miércoles, 25 de junio de 2014

Pistas para redimirse de la presencia de los ‘bocas flojas’

por Charlie Chancro


a toda la humanidad,
excepto a los bocas flojas que conozco y a los que,
si la suerte está de mi lado, no conoceré nunca

Ojalá no tenga nada que ver con ustedes en ninguna de mis extensiones cuánticas, de universos paralelos, que ninguno de esos trazos se tenga que cruzar con la siempre debilidad de ustedes. A ustedes los llamaré (para ahorrarme el nombramiento de cada uno y para dar por abandonada la empresa de rescatarlos del foso de oro en donde se encuentran) bocas flojas. Bocas flojas porque casi todo (aquí con “casi todo” declaro mi última expresión de compasión), casi todo lo que ustedes ponen en su boca se desmorona al primer cuestionamiento.
            Para que mis colegas puedan reconocerlos daré a conocer su indeseable manera de actuar en lo cotidiano:

1.    A su disposición tienen bibliotecas que usan como retretes y espejos. Si uno se acerca apresuran sus manos para ponerlas sobre cualquier libro cuya portada denote cualquier tipo de  curiosidad. En ustedes la curiosidad se llama tedio y parecen más ratas que ratones de bibliotecas.
2.     Como bocas flojas también tienen la indecencia de escupir en el rostro para dar a conocer lo que su enferma vista ve del mundo. Se la pasa, de gente en gente, expectorando sus ideas igual de flojas que sus bocas.
3.       Son ateos certificados; cuando lanzan ladrillos (o puro polvo) esconden la mano. Son bichos en cuyas patas esconden parásitos acarreados de sus aposentos. Las reuniones de estos bichos contagiosos de enfermedades pueden alterar inadecuadamente los espacios.
4.   Son siervos y en ellos se cultiva la personalidad moldeable para pertenecer a los gremios. Se enojan si se les llama lo que son: burócratas.
5.    Entre todo, por cierto, es gente estudiada que no ha podido graduarse nunca de la inmadura escuela secundaria. Les apetece la idea de ser embriones para la eternidad, y como flojos no suponen lo real, lo inmediato.
6.    A ustedes, bocas flojas, olvidan que el regalo con pregonero ni lo pedimos ni lo queremos. Aunque ya visto qué regalo, mejor ni regalo ni nada.
7.    Ojalá nunca los hubiera conocido y puesto en ustedes una posibilidad de caminos unidos. Y si tejí un camino con ustedes, aseguro que ya lo he soterrado. De manera que me costó tiempo aceptar sus vicios dentro de lo humano, y al aceptarlo recuperar el paso veloz que perdí por esperarlos.
8.   Condeno la presencia de todas las bocas flojas que en cualquier institución de ciencias humanas, cualquiera en la que valga la pena introducirse. Condeno a las instituciones y sus directivos que ante todo, ante la evidencia decepcionante de estos bocas, permiten su existencia.
9.  A estos bocas flojas los llaman estudiantes, pero no son más que siervos disciplinados, buenos chicos, a dirigirse como ladre el perro y los espante. Son ovejas del capitalismo, porque a través de los trucos que el capitalismo engendra, apantalla a los bocas y les da lo que desean: fantasía. (De ahí que papá les preste el llavero para que se entretengan). Los Estudios Culturales, si es que lo alcanzan, son para bocas flojas. En cambio, para nosotros, colegas, existe el campo de la teoría crítica de la cultura.

Como  característica periférica, por si acaso éstas no bastan para identificarlos, ustedes el único bien humano que pueden hacer por nosotros es desaparecer de estos ámbitos. Que no por mantener la boca cerrada, su flojedad encontrará un estado mejor para su estancia en la palabra. Ustedes son el síntoma de que en la educación se multiplique la debilidad. Culpables de que en la casa se trabaje de más, horas extras desmedidas, de que se entorpezca el camino a la crítica. Para ustedes no existe un sentido de crítica más que el que pueden adoptar de sus patrones; por otro lado, ustedes desvirtúan todo: la voz del mundo, las de sus personas cercanas, las del amor, la ciudad, la familia, la voz de las ideas execrables, la voz incluso de este discurso.
Adelante, pueden irse ya y desaparecer. Hay más personas auténticas esperando en su estado de pobreza capital, en oportunidades de espacios y fuentes de conocimiento, pero con grandes ideas, con más poesía en su ser que la que se encuentra en las antologías de biblioteca. Ustedes, bueno, no entenderían. Tantas personas a las que he visto cómo se contaminan de sus perversiones sobre el arte. Abur, llorones e irresponsables.

