sábado, 10 de septiembre de 2016

El Frente Nacional por la Familia, ¿es broma?

por Mario Note Valencia


El Frente Nacional por la Familia, lejos de homogeneizar a la sociedad mexicana, se ha conseguido ya un sinfín de fieles detractores. Entre los detractores se encuentran las organizaciones que tomaron nota cuando este Frente declaró que su objetivo radica en suprimir los derechos civiles alcanzados por los grupos de LGBT (Lesbianas, Gays, Bisexuales y personas Transgénero).

Necesitamos estar de un lado o de otro, siempre orillándonos por lo justo y razonable o, al menos, inquirir acerca de qué grupo tiene la razón en determinado conflicto. Esta batalla se la lleva el grupo LGBT. ¿Por qué? Porque los grupos de LGBT no promulgan una doctrina, sino que buscan, como todos, inclusión legal en México; en cambio, el Frente Nacional por la Familia pretende instaurar su propia doctrina, fundada en criterios vagos y fantasiosos.

Vayamos paso por paso. El principal motor del Frente puede resumirse de la siguiente manera: "la familia es base y sostén de la civilización, vamos a defenderla". Bien, pero si ponemos en contexto de lucha y hurgamos en lo que quieren decir, como si buscáramos las tensiones inconscientes, leeríamos: "los matrimonios entre personas del mismo sexo destruirán la sociedad” o, bien, "tenemos miedo a lo nuevo". El motor, entonces, es el miedo.

Después de descubrir el miedo, pasamos a revisar su origen. El origen de su miedo es la impotencia. ¿Impotencia a qué? Entre otras cosas, a no poder participar en la libertad, festiva y violenta al paradigma, que parecen expresar los grupos de LGBT desde hace algunos años. No significa que los en contra se sientan impotentes por pertenecer o no a otra elección sexual, por liberarse, salir del clóset o cosa por el estilo, sino empequeñecidos por los otros, los raros, una aparente minoría, pero activa y organizada.

Sabemos que minorías así existen a lo largo de la República, como aquellos que exigen algún tipo de justicia social. Sólo un día de manifestaciones en el Distrito Federal podría servir para enterarnos de todo cuanto acontece en el país. ¿Cómo llegaron ahí? Por la útil herramienta del acuerdo y la organización. Aunque también es cierto que algunas peticiones son más escuchadas que otras.

Es muy difícil conseguir una libertad condicionada, dispuesta a no pelearse con los derechos universales, y además protegerla del conservadurismo, los prejuicios y las ideologías. Un caso igual de escandaloso en México fue el derecho a la mujer de votar y ser votada (1955). A propósito, veamos cómo las mujeres, integrantes del Frente Nacional por la Familia, seguramente visten jeans, pants o faldas cortas, pero olvidan a la minoría de mujeres que fueron abucheadas, hace muchos años, por aquellos que también pensaban sería el fin de la civilización. Vaya ironía.

Decir que la familia es (o debe ser) así y asá, sólo da pulimento a la grandísima ignorancia sobre Historia de las Culturas. La familia en México nunca ha sido completamente sacra ni libre de imperfecciones. No existe un ideal de familia alcanzado y que falte defender (como propone el Frente), porque la Historia camina siempre hacia delante y no somos más que la conjetura de manifestaciones temporales.

El Frente promueve el respeto a la educación “normal” de los niños. Sin embargo, ¿acaso conocen de cabo a rabo las raíces de su educación social?, ¿acaso saben encontrar las diferencias ideológicas entre su propia sociedad y otra? ¿No será, en fin, el mecanismo de defensa que tienen algunos padres para aliviar su hambrienta neurosis del rol como “protectores únicos y dominantes”? Este tipo de padres quizás viven la tensión todos los días, intentando limitar a sus hijos o dejándolos ser y hacer mientras ellos mismos, los adultos, hacen lo suyo, arrebujados en su hipocresía.

Al defender a la familia, el Frente olvida que no sólo los matrimonios entre personas del mismo sexo atentan con su visión de niño y niña, monito con monita. De una vez advierto que si quieren defenderla a capa y espada, en un futuro marcharán por las siguientes causas:

*NO a los divorcios. Porque ninguna familia debe ser destruida. Si los padres se hacen daño, los niños tienen derecho a vivir bajo el mismo techo diseñado por Dios, aunque se odien entre ellos.

*NO a las madres jóvenes y solteras. La adolescente debe hacerse cargo, quiera o no, del niño, producto de un descuido o bien de una violación.

*NO al adulterio. Aguántese los cuernos, los oprobios y las afrentas.

*NO a las sexoservidoras que corrompen a los señores, padres de familia. La culpa es de ellas que van de puerta en puerta ofreciendo sus servicios.

*NO a las uniones libres ni conyugales que no cumplen con el sacramento.

*Y, por el amor de Dios, NO a los hombres y mujeres inconformes con los paradigmas.

* * *
Oremos

Dios, perdona a estos hombres y mujeres que después de cuarenta años de matrimonio esconden su homosexualidad; a pesar de sus mortales esfuerzos, no los liberes ni les permitas que vivan plenos y felices, lejos del matrimonio. También perdona, Señor, a aquellos que han violado y torturado así a sus hijos como a sus hermanos, así a la madre como a la esposa. Perdona a la esposa que no le cumple a su esposo. Perdona los feminicidios, porque Tú eres grande y misericordioso; también los crímenes de Estado y de una vez perdona a quien haya sustraído al hijo para llevarlo al camposanto. Perdona, Señor, tanto pecado: porque somos el fruto de un vientre arrancado y pesaroso, hijos de una patria, madre y padre al mismo tiempo, matria, patria, pues, transgénero. Perdona los antojos de todo hombre y toda mujer, Señor, y no permitas que las patologías, los fetiches y los caprichos de la carne sean tema de conversación en el sacro lecho de los matrimonios. Haz que se conformen, porque tenemos miedo. Tenemos miedo, Señor, de lo que pueda pasar. Y, finalmente, perdona a todo aquel integrante del Frente Nacional por la Familia que, tan pronto como termine de orar, irá a su casa a consumir pornografía. Amén.

