jueves, 30 de junio de 2011

¡Ahi TVeo!

Mucha gente cree que los valores se aprenden en la televisión; es más, ni lo piensa, simplemente se sientan a ver y ya. Hay programas –se dice– educativos o respetuosos cuando, en horario familiar, ofrecen cualquier tipo de violencia en la pantalla. Parece que el problema es lo que se ve y cuánto tiempo se le dedica.
Hay progreso, nuestra gente va creciendo: frente al comedor de cada hogar hay una televisión a color. La familia se reúne para ver las noticias, luego un programa de concursos y luego las telenovelas (huy, qué buenas están ahora). En promedio son diez horas que el televisor está encendido, plagado de anuncios maravillosos que nos hacen comprar lo que no necesitamos. Y si nos vamos a descubrir la otra cara de todo el asunto televisivo, tenemos lo que a continuación expongo. Hablaré de las dos potencias de transmisión televisiva en México sin cable (yo tengo una antena que no raja); ya saben de cuáles hablo.
·        Noticias: nos informan de lo malo que sucede en todo el mundo, y de cosas menores que a nadie nos importa: como si un alemán afirma que escuchó a su perro decir: “ay mamá”. Cada año, los noticieros trasmiten reportajes siempre de lo mismo: el día de San Valentín, Reyes Magos, los gastos de Navidad, y todo lo demás. Cuando hay una desgracia de la naturaleza, pretenden tener las tomas que sean más terribles para ganar audiencia. Y algo es seguro de todo esto: las grandes empresas (política o el osito 'Chimbo') manipulan los hechos de las noticias. Lector@s: todo es por conveniencia, política, y el ‘disque’ control de la gente. (Tómese el ‘disque’ como sinónimo de ‘según’).
·        Telenovelas: siempre es lo mismo, el malo recibe su merecido, se casan y al final hay un hijo que grita ¡gaviota! Muestran historias fantasiosas, relatos que sólo le pasan a los muy ricos (sólo vean los escenarios en los que graban los capítulos); cuando hay una muchacha muy humilde, a los pocos capítulos ya se acostó (disculpe la expresión) con dos muchachos que angelicalmente le gusta, ¡ah!, es que estaba confundida. Parece que México tomó la manía de reproducir otras telenovelas que ya fueron creadas en Latinoamérica (‘Bety la fea’, por ejemplo, o esa de Gaviota), sólo que fútilmente. En fin, de las novelas no se puede extraer valores: nada de nada; es un entretenimiento que se olvida en la otra telenovela que inicia y termina completamente igual.
Pero bueno (cara de aceptación contra la voluntad), el problema radica en que no quieren que pensemos. No esforzamos nuestra mente para saber lo que sucederá al final de la telenovela: siempre es lo mismo. Al gobierno –sí señor, hablo de política– no le conviene que el pueblo piense, por eso nos enlodan con las mismas historias una y otra vez. Es la misma gata más revolcada que nunca.
Lo más triste es que con eso pretenden educar a los niños de ahora. No hay para dónde hacerse uno. El consumismo es el emblema del comercio negro que la fábrica de los deseos (la televisión) nos hace digerir con la vista. El cerebro pareciera que se manda con el control remoto y nuestra alma conectada con el existir de la transmisión, pues si se va la señal nos enfadamos. Haga usted la prueba.
Es un enigma encontrar la solución a esto, que además sea viable realizar en nuestros días, en una sociedad que trabaja como esclavo para comprarse un teléfono celular que, además de comunicarnos, nos hace invertir más de lo que cuesta. Y nos damos cuenta, y dejamos que pase. Que sea entonces la televisión, otro hijo más en la casa mexicana, o en el mejor de los casos que ésta nos adopte; aunque como dije al inicio: el problema radica en lo que se ve y cuánto tiempo se le dedica.
Honestamente: Marionote.

miércoles, 15 de junio de 2011

Giannini: una filosofía para lo cotidiano


 A continuación hago una síntesis de la filosofía del chileno Humberto Giannini acerca de lo ‘cotidiano’ y el ‘tiempo común’. Expongo lo que mi fatigada memoria recuerda, tratando de ser lo más fiel posible.
 