De un filósofo alemán, como si hablara de ustedes:

De los doctos
[…]
«Pero ellos están sentados, fríos, en la fría sombra: en todo quieren ser únicamente espectadores, y se guardan de sentar­se allí donde el sol abrasa los escalones.
Semejantes a quienes se paran en la calle y miran boquia­biertos a la gente que pasa: así aguardan también ellos y mi­ran boquiabiertos a los pensamientos que otros han pensado.
Si se los toca con las manos, levantan, sin quererlo, polvo a su alrededor, como si fueran sacos de harina; ¿pero quién adi­vinaría que su polvo procede del grano y de la amarilla delicia de los campos de estío?
Cuando se las dan de sabios, sus pequeñas sentencias y ver­dades me hacen tiritar de frío: en su sabiduría hay a menudo un olor como si procediese de la ciénaga: y en verdad, ¡yo he oído croar en ella a la rana!
(…)
Trabajan igual que molinos y morteros: ¡basta con echarles nuestros cereales! –ellos saben moler bien el grano y conver­tirlo en polvo blanco.
Se miran unos a otros los dedos y no se fían del mejor. Son hábiles en inventar astucias pequeñas, aguardan a aquellos cuya ciencia anda con pies tullidos, aguardan igual que ara­ñas.
Siempre les he visto preparar veneno con cautela; y siem­pre, al hacerlo, se cubrían los dedos con guantes de cristal.
También saben jugar con dados falsos; y los he encontrado jugando con tanto ardor que al hacerlo sudaban.
Somos recíprocamente extraños, y sus virtudes repugnan a mi gusto aún más que sus falsedades y sus dados engañosos.
Y cuando yo habitaba entre ellos habitaba por encima de ellos. Por esto se enojaron conmigo.
No quieren siquiera oír decir que alguien camina por enci­ma de sus cabezas; y por ello colocaron maderas, tierra e in­mundicias entre mí y sus cabezas.
Entre ellos y yo han colocado las faltas y debilidades de to­dos los hombres:  «techo falso» llaman a esto en sus casas.
Mas, a pesar de todo, con mis pensamientos camino por encima de sus cabezas; y aun cuando yo quisiera caminar so­bre mis propios errores, continuaría estando por encima de ellos y de sus cabezas.
Pues los hombres no son iguales: así habla la justicia, ¡y lo que yo quiero, eso a ellos no les ha sido lícito quererlo!» (p. 666). 

lunes, 23 de junio de 2014

Jesús Leticia Mendoza Pérez y la impronta que he seguido

por Mario Note Valencia


 Reproduzco de manera íntegra el comentario que hice al libro Impronta femenina de Jesús Leticia Mendoza Pérez. Puedo contar que Leticia publicaba artículos de manera regular en el suplemento semanal de un periódico universitario, cuyo nombre de la columna era, precisamente, “Impronta femenina”. Me enteré de sus publicaciones por curioso azar o por una especie de misticismo mientras caminaba adosado a un río que atraviesa la ciudad. Después de ese descubrimiento, la seguí leyendo. Tiempo después, luego de compartir impresiones a través de correos electrónicos, Jesús Leticia me comentó que haría un libro con todas sus publicaciones de “Impronta femenina”. Por un motivo y otro, serie de consecuencias, en octubre de 2012 un compromiso estimuló la escritura de varias impresiones acerca de este libro de Jesús Leticia, profesora que dirigió varios de los cursos que tomé de filosofía y literatura. 
23 de junio de 2014

La impronta que he seguido

La suerte que nos ha llevado a estar en este día y bajo el influjo de estas circunstancias, no ha sido más que, podemos decir, la disposición gradual y natural de los hechos. Quiero dejar los pormenores de la obra a la misma autora, a usted, maestra Lety, para que sea de su propia voz y no de otra, que notemos respirar sus artículos que contiene “Impronta femenina”, en verdad una impronta, una huella, una marca, un camino de donde lo primero que se puede deducir es: que a pesar de su ausencia, maestra, su obra seguirá dialogando con los lectores, con nosotros (éste es el triunfo de la literatura, éste es el verdadero juego de la humanidad). Yo me quedo, pues, con sus artículos y con el peculiar recuerdo que tengo de ellos cada vez que me toca notar su libro, ahora, entre mi breve biblioteca personal. Releo, por ejemplo, aquel artículo que habla de su abuela, y cuando usted habla de ella, tiene una voz filantrópica, de amor familiar, hay una mirada que no pretendo escudriñar cuando miro la misma portada que atrapó mi atención, ¿hace más de un año? ¡Cómo pasa el tiempo! La imagen de su abuela que galardona la edición de su libro, que es asimismo un acto de justicia…

(Aquí intervengo en una explicación oral acerca de cómo vine a enterarme de las publicaciones; cómo la leí en vacaciones; la humildad que siempre conservó; así como un mensaje electrónico que le envié)

