Han transcurrido algunos años desde que
ocurrió un evento en mi vida para el que no encuentro una explicación lógica y
del que sólo puedo consignarlo tal como lo recuerdo.
He llegado a pensar que
el tiempo no viaja de manera lineal y que, por el contrario, de pronto nos
atrapa en un laberinto circular que pone en nuestro camino sendas, fugas y
atajos que no buscamos, pero a los que somos arrojados de manera casual o
fortuita.
Sin embargo ¿habrá algo
casual en el transcurrir del tiempo, o existe una pre-determinación que nos
hace viajar, arrastrados por una misteriosa inercia que podríamos llamar destino?
He aquí los hechos:
Después de una semana de
trabajo, quise aprovechar el tiempo de un llamado “fin de semana largo” para
visitar a un amigo al que hacía mucho que no veía. Para ello viajé en mi
automóvil, el mismo viernes por la tarde, a un pueblo cercano donde él vivía
con su familia.
Después de disfrutar de
dos días compartiendo recuerdos infantiles y anécdotas de juventud, emprendí el
regreso a mi lugar de residencia, distante unos sesenta kilómetros de la casa
de mi amigo.
Casi a la mitad del viaje
de regreso vi, con extrañeza, una angosta brecha adosada a la carretera sobre
la cual no había reparado antes. Había recorrido incontables veces la misma
carretera, pero nunca había visto la brecha que les cuento.
Como me pareció que
podría aprovechar las horas que faltaban para que el domingo cerrara con la
noche, decidí curiosear un poco, pues la tarde era apacible y la sinuosa y
arbolada avenida que se extendía hacia adentro invitaba a recorrerla
Al llegar a una pequeña
loma, el camino terminaba de manera inexplicable, así que detuve mi auto y subí
a pie la loma para ver qué había del otro lado.
Observé, maravillado, un
pequeño cuerpo de agua rodeado de encinos florecientes y lánguidos sauces
llorones que daban al paisaje, brumoso y vespertino, algo de irreal y
misterioso. Estuve un buen rato contemplando el extraño y apacible paisaje.
De pronto vi venir hacia mí
un anciano de aire campesino que, apoyado en su bastón, caminaba lentamente con
una sonrisa amable. Tan pronto como nos vimos a los ojos él levantó su mano
izquierda a manera de saludo.
Le pregunté si vivía en aquel
lugar y me contestó que no, que sólo estaba ahí para orientar a los viajeros en
su camino de regreso.
Instintivamente, volví la
cara hacia la brecha que creí haber recorrido para llegar al lugar donde me
encontraba con el anciano, pero no vi la vereda ni mi auto estacionado. El buen
hombre sonrió compasivo y me dijo que no me preocupara, que a esa hora la luz era
engañosa y no tardó en darme instrucciones precisas para dar con mi vehículo.
*
Perdida por completo la noción del tiempo,
llegué a casa pasada la media noche del día que yo suponía era domingo. No
podía estar más equivocado, porque encontré en mi contestadora mensajes de
reclamo y extrañeza por la falta a mis labores en los dos últimos días: ¡era la
madrugada del miércoles!
Al día siguiente justifiqué
mis faltas lo mejor que pude y me reintegré a mi empleo como quien está
dispuesto a ponerse al día. Pero no dejé de pensar y preguntarme qué había sucedido.
La brecha, la loma, el anciano. La tarde surreal de un domingo cualquiera.
El siguiente fin de
semana volví a la carretera para buscar la vereda por la que me había
extraviado. No la encontré. Por más que busqué, no encontré el camino a la loma
ni al lago, ni mucho menos al viejo que me había saludado y dicho el camino de
regreso.
Pero sobre todo busqué
esos dos días de mi vida que no he podido explicarme adónde fueron a parar.