* * *


Según el Frente, los grupos de LGBT atentan contra el ideal de la familia, ideal que es tan cierto como el humo y la neblina. Aseguran que de ninguna manera permitirán que en 2018 llegue a la Presidencia un antifamilia, por no decir defensor de los derechos civiles. Pero si fueran totalmente puros y reacios con su doctrina, no harían uso de muchas herramientas tecnológicas de la vida moderna que estuvieran vinculadas con un genio antifamilia. Porque, claro está, la Ciencia… ¿Qué Ciencia? No han de saber nada de ella, ésa es la verdad. Les recomiendo cursar de nuevo la Educación Básica.

viernes, 2 de septiembre de 2016

El efecto Juan Gabriel, los cultos y la gente

por Mario Note Valencia


Quién entiende a la gente. O dicho de otra manera: no hay quien la aguante. Sin embargo, me agradan las ocurrencias populares. Me dan gracia, me mantienen ocupado entre que hago y no otras tareas cotidianas. Por ejemplo la reciente muerte de Juan Gabriel, ícono de la garnachería mexicana, que ha generado una fiebre de opiniones entre los fanáticos que se acordaron de él justo en su muerte y entre los otros que les daba igual desde el principio. Al enterarme de la noticia vinieron a mí varios recuerdos y quise escribir un texto in memoriam, pero se me fueron las ganas cuando vi la sarta de cursilerías que los usuarios publicaban en redes sociales y portales web de noticias. En fin: me abrieron los ojos y me salvaron del ridículo.

En mi provincia, uno puede andarse por las calles escuchando comentarios fantasiosos, como ése que Juan Gabriel, óigalo bien, fingió su muerte. ¿Cómo cree? Sí, así como le digo. Luego traen a colación otros casos parecidos para fundamentar la hipótesis: dicen que Pedro Infante no murió, lo mismo Michael Jackson y Elvis Presley; que el mismo fin tuvo la luchona Jenny Rivera y que la han visto por ahí bien campante, como si nada.

Dice el señor de la esquina y su esposa cachonda que no es más que un teatrito de Juanga para descansar un rato de la gente y de las cámaras. La gente fríe la noticia como si preparan chicharrón y fritangas en un cazo que también dará manteca pa’ frijoles y tamales. Las conversaciones, elucubradas por el imaginario televisivo, son entretenidas, ideáticas y sirven, como los calmantes, para pasar el rato, sirviéndolos con limón, sal y salsa Valentina, con pausas que van de engullir la botana a chuparse los dedos para limpiarse el picante. Una cerveza, joven, ¿gusta? A veces, le digo, por lo general yo soy el que va detrás de la muchacha.

He comprendido más la mecánica de la realidad escuchando a los carniceros, los destazadores y las personas que preparan las carnitas. El tiempo que trabajé en el Rastro Municipal de Tecomán me enseñó que los comerciantes de res y de cerdo, así como la gente que vive del sacrificio y la destaza, no desperdician ni un gramo de la carne que rebanan. Aquí en el Rastro, el Diablo nunca chupa las cosas cuando caen al suelo, porque entonces no quedaría nada para vender. A todo le encuentran uso, comestible, con excepción del pelo de los cerdos y los becerros que extraen de las reses sacrificadas.

Estoy habituado a escuchar las teorías que se inventa la gente. Soy un espectador en cubierto. Aunque es entretenida la platicada, me alejo de la tertulia y las fritangas cuando ya no le veo razón en eso de darle vueltas y vueltas a la muerte de un mismo hombre. Yo sólo pasaba por aquí, les digo. Y ya paso a retirarme. Una cerveza para el camino, joven, ¿gusta? Camino. Detrás de mí se confunden las risas de mis antiguos comensales con el traqueteo de las motocicletas y los coches. El semáforo. La densa neblina gris que respiro me recuerda al aliento del mofle y el escape.

Pienso en la gente que pasa la tarde reunida en ágoras hechas con sillas de plástico, pequeños bancos y echaderos semidescosidos, con el cazo de carnitas en el centro, emulando al antiguo oráculo, pero con dos mil años de retraso. La tarde cae con ellos; el sol se hincha con pláticas que superan la cercanía de su realidad inmediata. Gente como cualquier otra gente, con virtudes y defectos, pero exquisito y vago sentido del humor. Podríamos invitar al Papa o al Presidente y estarían a la misma altura que el señor de la esquina y su esposa cachonda.

La gente sincera no llora por la muerte de sus ídolos. Pero hay harto de gente payasa y ridícula. Yo no he visto a ningún intelectual y culto, sabedor de la alta cultura (alta mis verijas, espeta don Rigo), salir a la calle para darse golpes de pecho y derramar lágrimas de cocodrilo. No pasan de escribir un texto, nutrido de cursilerías, en las que uno ya no sabe si lo escribieron llorando o embutidos en conservadores y resentimiento. Esta clase de cultos son como una plaga que se reproduce salvajemente en internet. Dan su última palabra y atacan a la gente que yo estimo, nada más porque en su vida han leído un libro entero o porque su realidad no pasa de la televisión por cable, la cerveza espumosa, el futbol de primera y segunda división o la brizna de quincena que les llega.