No recuerdo ya, maestra, qué le dije en aquel mensaje. Creo que es difícil tener en la memoria palabras de diálogos especiales, acaso apenas logramos mantener la sensación, sorpresa o alegría, con que se lee cualquier palabra que vaya dirigido hacia nosotros, de manera personal. Pero si se trata de dialogar con Jesús Leticia-escritora, hablar de sus letras, su escritura, debo agradecer, primero, ciertos aspectos que no quiero que pasen desapercibidos:

(Aquí otra intervención para comentar la humanidad de la autora, su sensibilidad artística, su sinceridad y la correspondencia temperamental que hay entre la autora y su obra)

Más allá del aula de clase, recuerdo algunas impresiones de sus cuentos, sobre todo. En su cuento titulado “El rosal blanco” viví un correlato que me conmovió hasta los huesos porque, así como usted, yo también… Bueno, dejo al público la lectura, no quiero predisponerlos, no queremos arrancarles la primera impresión. Por otro lado, el cuento “Las Panateneas” acaso contiene un elemento que permea su literatura: la fragilidad, el cristal impoluto, y el sorpresivo final: hermoso y complicado desenlace, a mi parecer. En su relato sobre “Esperanza Rivera Trasviña”, la eterna abuela, la mujer inmortalizada hasta que el lenguaje de la palabra exista, coloca una expresión que dejo también al público el descubrimiento de ella, verdadera melodía oracional; quiero decir que, con una frase explica cómo, especialmente, llega el amor a su abuela. Después, en persona, cuando le comenté sobre la mujer que era su abuela, usted me dijo: “Fue una mujer muy bella”; yo asentí, casi automáticamente, sin importarme la transgresión del tiempo. Es esa mirada, esa mirada que, de pronto, me hace recordar lo que un escritor mexicano dijo: en Yucatán el amor vive bajo la tierra, en los cenotes, en el agua subterránea, transparente, lúcida, secreta, pero que resplandece, de pronto, en los ojos de sus habitantes…

Estoy de acuerdo con usted, maestra Lety, cuando dice que la mujer es el ser humano creado con el material más resistente, dispersión de luz policroma, así dice: el diamante. Una vez le dijeron a Van Gogh: para que un hombre pueda ser hombre, es necesario que sobre él una mujer insufle aire.

Hagamos Filosofía del Lenguaje. La palabra es una prisión para el sentido. El sentido anhela ser liberado, encontrado, rescatado, de esa prisión natural que se llama lenguaje. El llanto y la risa, la alegría y su llanto, son implosiones que descargan esa bella frustración del ser humano y que, sin duda, demuestran que más allá de la palabra está un lenguaje universal: la emoción, los sentimientos. Aquí y en China el llanto es llanto; la sonrisa, sonrisa; los besos, besos; el abrazo, abrazo.

Por último, y no por eso menos importante: La mujer es lenguaje universal, pero nadie la sabe repetida; tiene el amor, sí, el amor que reverbera sutilmente en sus ojos, después de que ya ha entrado más de una vez en su pecho florido. La mujer es la mirada auténtica, la mirada que deja impronta. Gracias, y felicidades, maestra Leticia.

Octubre de 2012

lunes, 16 de junio de 2014

Mitos longevos en las voces de un padre

por Mario Note Valencia


a la redención de nuestros padres
(amigos, abuelos, hermanos mayores)

Una de las palabras que encuentro más estimulantes en la escritura es dédalo que significa, entre muchas cosas, laberinto. Pero este término nos recuerda de inmediato a Dédalo, que además de ser padre, fue un gran arquitecto, único diseñador del mítico laberinto en la isla de Creta. ¿Quién no recuerda el mito de Teseo y el Minotauro?, ¿de la ayuda imprescindible de Ariadna?, ¿de la isla protegida por gigantes? Entre los lugares que encierran mitos y los libera a través de los tiempos, Creta es uno de esos continentes de mitos, como el que se refiere a Dédalo e Ícaro.


Como todos recordaremos, el mito nos cuenta que cuando Teseo logra matar al Minotauro, el rey Minos se enoja con Dédalo porque asegura que alguien (es decir, Teseo) había podido burlar el gran laberinto que había construido. Lo que no sabía Minos era que Dédalo fue quien le mostró a Ariadna y a Teseo cómo entrar y salir del intrincado lugar.

El rey Minos decide echar a la isla de Creta a Dédalo y a Ícaro, el hijo de este gran arquitecto. Estando en la isla y planeando escaparse, Dédalo diseña, con plumas de ave y cera de abejas, unas alas para escapar del lugar. Al comprobar que su hijo podía volar, Dédalo le aconseja que no vuele demasiado bajo ni demasiado alto.


