jueves, 12 de abril de 2012

Del pasado y las ilusiones


En ciertos episodios de la vida cotidiana es conveniente dejar que persista la ilusión y, por consecuente, la fantasía. Hace poco me preguntaron que si era malo vivir en una ilusión y una fantasía; para ello, primero me propuse reflexionar sobre esas dos sensaciones que parecen ser las mismas, señalar de cada una sus cualidades. Tales derivaciones las contemplo para otra ocasión, otra redacción. Por ahora, mi proposición: ciertos momentos de la vida deberían quedarse en la memoria como hermosas perlas del pasado, difíciles de causarte daño.

Los momentos a los que me refiero son meras situaciones de la vida cotidiana que, precisamente, trasgreden la cotidianeidad; en decir, incidentes que advierten tus sensores, te emocionan, activan tus sentimientos, y todo termina en una sonrisa nostálgica: en un “hubiera” después de todo.
            Hay diversos ejemplos que podríamos sacarlos de tu vida o de la mía. Sólo piensa en alguno, recuerda acciones, avistamientos, olores quizá, y pronto sentirás cómo no se te antoja un “hubiera”.  Pero somos civilizados, y preferimos, muy en el fondo, que todo termine así, ya que la ilusión (porque todo desde muy lejos y muy cerca parece irreal) te pide permanecer en su sitio.
Imagínate que pudieras continuar con el curso ilusorio de aquel momento genial: ya sea la visita a algún lugar, el conocer a ciertas personas, el enamoramiento fugaz, sutil y sincero (no se confunda con amorío); ¿ya lo imaginaste? Pues bien, eso que ambicionas es pura fantasía: no ha sucedido, mucho menos sucederá. El tiempo se ha detenido y no es necesario que vuelvas a él para corromperlo; piénsalo así: lo que tienes en la mano es un papel muy delicado, el cual tocas con las manos sucias, si lo usas, con el tiempo lo volverás feo y sucio.
Deja que la ilusión de vez en cuando te renueve energías, evita desnudar las cosas antes de tiempo. De hecho, nunca sabes que algo se convertirá en una ilusión hasta que los sucesos pasan. Generalmente este tipo de momentos no vuelven a repetirse, al menos no en las mismas condiciones. Recuerda siempre que cada segundo te predispone un desarrollo natural y que, como el filósofo, cuida tu presente pues serán tu pasado y tu futuro.
No creas que abogo por que lances el ancla a tu pasado, que te envuelvas en nostalgia para siempre. Nada de eso. Las pertinentes pulsiones del recuerdo llegan a ti de modo natural, ya porque algo te evoca aquello, ya porque tu seguridad busca en la memoria razones para evitar echar raíces en tierras infaustas.
Por último, y no por eso menos importante, este tipo de recuerdos son muy personales, que se sostienen sólo de la experiencia; conforme más pasa el tiempo, se vuelven más íntimos, hasta que se impregnan como tatuaje de hena, es decir, pueden borrarse gradualmente. Cuando puedes hablar de esas ilusiones ya has comprendido ciertos engranes de la vida, entiendes y dejas el “hubiera” para las fantasías. Afirmemos algo: Las cosas se dieron como tuvieron que darse, recuerda: lo bueno es siempre lo que permanece. Saludos y buena suerte mi lector efímero.
Honestamente: Marionote Valencia

miércoles, 7 de marzo de 2012

Del sobrino y otras contemplaciones cotidianas

No hace mucho tiempo que le tomé
esta fotografía. Su nombre es Carlos, y
Carlitos es para los cuates.

–¡Tío!

Escucho desde la otra bocina, al parecer la voz prometida de mi madre: mi sobrino utilizando por vez primera el teléfono.

–¿Cómo estás? –le pregunto.
–¿Vienes, tú? –me contesta muy jocoso.
–Sí, muchachín, mañana…
–¡Mente, tío! –sigue hablando, como si me tuviera enfrente.
–Sí, llego mañana ¿va?