Pues, mire usted, puedo estar en ambos lados de la cortina. Lo mismo voy al teatro que a la tiendita. Converso más con personas auténticas que con artistas disfrazados. No me cae bien la gente que envidia, desde un librero o detrás de la pantalla, el exceso de placer que la gente encuentra en una reunión amena, entre garnachas, risas y encuerados. Eso sí, no estoy de acuerdo con la música a todo volumen y a todas horas del día.

A la gente no hay culto que la aguante ni la entienda, porque no se trata de eso. Arremeten contra aquellos que cambiaron el voto de la Presidencia por una televisión plana o un vale de despensa. La pregunta es: ¿en dónde están los que quieren educar a la sociedad desinformada? Yo le digo, espere: detrás de un monitor, sudando aire acondicionado, mientras sus educandos se rompen el lomo desde las seis de la mañana. Claro que si yo me estuviera muriendo de hambre, también aceptaría la despensa e igual seguiría votando por el Diablo. Todo en su momento: tampoco nos iremos de la boda de tu prima nada más porque pusieron a Paquita.

¿Y qué pasó con Juan Gabriel? Hay que dejarlo morir en paz. Que si está vivo, mejor para él y su familia. Creo que a nadie le afecta que siga por ahí viviendo tranquilo y viejo, como dicen que vive Elvis Presley. ¿Y qué si Michael Jackson sigue vivo? ¿Lo lincharían hasta matarlo por haber mentido a sus fanáticos? No lo creo.

Es verdad que nadie se acuerda del muerto hasta que está muerto de veras, porque entonces todos lo conocían y apreciaban. Más o menos éste es el fenómeno que ocurre en el ambiente literario. Muere un escritor y todos lo recuerdan, le erigen monumentos, lo incluyen en infames antologías o le agregan a sus libros prólogos y estudios estilo Ediciones Cátedra, que nada más entorpecen la lectura. Es perverso que el medio intelectual mexicano espere la muerte de un despistado para honrarlo como Dios mandaría, si existiera. Acaso existen muchos vivos importantes que no se dan abasto o la verdad es que el orgullo afloja cuando el otro muere. Y todos opinan, porque al fin que el muerto ya no respira ni se defiende.


viernes, 26 de agosto de 2016

Dos días

por José Calderón Mena


Han transcurrido algunos años desde que ocurrió un evento en mi vida para el que no encuentro una explicación lógica y del que sólo puedo consignarlo tal como lo recuerdo.  

He llegado a pensar que el tiempo no viaja de manera lineal y que, por el contrario, de pronto nos atrapa en un laberinto circular que pone en nuestro camino sendas, fugas y atajos que no buscamos, pero a los que somos arrojados de manera casual o fortuita.

Sin embargo ¿habrá algo casual en el transcurrir del tiempo, o existe una pre-determinación que nos hace viajar, arrastrados por una misteriosa inercia que podríamos llamar destino?

He aquí los hechos:

Después de una semana de trabajo, quise aprovechar el tiempo de un llamado “fin de semana largo” para visitar a un amigo al que hacía mucho que no veía. Para ello viajé en mi automóvil, el mismo viernes por la tarde, a un pueblo cercano donde él vivía con su familia.

Después de disfrutar de dos días compartiendo recuerdos infantiles y anécdotas de juventud, emprendí el regreso a mi lugar de residencia, distante unos sesenta kilómetros de la casa de mi amigo.

Casi a la mitad del viaje de regreso vi, con extrañeza, una angosta brecha adosada a la carretera sobre la cual no había reparado antes. Había recorrido incontables veces la misma carretera, pero nunca había visto la brecha que les cuento.

Como me pareció que podría aprovechar las horas que faltaban para que el domingo cerrara con la noche, decidí curiosear un poco, pues la tarde era apacible y la sinuosa y arbolada avenida que se extendía hacia adentro invitaba a recorrerla

Al llegar a una pequeña loma, el camino terminaba de manera inexplicable, así que detuve mi auto y subí a pie la loma para ver qué había del otro lado.

Observé, maravillado, un pequeño cuerpo de agua rodeado de encinos florecientes y lánguidos sauces llorones que daban al paisaje, brumoso y vespertino, algo de irreal y misterioso. Estuve un buen rato contemplando el extraño y apacible paisaje.

De pronto vi venir hacia mí un anciano de aire campesino que, apoyado en su bastón, caminaba lentamente con una sonrisa amable. Tan pronto como nos vimos a los ojos él levantó su mano izquierda a manera de saludo.

Le pregunté si vivía en aquel lugar y me contestó que no, que sólo estaba ahí para orientar a los viajeros en su camino de regreso.

Instintivamente, volví la cara hacia la brecha que creí haber recorrido para llegar al lugar donde me encontraba con el anciano, pero no vi la vereda ni mi auto estacionado. El buen hombre sonrió compasivo y me dijo que no me preocupara, que a esa hora la luz era engañosa y no tardó en darme instrucciones precisas para dar con mi vehículo.

*

Perdida por completo la noción del tiempo, llegué a casa pasada la media noche del día que yo suponía era domingo. No podía estar más equivocado, porque encontré en mi contestadora mensajes de reclamo y extrañeza por la falta a mis labores en los dos últimos días: ¡era la madrugada del miércoles!

Al día siguiente justifiqué mis faltas lo mejor que pude y me reintegré a mi empleo como quien está dispuesto a ponerse al día. Pero no dejé de pensar y preguntarme qué había sucedido. La brecha, la loma, el anciano. La tarde surreal de un domingo cualquiera.

El siguiente fin de semana volví a la carretera para buscar la vereda por la que me había extraviado. No la encontré. Por más que busqué, no encontré el camino a la loma ni al lago, ni mucho menos al viejo que me había saludado y dicho el camino de regreso.