Ícaro, sin embargo, en pleno vuelo siente la euforia de su libertad, se siente vanagloriado por tal posibilidad del vuelo que, sin percatarse, se acerca cada vez más al calor del sol. El sol derrite la cera con que se sujetaban las alas; irremediablemente Ícaro cae al mar. Las antiguas lenguas viperinas dijeron alguna vez que con la muerte de Ícaro se fundó el actual Mar de Icaria.


Los mitos y las cosas del mundo:
¿por qué Dédalo e Ícaro?

Según la teoría, los mitos siempre nos cuentan el génesis de los objetos del mundo. En este caso, el de un mar ubicado en Europa. Pero entonces qué hay de la historia. Algo muy importante es que decir mito no es decir fábula o moraleja. Los mitos no enseñan nada más que la historia en algún lugar y tiempo remotos. Lo que sí guardan los mitos son los modelos ancestrales de la humanidad, como es la imagen de la madre, los ancianos, los dioses y en este caso el del padre.

Se dice también de los mitos que éstos, queramos o no y dependiendo del contexto cultural, sobreviven al tiempo y regresan a nosotros de diversas maneras. Por ejemplo, quizá alguno de nosotros, sin darse cuenta, ya haya vivido el mito de Teseo y del Minotauro. Quizá alguien ahora mismo encuentre una semejanza de ese mito con algo que le acaba de suceder en su escuela, el trabajo o en la familia. ¿Quién no ha entrado en terrenos sinuosos de la experiencia cotidiana y salido victorioso?, pero, es cierto, ¿quién no ha sido alguna vez un terrible monstruo que habita en un laberinto?

¿Quién no ha representado el vuelo de Ícaro?




* * *
El día de ayer, 15 de junio de 2014, se festejó el Día del Padre. Las plataformas informáticas de la internet se llenaron de felicitaciones. Entre los diversos carteles que llegaron a mi vista, vi uno en especial que llevaba la representación de diversos trabajos del padre. El desenlace de dicho cartel me tremoló el espíritu de domingo, me transportó al mito de Dédalo, el padre, e Ícaro, el hijo. Me imagino que una sinuosa mano milenaria se coló en las energías creativas del creador del cartel, y lo hizo desencadenar el momento de tensión en donde una vez dejado al hijo volar, está la expectativa del vuelo raso. Por suerte los vuelos nunca son los mismos. Dejo a los lectores efímeros la contemplación de este mito en un producto cultural contemporáneo:


sábado, 17 de mayo de 2014

Teoría Queer, un camino para la crítica de la cultura

por Mario Note Valencia


Indicación preliminar
Conocimiento es aflicción
Nietzsche

La verdad, a veces, duele
Zizek

Para este texto utilizo el concepto de “conocimiento” como el grado de reflexión que, por su sinceridad, violenta lo establecido y produce aflicción. La aflicción ya sea por perder las bases sobre las que uno creía inamovibles, o porque se siente nostalgia frente al abismo. En ambos casos, si hubiera este sentimiento de soledad, le pido que resista y llegue al final del viaje.

* * *

La crítica contemporánea a la Cultura ha desembocado en el alumbramiento de sistemas o formas de relación social que invalidan o restringen la libertad del Otro, de las demás personas. Pero este alumbramiento no ha sido indoloro, pues el conocimiento llega a ser agobiante por la más aguda sinceridad esclarecedora sobre los sistemas cómodos (pero inadecuados) en los que vivimos. Entonces, los críticos de la cultura ¿qué vemos y por qué no podemos salir a gritarlo a los cuatro vientos?

Descubrir de qué nos hemos configurado, de qué están habitados nuestros sueños nos deja de inmediato un mal sabor de boca, una base que es movida y tremola. En el panorama reflexivo, el feminismo ha revisado en los áticos y sótanos de las casas patriarcales, en espacios de la casa que por lo general no se les muestra a los invitados. Estudios como los de Lucía Guerra en La mujer fragmentada: historia de un signo (1995) dan por sentado, sobre una revisión adecuada, las coordenadas masculinas que explicaban a su conveniencia las expresiones profundas y lejanas, como la simbolización de los dioses en los astros (el sol para héroes, la luna para pasivos) o la repartición de roles en la sociedad por el sexo (hombre = aventura, mujer = inamovilidad). Una revisión de esto pueden encontrarla en otra publicación “Feminismo, género y cultura” en este mismo blog.

Aunado al feminismo, otras voces se unen al no encajar con la idea falogocéntrica. El fologocentrismo es la política social masculina que se ha reproducido en casi todos los ámbitos culturales de la vida cotidiana. Muchas actos en apariencia “cotidianos” son reproducciones de sexismo, exclusión o sumisión. Hay que aclarar que éste no es un delirio, inventado o artificial, de feministas a lo largo del siglo pasado; quien, a pesar de los datos aportados en este texto, naturalmente lo dude puede comentar este blog y le respondo lo mejor que pueda para quedar de acuerdo en esto.