No recuerdo cuándo fue la última vez que me permitía contemplar las verdades de los días, fragmentos cotidianos que hacían del universo cosa pequeña. Me repuse de aquella emoción pueril, genial, y le confesé a mi madre cuán alegre me ponía haber hablado desde una polifonía de seres. Porque sin duda éramos sólo uno, por un momento, y ahora lo recuerdo, casi perfecto, con alegría.
Ese mismo día salí a andar en bicicleta, tomé varias fotografías de la naturaleza, me vestí del cielo arrebolado y vi cómo se inflamaba la luna. La luna, jamás pude capturarla con mi sencilla cámara fotográfica; pero entendí, que no todo funciona para encapsularse, sino para mantenerse en la memoria, en un dulce espacio que se llena como un contenedor de esperanzas.
            Ahora recuerdo todo como si pasara a cada momento; en este mismo instante mi sobrino estará durmiendo y yo velando aquí su recuerdo. Cuando lo vuelva a ver me digo–, estaré muy a su disposición de niño, comprenderé como otras veces que las figurillas de barro sobre mi escritorio tienen reparo, que las hojas de papel tienden a mojarse y que, sobre todo, las manos de los niños maquinan algo que yo no pretendo descifrar.  
No pretendo, tampoco, agotar el tema, ni siquiera decodificarlo para siempre. No desnudaré el misterio, ni lucharé con la infinita ignorancia del ser humano. Es mejor no saberlo todo, es mejor imaginarme el pequeño cuerpo que contiene el alma de mi sobrino, tomando el teléfono con sus manos marcadas por el lodo con el que construyó un castillo, y que me espera mañana, donde me recibirá con honores.
Todo eso fue y pasó en un día. Todo eso es y será para siempre, mientras yo lo recuerde. Todo ha sido hoy, ahora que entrego la presente redacción. Buena suerte estimado lector efímero; por cierto, ¿qué ha sido lo último que ha contemplado?
Honestamente: Marionote Valencia

jueves, 19 de enero de 2012

Los cuícatl (Cantos prehispánicos)


Es indudable –y los españoles no pudieron arrancarlo de la historia mesoamericana– esa devoción que existía entre el hombre y el medio natural que lo rodeaba. La naturaleza, con toda su vasta expansión de vida, era como la madre primera y última de los indígenas; todo se regía alrededor de ella: los dioses tenían una función especial en el medio ambiente, los hombres tenían una relación estrecha con un animal según el día y hora que nacían, en pocas palabras: la naturaleza era metáfora viva, en ella se componía la poesía.
Los recopiladores españoles, ya lo dice Miguel León-Portilla en colaboración con Shorris E., contaminaron la esencia de la literatura náhuatl, interpretaron desde un punto distinto los tlahtolli (la palabra), y entre cada traducción o transcripción siempre hubo algo que se iba quedando; pero se acepta que en tales condiciones, la recopilación de los evangelizadores era la única manera de preservar el recuerdo de toda una cultura ajena al mundo occidental. Los frailes Andrés de Olmos y Bernardino de Sahagún desempeñaron este arduo trabajo de conservar y plasmar desde un inicio los comportamientos de los indígenas, con el fin de mostrarlo al mundo hispano que se encontraba en otro continente.
Entre lo que aún se conserva después de varios siglos de desinterés, está el cuícatl; cuícatl significa canto. Ciertamente los frailes reconocieron que no era lo mismo transcribir los cantos de los nahuas que presenciarlos en un verdadero rito, para así comprender mejor la función de esta actividad cántica (aunque algunos cuícatl también eran acompañados también por el baile, por danzas). Miguel León-Portilla hace una buena observación en cuanto al significado general del cuícatl, pues veo que él lo define, y así es en todos los estudios, como un sustantivo y no un verbo, es decir, no se trata de una práctica solamente, sino de todo lo que arraiga la metáfora cuícatl: 'canto', 'himno', o 'poema'. Y por poema entendemos, si referimos a Octavio Paz por ejemplo, que es aquella creación versada que tiene una mención, imagen y sentido, fundada en un ritmo; cita válida porque León-Portilla reconoce a los cuícatl como esas creaciones poéticas “dotadas de ritmo y medida”. Si se habla de poesía, entonces el cuícatl nos habla de algo entre sus expresiones. Buena suerte lectores efímeros. 