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Además de lo cotidiano, Giannini concentra una Filosofía del Lenguaje, pero sólo abordaremos lo que nos conviene: el primer punto; y de ahora en adelante trataremos en términos a la vida cotidiana como: lo que pasa cuando no pasa nada. Cuando nos damos cuenta, esta cotidianeidad produce más efectos irritables y decimos que: el tiempo es circular (porque siento que ya viví el presente); los sueños se repiten; o en su caso, la maldita rutina me tiene cansado. A todos nos pasa dado que lo cotidiano es inevitable. Veamos una rutina sencilla:
*Despertar – desayunar – ir al trabajo – recibir órdenes – comer – recibir órdenes – regresar a casa – ver TV – cenar – dormir*…etc.

O en pocas palabras, la rutina es: Casa – Calle – Casa. Es probable que algún lector recuerde su rutina muy fácilmente, pero entonces ¿por qué vivir así? Bueno, dice Giannini, hay dos lugares que rompen la cotidianeidad. Estos dos lugares son el baño y el bar. Abordaré solamente el bar.
Recordemos que vivimos en un gran remolino de información y rapidez; nos olvidamos que las experiencias humanas se encuentran a un paso de nuestra existencia. Quizá nadie se habla porque a los desconocidos no hay que hablarles, pero ¿cuántas veces no he sido un desconocido para otros? Toda la vida. Nadie le tiende la mano a la familia que de lejos se le echa de ver que trabaja en el campo, o el jefe no habla con sus trabajadores. Pero en el bar desaparecen los desconocidos y no hay estratificación social. El punto de encuentro para romper la rutina es éste: el bar, como una plaza, como un escape para salir del remolino.
En el bar existe el ‘tiempo común’. Este tiempo se refiere a la disponibilidad que hay de unos para otros, es decir, yo rompo los prejuicios y convivimos como los humanos que somos, y que necesitan comunicarse. En esos momentos no existen los estratos sociales, el jefe puede estar conviviendo con sus trabajadores; tampoco hay tiempo, porque de un momento a otro ya pasó bastante (como cuando platicamos con alguien y simplemente sin darnos cuenta ya pasaron varias horas). Así rompemos la rutina.
Me preguntarás, ¿necesariamente debe ser el baño o el bar lo que rompan la rutina? Claro que no, podría ser un diálogo en un café o en el receso con tus colegas por ejemplo; lo que más incumbe es la reunión. Pero lo que se dice es lo más importante, pues hay una diferencia entre el ‘parloteo’ y en verdad un ‘acto del habla’.  Parlotear es hablar sin sentido, chismear, con eso pongo una línea divisoria muy clara entre la verdadera acción de hablar.
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Sólo he abordado un poco de lo mucho que podría comentarse acerca de esta filosofía actual. La ‘búsqueda del tiempo común’ lo reflejo en la redacción que antecede este artículo, en donde una lectora efímera pidió que se explicara un poco más de la filosofía de Giannini. Son gratos todos los comentarios de cualquier índole o naturaleza porque nos hace pensar que algo de aquí ha sido leído. La invitación aún queda abierta para quienes deseen reunirse y dialogar, a lo mejor en estas vacaciones, logrando entonces converger los pensamientos a una Cultura Efímera.
Honestamente: Marionote.