Pero sobre todo busqué esos dos días de mi vida que no he podido explicarme adónde fueron a parar.

jueves, 23 de junio de 2016

Estudiantes que egresan. (Palabras de un padrino).

por Mario Note Valencia

Fotografía de Pablo Ibarra
Estas palabras fueron escritas para un grupo de estudiantes que egresó hace muy poco tiempo del bachillerato. Situémonos en la ceremonia. Viernes. Las cinco en punto de una tarde calurosa. Tecomán a punto de fundirse con el sol. Como sea, aquí dentro del salón de eventos no pega tanto. No se sienta mal si pierde el glamour, porque debe limpiarse los hilos de sudor que nacen de su frente. Llegó la hora de dar inicio.

Subimos al presídium, usted viene conmigo. Observo (observe conmigo) especialmente el rostro de mis egresados. Por fin tengo el placer de conocer a sus familiares. Me acuerdo de todo en un instante. Usted sabe. Es inevitable. Un breve flashback, una resonancia que me reduce a un vértigo aguzado, inexplicable, en mi pecho.

El grupo que despido está (estaba) conformado por hombres mayores, cuyas edades van de los 35 a los 60 años: padres de familia, amigos, empleados de una misma fábrica. Asistieron a la escuela todos los viernes durante dos años y con apenas cinco horas para cada sesión. Los conocí cuando aún impartía clases, como infiltrado, con la melena larga. Durante un año y pico tuve el placer de coincidir en varias de sus asignaturas. Las relaciones entre nosotros fluyeron. Nos entendimos al instante, recuerdo, apenas en los primeros minutos de Sociología. Luego me eligieron como su tutor; finalmente como padrino de generación.

Aprendí de los sinsabores y placeres compartidos. Me hice de un sinfín de reflexiones que permanecen guardadas en mi espíritu desde entonces. Con el tiempo espero verbalizarlas y así, con la dosis de una sarta de provechosas bofetadas, saquemos provecho de la experiencia. Por ahora no descarto que muera antes sin haberlo intentado una vez siquiera. Gracias por acompañarme a tomar ese micrófono.

* * *

Es un honor para mí estar presente en esta importante ceremonia de graduación, porque representa una meta alcanzada, un sueño realizado, una promesa cumplida. Hoy dejan de ser “nuestros alumnos” para confirmar así, entre otras cosas, el cambio social que implica ese proceso de enseñanza-aprendizaje al que llamamos educación.

Pero todos sabemos que no dejamos de aprender una vez concluido el paso a través de una puerta más de la vida académica. En la vida cotidiana existen pequeñas cátedras de sabiduría. La vida misma nos exige un aprendizaje continuo.

Mejor ejemplo no puedo encontrar frente a este grupo de egresados. Hombres maduros, unos introvertidos y otros más bien risueños; unos con familia y otros que ya cosechan y cuidan la imagen del padre, del guía. Es inevitable recordar lo bien que me sentí a su lado, compartiendo ideas, intercambiando opiniones, en el salón de clases y cuando no en la tienda de autoservicio, en los pasillos, el patio o en una cocina económica.

Incontables veces regresé a casa, después del trabajo, acompañado de una multitud de reflexiones acerca de lo que cada uno de ustedes me compartía en su momento. Desconozco si fue suficiente prestar mi oído para comprenderlos, porque a pesar de la bondad de las reuniones, el tiempo siempre fue inexpansible.

Cómo son las cosas. Todo el pasado es como si fuera ayer y sin embargo ya pasaron las semanas, los meses, cada uno de los viernes, por la mañana o por la tarde, lluvias, trombas, ventiscas, días soleados y nublados, las preocupaciones, las alegrías, el coraje para no rendirse y comprobar aquello de que el esfuerzo de cada hora invertida valió la pena.

Ustedes saben mejor que yo cuando digo “vale más un hoy que diez mañanas”, pues todo esto, este momento, es lo que hay. Recordemos que un millar de flores no reparan el daño que hace la palabra. Di Te quiero y, así se trate de los desconocidos, acercarán su oído, su cuerpo, su espíritu; si en cambio dices Te odio, naturalmente alejarán a las personas.

No perdamos el tiempo hinchando las peleas y los diluvios, sino comprendiendo, apresurando pacientemente la maquinación de cien veces reflexiva la palabra que diremos una sola vez, ¿pues quién nos asegura que siempre habrá diez mañanas para disculparnos?

Acerca del perdón… “Perdonar es divino”. Procuremos hacer las paces con nuestro pasado, con la familia, los amigos y, sobre todo, con uno mismo. No hay nada más importante y con más sentido que conservar la vida cuando aún nos queda el hambre de satisfacciones; lo material es sólo un medio para llegar a otros placeres.

Pero hay otra clase de placeres: dar y recibir un hola, gracias, que tenga un buen día, una felicitación, o el gozo de hablar con nuestra pareja de las esperanzas, los sueños, en fin, lo que digo por ustedes es tener a alguien a quien le podamos asir la mano para saber que, pase lo que pase, no estaremos tan solos como creemos.

A propósito quiero reconocer a las personas que alentaron a nuestro grupo de estudiantes, a sus familiares por apoyarlos, por preocuparse por ellos cada vez que salían de casa para ir al trabajo o a la escuela.

Y sin duda gracias a las circunstancias que nos hicieron coincidir en el mismo lugar durante una brecha de tiempo, tiempo que atesoro como se atesoran los momentos que vienen a nosotros cuando nos sentamos a contemplar una tarde roja, sentir el viento de paseo por la calle o escuchar la cantidad de lluvia que orquesta sobre nuestro tejado.