Estas palabras fueron escritas para un
grupo de estudiantes que egresó hace muy poco tiempo del bachillerato. Situémonos
en la ceremonia. Viernes. Las cinco en punto de una tarde calurosa. Tecomán a
punto de fundirse con el sol. Como sea, aquí dentro del salón de eventos no pega tanto. No se sienta mal si pierde
el glamour, porque debe limpiarse los
hilos de sudor que nacen de su frente. Llegó la hora de dar inicio.
Subimos al presídium, usted viene
conmigo. Observo (observe conmigo) especialmente el rostro de mis egresados.
Por fin tengo el placer de conocer a sus familiares. Me acuerdo de todo en un
instante. Usted sabe. Es inevitable. Un breve flashback, una resonancia que me reduce a un vértigo aguzado,
inexplicable, en mi pecho.
El grupo que despido está (estaba)
conformado por hombres mayores, cuyas edades van de los 35 a los 60 años:
padres de familia, amigos, empleados de una misma fábrica. Asistieron a la
escuela todos los viernes durante dos años y con apenas cinco horas para cada
sesión. Los conocí cuando aún impartía clases, como infiltrado, con la melena
larga. Durante un año y pico tuve el
placer de coincidir en varias de sus asignaturas. Las relaciones entre nosotros
fluyeron. Nos entendimos al instante, recuerdo, apenas en los primeros minutos de
Sociología. Luego me eligieron como su tutor; finalmente como padrino de
generación.
Aprendí de los sinsabores y placeres compartidos.
Me hice de un sinfín de reflexiones que permanecen guardadas en mi espíritu desde
entonces. Con el tiempo espero verbalizarlas y así, con la dosis de una sarta de
provechosas bofetadas, saquemos provecho de la experiencia. Por ahora no
descarto que muera antes sin haberlo intentado una vez siquiera. Gracias por acompañarme
a tomar ese micrófono.
* * *
Es un honor para mí estar presente en
esta importante ceremonia de graduación, porque representa una meta alcanzada,
un sueño realizado, una promesa cumplida. Hoy dejan de ser “nuestros alumnos”
para confirmar así, entre otras cosas, el cambio social que implica ese proceso
de enseñanza-aprendizaje al que llamamos educación.
Pero todos sabemos que no dejamos de
aprender una vez concluido el paso a través de una puerta más de la vida
académica. En la vida cotidiana existen pequeñas cátedras de sabiduría. La vida
misma nos exige un aprendizaje continuo.
Mejor ejemplo no puedo encontrar frente
a este grupo de egresados. Hombres maduros, unos introvertidos y otros más bien
risueños; unos con familia y otros que ya cosechan y cuidan la imagen del
padre, del guía. Es inevitable recordar lo bien que me sentí a su lado,
compartiendo ideas, intercambiando opiniones, en el salón de clases y cuando no
en la tienda de autoservicio, en los pasillos, el patio o en una cocina
económica.
Incontables veces regresé a casa,
después del trabajo, acompañado de una multitud de reflexiones acerca de lo que
cada uno de ustedes me compartía en su momento. Desconozco si fue suficiente
prestar mi oído para comprenderlos, porque a pesar de la bondad de las
reuniones, el tiempo siempre fue inexpansible.
Cómo son las cosas. Todo el pasado es
como si fuera ayer y sin embargo ya pasaron las semanas, los meses, cada uno de
los viernes, por la mañana o por la tarde, lluvias, trombas, ventiscas, días
soleados y nublados, las preocupaciones, las alegrías, el coraje para no
rendirse y comprobar aquello de que el esfuerzo de cada hora invertida valió la
pena.
Ustedes saben mejor que yo cuando digo
“vale más un hoy que diez mañanas”, pues todo esto, este momento, es lo que
hay. Recordemos que un millar de flores no reparan el daño que hace la palabra.
Di Te quiero y, así se trate de los
desconocidos, acercarán su oído, su cuerpo, su espíritu; si en cambio dices Te odio, naturalmente alejarán a las
personas.