Honestamente: Marionote Valencia.

domingo, 13 de noviembre de 2011

El lenguaje... ¿Cómo has dicho?


Tal parece que lo más sencillo es lo más difícil de discernir a la hora de explicar; un ejemplo de ello es el lenguaje. ¿Qué es el lenguaje? El término es acuñado interdisciplinariamente, aunque de todas las concepciones puede haber una concreción. Tengámoslo aquí como ‘la capacidad que tiene el ser humano para comunicarse’; agreguemos a la noción de que hay distintos tipos de lenguajes: la danza, la pintura, la música, etc. Cada lenguaje tiene un fin muy claro: comunicar.

Buen ejemplo con Magritte
La comunicación es el intercambio de mensajes en donde hay un juego de papeles sobre quién, en determinado momento, es el emisor y quién el receptor. Para que se logre la comunicación, elementalmente necesitamos un medio para trasmitir el mensaje (ya sea la carta, la voz o el baile), así como un código (un alfabeto o los movimientos corporales) para construirlo. La comunicación sólo existe cuando emisor y receptor comparten el mismo código y mismo lenguaje. Si hay malinterpretaciones del mensaje, consideraremos que la comunicación está truncada o que simplemente no existe.
Ya hemos definido de manera sucinta dos conceptos que parecían un enigma. Entonces, ¿qué es la lengua?, y ¿qué demonios es el habla? Nada es la misma cosa, sin embargo sí contienen la misma raigambre: intervienen en el proceso de la comunicación. Aquí tendremos a la lengua como ese código específico de cada civilización para poder cifrar un menaje, es decir, convertir el pensamiento en palabras. Muchas lenguas tienen alfabeto. En cuanto al habla, es sobre todo una acción individual pues se trata del toque personal que uno le da a la lengua: de allí que se diga «El habla de esa persona es adecuada».
Hablar de una lengua en específica, es hablar de toda una cultura. Si uno quiere comprender al ser humano en cuanto a su capacidad de expresión, debemos empezar por sus primeros intentos de comunicación, las más primitivas que fueron génesis de todos los procesos lingüísticos. Se trata, además, de un asunto antropológico ya que las acciones surgen de una necesidad; piénselo: ¿de qué le sirve poder comunicar sus pensamientos? Y en esas respuestas coincidiremos en que es imprescindible la comunicación, y así precisamente sabremos más de las personas. “Habla para que te conozca” diría Sócrates, porque dice mucho de nosotros cómo hablamos y de qué cosas hablamos. Quieres conocer a alguien, habla con ella. Recordemos, no sólo importa saber decir los mensajes, sino también escuchar… Por allí hay una buena reflexión: «Fuimos creados con dos orejas y una boca, para escuchar el doble de lo que se habla».
Hasta este momento ha sido un bosquejo rápido acerca del lenguaje; ahora quiero hacer notar: no sólo el ser humano tiene lenguaje, es decir, la capacidad de comunicarse, sino todos los seres vivos cifran uno también; por ejemplo, determinados animales se comunican por medio del lenguaje auditivo. Sin embargo, es el humano quien puede ir más allá del instinto animal, y hacer del lenguaje una herramienta fundamental de la civilización, hasta convertirla en el arma más poderosa (y no es por exagerar). Y es que todo ha ocurrido por buenos o malos entendidos, como la injusta conquista de América: fue el encuentro de dos culturas lejanas entre sí, desconocidas, con lenguas distintas y sobre todo un lenguaje conformado de cosmovisiones ajenas entre sí. Como dijimos, el lenguaje representa el peso total de una cultura.
Y bien, estamos hechos para pensar, sobrevivir, convivir, etc., aunque también somos unas máquinas monstruosas: dañamos verbalmente, mentimos, corrompemos a las personas con nuestros lenguajes inadecuados… A veces somos tan inhumanos que vale la pena reflexionar sobre cómo utilizamos el lenguaje, porque no vaya a ser que el pez por su propia boca muera.
Honestamente: Marionote Valencia.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Muerte en La Campana, Colima