Gracias a ustedes por el tiempo dedicado, por las horas compartidas, por ser un grupo excepcional y dejar huella en los profesores y profesoras que estuvimos con ustedes. Deseo que continúen estudiando, así en un salón de clases como en la vida cotidiana.

Buena suerte, ha sido un placer. 

domingo, 5 de junio de 2016

El puro libro

por Mario Note Valencia


Hay un asunto que me atañe desde que empecé a leer como cabra loca y ensañarme a remediar el tiempo que había perdido sin hacer caso a mi vocación. Pero, ¿qué es la vocación sino un eufemismo para decir “éste es, al menos por ahora, el sentido de mi vida”? Si a todos se les pagara por hacer lo que les gusta sin que nadie más les diga que tienen que hacerlo, seguro es que el dinero no sería problema y no habría más adultos abnegados con la insoportable levedad de su vida. Aunque, es cierto, no descarto que haya quienes no sepan lo que quieren porque no está en su espíritu el poder auténtico de la pulsión, el deseo. Como sea, si hablo ahora con alguien a quien le interese el acto de leer por sí mismo, no por encargo sino por placer (como ta'le vú, Barthes), encontrará en las siguientes líneas una propuesta adecuada para focalizar la experiencia de la lectura.

Hablemos de los resúmenes, las reseñas y los comentarios alrededor de los libros. Lo mejor es no leer nada que tenga relación con la obra que nos encomendamos abordar. Después de leída y asimilada la obra literaria, se puede indagar en lo que otros han dicho bien o mal sobre la misma. Por ese único motivo no deberían existir las contraportadas como un bidet en el que se descarga la masturbación verbal del otro; para algo sirven las reseñas en las contraportadas y los prólogos al principio de los libros: para nada.

Ya sé que si trato con un diletante me dirá que estoy rotundamente mal si ignoro a Borges o las “magníficas” crono-biografías que las editoriales colocan antes de que el autor haga lo suyo y nos sorprenda (ahí cabe el curioso “Prólogo con reseña crítica y marco histórico de la vida y obra del autor” –asuma que leerá de tres a quince páginas–). ¿Es que acaso los endemoniados editores nos consideran tontos? En dado caso todo eso (como servicio extra para que el lector sepa cómo hablar en público cuando tenga que hablar sobre la obra o el autor) debe imprimirse en la parte final del libro, pues nunca falta que un reseñista se pase de listo y afloje su boca para hablar de lo que no debería: de la obra en sí.

¿Entonces para qué leemos libros de grandes ensayistas hablando de otras obras? Las leemos cuando ya hemos leído la obra que comentan y porque, según su método y rigor y creatividad, alumbran de otra manera lo que nosotros también leímos, no con el fin de adaptarnos a la nueva interpretación, sino para confrontar ideas, espejear y refrescar la experiencia artística. (Cada lector juzgará quiénes son los mejores críticos para tal o cual libro). Pero antes de la lectura, sáltese el prólogo y las reseñas, con mayor esfuerzo si se trata de Ediciones Cátedra (conocidas por hacer libros de los libros).

Otra pregunta: si no leo reseñas de otros y no leo las contraportadas, ¿cómo aminoramos el efecto de una posible decepción al encontrarnos con literatura barata? Es muy sencillo: en la Biblioteca Pública existe la sección del 800 llamada “Literatura Universal”; escoja cualquier libro al azar y con cualquiera nunca perderá el tiempo. (A propósito: ¿quién dijo “procura leer los mejores libros porque la vida no alcanzará para leerlos todos”?). De ahí casi estoy seguro que el autor lo enviará a otro. ¿No es así con Borges? Si Jorge Luis Borges nos parece excepcional y él comenta que tal o cual escritor fue su maestro, ¿por qué no iríamos a las fuentes de las que él mismo se nutrió? Y esto, por supuesto, no es vanidad ni mucho menos, pues se trata de un diálogo entre lectores, con la misma euforia con que alguien más se ha enfrascado irreductiblemente en los libros y nos confía su gusto recomendándonos obras.

Tómelo de la siguiente manera: las contraportadas son como los tráirlers de las películas actuales: es decir spoilers, refritos, sicarios versus la experiencia que nos aguarda. Hay más puntos que convendría tocar en otro momento: 1) Ante la nueva demanda de promoción cinematográfica, ¿existe el buen tráirler que sea invitación, expectación y poética? 2) ¿Existe el buen prólogo después de Borges? Sí. Tarea: evidenciar ejemplos. 3) Olvídese de todo esto y lea el puro libro.

martes, 12 de abril de 2016

Los pensamientos picapedreros

por Mario Note Valencia


Voltaire lo dijo claro: es bueno saber que no siempre pensamos. Mentirosos los que digan “yo siempre estoy pensando”. Pensar, lo que se dice pensar, pues no. A veces, por los duros o suaves estímulos en nuestro devenir cotidiano, como transitar una calle atestada de personas (vendimia, cocina y algarabía), no discriminamos arteros ni ponemos verjas alrededor de todo lo que viene a la cabeza. Hablo de los pensamientos indeseables, los picapedreros.

Los pensamientos son íntimos, naturalmente, como canteras informes de nuestro paisaje mental. Nada hay que se haga público a menos que le apliquemos el verbo, oral o escrito, aunque siempre nuestra boca se quede corta por “el peso del peso que hay que poner sobre la lengua” (Paul Valéry). Existen los momentos puramente mentales en donde las emociones pasan por la asimilación de imágenes y formulación de juicios, como la nostalgia de volver a algo o a alguien, a la experiencia de la calle abigarrada, a la añoranza del tránsito pasado entre los tenderos del mercado y la mano inquieta del amante, valuando ciegamente, con el pulso del pecho apasionado, lo que debe seguir en la memoria.