No perdamos el tiempo hinchando las
peleas y los diluvios, sino comprendiendo, apresurando pacientemente la
maquinación de cien veces reflexiva la palabra que diremos una sola vez, ¿pues
quién nos asegura que siempre habrá diez mañanas para disculparnos?
Acerca del perdón… “Perdonar es divino”.
Procuremos hacer las paces con nuestro pasado, con la familia, los amigos y,
sobre todo, con uno mismo. No hay nada más importante y con más sentido que conservar
la vida cuando aún nos queda el hambre de satisfacciones; lo material es sólo
un medio para llegar a otros placeres.
Pero hay otra clase de placeres: dar y
recibir un hola, gracias, que tenga un buen día, una felicitación, o el gozo de
hablar con nuestra pareja de las esperanzas, los sueños, en fin, lo que digo
por ustedes es tener a alguien a quien le podamos asir la mano para saber que,
pase lo que pase, no estaremos tan solos como creemos.
A propósito quiero reconocer a las
personas que alentaron a nuestro grupo de estudiantes, a sus familiares por apoyarlos,
por preocuparse por ellos cada vez que salían de casa para ir al trabajo o a la
escuela.
Y sin duda gracias a las circunstancias
que nos hicieron coincidir en el mismo lugar durante una brecha de tiempo, tiempo
que atesoro como se atesoran los momentos que vienen a nosotros cuando nos
sentamos a contemplar una tarde roja, sentir el viento de paseo por la calle o escuchar
la cantidad de lluvia que orquesta sobre nuestro tejado.
Gracias a ustedes por el tiempo
dedicado, por las horas compartidas, por ser un grupo excepcional y dejar
huella en los profesores y profesoras que estuvimos con ustedes. Deseo que
continúen estudiando, así en un salón de clases como en la vida cotidiana.
Hay un asunto que me atañe desde que
empecé a leer como cabra loca y ensañarme a remediar el tiempo que había
perdido sin hacer caso a mi vocación. Pero, ¿qué es la vocación sino un
eufemismo para decir “éste es, al menos por ahora, el sentido de mi vida”? Si a
todos se les pagara por hacer lo que les gusta sin que nadie más les diga que
tienen que hacerlo, seguro es que el dinero no sería problema y no habría más
adultos abnegados con la insoportable levedad de su vida. Aunque, es cierto, no
descarto que haya quienes no sepan lo que quieren porque no está en su espíritu
el poder auténtico de la pulsión, el deseo. Como sea, si hablo ahora con
alguien a quien le interese el acto de leer por sí mismo, no por encargo sino
por placer (como ta'le vú, Barthes),
encontrará en las siguientes líneas una propuesta adecuada para focalizar la
experiencia de la lectura.
Hablemos de los resúmenes, las reseñas y
los comentarios alrededor de los libros. Lo mejor es no leer nada que tenga
relación con la obra que nos encomendamos abordar. Después de leída y asimilada
la obra literaria, se puede indagar en lo que otros han dicho bien o mal sobre
la misma. Por ese único motivo no deberían existir las contraportadas como un
bidet en el que se descarga la masturbación verbal del otro; para algo sirven
las reseñas en las contraportadas y los prólogos al principio de los libros:
para nada.
Ya sé que si trato con un diletante me
dirá que estoy rotundamente mal si ignoro a Borges o las “magníficas” crono-biografías
que las editoriales colocan antes de que el autor haga lo suyo y nos sorprenda (ahí
cabe el curioso “Prólogo con reseña crítica y marco histórico de la vida y obra
del autor” –asuma que leerá de tres a quince páginas–). ¿Es que acaso los
endemoniados editores nos consideran tontos? En dado caso todo eso (como
servicio extra para que el lector sepa cómo
hablar en público cuando tenga que hablar sobre la obra o el autor) debe
imprimirse en la parte final del libro, pues nunca falta que un reseñista se
pase de listo y afloje su boca para hablar de lo que no debería: de la obra en sí.