En Colima tenemos una zona arqueológica llamada La Campana, cuyo contexto histórico se remonta hasta los últimos años de la Era Antigua. Está ubicada entre dos ríos y orientada hacia el volcán. En primera instancia vemos esa dualidad: agua y fuego, luego que sus construcciones abarcan lo mercantil, lo político y principalmente lo religioso. En ese edificio en forma de campana era donde se hacían los rituales y se sacrificaba para honrar al dios del fuego (volcán).
El alzamiento principal del lugar: La Campana
En cuanto a ese ámbito religioso hay dos incipientes importantes: la muerte y el destino del fenecido. El lugar de los muertos, como para muchas de las culturas prehispánicas, era el Mictlan; para emprender el camino a esa morada, al muerto se le hacían las muy conocidas ‘tumbas de tiro’, que referimos su análoga apariencia al de las bóvedas, localizadas hasta diez metros bajo tierra. Actualmente se cree que la profundidad no sólo dependía de la dureza del suelo, sino del estrato social al que pertenecía el fallecido. Los familiares del difunto lo vestían muy bien y le colocaban objetos alrededor que lo identificaran según lo que haya hecho en su vida. Por último, los pobladores sacrificaban un perro y lo ponían también en la tumba, para que éste ayudara al muerto a cruzar el último obstáculo del camino al Mictlan: un río. Sin embargo, no todos tenían como destino el Mictlan, los guerreros que morían en batalla y las mujeres que perecían en el parto, acompañaban al sol en su ruta: alba y cenit; para luego renacer como el mismo astro lo hace.


El análisis que se ha hecho sobre los objetos encontrados en las tumbas, dejan evidencias claras, y otras inconclusas. Por ejemplo, de acuerdo a las deformaciones de cráneos, se cree que los indígenas sabían de cirugía; sin embargo, no se explica por qué algunos restos o figurillas de barro no tienen extremidades, ¿con qué objetivo se habrá hecho eso? O en general, ¿cuál es la explicación concreta de las tumbas? Si la indiferencia no nos gana, lo sabremos, después de mucho, algún día.
Honestamente: Marionote Valencia.

miércoles, 26 de octubre de 2011

La tuba de Herodes


Hoy probé el sabor de la burocracia: una tuba sabor fresa. Yo, que evitaba cualquier relación que tuviera que ver con oficinas, caí al servicio de una secretaria. Acepté el trabajo porque así evitaría otros asuntos meramente institucionales, lo que tampoco me ayudó a salir del vicioso círculo institucional.

Papeles, papeles y más papeles. Carpetas. Ordeno y archivo según sea menester. La secretaria me explica amablemente cómo debo hacer las cosas. Me presta la engrapadora y los clips; saco copias, yo y la copiadora nos entendemos: seguimos un aburrido protocolo. Fotocopio, ordeno, engrapo; fotocopio, ordeno, engrapo; fotocopio, ordeno… ¡Faltan grapas! Y vuelvo al ritmo.

No es culpa de la secretaria que se estrese por todo lo que debe descansar al día o por lo que tiene qué hacer cuando llegue a su casa; la razón es el sistema. En un México en el que se vive a flor de piel la mítica democracia, sus instituciones imponen autoritarismo. Los inversionistas extranjeros ya ponen un Gualmart, un Kentoky o un Blockbuster, con la finta de que generarán empleos. Bien, los generan y los mantienen, pero con una ‘democracia repartida’. Concedo a la ‘democracia repartida’ como aquélla que no se engendra según el pueblo, sino que se gesta bajo las condiciones del singular poderío; por ejemplo, cuando una tienda comercial paga muy a fuerzas el salario mínimo, argumentando que sería peor si no estuvieran esos empleos. Total, si no me pagan no como. Ésa es una de las razones por la cual el mexicano se agacha y guarda silencio; sólo cuando llega a su casa pretende desquitarse con la familia o con la cerveza, gastando lo poco que le pagan.