La Teoría Queer también participa en nuestro criterio cultural,
entonces ¿qué es la Teoría Queer?

A partir de los años 60 y 70, “los movimientos de liberación de gays y lesbianas de los Estados Unidos han definido las líneas de actuación en la lucha contra la discriminación por causas de orientación sexual” (Andrés, 2000, p. 144). Tiempo después, en el ámbito académico aparece la teoría queer (‘marica’ en inglés), con la primigenia idea de resignificar el valor despectivo de queer para darle nombre a la lucha por la emancipación del falogocentrismo. ‘Queer’ también tiene connotación de ‘raro’, y representa un pilar trascendente en los estudios de género.

Decir estudios de género es decir crítica de la cultura y sus fundamentaciones para someter al individuo a roles de género cuya esencia es repartir en dos caminos exclusivos: o eres hombre o eres mujer.  Judith Butler, eje importante en la teoría queer, deconstruye en El género en disputa (2007) conceptos y nociones operantes de la política patriarcal. Uno de sus análisis importantes para este comentario es el que hace acerca del género. Sobre ello argumenta que “el género no es el resultado causal del sexo ni tampoco es tan aparentemente rígido como el sexo” (Butler, 2007, p. 54), así que no por eso debería haber sólo dos géneros.

El sistema binario del género (“o eres masculino o eres femenino”)  ha causado que exista en un primer plano la heterosexualidad como la hegemonía legitimada* por las ciencias; de manera que lo “raro - extraño” sea una excepción y por lo tanto se subyugue, secreta o públicamente, a la fuerza de este sistema patriarcal. Los roles sociales han reproducido (transmitido de voz en voz) la idea de este sistema binario: si no eres “A”, eres “B” (pero ya no puedes pertenecer a los goces que la política social ofrece a “A”).

Judith Butler pone en tela de juicio el hecho de darle nombre a lo “raro”, como decir “homosexual”, pues no deja de corresponder a la visión binaria del género protegida y legitimada por la misma dimensión masculina que restringe en los roles de interacción. La cultura mexicana, por ejemplo, ha reproducido códigos patriarcales; en la actualidad, el tema sobre la homosexualidad, es decir, la excepción de lo heterosexual (‘lo común’), va de la mano con otros diversos nombramientos como bisexualidad o transgénero.

La experiencia común, o al menos el diálogo cotidiano, nos arroja información de que los relatos vitales de la contemporaneidad no se condicionan a los sujetos de la heterosexualidad (en la política patriarcal binaria). De hecho hay síntomas, como lo entiende Slavoj Zizek, exclusiones de la política legitimadora que hay que tomar en cuenta.

A veces hace falta saber cómo nombrar ciertos efectos sobre el mundo, y este comentario puede ser un breve medio para interesar a cualquiera que lo lea, ya sea porque les causa incomodidad o porque encuentran una explicación mejor dirigida.

Notas:
*Hegemonía legitimada o legitimadora: es lo que existe en primacía, que puede regir o imponer, y que además los discursos alrededor de este sistema lo acreditan, es decir, lo hacen legítimo (y ser legítimo no significa precisamente ser lo adecuado y conveniente). Hegemonía legitimada es la que se impone en un primer momento y se muestra como lo que debe ser; al mismo tiempo se legitima a sí misma.

Para conocer más, y como introducción a la crítica sobre lo patriarcal, puedes consultar los siguientes artículos:

-Guerra, Lucía (1995). “Ejes de la territorialidad patriarcal”. En La mujer fragmentada: historia de un signo. México: Cuarto Propio

-Butler, Judith (2007). “Sujetos de sexo/género/deseo”. En El género en disputa. España: Paidós

lunes, 12 de mayo de 2014

Supuestos “defectos” de la personalidad

por Mario Note Valencia


En las descripciones de la personalidad encuentro sospechoso el atributo de que la armonía de la experiencia cotidiana consiste en aceptar las virtudes y, sobre todo, los defectos. Sin embargo, ya de por sí “los defectos” hacen que mi bolígrafo tremole sin decidirse la profundidad con que se inyecta la tinta en el papel, porque sinceramente no se tiene control sobre esa palabra: defecto, no se le invoca todavía con propiedad, con pertenencia.

Antes de avanzar, ¿en qué consiste un defecto? Defecto etimológicamente significa una “desaparición, falta o ausencia”. La raigambre de esta palabra no tiene la connotación viciada como la que tenemos en nuestros días, por ejemplo, de que tener un defecto en la personalidad es visto como una mala cualidad. Tomaremos esta connotación para ver si haciendo crítica se da la pauta de hacer más potable el lenguaje que utilizamos.