¿Entonces para qué leemos libros de
grandes ensayistas hablando de otras obras? Las leemos cuando ya hemos leído la
obra que comentan y porque, según su método y rigor y creatividad, alumbran de
otra manera lo que nosotros también leímos, no con el fin de adaptarnos a la
nueva interpretación, sino para confrontar ideas, espejear y refrescar la
experiencia artística. (Cada lector juzgará quiénes son los mejores críticos
para tal o cual libro). Pero antes de la lectura, sáltese el prólogo y las
reseñas, con mayor esfuerzo si se trata de Ediciones Cátedra (conocidas por
hacer libros de los libros).
Otra pregunta: si no leo reseñas de
otros y no leo las contraportadas, ¿cómo aminoramos el efecto de una posible
decepción al encontrarnos con literatura barata? Es muy sencillo: en la Biblioteca
Pública existe la sección del 800 llamada “Literatura Universal”; escoja
cualquier libro al azar y con cualquiera nunca perderá el tiempo. (A propósito:
¿quién dijo “procura leer los mejores libros porque la vida no alcanzará para
leerlos todos”?). De ahí casi estoy seguro que el autor lo enviará a otro. ¿No
es así con Borges? Si Jorge Luis Borges nos parece excepcional y él comenta que
tal o cual escritor fue su maestro, ¿por qué no iríamos a las fuentes de las
que él mismo se nutrió? Y esto, por supuesto, no es vanidad ni mucho menos,
pues se trata de un diálogo entre lectores, con la misma euforia con que
alguien más se ha enfrascado irreductiblemente en los libros y nos confía su
gusto recomendándonos obras.
Tómelo de la siguiente manera: las
contraportadas son como los tráirlers
de las películas actuales: es decir spoilers,
refritos, sicarios versus la
experiencia que nos aguarda. Hay más puntos que convendría tocar en otro momento:
1) Ante la nueva demanda de promoción cinematográfica, ¿existe el buen tráirler
que sea invitación, expectación y poética? 2) ¿Existe el buen prólogo después
de Borges? Sí. Tarea: evidenciar ejemplos. 3) Olvídese de todo esto y lea el
puro libro.
Voltaire lo dijo claro: es bueno saber
que no siempre pensamos. Mentirosos los que digan “yo siempre estoy pensando”.
Pensar, lo que se dice pensar, pues
no. A veces, por los duros o suaves estímulos en nuestro devenir cotidiano,
como transitar una calle atestada de personas (vendimia, cocina y algarabía),
no discriminamos arteros ni ponemos verjas alrededor de todo lo que viene a la
cabeza. Hablo de los pensamientos indeseables, los picapedreros.
Los pensamientos son íntimos, naturalmente,
como canteras informes de nuestro paisaje mental. Nada hay que se haga público
a menos que le apliquemos el verbo, oral o escrito, aunque siempre nuestra boca
se quede corta por “el peso del peso que hay que poner sobre la lengua” (Paul
Valéry). Existen los momentos puramente mentales en donde las emociones pasan
por la asimilación de imágenes y formulación de juicios, como la nostalgia de
volver a algo o a alguien, a la experiencia de la calle abigarrada, a la
añoranza del tránsito pasado entre los tenderos del mercado y la mano inquieta
del amante, valuando ciegamente, con el pulso del pecho apasionado, lo que debe
seguir en la memoria.
Existen estos pensamientos de las causas
perdidas, aquellas idas y venidas sobre asuntos pequeños de la vida diaria:
molestarse, por ejemplo, porque se nos ha manchado la camisa justo antes de
salir de fiesta. Dudo que nunca nadie se haya molestado por cosas que después
las sabemos insignificantes; si no fuera el caso y alguien más lo niega, que lo
diga ahora para ensartarlo en la Hoguera de los Engreídos.
