, ser para ella, entonces la ritual de la despedida, siempre intuitiva y solitaria, es imprescindible. No hay viajero que sea el mismo después de haber llorado o sonreído en el fondo de su alma por llegar o por irse, por estacionarse en la periferia, o por haber construido una escalera invisible que lo llevara al corazón urbano.

Como es inevitable la posibilidad de no surcar la ciudad sin ser desabordados por ella, no echemos culpa a nada en específico. Pero reconozco que hay acciones que disminuyen la posibilidad de un aborto: cuidar la ciudad, viajero.

Cuidar, desholgados y sinceros, con el lenguaje de la palabra. El ritual inicia cuando se le invoca a la ciudad por su nombre, y su evocación no es en vano si nuestras labios pueden sostenerla: un amor por la boca. Las ciudades no prometen nada, su deseo en parte se vela en esa espera de ser revisitadas como si se le fundara por vez primera. La ciudad es de quien la visita y puede, sin someter ni sujetar, nombrarla para que venga.

jueves, 11 de diciembre de 2014

El recuerdo es souvenir de la felicidad

por Mario Note Valencia


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Souvenir, del francés: objeto que funciona como memoria del viaje a un lugar.
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Mi melancolía feliz es la creación verbal. Yo supongo que los recuerdos seguirán, accidentados como ríos, pero tendrán su cierta permanencia involuntaria. Aunque en un futuro no tengan la misma forma, los recuerdos sólo serán un apunte que funcione para no despegar la línea del rastro cotidiano.

Quizá el recuerdo textual aparezca inmiscuido en una sola frase cotidiana, sin saber los efectos que pueda acarrear al invocarlo. Los souvenirs de ese viaje al recuerdo, de cada traslado a la bóveda de la memoria son importantes. A veces la memoria se quema toda como la biblioteca de Alejandría, donde en aquel remoto tiempo se reunía la sabiduría del planeta.

Por otra parte, los recuerdos son un entramado de venas que nos conforma. Actuamos (no siempre) conforme al pasado, a la reflexión del pasado. La felicidad es un recuerdo, la vivencia de la felicidad es ese instante mágico en el que no hay distancia ni tiempo, y muchas veces sin espacio preciso, porque se trata del viaje mismo en plena realización.

Para acceder a la felicidad es necesaria la estimulación del recuerdo a través de esos objetos memorables, amuletos cotidianos: souvenirs. Otras veces, los souvenirs no son sólo objetos físicos, sino situaciones metafísicas, intangibles.

Entonces, si el souvenir también es parte de uno, somos una ciudad con nuestros propios recuerdos, ganancias y pérdidas del viaje. Somos ciudad y cada parte que nos conforma es un objeto, un souvenir cuyo nacimiento está en el viaje, en el traslado, nos habla de lo que ya pasó como suave susurro al presente que, como la memoria, se nos escapa.

martes, 9 de diciembre de 2014

Conocimiento a medias

 por Mario Note Valencia




Conocimiento es aflicción
Nietzsche

Comprendemos que el conocimiento es, antes de ser, un camino recorrido. Este camino se construye como la vida cotidiana: sobre el puente de la auténtica inmediatez. Sin embargo, el asedor, el famélico de conocimiento, no va solo en ese paso. Cada paso implica la oportuna acción entre la motivación que encuentra del pasado y el que ve de reojo sobre el porvenir, pues el camino implica un recorrido aunque no llegue a ninguna parte.

¿No es éste el presentimiento el que acoge al fenómeno de conocimiento cuando, cerrado, no encuentra la resolución de los ánimos?  ¿Debe o no desechar ese camino construido aunque no lleve a ninguna parte? Sólo pocos, realmente pocos, verán el recorrido alumbrado y continuarán con el conocimiento de ese recorrido. La experiencia es, sin duda, la barquilla a la deriva que tremola sin remos ni timón: el aventurero no sabe si llegará, sólo sabe que lejos está del inicio.

Nada existe “presupuesto” por completo. Pregúntense más bien por qué ha desistido ese gran viajero, por qué ha dejado todo esto en un conocimiento para el vulgo aristocrático. El pecado de los grandes espíritus es doblegar sus esfuerzos a este tipo de vulgo o saturar inauténtico su camino, no como egoísmo, sino como una manera de suponer que de nada ha servido.

Pero, ¿a quién no le ha embargado ya ese sentimiento, esa segura inseguridad? ¿la oscuridad, la soledad, el vacío? Y así como el viajero se adhiere a las grandes copas de los árboles, así se adhiere a la noción como que le confieren las grandes raíces prendidas al suelo, sujetas, aguerridas. Ésa es la comodidad que ofrece la cultura, que crece, profundiza en el mismo sitio, se acostumbra y muere sin aire. Sólo pocos comprenden la necesidad del escapismo a las copas de los árboles. Ahí, al menos, el árbol se mueve.

Voy a que cualquier tipo de conocimiento embrionario es peligroso. El conocimiento a medias (en el camino) parece fatuo. Pasado el tiempo se contrae el cuerpo del viajero, el olor huele a lo que tiene que oler y casi todo parece incómodo. Si no se consume el conocimiento, la experiencia puede tener esa presencia de dejadez brutal en el cuerpo, como el ensayo de los amantes cuando estudian las formas del cuerpo ajeno, desde su propia arquitectura corporal.

El conocimiento no conoce el camino de regreso, lo pierde, lo descarta; por eso es difícil ver las cosas de la misma manera.