Existen estos pensamientos de las causas perdidas, aquellas idas y venidas sobre asuntos pequeños de la vida diaria: molestarse, por ejemplo, porque se nos ha manchado la camisa justo antes de salir de fiesta. Dudo que nunca nadie se haya molestado por cosas que después las sabemos insignificantes; si no fuera el caso y alguien más lo niega, que lo diga ahora para ensartarlo en la Hoguera de los Engreídos.

Yo también me hurgo la nariz cuando nadie me ve, con la rara constancia con que pierdo la cabeza atendiendo dilaciones que no valen la pena. Me digo un “vaya, esto no debería importarme”, pero cómo le gusta a mi memoria embadurnarse, trayendo a colación (y colisión) escenas de la vida diaria fustigadas por la imbecilidad de los hombres (la suya, por ejemplo; la mía, incluso, más, todavía).

Un método (inestable como la belleza) para no pensar ni gastar energías con pseudoproblemas, consiste en ocupar el tiempo en actividades que impliquen movimiento físico o, por otro lado, enfrentar espiritual e intelectualmente el asunto en un estado de suma reflexión; sin embargo, las cosas, cuando están irresolutas o demasiado calientes, pueden salirse de control si tenemos la mala idea de ahondar en el escollo sin filos ni navajas.

Profundizar en la basura sólo asegura lo difícil que será asearse de nuevo: me refiero a la vagancia de andarse en fútiles dilatorias. Es cierto que merecemos enojarnos por la camisa recién manchada antes de salir de fiesta o porque alguien más arruinó nuestra comida, pero es preferible irritarse en secreto (como hurgarse la nariz) si está en juego evidenciar públicamente nuestro mal gusto de desfigurarnos por cosas que no valen la pena.

So, za-zá, fiu-fiú, frac and crack, my darling team, ¿qué cosas sí valen la pena? Bueno, tanto así como apenarse y que nos guste, no. Valer la pena supone un sacrificio (esto es: engrosar las energías para exprimir el pensamiento), y si algunas almas, un poco torpes y quejumbrosas, de ésas que lloran antes del golpe, buscan y encuentran indulto en donde nunca hubo infamia, no hay manera de considerar adecuado aporrearse con pesos ligeros.

La realidad es que por estos pensamientos de albañal, cestos y cloacas, se pierde el sueño y se malgasta la noche. Picapedreros: las canteras falsas sólo expiden polvo y ocupan espacio en el paisaje. No se lee, no se escribe; la boca advierte cuando su dueño no la doma y despotrica desnortada. Lo mejor es tomar una siesta. Si, en cambio, los pensamientos no dejan dormir, entonces ponerse de pie, hacer actividades que, como dije antes, impliquen movimiento y cansen el cuerpo hasta que dormir sea inevitable, como salir a caminar o darle una mano de gato (esperen, los gatos tienen patas, corrijo), una pata de gato a la bicicleta, los zapatos, la repisa.

Una vez que conciliemos el sueño, nuestra cabeza se desinflará de fiebre, descansará en el paraíso. Hay personas que encuentran soluciones en el sueño o placer en ausentarse de la ruda vigilia, esto para que pase el tiempo y se apaguen las brasas de la pasión (no del amor, sino de las otras pasiones deletéreas como la venganza, el rencor, la ira, los celos, la envidia, etc.).

Endemoniados pensamientos: a ustedes habría que saber domesticarlos y que sirvan en la Hacienda de Nuestra Patética Diatriba. Lo mejor, pues, en todos los casos, es no bajar la barbilla y azotar al toro que entra resoplando furia en nuestra tienda de cristales. Ponga usted –como diría el médico veterinario– a ese chango molesto en el zoológico, quíteselo de la espalda, pierda peso. O haga como yo y mis amigos del Club de los Degenerados: llame a alguien y meta al diablo en el infierno.

martes, 15 de marzo de 2016

Te voy a pintar como a una princesa azteca

por Mario Note Valencia



Te voy a pintar, mi’ja, te voy a pintar
como a una princesa azteca
–Cruz Candelaria

En los intentos de dibujar la figura humana, cabe la desafortunada línea que suspende la perfección esperada muy cerca de la caricatura. Pero, en defensa de los ilustradores perfeccionistas, los cuerpos humanos son muchas veces predilecciones caricaturescas. La caricatura sencillamente consiste en la exageración de los rasgos, sobre todo las del rostro, semilla y madre de la ocurrente pareidolia. Esto es válido y acorde a la medida tasada por el mismo ser humano, porque ¿no sería grotesco tener dos ojos en tierra de cíclopes?

Cuentan que Homero debió ser ciego, Sócrates un adefesio, y que Vulcano fraguaba el hierro más resistente privado de sus dos piernas, las que debieron tener el largo de sus cuernos, único premio de la consorte. Un momento, oh Júpiter, antes de que me reduzcas la vida con tu rayo destructor: ¿los dioses no tienen la culpa por contar con la ridiculez en la que rayan? Los griegos, sus primeros hijos, supieron sacar provecho de esos motivos, pasando así de la catártica Tragedia a la ablución de la Comedia. Demos gracias a las circunstancias que cambiaron las terribles máscaras inmóviles por el coturno bajo y volador.

Las mismas circunstancias llevaron a la señora Cecilia, hace unos años, reparar el rostro de un peculiar Ecce Homo, pintura que se creía vieja, pero no tan vieja ni tan importante, pues contaba con la audacia del pintor español ya muerto, llamado Elías García (cuya fama actual se lo debe a Cecilia), quien se basó primeramente en un Ecce de Guido Reni (¡no tan perdido, García!). ¿Fue un acto de justicia? ¿Quién agolpó el suplicio a quién? ¿Guido Reni encarnó la mano de Cecilia para suprimir la soberbia ahora descubierta del pintor español?