Será que en verdad somos así, o más bien, estamos tan ofuscados que no llegamos ni siquiera a “ser”. La identidad mexicana es a la vez difusa, un donadie, pero tan arquetípica a la vez: güevón, idealista disfuncional, irresponsable, conformista, pachanguero… Allí le paramos. Nomás no vemos un rasgo bueno en ello. A lo mejor alguno dirá que la mejor cualidad del mexicano es ser nacionalista, cuando ni siquiera el que profiere el aforismo conoce el himno nacional; en cambio, pone toda su fe en un equipo de futbol. México, dicen, es el único país que se paraliza por un partido: las escuelas suspenden labores indefinidamente, y aunada a la inteligente disposición, le sigue la biblioteca municipal; en los trabajos (sea bajo techo o en el campo) siempre hay un radio o una televisión que transmite el furor deportivo, mientras en los bares, el mass-media por excelencia es pretexto para el embotellamiento de clientela. Si gana México, hacemos fritangas; si pierde, le echamos la culpa al técnico del equipo.

Y así como un juego, se mueve esto que llamo burocracia. Acepté la tuba sabor fresa, además del calor, porque nunca la había probado así: ‘tan fresa’. Era dulce, muy dulce, aunque el cacahuate mitigó lo meloso del asunto. Más importa el hecho de estar allí: organizando papeles de otros, mostrándome sumiso y conformista con mi baso de tuba en la mano. La secretaria me ofreció la bebida de su bolsillo, del dinero de sinuosa procedencia, de un único poder que controla todo con el dedo índice y manda y dice, pero nadie dice nada. Allí estuve con mi tuba rosa en la mano, como un burgués. Nimodo, pensé, hay veces que encaja perfecta esa memorable frase popular: La ley de Herodes…
Honestamente: Marionote Valencia.

domingo, 23 de octubre de 2011

Escritora no... Pero nadie olvida a María Sabina


María Sabina fue una mazateca que desde muy chica se entregó a las visiones que otorgan los hongos, según ella lo cuenta. Cuánta sabiduría no puede uno entender cuando ella curaba a los de su pueblo por medio de sustancias que actualmente son consideradas dañinas; quién sabe, pero María Sabina estuvo, sin quererlo, en el ojo del huracán de todos cuantos curiosos y malintencionados querían conocerla y pagarle porque los dejase experimentar el viaje de los hongos alucinógenos.
Mil respetos.
Ella nació un julio de 1922 y murió en noviembre de 1985 en la Sierra Mazateca, al sur de México, por Oaxaca. Fue mujer, curandera, sabia y sobre todo una poetisa. En sus ceremonias ella manejaba la situación según la experiencia le había enseñado, y el contacto con los dioses que le dicen al mismo tiempo que no cualquiera puede ocupar el lugar que tuvo ella. María Sabina nunca escribió, pero lo literario lo emanó con el hálito interno que le hizo hablar y componer. En una oralidad de María Sabina notaremos varias señales de poesía pura:

I
Soy la mujer que examina
Nuestra mujer infinito, dice
Nuestra mujer remolino, dice
Nuestra mujer de las alturas, dice
Nuestra mujer de luz, dice
Soy mujer espíritu, dice
Soy mujer día, dice
Soy mujer águila dueña, dice
Soy mujer sagrada, dice (…)

Hay ritmo porque las mismas frases lo ostentan: la bella repetición de imagen y sentido. Hay anáforas; eso sería en retórica, pero considerando lo indígena, a la repetición (o reiteración) se le llama paralelismo. El paralelismo cambia según los versos que ya lleva dichos y cómo, con el sonido, ella sabe que se escuchará bien. En conjunto forma esos trances alucinógenos en los que ve a los espíritus que curan a través de sus manos. Vemos también las metáforas, éstas le dan sentido al verso que es forjado por los demás y al mismo tiempo. María Sabina se deja llevar por la corriente y su resultado es un poema muy versátil y profundo, porque abarca muchas características que a veces parecen nimias para el ser.
      Honestamente: Marionote Valencia.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Entre culturas te veas