miércoles, 25 de mayo de 2011

Lo cotidiano ya no es bueno

Picasso
Todo vino a convencerme de que yo debía estar allí. Los reporteros de mi salón me juzgaron y dijeron cómo había yo aguantado tanto desgaste: alcohol y tabaco. Un compañero de cuarto gritó desde la azotea del hotel como a las 10:00 pm; él me lo confesó, y apenas lo había conocido 24 horas atrás. En la madrugada lo escuché platicar con otro colega académico en las escaleras, creo, cuarto piso. La verdad es que todos llegamos desconocidos y, así, nos volvimos una comunidad: todos éramos comunes; no hubo reloj sensato que osara ahondar en las fuentes torrenciales de creencias de todos los presentes. Fue el momento de sensibilización; todo iba y venía. Los conocí morosamente… Amistades que fueron más allá de las Letras y todo emanó del cuarto hacia la calle desolada; ¿noche o madrugada? Un amigo trataba de no mirar por la ventana porque la altura le da vértigo. Un día antes él habló del tiempo, que no debía ser contado como a un círculo sus ángulos, sino como a una espiral. Luego se posó la muerte como tema y las ansiedades igual que un postre. Pronto cambiamos a situaciones de la escuela hasta que me pidieron que dijera un poema de los tantos que no he leído ni sé. Cabía la pregunta entonces, ‘¿cómo llegamos a esto?’ Pues el hilo de las conversaciones explotaba hacia todas partes y era imposible volver al inicio. Así les pasa a los que sienten su instinto en la intimidad. Aunque los sobrios físicamente éramos otros, quienes no probamos alcohol ni cigarros, compartimos la misma esperanza acarreada de quien no sabe cómo explicar su vida y “sólo dice por decir” (creo que así lo sentencia Paz en su arco y la lira). Bien pude haberme ido a dormir, y mis amistades respetarían tal decisión; pero no lo quise así… Hasta ahora, todo vino a convencerme de que yo debía estar allí, frente a una persona que me invitó a una conferencia acerca de la filosofía del chileno Humberto Giannini. Me convencí pues, que la tierra (en nuestro caso mexicana) nos habla y deja que nos desfoguemos con pensamientos condenados por los otros, cuando todos actuamos como si hubiéramos nacido con internet por nuestras venas. Sí, la vida era mejor y más riesgosa cuando no tenía celular y ponía a prueba las intuiciones que mi pecho marcaba. Pero no por eso debo dar la espalda a lo inevitable, al progreso desconstruccionista del mundo; debo utilizar muchas cosas para hacerte llegar esta redacción y te desprendas de algún modo de la cotidianeidad. Lo cotidiano, habrá dicho Giannini, es lo que pasa todos los días, esto es, ‘lo que pasa cuando no pasa nada’. Pero en aquel lugar, a cuatro pisos de altura, nos reservamos el derecho de ser cotidianos y pudimos ser, después de todo, una comunidad donde no siempre se habla de lo mismo, donde, como dije, no hay tiempo ni clasificaciones sociales.

Posdata (mayo 2011): Ojalá, si quieres lector, nos ponemos de acuerdo y nos reunimos para charlar y hacer un espacio diferente a lo que siempre se nos muestra. Sólo basta nuestra presencia. Mientras tanto, ya me habla Tecomán, y aquel Armería que Leox me mostró. Buena suerte.

Honestamente: Marionote.

martes, 26 de abril de 2011

Si unas vacaciones un amigo


 Son las vacaciones como un descanso merecido o inmerecido; a nadie le cae mal. Vacaciones de dos santas semanas (en el caso de quien estudia): tiempo para dormir temprano (dos o tres de la mañana) y despertar muy tarde (mediodía); tiempo para aventajarle a las tareas u olvidarse del estudio. ¡En pleno siglo XXI nos dejan tareas escolares para vacaciones!
Vengache pa´ca.
Está bien, como he dicho, no todas las vacaciones son libros ni libretas ni cursos intensivos de maquillaje; también es playa, bikini y sol cancerígeno para nuestra piel; o ya de perdida se trabaja. Pero cuando no tienes ninguna de estas opciones entonces no sé qué haces para vivir. Lo siento, me olvidaba, los que no hacen nada de esto están con sus amigos.

Hace poco yo volví a ver a unos cuantos de mis amigos a pesar de que en mí se sobrevienen las tareas por montón; menudo problema para menudo tiempo “disque” libre: Semana Santa. No sé, no los había mirado desde el inicio del año 2011, y volver a verlos sería como tener en las manos una fotografía muy de antaño que la ves a cada rato y sólo te acuerdas; así persiste la nostalgia. Ah, suspiras y dices: qué buenos días aquéllos.