Yo también me hurgo la nariz cuando
nadie me ve, con la rara constancia con que pierdo la cabeza atendiendo
dilaciones que no valen la pena. Me digo un “vaya, esto no debería importarme”, pero cómo le gusta a mi memoria
embadurnarse, trayendo a colación (y colisión) escenas de la vida diaria
fustigadas por la imbecilidad de los hombres (la suya, por ejemplo; la mía,
incluso, más, todavía).
Un método (inestable como la belleza)
para no pensar ni gastar energías con pseudoproblemas, consiste en ocupar el
tiempo en actividades que impliquen movimiento físico o, por otro lado,
enfrentar espiritual e intelectualmente el asunto en un estado de suma reflexión;
sin embargo, las cosas, cuando están irresolutas o demasiado calientes, pueden
salirse de control si tenemos la mala idea de ahondar en el escollo sin filos
ni navajas.
Profundizar en la basura sólo asegura lo
difícil que será asearse de nuevo: me refiero a la vagancia de andarse en fútiles
dilatorias. Es cierto que merecemos enojarnos por la camisa recién manchada
antes de salir de fiesta o porque alguien más arruinó nuestra comida, pero es
preferible irritarse en secreto (como hurgarse la nariz) si está en juego
evidenciar públicamente nuestro mal gusto de desfigurarnos por cosas que no
valen la pena.
So, za-zá, fiu-fiú, frac and crack, my
darling team, ¿qué cosas sí valen la pena?
Bueno, tanto así como apenarse y que nos guste, no. Valer la pena supone un
sacrificio (esto es:engrosar las
energías para exprimir el pensamiento), y si algunas almas, un poco torpes y
quejumbrosas, de ésas que lloran antes del golpe, buscan y encuentran indulto en
donde nunca hubo infamia, no hay manera de considerar adecuado aporrearse con
pesos ligeros.
La realidad es que por estos
pensamientos de albañal, cestos y cloacas, se pierde el sueño y se malgasta la
noche. Picapedreros: las canteras falsas sólo expiden polvo y ocupan espacio en
el paisaje. No se lee, no se escribe; la boca advierte cuando su dueño no la
doma y despotrica desnortada. Lo mejor es tomar una siesta. Si, en cambio, los
pensamientos no dejan dormir, entonces ponerse de pie, hacer actividades que,
como dije antes, impliquen movimiento y cansen el cuerpo hasta que dormir sea inevitable,
como salir a caminar o darle una mano de gato (esperen, los gatos tienen patas,
corrijo), una pata de gato a la
bicicleta, los zapatos, la repisa.
Una vez que conciliemos el sueño, nuestra
cabeza se desinflará de fiebre, descansará en el paraíso. Hay personas que
encuentran soluciones en el sueño o placer en ausentarse de la ruda vigilia,
esto para que pase el tiempo y se apaguen las brasas de la pasión (no del amor,
sino de las otras pasiones deletéreas como la venganza, el rencor, la ira, los
celos, la envidia, etc.).
Endemoniados pensamientos: a ustedes
habría que saber domesticarlos y que sirvan en la Hacienda de Nuestra Patética
Diatriba. Lo mejor, pues, en todos los casos, es no bajar la barbilla y azotar
al toro que entra resoplando furia en nuestra tienda de cristales. Ponga usted –como
diría el médico veterinario– a ese chango molesto en el zoológico, quíteselo de
la espalda, pierda peso. O haga como yo y mis amigos del Club de los
Degenerados: llame a alguien y meta al diablo en el infierno.
En los intentos de dibujar la figura
humana, cabe la desafortunada línea que suspende la perfección esperada muy
cerca de la caricatura. Pero, en defensa de los ilustradores perfeccionistas,
los cuerpos humanos son muchas veces predilecciones caricaturescas. La
caricatura sencillamente consiste en la exageración de los rasgos, sobre todo
las del rostro, semilla y madre de la ocurrente pareidolia. Esto es válido y
acorde a la medida tasada por el mismo ser humano, porque ¿no sería grotesco tener
dos ojos en tierra de cíclopes?