La cultura es todo hecho de cualquier naturaleza, dotado de significado o simbolismo, que tiene que ver con el ser humano porque sólo éste posee la condición única de ver su mortalidad y, por lo tanto, estar en la necesidad de darle a la vida un sentido de existencia anacrónica. 
 Con ‘sentido de existencia anacrónica’ me refiero a que el ser humano siempre ha querido dejar una huella que persista aun después de su muerte. Es esa lucha eterna con el tiempo, que nos desata por dentro y nos tira a la angustia.
La angustia es tan humana como la necesidad de compañía. La angustia nace nada más ni menos que por el descubrimiento de la muerte, de la mortalidad del ser vivo. Los demás animales no saben que en un futuro ellos morirán, por eso sólo viven el presente. Pero nosotros ocupamos en ‘no estar’ en el presente, porque nos detenemos en el pasado o nos preocupamos por el futuro. Este último punto cabe en otra redacción para el blog que con gusto pronto estaré compartiendo.
Regresando al tema angustioso: el ser humano empezó a ser “humano” cuando se percató de la muerte. En ese momento se crea la cultura: desde cómo se organizaron las comunidades hasta cómo reaccionaron frente a los fenómenos naturales. El miedo, la angustia, la melancolía, son apenas unos puntos claves que nos remiten a una comprensión general de las razones que tenía el ser humano para revestir el sentido de la vida; acaso como si dijeran: “Vamos a morir, hay que hacer algo”. Desde entonces representaron el mundo en pinturas rupestres, esculturas en hueso, dólmenes, pirámides, códices, y en estas creaciones proyectaron su política, creencias, sentimientos del mundo, y, en fin, cientos de símbolos.
Un símbolo es un signo (cualquier cosa que significa) que nos remite a interpretaciones varias y ambiguas. El agua bendita, por ejemplo, no es que valga más que la leche o el aceite, sino que para la tradición romana esa agua es única y arrastra toda una tradición: un simbolismo a la vez muy conocido pero no fácil de definir. Así, podemos ver más culturas.
Ante la práctica de observación hacia otras culturas, no hay otra manera que ser arbitrario: tener cultura humana es comprender y respetar las demás. Lo que recomiendan los antropólogos es negarse a la aceptación o comprensión de una cultura que denigre la dignidad humana: como la tortura o la muerte involuntaria.
De modo que, y podemos concluir amenamente: la cultura es la impronta que avanza según la historia del ser humano sobre la Tierra. Hay una diversidad de culturas. Dentro de cada cultura existe una subcultura: la cultura de la lectura, del deporte, de la convivencia familiar, etc. Todo, absolutamente todo es cultura; de allí pasamos a un valor cualitativo de una “cultura efímera”, para comprender cómo es que actúa.
Honestamente: Marionote.

lunes, 29 de agosto de 2011

Humanidad: con descuento

por Mario Note Valencia


–Pinches tacos, por todos lados ponen puestos y nadie les dice nada; pero quieres poner un restaurante y te ponen muchas trabas. O peor: quieres vender cervezas y nomás no te dejan; luego mejor les dices a tus compas «Oye, güey, ven por las cervezas en la madrugada». Van, te compran y te emborrachas junto con ellos.

–¿Quisiste poner un restaurante y no te dejaron? –le pregunté al joven taxista que descansaba su antebrazo en el borde de la puerta y con la otra, la mano izquierda, controlaba a tiempos el volante y cambiaba las velocidades.

–Nel, ahora no tengo dinero. Estoy chingado. Estuve un año sin trabajar –miró por el retrovisor que ningún otro automóvil tenía intención de rebasarlo. Luego me miró y siguió con el mismo tono de enfado y resentimiento–: Te voy a decir al chile, la verdad fui un pendejo. Anduve todo ese año en puras pendejadas con unos supuestos “compas”, ¿y en dónde están ahora? No están conmigo ayudándome, me ven en el taxi y ya ni me hablan. La neta son pendejadas.

–Supongo –repuse–. ¿Hace cuánto tiempo que andas de taxista?

–Como unos siete meses, carnal, pero ya me vale madre.

Después de su respuesta estuvimos en silencio un minuto entero. Minuto que pasé de largo porque mi intuición quería descifrar adónde llevaba su confesión. Es cierto que los taxistas te cuentan de todo o tú les cuentas algo para que luego se lo cuenten a otros pasajeros, pero es muy raro que te tomen por confidente, sin saber siquiera nada de ti, tu nombre, por ejemplo. Algo, lo que sea, una pista.

–Entonces –le dije– este trabajo nada más es para llevártela tranquilo.