Los amigos tienen ese talento para hacerte sentir mejor hasta el punto de extrañarlos cuando los ves y olvidarlos cuando no están, aunque siempre están siempre que quieras. Digo esto porque a veces los caminos se bifurcan y unos van pa´llá y otros pa´cá. Sucede, por ejemplo, en los estudios ya de una carrera profesional. Algunos deben salir de la ciudad y seguir su proyecto en otra parte con otro ambiente. Nuestros amigos conocen a más amigos y uno no se enoja porque lo hagan sin nuestro conocimiento, en cambio, te cuentan que su (nuevo) amigo hizo esto y lo otro mientras tú lo escuchas sintiéndote bien por ello, dado que si te cuenta significa sólo una cosa: después de todo seguimos siendo amigos.

Caminos distantes, intereses distintos, vidas despuntadas. Una vez los conoces en alegrías y lágrimas, y cuando los vuelves a ver sigue siendo lo mismo pero con más peso en sus vidas. Quién sabe qué cosa nos pasa que al verlos después de tanto tiempo cabe decirnos: “Estás más flaco (a)”; “Ya engordaste ¿eh?”; “¿Supiste que fulanito ya tiene un chamaco?”; etc.….

La amistad no es un concepto que se deba aprender en la escuela o en redacciones como la que hoy muestro, sino es un sentido de la vida cotidiana. A lo mejor no los llamamos “amigos” pero siempre hay alguien en el mundo que comparte los mismos intereses, que te escucha aunque siempre le cuentes el mismo problema, que dice ser tu pañuelo de lágrimas, que te entiende incluso sin decirle nada, que te apoya aunque sea desde abajo del ring, que se preocupa si se te hincha un ojo o si eres alérgico al chocolate, que está dispuesto a limpiarte después de lanzarte contra tu pastel de cumpleaños… Bueno, que nunca te negaría un taco de sal. ¿Pues cuánto no hace un amigo? Dime tú lector.

No por nada emito estas palabras, seguramente alguien leyendo esto le vendrán pensamientos acordes al tema (al menos por unos segundos). No perdemos nada con enviarles a los amigos señales (inclusive en vacaciones) de nuestra existencia. Si no los vemos porque no podemos, bien, pero eso no significa que tengamos que claudicar a la imperiosa vida que te manda por todas partes cuando, a veces, los amigos no están en todos lados.

Honestamente: Marionote.

martes, 29 de marzo de 2011

Si nos fuéramos




Supongamos que me tengo que ir. ¿Qué me llevaré? Y suponiendo que en ese me voy, me voy para siempre. ¿Qué aludiré de mi vida que no haya hecho ya? ¿Qué le dejaré a mis cercanos? ¿Malas imágenes o buenos recuerdos?

Uno nunca sabe; pero nos toca de repente. Sólo quedarán los hechos, sólo quedará el pasado. ¿Cómo es nuestro pasado? ¿Cómo ha sido el día de hoy? A veces ni nos vemos la espalda de los días para corregir lo dañino y depurar nuestras acciones.

Vivimos en nuestra propia cultura de rapidez; todos vamos y venimos, nos miramos las caras y nos gritamos insensateces. Nadie se detiene para preguntarse ¿cómo estás? Y si lo hacemos, es lo único que tenemos por decir. A nadie le afecta que alguien se vaya, caiga y respire tierra.

Esto es un poco de mi mundo; amo a mi mundo ¿pues qué más puedo hacer? Honestamente: Marionote.

jueves, 24 de febrero de 2011

Si los libros se comieran


Cultura es recordar tu nombre todo el tiempo; acordarme de ti cuando leo.
Cultura sigue siendo aquel perro atropellado en la esquina, o la señora que te dio cambio de más y tú no se lo regresaste. Cultura no es, tampoco, leer con la esperanza de ser un erudito. 