Decir “Te amo con tus defectos y virtudes” es decir que me empalago con tus excusas, al mismo tiempo que hago evidente mi pobre discernimiento de lo que hablo. Decir “Te amo con tus defectos” es hacer expreso tu inconsistencia adecuada de perfomance en el mundo. Es amarte con tus desatenciones e ínfima estima sobre ti mismo, es amarte con tus formas descuidadas de ser persona. Tu personalidad reprocha y esconde la mano con la que arroja la piedra.

Una deconstrucción de estas frases amadoras sería principiada por: ¿qué es el amor?, ¿qué significa que me ames?, ¿qué es un defecto y cuáles son los míos?, ¿qué son las virtudes y cuáles…? Este curioso proceder de cuestionarnos las cosas desde sus más íntimas partículas tiene un objetivo epistemológico, es decir, que desemboca en un conocimiento vital. Aunque estoy seguro de que no cualquiera entra al coliseo, así como no cualquiera sabe pelear con sentido.

¿Cuáles son los riesgos? Empezar por cuestionarnos si estamos haciendo inadecuado uso de la palabra “defecto”, puede ponernos en un malestar cultural. Si estamos acostumbrados a decir “Te acepto con tus defectos” o “Estoy consciente de cuáles son mis defectos” deberíamos empezar por  comprender que más allá de una costumbre  se trata de un prejuicio. Entiendo que nuestra vida cotidiana, en la que estamos inmiscuidos, escuchemos que se mida en estos pobres parámetros: virtudes y defectos. Ante esta situación, no permitamos por ningún motivo caer y reproducir este juego que no dignifica a nadie. Si en una institución (religiosa o gubernamental, o un híbrido infausto de ambas) le piden que declare cuáles son sus defectos, por favor mantenga la calma y no corra, no empuje, no grite sus creencias, porque es una trampa.  
Ejemplo de discurso muy común al respecto.
 Qué sencillo sería que después de este diálogo usted diga que nos hemos entendido y al terminar de leer considerara que su mayor defecto es “No saber leer”. Le aconsejo que deconstruya su supuesto defecto y comprenda que muchas veces la incomprensión lectora sucede por distinguidas variables: a) el texto es ininteligible, b) estaba distraído, c) su estado de reflexión no alcanza el estímulo para el diálogo, d) etcétera, etcétera…

Dejemos claro algo: quien deje de juzgar los defectos y las virtudes de sí mismo y de los demás, podrá quitarse de una tarea inútil, descansar de lo que humanamente no le corresponde. No sé si el hecho de descansar de tareas inútiles sea suficiente estímulo para que de una vez se deje de decir que tenemos “defectos” y que así deseamos que nos acepten. ¡Pura bagatela! Para que funcione apliquemos la fórmula de un filósofo michoacano: si eres tan amoroso, en tal grado deberías ser tan odioso; las percepciones tendrían un equilibrio y sólo de esa manera se sería auténtico. Pero, ¿por qué no simplemente estar más allá del bien y del mal?, ¿más allá de las convenciones de los defectos y las virtudes?

¿Cómo empezar a estar más allá?
(¡Incluso a mí me gustaría saber cómo!)

Primero, no hablo de ser un purista de las personalidades, porque seguramente hay mucho que hacer en nuestros propios terrenos. Propongo que mejor se entienda que naturalmente somos sistemas caóticos. Esto significa que por cada paso que doy crecen los efectos alternos, no paralelos, sino multiparalelos. No sabemos hasta qué punto nuestro hecho de avanzar limita o posibilita el movimiento de los Otros. Hay que hacernos responsables de los efectos inmediatos, los que están a nuestro alcance, con la conciencia adecuada de casi todas las procedencias de la fuerza que hace que uno pueda mover el pie y avanzar.

Tampoco abogo para que digamos “Soy un sistema caótico, entiéndeme”, y deslindarnos así de errores, producto de nuestra inadecuada desenvoltura en el mundo. Hay que entender que los sistemas caóticos también llevan una extraña armonía, cuyo trabajo de engranajes, de maquinaria efectual, nos puede parecer muy bello.

En contraparte qué sería la perfección (nada de virtudes). Decir perfecto es apostar por lo absoluto, lo que ya de por sí no tiene cabida en nuestra reflexión (pues creemos, como un filófoso alemán, que nada puede ser absoluto ni determinante). Sin embargo, creo que lo más cercano a la perfección se encuentra en la exclusiva manera de ser de la naturaleza, una especie de rareza que la vuelve atractiva. “Extraño” pues las micro y macro estructuras son infinitas e infinitesimales. A veces lo pequeño reproduce lo grande y lo grande emula lo pequeño. De las perfecciones más extrañas está el cuerpo humano (por consecuente cualquier tipo de estructura viviente).