–Pues sí –contestó y por un segundo creí que no me seguiría contando–. Yo te voy a decir todo al chile, la neta antes tenía mucho dinero y una troca de lujo. Anduve saliendo con unas popis, bien fresas… Me drogaba, me emborrachaba y así me pelaban las pendejas. Una vez una de ellas le hablaba a su amiga maravillas de mí, «es un buen hombre, deberías casarte con él» y, no mames, carnal, yo estaba atrás de ellas bien pacheco, hasta’trás escuchando sus chingaderas. ¿Puedes creer eso? Es puro pinche interés, no es pedo, te lo digo por experiencia. Al final perdí la camioneta por no pagarla a tiempo… Ahorita me ven las mismas viejas en este taxi y se voltean pa´otro lado.

Quise animarlo, decirle que no todas las… Pero él se adelantó:

–Así son ellas, cálale para que veas. Me las pasaba por abajo, por pendejas. Mira –me dijo alzando su mentón para indicarme hacia qué lado–, ¿ves esa camioneta roja que está allá? Más o menos te cuesta unos 60 o 70 mil pesos, con eso la haces.

Faltaba muy poco para llegar a mi destino. Giró su rostro para que lo viera:

–Mírame, compa, ¿esta cara te parece de drogadicto? ¿Ojeroso?

–N…

–Ya no hago nada de eso –dijo con un tono de resignación y volvió su vista a la calle meneando su cabeza como diciendo “no, no, no”.

–Admiro tu honestidad.

–La cosa es –decía, estacionándose frente a mi casa– que yo digo las cosas al chile. Y reconozco que fui un pendejo y que ahora me lleva la chingada.

–¿Cuánto va a ser?

–Quince varos.

Le di un billete de veinte y mientras bajaba con maleta y mochila en mano, él continuó con su monólogo. No pude entenderlo todo, sólo que aborrecía su vida.

–Qué jalada –le contesté. Al final le deseé buena suerte y echó reversa.

Entré a mi casa. Me recibió mi sobrino más pequeño que me decía «tío-men-ropa-yo-sí-teni-lune». Me presumió su uniforme nuevo que usaría en el jardín de niños. Se notaba muy entusiasmado. A su edad, pensé, yo habría sido más hermético y más adusto.

* * *
Lo siguiente ocurrió un día después.

Nota del sábado 20 de agosto de 2011:
Era sábado y llovía muy ligeramente. Le había prometido a una amiga que la acompañaría al centro comercial. Pasé por ella, pero luego de caminar varias calles hasta la parada de autobuses, volvimos a su casa por una sombrilla. Al salir miré la hora y deseché la idea de abordar un autobús urbano, por lo que detuve el primer taxi que vi en la carretera. Apenas se acercó, pude reconocer al mismo joven conductor del viernes pasado.

Las ventanillas cerradas. El interior aclimatado. La música del estéreo tocando reggae. Nadie como tú de Gondwana (como después me enteraría).  Me sorprendí, porque el joven se veía más relajado, menos ojeroso, más sano y menos tenso. Su rostro me inspiraba el recuerdo de los que, después de tomar la Ayahuasca, aceptan ser tragados por la serpiente. Sin duda era como eso. Una transformación.

Comencé a cavilar en voz baja. Era una coincidencia. Mi compañera no comprendió en ese momento por qué de un momento a otro me sorprendían las pequeñas peripecias de la vida y nosotros, tú y los otros, actores de un mismo escenario, pero en diferente cuadro y escena.

Quería decirle, mientras él manejaba absorto y tranquilo, que lo había conocido ayer, que era yo el de la maleta y la mochila, el de la conversación de los tacos. Mi amiga era la única persona que no sabía de lo ocurrido, y por cierto no se lo había contado por las cosas que el taxista había dicho sobre las mujeres y que seguramente, por respeto, no diría si estuviera una mujer presente. Además consideré que en 24 horas él ya habría mirado decenas de rostros pasajeros y borrado de su memoria mi existencia, hundida en el resbaladizo fango de la vida cotidiana.

Finalmente, cuando nos dejó en nuestro destino, le pregunté cuánto iba a ser. Quince pesos. Mi acompañante bajó del taxi. Yo esperé adentro con un pie afuera en la calle para esperar el cambio de un billete.

–Oye, ayer nos conocimos.