Cuentan que Homero debió ser ciego,
Sócrates un adefesio, y que Vulcano fraguaba el hierro más resistente privado
de sus dos piernas, las que debieron tener el largo de sus cuernos, único
premio de la consorte. Un momento, oh Júpiter, antes de que me reduzcas la vida
con tu rayo destructor: ¿los dioses no tienen la culpa por contar con la
ridiculez en la que rayan? Los griegos, sus primeros hijos, supieron sacar
provecho de esos motivos, pasando así de la catártica Tragedia a la ablución de
la Comedia. Demos gracias a las circunstancias que cambiaron las terribles
máscaras inmóviles por el coturno bajo y volador.
Las mismas circunstancias llevaron a la
señora Cecilia, hace unos años, reparar el rostro de un peculiar Ecce Homo, pintura que se creía vieja,
pero no tan vieja ni tan importante, pues contaba con la audacia del pintor
español ya muerto, llamado Elías García (cuya fama actual se lo debe a Cecilia),
quien se basó primeramente en un Ecce de Guido Reni (¡no tan perdido, García!). ¿Fue un acto de justicia? ¿Quién
agolpó el suplicio a quién? ¿Guido Reni encarnó la mano de Cecilia para
suprimir la soberbia ahora descubierta del pintor español?
Salve, Cecilia
Regresando al meollo, aplacando mi mallete,
confío más en el delirio infligido de la mano de Cecilia, pues ¿no debió Cristo
ser demasiado feo por haberse rebajado a lo mortal para expiar los pecados de
la iniquidad humana? No sabemos qué causa más risa, si la autenticidad con la
que actuó doña Cecilia o que al final nos mostrara el rostro sacro intervenido…
(No mienta, a usted le encanta ensañarse en lo prohibido). No por nada los
musulmanes adhieren a su arte uno de sus más aguerridos preceptos: jamás
hacerse imagen de Mahoma para evitar a las Cecilias. Declaro entonces a doña
Cecilia libre de culpa; que pase ahora el siguiente acusado.
Señor juez, todo es culpa de la
idolatría: forjar ídolos en los cuartos del artesano para que las veladoras, el
incienso y las flores no sufran de invisibilidad operante. Una de las imágenes
occidentales que no faltan en casa de la abuela es aquella que representa la
última cena de Jesús, pero, oh Fortuna, jamás procuran hacer litografías del
original, es decir, del hacedor Leonardo da Vinci. En unas versiones aparece un
Jesús más femenino o, como en el caso de Dalí, los apóstoles hincados, en
sendas direcciones, rezan borrachos y adormecidos.
No es culpa de la mano que dibuja muchas
veces, sino de la imaginación activa de quien contempla la obra terminada.
Ilustraciones históricas en los Libros de Texto Gratuitos suelen parecer dignos
de una historieta, al lado de Memín Pinguín
o Condorito, tanto en pintura como en
escultura, que, por cierto, en más de una ocasión he visto cómo la heroica Batalla
de Puebla se trueca, frente a mis ojos, de “sublime” a la simpleza de un
partido de futbol amistoso entre Francia y México.
Oh, Venus, ¡no estamos hechos todavía
para el amor sincero a las vanguardias sin faltarles al respeto! ¿Un calzón
colgado en el tendedero puede ser considerado, de acuerdo a su historicidad fenoménica,
arte moderno y abstracto? Póngale Rayos X al ensamble y cobre más por el pase
de entrada al museo. Apuesto a que ninguno de los presentes ha visto esto en
sus ámbitos cotidianos. Ah, no sabía que la exposición se llama Cotidiano, demasiado cotidiano. Patrañas…
Bueno, amor, como sea, vamos por un café y te cuento.