Salve, Cecilia
Regresando al meollo, aplacando mi mallete, confío más en el delirio infligido de la mano de Cecilia, pues ¿no debió Cristo ser demasiado feo por haberse rebajado a lo mortal para expiar los pecados de la iniquidad humana? No sabemos qué causa más risa, si la autenticidad con la que actuó doña Cecilia o que al final nos mostrara el rostro sacro intervenido… (No mienta, a usted le encanta ensañarse en lo prohibido). No por nada los musulmanes adhieren a su arte uno de sus más aguerridos preceptos: jamás hacerse imagen de Mahoma para evitar a las Cecilias. Declaro entonces a doña Cecilia libre de culpa; que pase ahora el siguiente acusado.

Señor juez, todo es culpa de la idolatría: forjar ídolos en los cuartos del artesano para que las veladoras, el incienso y las flores no sufran de invisibilidad operante. Una de las imágenes occidentales que no faltan en casa de la abuela es aquella que representa la última cena de Jesús, pero, oh Fortuna, jamás procuran hacer litografías del original, es decir, del hacedor Leonardo da Vinci. En unas versiones aparece un Jesús más femenino o, como en el caso de Dalí, los apóstoles hincados, en sendas direcciones, rezan borrachos y adormecidos.

No es culpa de la mano que dibuja muchas veces, sino de la imaginación activa de quien contempla la obra terminada. Ilustraciones históricas en los Libros de Texto Gratuitos suelen parecer dignos de una historieta, al lado de Memín Pinguín o Condorito, tanto en pintura como en escultura, que, por cierto, en más de una ocasión he visto cómo la heroica Batalla de Puebla se trueca, frente a mis ojos, de “sublime” a la simpleza de un partido de futbol amistoso entre Francia y México.

Oh, Venus, ¡no estamos hechos todavía para el amor sincero a las vanguardias sin faltarles al respeto! ¿Un calzón colgado en el tendedero puede ser considerado, de acuerdo a su historicidad fenoménica, arte moderno y abstracto? Póngale Rayos X al ensamble y cobre más por el pase de entrada al museo. Apuesto a que ninguno de los presentes ha visto esto en sus ámbitos cotidianos. Ah, no sabía que la exposición se llama Cotidiano, demasiado cotidiano. Patrañas… Bueno, amor, como sea, vamos por un café y te cuento.


La suerte quiso que diera con una peculiar edición de El paraíso perdido (John Milton) no desprovista de grabados en su interior para ilustrar célebres pasajes del poema. Algunos deduje que eran de Doré, fantástico, pero otros simplemente me parecieron anónimos. Lo interesante es que para la portada, los editores emularon un grabado interno que de por sí ya era digno: ¿entonces por qué esforzarse en hacerme reír? En el dibujo, con tintes de acuarela, osan poner a la serpiente justo en el exilio de Adán y Eva del Paraíso, cuando, en ese entonces, ya Satanás mugía como dragón en las cavidades del Infierno.

Sin embargo, en el grabado es más que justo: Miguel, el ángel enviado de Dios, blandiendo su espada flamígera, aleja a los pecadores de la puerta del Paraíso. Este Miguel es, como puede verse, varonil y angelical; en la ilustración de portada más bien parece mujer espolvoreada hasta los brazos. En el dibujo puede observarse cómo Eva huye, mirando a la cámara, inclinada, contenta con lo que hizo, y en el grabado sólo es bellamente irresoluta. Adán, por supuesto, no quiere ser fotografiado por el paparazzi, se cubre el rostro como consciente de la falta de su esposa y, sobre todo, de la vergüenza que le causa presentarse como el más virtuoso de los hombres sucumbido por las tentaciones mundanas.

¡Oh, vellocino de oro, líbranos de los dibujantes maltrechos que donde ponen su buena intención ponen también la mala suerte de volvernos ufanos y pendencieros! Supongo que, en manos de este dibujante luminoso y débil colorido, Satanás debió haber parecido gallardo y hermoso. ¡Qué más da! Entonces, sí, por favor, píntame curioso.

jueves, 3 de marzo de 2016

Del golpe a la caricia (o cómo sobrevivir al crimen organizado)

por Mario Note Valencia


Ahora mismo en Tecomán se libra una batalla entre distintos grupos de crimen organizado. Silenciosos, invisibles, se abren fuego individual y orquestado entre ellos para arrancarse el dominio de la distribución y venta de estupefacientes, y así dejar tranquilos a los consumidores. El mapa gira en torno a pequeñas máculas que caen como lúgubre rocío de una floja, fatídica llovizna púrpura. Dicen todos que hay que andarse con cuidado: la tierra caliente pide sangre; no vaya a ser que en una de ésas a nosotros mismos se nos escape la vida y la noche eterna cierre nuestros ojos.

El único chaleco antibalas, infalible, es el de no pertenecer a esos trabajos, así como no ser familiar de ninguna persona que haya estado dentro del mercado ilícito. Después de muerto el implicado, los familiares enlutados saben que vale más huir al norte, dejar los trabajos, cambiar de residencia y nombre. Por otro lado, no formar parte del conflicto pero compartir el mapa nos deja a merced de la Fortuna que nos puede poner en la hora y lugar menos indicados. Si durante el día se rompe un plato o cae la taza del café al suelo sin motivo alguno, considérelo como mal agüero y no salga de casa.