–Así es, carnal… –me respondió alegre y emotivo.

No sé cuánto ni qué nos dijimos, sin entendernos. Ambos olvidamos muy pronto el protocolo en estas despedidas forzadas. ¡Buena suerte! mientras se iba, y no sé qué otras bendiciones cotidianas. Todo iba perfecto. Tomé de la mano a mi amiga, abrí la sombrilla y después de un momento lamenté no haberle preguntado su nombre.

Alguien me dijo una vez que no trabaría amistad conmigo si notaba que yo era cortés pero sin estima. El misterio de esta sentencia dio vueltas en mi cabeza. Después de todo, pudimos haber sido amigos.

miércoles, 20 de julio de 2011

Rapidez o el apuro del tiempo

El ser humano, por naturaleza, busca romper los límites que conoce, siempre ir más allá; antes fue una Torre de Babel, ahora es un cohete espacial con propulsión a chorro. Quiero decir que nuestra naturaleza es la velocidad: mientras más pronto, mejor. Somos impacientes a lo razonable, ¡apúrese por favor, tengo cosas qué hacer! Ya voy, ya voy.  A propósito de la rapidez, me parece que fue Gandhi quien dijo “hay algo más importante en la vida que acelerarla”; soy partidario a este lema, aunque la mayoría de veces me tengo que dejar llevar por el círculo vicioso del tiempo acelerado.


De tantas vicisitudes llego a la noche, agotado. No queda el tiempo para nada, más que para iniciar el sueño antes del otro sueño; solo. En las ciudades más importantes andan las personas de arriba-abajo, todas chocan pero nadie se mira. Bien se dice: “Vive en una ciudad alguna vez, pero múdate antes de que endurezcas”. Esto me recuerda que los afectos emocionales son más efímeros; como diría un profesor: ‘ahora los jóvenes se enamoran más  rápido’. En la película La naranja mecánica hay una escena absurda, o irónica, pero muy peculiar, que denota lo fugaces que son los encuentros cupulares.

Quiero recordar que lo de hoy es la comida rápida, de esa que se procesa rápidamente. El antaño filósofo Heráclito nunca imaginó un río como el actual, tan rápido y estacionario, ni Zenón de Elea consentiría reducir la palabra ‘infinito’ a la pereza mental de ahora, producida por la sobreproducción de tecnología virtual. No lo había pensado bien, pero diario tengo que lidiar con un hijo al que llamo Celular, que tiene la cualidad de acortar distancias emocionales y menesterosas. Camino por la calle con mi celu (acotación de celular), estoy en mi casa con mi celu, pásame tu celu, hablo contigo con mi celu, te ofrecí disculpas con mi celu, ‘akorto i cambio ms palabrs kon mi celu’, no toques mi celu porque me enojo… Íjole, se me jodió el celular, ¡bah!, me compraré otro celu ¿okei?

Después de un tiempo, el individuo acepta lo rápido que pasan los años cuando éstos no han dejado nada bueno.. Verdad es que no sabemos vivir con el presente: queremos manipular el tiempo a nuestro antojo, detener esos momentos bellos  y acelerar los más dolorosos. Ante la amena de que la vida se acaba, cuando se nos presenta la oportunidad nos llenamos las manos y no podemos con todo: ‘sabes bien manejar la computadora, pero te sueltan en un potrero y te pierdes’, recuerdo esto ya que infiero en la nueva dualidad que debe buscar el hombre moderno. En las ciencias ecológicas se llama “sustentabilidad”, y es un equilibrio del desarrollo humano con la preservación del medio ambiente. Así que, la dualidad que ostento es, por ejemplo, la tecnología de la comunicación y la verdadera participación comunicacional; que el circuito del habla no sea tan escueto y todo llegue ser tan escueto que toda nuestra vida quede reducida progresivamente: menos esfuerzo, menos capacidad mental, menos memoria, menos todo.

De no remediar el tornado de rapidez que existe más allá de nuestro tranquilo hogar, tarde o temprano seremos atropellados por la incapacidad emocional. Y pensándolo bien, los orangutanes son todavía más inteligentes: saben –como dice Leox– hacer palomitas.
Honestamente: Marionote.