Los libros no salvan a nadie. Una de sus grandes funciones es hacernos pensar; entonces hay que darles libros a los pobres. ¡No! No hay ignorancia en la pobreza, sólo un puente enorme que nos separa a los pobres de los más pobres. La sabiduría se gana con la experiencia, y generalmente los sabios son los que aprenden a vivir con lo único que tenían.

En nuestra actualidad vivimos rodeados de libros, tenemos que leer entonces; pero la mayoría de libros son falsos, digo falsos porque éstos sólo se utilizan como símbolo de vanidad, por ejemplo de: “¡Oye! Mira lo que llevo, ¡un libro!”. Otras veces peleamos por los libros que regalan en un evento, sólo para llevarlos en la mano y olvidarlos por allí cuando lleguemos a la casa. Es que la palabra gratis mueve al mundo y el papel con letras nos hace ver más inteligentes.

Falso, todo lo que digo es falso, o como quieras verlo. Vivimos en el mismo tornado: la rapidez. Somos esclavos de la tecnología; no podemos salir sin un teléfono celular. Los fenómenos sociales nos dirigen a un mundo virtual: el internet; que si algún día dejara de existir, se acabarían muchas vidas, y este blog.

Yo sólo veo la situación y muestro las caras que pueda tener la moneda. No condeno a ninguno ni soy yo un verdugo. Sólo algo que hoy te pueda sugerir: saluda al primero que veas y lee en tus tiempos libres.

Honestamente: Marionote.

lunes, 24 de enero de 2011

Cuando existe una injusta injusticia


I
Siempre es importante guardar una copia de los documentos que, de alguna manera u otra, regulan nuestras relaciones sociales. Hablo en este caso de lo laboral: los contratos.
Vamos.
II
Cuando se tiene la copia de un documento, se comprueba que el original existió; tal prueba es una gran herramienta para cualquier problema inesperado que se presente. El caso de la vida real (aunque suene telenovelesco) que a continuación redactaré, tiene que ver con la triste historia del hombre que firmó su propia renuncia.
            Al principio no suena tan grave que un hombre haya firmado su renuncia; lo que en realidad sucede es que este hombre ya es viejo, no sabe leer y poco le faltaba para jubilarse. La empresa, una empacadora de limón, fue quien le puso una trampa, al aprovecharse que no sabía leer, le dijeron que firmara con su pulgar un documento cualquiera. Tiempo después le afirmaron que él había aceptado renunciar.
            –Pero ¿qué? –imaginemos que habría dicho esto; después de tantos años de servirle.
            Ahora la familia del señor le reclama a sus oídos que por qué no pidió que le leyeran el papel.
            –Debes buscarte unos abogados –otros aconsejan.
            –No sé si se pueda hacer algo –él contesta.

III
Conozco a este viejo porque en mi niñez fui varias veces al corte de limón, y él era quien nos recogía en su camioneta o en un gran torton de la empresa. Hasta hace pocos años que dejé de desempeñar aquel trabajo y todavía me acuerdo muy bien, qué tan duro es el asunto del campo, esto cuando veo a una familia esperando su transporte que los lleve a la limonera. Tal dirección de trabajos llevó a mi familia conocer a aquel señor, y ahora cada vez que lo saludo, me acuerdo de que detrás de él existe una traición; bueno, hay algunas veces que no me acuerdo: que por el maldito dinero le hicieron firmar su renuncia.
             Pero hay algo que rescato de todas estas imágenes injustas: este viejo ya es un sabio, que no por nada, como se dice aquí en Tecomán, tiene los años. Aunque no sepa leer, hay cosas qué aprender de él, cosas que no se aprenden en los libros. Y es injusto, para recalcar, que haya personas que no les importe la vida de los demás, inclusive cuando son a los sabios contra quienes atentan; gente ignorante con títulos mal ganados. Podríamos entrar ahora a un debate sobre quiénes sí merecen nuestro respeto y quiénes son simplemente una bacteria para la sociedad; pero ese asunto, mi lector efímero, ya es otra redacción.
            Honestamente: Marionote.