A continuación comparto una breve recopilación de discursos visuales inadecuados. Si se quiere ver así: dejar de reproducir estos prejuicios; cómo no sospechar que los más grandes vicios de nuestra cultura están enmascarados en los discursos de más sencilla aprehensión.

Hay paradojas que se inventaron para desviar la atención, por conveniencia.
Aquí sólo vemos la sencilla manera de cómo, alterando el orden gramatical,
se consigue una comodidad inadecuada, una manera precaria de "lavarse las manos".

¡Y ojalá nunca la merezcamos! Ojalá se reúnan todos los que sean como estas personas
y jamás se aparezcan en el camino de quienes sí desean transformarse.


Típico, como dicen. Tanto en mujeres como hombres. Ante estas personas aconsejamos
lo que dijo un sabio: "si me das un golpe, te mando al demonio".

Discurso de una personalidad reprimida, o peor aún: infeliz y rencorosa.
Nada que se festeje auténtico.
Una enorme condición para la pareja, un enorme riesgo incluso en la amistad.
¿Y si se falla en el intento?

Entonces no es amor.

Ah caray... Una evolución de estos vicios. 
Consejo de una persona que ha desperdiciado su vida tratando de entender
a los viciosos en estos puntos. De por sí  el "aguantar" aparece muy agónico.
Nada de aguantar estas desatenciones de la personalidad.


Lo más cercano, y por lo tanto rescatable de estos discursos
en carteles, a estar más allá de los defectos y las virtudes.

Agradezco a quienes ofrecieron su opinión acerca de los defectos, así como me ayudaron a presentarles estos carteles comúnmente difundidos en distintas plataformas informáticas.

jueves, 1 de mayo de 2014

Dejarías de ser adulto: de cómo el adulto se aprovecha de la infancia

por Mario Note Valencia

 Adulto y adusto no son sólo dos palabras que se parecen.

Las muchas veces que uno escucha “Te comportas como niño” o “¡Pero qué niñería estás haciendo!”, el apelativo niño se utiliza sin duda, en este campo de acción, despectivamente. Ya es momento de que se aleje de estas funciones groseras el adjetivo niñerías. Aquí no se le pide opinión a los infantes, primero porque son ajenos al contexto. La tensión a resolver es privar a los adultos, quienes ejercen “la ley y el orden”, de que sigan llevándose a los niños entre los pies. Aquí aparece una injusta guillotina que corta la cabeza de los progenitores y la deja caer sobre sus hijos.

Decir que este problema es vano, es desmeritar a los sujetos invocados inadecuadamente: los niños. Este decir que “eres como niño” de manera peyorativa se parece mucho a los poetas que traen a su boca palabras mayores o menores, pero que no le pertenecen. ¿Un niño podría ofender a otro niño si le dijera “Te comportas como adulto”? Antoine de Saint-Exupery inicia El Principito con la nostalgia de la infancia, la melancolía del no poder regresar; sin embargo, por eso mismo, se trata de un libro para adultos. No es el pequeño príncipe quien narra su historia, porque eso implicaría un esfuerzo epistemológico (exclusivo de la infancia) incluso para el escritor Saint-Exupery. Los niños, si leyeran la viva voz de este hombrecito que vino de un especial asteroide donde vive con una flor, un baobab y un volcán, no se preocuparían de estar nostálgicos por la adultez. La precocidad, en cambio, puede ser esa manía infundada por los Otros (adultos) de crecer. Creo que Vicente Fernández vivió desesperado la precocidad, consumiendo la infancia, o según interpreta en su canción “Las botas de charro” (por eso, niños, estas canciones son de adultos para adultos, naturales o precoces).

Comportarse como un adulto, en términos populares, implicaría al final de cuentas soterrar la exposición al mundo, al genuino mundo de lo hipersensible y sensorial, en la que catedrales góticas habitan dentro de las cáscaras de nueces, y si se acerca al oído se puede escuchar un río Sena y a Notre Dame desde las alturas. Este reconocimiento de lo genuino quizá viene de verse en los demás (espacio-temporales) lo que ya no somos: infantes.

No comparto la idea romántica de regresar a la niñez, sobre todo porque sospecho que la nostalgia de la edad infantil en un adulto proviene muchas veces de su cursilería. Reconozco en cambio los actos cuyo eje es la autenticidad y que provienen de los fantasmas de la niñez, por más que se diga que no se ha tenido.

Hay eventos corporales que se aprecian en el adolescente, por ejemplo, que ya de por sí no le pertenecen a las posibilidades de la infancia. El ideal del niño eterno, a primera intuición puede ser inoperante, porque las reflexiones verdaderas sólo vienen de la periferia y no de las deducciones de la niñez en las que ya se está ocupado experimentando al mundo, al mundo en un abanico de esperanzas y desilusiones al instante, de árbol frutal rebosante de deseos. Por otro lado, el corrido popular “Pancho López” es viva alegoría del vivir aprisa, e inquietante imagen del niño que se engulló al mundo desde muy pequeño. El mismo Pancho López (que era chiquito pero matón) es imagen ranurada de la perversión adulta, de ese vicio de desvestir o vestir a los niños “para verse como adultos”.