Ayer fue en un expendio de pollos rostizados: los hambrientos bajaron de una moto, abrieron su paso entre la gente, como Moisés al mar, y asesinaron al tendero; hoy, hace unos minutos, hicieron lo mismo a un kilómetro de donde vivo. La seguridad pública apremia en cerrar las calles y los zancudos voladores sondean los cielos para averiguar la fuga de los asesinos. En vano, todos los demás presenciamos la gradual disminución de las alarmas de los coches rociados de balas y las sirenas de las ambulancias recogiendo a los heridos; el mecanismo de defensa ante la realidad nos hace dibujar constelaciones con la suerte de los cartuchos en piso.

Los conflictos de este tipo no son nuevos ni exclusivos de Tecomán. Hace apenas una semana que se han intensificado. Una noche, cuando jugaba ajedrez con mi padre, al mover un caballo en L y ponerlo en su lugar de defensa contra las jugadas avasallantes de mi contrincante, se escucharon ráfagas de armas de fuego cerca de la casa y apenas nos vimos a los ojos para disertar que, efectivamente, no habían sido cohetones. Al siguiente día me enteré del nerviosismo de algunos compañeros del trabajo que aseguraban habían sido cinco balaceras sincronizadas, con el extraño saldo de un herido e inútil movilización policiaca. Pero esa noche, contigua a la madrugada intranquila, mi padre y yo batallábamos sobre el tablero, devaneándonos en servir a la victoria o a la muerte bella, diferida. Es ahí cuando uno descubre que esta guerra civil se ha vuelto común y cosa cotidiana.

Los taxistas, como suele suceder frente a los acontecimientos inauditos, han cambiado su discurso. Semanas antes me hablaban de sus historias personales, de sueños truncados, esperanzas, de amor o cómo servían de alcahuetes, sobre las cuales yo los animaba a que me siguieran contando durante el viaje. Ahora, y la pena es efímera, me hablan de cómo han visto desaparecer a familiares de compañeros o cómo ellos estuvieron a punto de estar en medio del fuego. Me hablan y, sin buscarlo, confiesan delitos.

–Pero si ya sabes que andas en malos pasos –me platica el taxista– deberías cargar un arma. Así, cuando vayan por ti, te llevas a otros contigo…

Otro más me confiesa su pudor a la muerte ajena.

–Me hago pa’trás cada vez que veo un velorio. Yo no podría dormir tranquilo… No sé cómo ellos pueden matar, así sin más.

Recuerdo, cuando la ciudad se deprime en luces amarillas y las calles vacías resbalan en nuestras puertas, el poema de John Donne en el que el hundimiento de una isla hace perder a todos por igual el suelo sobre el que caminan.  

–La vida ha dejado de valer. Por cincuenta o mil pesos pueden matarte. Hemos dejado de ser benditos.

Voy al trabajo y me desgarro. El salón de clases es un simple laboratorio, pero al cabo de unas horas salimos al mundo, donde la infección es real y flota en el aire, de día y de noche, en que uno ya no puede caminar a media carretera, como cuando con mis amigos nos salíamos en la madrugada a espolear la ciudad dormida con nuestros pasos adolescentes. En la memoria recuerdo a un antiguo amigo con la cabeza iluminada como lámpara incandescente, entonces superpongo el presente y lo encuentro muerto desde hace ya unas semanas.

Supongo que el taxista tuvo razón al decir que dejamos de ser benditos. El cuerpo, único instrumento que nos pertenece, sumergido en contextos de poderío e intereses individuales pierde su sacralidad. Somos instrumentos o somos los que mueven la máquina. Mientras el “progreso” de la modernidad continúa sin retorno, al menos también la necesidad de resistir a las jornadas de trabajo ha incrementado el número de consumidores de estupefacientes. Todo se resume al control de los medios de producción y venta. Así funciona el negocio.

En unas semanas, entradas las vacaciones de Semana Santa, los conflictos deberán calmarse o el territorio deberá estar dominado ya por un solo grupo (al menos provisionalmente), porque de ello depende que los turistas vengan a Tecomán de vacaciones. Se sabe muy bien que si un lugar está caliente, se entorpece la distribución y la venta. Así funciona, por ejemplo, en Cancún: los sicarios conducen a sus víctimas a las afueras de la zona turística para que la gente no se espante. Estos grupos, como ellos mismos han dicho, saben arreglárselas solas.

El mundo vuelve a los orígenes: destruirse y renacer infinitamente. Lo que fue creado en siete días, se termina en uno y el luto dura otros nueve. El calendario nos enseña que el tiempo discurre y las cosas vuelven con otro rostro. El fuego de Tecomán se irá y volverá como las temporadas de lluvia.

Sin embargo, el hábito de volver termina por entregar un ultimátum. Las culturas han sabido bien, hasta ahora, migrar de una época a otra, cargando en sus espaldas a sus muertos, construyendo ciudadelas y rotondas, condominios sobre los cementerios. La Historia, en fin, se hace y escribe gracias a las guerras.

*

Hay otra historia que también agota y hurta al Tiempo. Me refiero a la del amor, antídoto contra la violencia. Hay quienes se buscan para quitarse la vida; hay otros que nos buscamos para inmolarnos en el presente. En el jardín de la esquina, una mano dispara el arma que arrebata vidas; en el hotel, a media cuadra, otra mano acaricia el rostro para cuidarlo. El amor procura y atiende la vida: conducir los cuerpos, mimarlos, vacacionar en el paraíso. Y, pese a todo, aquí en Tecomán nos aprisiona el conflicto; los enamorados del mundo nos repelemos, buscamos la oscuridad en los cuerpos que amamos y aman la vida. Nos sujetamos. Desnudos, en las aguas de la eternidad, nos olvidamos de la otra muerte.