sábado, 15 de enero de 2011

Hablemos de signo a signo


 Preámbulo: ayer han dado la noticia de que un nuevo signo zodiacal se ha descubierto, pero en realidad me he dado cuenta en otras fuentes de que esto no era algo nuevo.
Ofiuco, el nuevo signo.
            Toda persona actual lucha por identificarse ante los demás. A cierta edad decidimos cómo vestirnos, qué música escuchar y hasta cómo hablar frente a personas específicas; pues al final de cuentas eso nos identificará en la sociedad.
            Hay otra cuestión que identifica a las personas: la fecha de su nacimiento. Tal día determina un signo zodiacal: el cual, cuando supimos, creíamos en las predicciones de un géminis, virgo, leo, libra, etc., sus contradicciones y compatibilidades. Esos pronósticos encajaban muy bien con uno, decían la verdad y nunca erraban. Pero eso sí, aceptábamos las predicciones buenas como “prosperará en el trabajo” o “en el amor le irá muy bien”; y no creíamos en un “debe cuidarse, alguien le prepara un complot” o “el amor se alejará de usted”.
            El caso es que la gente común y corriente –como nosotros–, no están inmiscuidos en lo espiritual, es decir, no tenemos idea de dónde vienen los signos zodiacales (o a lo mejor usted sí lector efímero); pero lo aceptamos como un complemento más de la vida social, que se puede tomar o dejar. Para quienes lo toman, y hasta se han tatuado su signo zodiacal en toda la espalda, hay una tremenda noticia: un signo había pasado desapercibido en las estrellas durante todos estos años, y viene a reclamar su lugar en el calendario. Así es lector o lectora, el nuevo signo lleva por nombre Ofiuco y ha de mover todas las temporadas de los signos. Ahora son trece, nada mal.
            El problema recae en la impresión que se llevarán las personas fieles a su signo del zodiaco, a esos horóscopos mañaneros de la televisión. Y es que por ejemplo, si yo era sagitario, ahora probablemente sea libra o escorpión, porque sagitario quedaría hasta el mes de enero (eso han dicho en las noticias). Y sin más explicación, vienen las preguntas devastadoras: ¿qué ha pasado entonces todos estos años?; ¿hemos vividos en el engaño? Ya los espiritualistas darán una solución, pues no es un asunto leve, tan solo pensemos en todo lo creado hasta entonces… Primero la caricatura Los caballeros del Zodiaco; los calendarios creados bajo señalamiento de los signos; los tatuajes en la espalda; los correos electrónicos con un guion bajo seguido de mi signo zodiacal; además de todas las mañanas en la que me levantaba y encendía el televisor para escuchar mi horóscopo, aunque todas las méndigas predicciones se parecieran. ¿Qué pasará?
            Pero bueno, esto importa poco para La cultura efímera, incluso, sale sobrando; pero aun así conviene redactar esta situación de la actualidad, ya que es clave para entender cómo es una “cultura efímera”, que dura poco, que cambia a cada momento; un día creemos en algo, al otro día ya no. Es nuestra necesidad de creer y crecer con ese pensamiento. Pensamos que no nos basta lo que hay alrededor –eso que podemos tocar–, y por eso buscamos vagas ideas de personas distantes y desconocidas que aparecen en la televisión, en la radio o en cualquier medio de comunicación para prevenirnos del futuro. Pero ¿a qué le tenemos miedo? ¿al futuro?
            La verdad es que me agrada hacer un melodrama con todo esto: si van a cambiar de posición los signos zodiacales, que los cambien; luego trataré de borrarme ese tatuaje de mi espalda. ¿Qué piensa usted? Sus pensamientos son bienvenidos. Buena suerte.
            Honestamente: Marionote.

jueves, 6 de enero de 2011

En la edad de los deseos


 ¿Qué es un adulto? Un niño inflado por la edad.

Simone De Beauvoir


Yo creo que los favores no deben de olvidarse, como no debe olvidarse que la vida de niño vale mucho. Pero en aquellos tiempos uno no piensa en eso; todo es más sencillo, o más difícil.