La suerte quiso que diera con una
peculiar edición de El paraíso perdido (John
Milton) no desprovista de grabados en
su interior para ilustrar célebres pasajes del poema. Algunos deduje que eran
de Doré, fantástico, pero otros simplemente me parecieron anónimos. Lo interesante
es que para la portada, los editores emularon un grabado interno que de por sí
ya era digno: ¿entonces por qué esforzarse en hacerme reír? En el dibujo, con
tintes de acuarela, osan poner a la serpiente justo en el exilio de Adán y Eva
del Paraíso, cuando, en ese entonces, ya Satanás mugía como dragón en las
cavidades del Infierno.
Sin embargo, en el grabado es más que
justo: Miguel, el ángel enviado de Dios, blandiendo su espada flamígera, aleja
a los pecadores de la puerta del Paraíso. Este Miguel es, como puede verse,
varonil y angelical; en la ilustración de portada más bien parece mujer
espolvoreada hasta los brazos. En el dibujo puede observarse cómo Eva huye, mirando
a la cámara, inclinada, contenta con lo que hizo, y en el grabado sólo es
bellamente irresoluta. Adán, por supuesto, no quiere ser fotografiado por el
paparazzi, se cubre el rostro como consciente de la falta de su esposa y, sobre
todo, de la vergüenza que le causa presentarse como el más virtuoso de los
hombres sucumbido por las tentaciones mundanas.
¡Oh, vellocino de oro, líbranos de los
dibujantes maltrechos que donde ponen su buena intención ponen también la mala
suerte de volvernos ufanos y pendencieros! Supongo que, en manos de este
dibujante luminoso y débil colorido, Satanás debió haber parecido gallardo y
hermoso. ¡Qué más da! Entonces, sí, por favor, píntame curioso.
Ahora mismo en Tecomán se libra una
batalla entre distintos grupos de crimen organizado. Silenciosos, invisibles,
se abren fuego individual y orquestado entre ellos para arrancarse el dominio
de la distribución y venta de estupefacientes, y así dejar tranquilos a los
consumidores. El mapa gira en torno a pequeñas máculas que caen como lúgubre
rocío de una floja, fatídica llovizna púrpura. Dicen todos que hay que andarse
con cuidado: la tierra caliente pide sangre; no vaya a ser que en una de ésas a
nosotros mismos se nos escape la vida y la noche eterna cierre nuestros ojos.
El único chaleco antibalas, infalible, es
el de no pertenecer a esos trabajos, así como no ser familiar de ninguna
persona que haya estado dentro del mercado ilícito. Después de muerto el
implicado, los familiares enlutados saben que vale más huir al norte, dejar los
trabajos, cambiar de residencia y nombre. Por otro lado, no formar parte del
conflicto pero compartir el mapa nos deja a merced de la Fortuna que nos puede
poner en la hora y lugar menos indicados. Si durante el día se rompe un plato o
cae la taza del café al suelo sin motivo alguno, considérelo como mal agüero y
no salga de casa.
Ayer fue en un expendio de pollos
rostizados: los hambrientos bajaron de una moto, abrieron su paso entre la
gente, como Moisés al mar, y asesinaron al tendero; hoy, hace unos minutos,
hicieron lo mismo a un kilómetro de donde vivo. La seguridad pública apremia en
cerrar las calles y los zancudos voladores sondean los cielos para averiguar la
fuga de los asesinos. En vano, todos los demás presenciamos la gradual
disminución de las alarmas de los coches rociados de balas y las sirenas de las
ambulancias recogiendo a los heridos; el mecanismo de defensa ante la realidad
nos hace dibujar constelaciones con la suerte de los cartuchos en piso.