Los pequeños concursos de belleza para niñas de tres a nueve años de edad (y para su sexualización velada-dirigida por los adultos) son o eran comunes, que por comunes ya no sorprenden tanto, aun si se trata de abolir estos concursos. Pero en la cotidianidad mucho más inmediata hay objetos particulares de la intervención adulta en la experiencia del infante: a) la sonrisa que ocasiona ver a niños actuando como adultos; b) el juego del papá y la mamá (cuántas veces he visto que los niños en este juego se comportan como cada uno de sus padres en la casa, donde incluyen frases violentas e incluso alusivos a la infelicidad); c) una niña con voz de soprano, hipermoralizada, con vestido de noche, interpretando con su voz única una historia de amor.


La niña soprano por su breve edad “conmueve” al público, la adoran. Debajo de esa adoración (por adultos) se encuentran apretados algunos vicios: la fantasía de la nostalgia de la niñez y el ideal de la infancia eterna. La niña en este caso, como en muchos casos más, se convierte sin desearlo un producto de consumo y, como tal, en algún momento será crudamente inservible para los Otros, porque “se permitió crecer y ya no es lo mismo”.

Como estos casos de consumo abundan en el mundo. Siempre habrá una institución (lícita o ilícita, aunque cuando se trata de contaminar la infancia ¿qué es lícito?) encargada de comprar y desechar, de ofrecer a los mejores postores cuyo capital es motor del mundo: las familias. La familia es protectora o expectorante. La familia es tan inmanente como trascendente. La familia puede apoyar o atar, siempre en una madeja atractiva de la que cada Uno en su individualidad la toma o la deja. No todo se aprende en la familia, pero no todo se aprende en la calle. Hablo de la familia más allá de lo biológico, de la hermandad y protección genuina; incluso no hablo de personas exactamente.


Cuidemos hasta cierto punto la infancia que esté a nuestro alrededor. Transformemos actos, por ejemplo, que “Te comportaste como un (a) niño (a)” o “Fuiste muy infantil” sea elogio a la autenticidad.

Apostillas:
A continuación comparto discursos inadecuados en imágenes que se reproducen en varias plataformas de comunicación ordinaria. El problema no está, muchas veces, en lo que expresa sino en la mano que construye esa idea o la boca que la reproduce. Hay que tener intuición incluso en lo más mínimo.

Parece que aquí se propone que el pensamiento es exclusivo,
como la vivencia, los consejos y los sueños. Por más que la compasión
 nos diga que no es cierto: aquí el niño es el apartado, y el adulto un centro.
Parece más una frase "motivadora" para los adultos.

Nos quedamos más con el "hacer mil preguntas". Sin embargo,
hay que notar que "mil" es una cifra desmedida compuesta
de la razón geómetras de los adultos.

Este cartel parece que se hace público entre ambientes burocráticos.
Estos ambientes ya de por sí son indeseables. Es un discurso en el que
no se festeja a los niños, sino que se da tiempo para su fantasía del retorno.

"Que nadie te saque..." se presiente defensiva, de una voz que
se preocupa por los demás que de por sí mismo, por una voz ególatra.
"Magia" guarda el truco de, en el fondo, ser despectivos con los niños.
Otra vez, un cartel que se compartiría en ambientes burocráticos.

Rescato este cartel de todos los anteriores. Su discurso visual es
sencillo, versátil, y supongo que quien lo hizo estaba en
un estado de autenticidad. Aquí el "me tienes que" es risible
pero también es una invitación. Por su autenticidad
no es posible calcular muy bien si lo hizo un anciano,
adulto, joven o niño. Eso no importa. 

martes, 29 de abril de 2014

¿Qué es experiencia?

por Mario Note Valencia

Interpretación de "El Judío Errante" por Andrea Posada

La experiencia nos ha sabido mostrar que experiencia implica un desvío de lo ordinario. Tener experiencia es decir que se ha arriesgado y que esa tensión con el riesgo ha derivado en conocimiento vital. Este tipo de experiencia se diferencia de su vitalidad con los conocimientos inmediatos que permiten la supervivencia; así como hay deseos profundos y diversos (los motivadores, los que nos mueven a un fin, secreto o público), hay deseos neutros que son los que corresponden a la pulsión natural, por ejemplo, de comer. Existen distintos e innumerables campos abarcables en la vida y cada uno ofrece experiencia al momento de sumergirse en ellos.