           Llegué de mi trabajo temporal, cuando me advirtieron que una de mis pestañas reposaba en una de mis ojeras. Yo me la iba a quitar con mis dedos empolvados de tierra… ¡Espera! Me dijeron. Pues bien, me quitaron la susodicha pestaña entre los dedos de una persona menor que yo. Después me dijo: “pide un deseo, luego dime dónde crees que está tu pestaña: ¿arriba o abajo?”
            Rememoré ese juego de niños que no cuesta nada, que es sano y a la vez deliciosamente intrigante. El juego consiste que cuando a uno se le cae la pestaña, se tiene la oportunidad de pedir un deseo, y si se es acertado de si la pestaña quedará en la yema de arriba o de abajo, el deseo se cumple.
            Pero después de mucho tiempo, quizá, no me había puesto a pensar en algún deseo, personal y secreto. No perdía, sin embargo, nada con desear algo en un simple juego pueril. Además, a mi edad ¿qué podría yo pedir? Ya no me veo como un niño... Pero puse mi deseo en el pensamiento. Así que llegó la hora de adivinar en qué yema de qué dedo había quedado la pestaña, si arriba o abajo. Afortunadamente le atiné; mi deseo, seguramente, comenzaría a forjarse. Para esto mi lector efímero, yo seguiría con mi vida normal cuando la misma persona me pregunta: “¿vuela o no vuela?”
            Oigan, esperen, eso no es del juego original: ¿qué es eso que después tengas que adivinar si la pestaña sale volando de la yema o no con el aliento de la boca? Veo que los juegos siguen evolucionando, incluso éstos que son baratos y una maravilla. Preocupado por el segundo acertijo, no fue necesario contestarlo. La otra persona me dijo que no había problema, que con el primer acertijo bastaba. Me apacigüé.
            Diga usted lector o lectora efímera, ¿recuerda algún deseo que haya pedido hace mucho tiempo? Y ¿qué pediría ahora? No lo mencione, mejor espere a que una pestaña se le desprenda involuntariamente. Verdad es, que desear no cuesta nada.
            Honestamente: MarioNote.

viernes, 31 de diciembre de 2010

Si en recuerdos me ves, te verás


Aquello, una reunión inesperada, era un festín de risas. El hombre lo contaba todo; poco a poco. Se acordaba de algunas anécdotas ajenas a él: sobre sus primos migrantes y el encuentro con la chota* en la frontera México-E.U.A. Para ese momento, ya sé que este hombre rememora su vida como capítulos de una película; puede regresar a su pasado cuantas veces quiera, sin olvidar los detalles más importantes.
            Ya entre una coincidencia, me advirtió que una mujer debe servirle al esposo, sea cual sea la hora. Pero eso sí, decía: la mujer no solo puede dedicarse al hogar, sino a lo laboral: “si quiere trabajar, que trabaje”. Apenas puedo resumir lo que me dijo aquel hombre, antes de que la conversación se volviera sombría.
            Fue ese hombre quien, por azares de las conversaciones en la noche, habló ahora de su hermano: mi tío; a quien nunca he visto.
            –Debes conocer a tu tío. Es más grande que yo.
            Asentí con la cabeza.
            –Vendrá para este año, yo sé que vendrá –me dijo como mirando al cielo y acordándose–. Yo ya fui para allá, ahora a él le toca. Se vendría en avión.
            Quise preguntarle qué le hacía pensar que pasaría, si ya tenía más de veinte años que no venía a Tecomán. Mejor me callé; solamente escuché su voz corrompida:
            –Tu tío me ha dicho: “carnal, es que ya somos viejos”.
Llegó el momento de que me hablara de una muerte casi tranquila: ver a los familiares antes de que desaparezcan. Esa noche, a pesar de tardía, seguí escuchando la voz de aquel hombre, y creí haber escuchado las voces de la nostalgia.

*La chota quiere decir la policía.
Que tengan buena suerte en todo lo que hagan. Alegre año nuevo para todos los lectores efímeros. Honestamente: MarioNote.