Los conflictos de este tipo no son nuevos
ni exclusivos de Tecomán. Hace apenas una semana que se han intensificado. Una
noche, cuando jugaba ajedrez con mi padre, al mover un caballo en L y ponerlo
en su lugar de defensa contra las jugadas avasallantes de mi contrincante, se
escucharon ráfagas de armas de fuego cerca de la casa y apenas nos vimos a los
ojos para disertar que, efectivamente, no habían sido cohetones. Al siguiente día
me enteré del nerviosismo de algunos compañeros del trabajo que aseguraban
habían sido cinco balaceras sincronizadas, con el extraño saldo de un herido e
inútil movilización policiaca. Pero esa noche, contigua a la madrugada
intranquila, mi padre y yo batallábamos sobre el tablero, devaneándonos en
servir a la victoria o a la muerte bella, diferida. Es ahí cuando uno descubre
que esta guerra civil se ha vuelto común y cosa cotidiana.
Los taxistas, como suele suceder frente a
los acontecimientos inauditos, han cambiado su discurso. Semanas antes me
hablaban de sus historias personales, de sueños truncados, esperanzas, de amor
o cómo servían de alcahuetes, sobre las cuales yo los animaba a que me
siguieran contando durante el viaje. Ahora, y la pena es efímera, me hablan de
cómo han visto desaparecer a familiares de compañeros o cómo ellos estuvieron a
punto de estar en medio del fuego. Me hablan y, sin buscarlo, confiesan
delitos.
–Pero si ya sabes que andas en malos pasos
–me platica el taxista– deberías cargar un arma. Así, cuando vayan por ti, te
llevas a otros contigo…
Otro más me confiesa su pudor a la muerte
ajena.
–Me hago pa’trás cada vez que veo un
velorio. Yo no podría dormir tranquilo… No sé cómo ellos pueden matar, así sin
más.
Recuerdo, cuando la ciudad se deprime en
luces amarillas y las calles vacías resbalan en nuestras puertas, el poema de
John Donne en el que el hundimiento de una isla hace perder a todos por igual el
suelo sobre el que caminan.
–La vida ha dejado de valer. Por cincuenta
o mil pesos pueden matarte. Hemos dejado de ser benditos.
Voy al trabajo y me desgarro. El salón de
clases es un simple laboratorio, pero al cabo de unas horas salimos al mundo,
donde la infección es real y flota en el aire, de día y de noche, en que uno ya
no puede caminar a media carretera, como cuando con mis amigos nos salíamos en
la madrugada a espolear la ciudad dormida con nuestros pasos adolescentes. En
la memoria recuerdo a un antiguo amigo con la cabeza iluminada como lámpara incandescente,
entonces superpongo el presente y lo encuentro muerto desde hace ya unas
semanas.
Supongo que el taxista tuvo razón al decir
que dejamos de ser benditos. El cuerpo, único instrumento que nos pertenece,
sumergido en contextos de poderío e intereses individuales pierde su
sacralidad. Somos instrumentos o somos los que mueven la máquina. Mientras el “progreso”
de la modernidad continúa sin retorno, al menos también la necesidad de
resistir a las jornadas de trabajo ha incrementado el número de consumidores de
estupefacientes. Todo se resume al control de los medios de producción y venta.
Así funciona el negocio.
En unas semanas, entradas las vacaciones
de Semana Santa, los conflictos deberán calmarse o el territorio deberá estar
dominado ya por un solo grupo (al menos provisionalmente), porque de ello
depende que los turistas vengan a Tecomán de vacaciones. Se sabe muy bien que
si un lugar está caliente, se entorpece
la distribución y la venta. Así funciona, por ejemplo, en Cancún: los sicarios conducen
a sus víctimas a las afueras de la zona turística para que la gente no se
espante. Estos grupos, como ellos mismos han dicho, saben arreglárselas
solas.
El mundo vuelve a los orígenes: destruirse
y renacer infinitamente. Lo que fue creado en siete días, se termina en uno y el
luto dura otros nueve. El calendario nos enseña que el tiempo discurre y las
cosas vuelven con otro rostro. El fuego de Tecomán se irá y volverá como las
temporadas de lluvia.
Sin embargo, el hábito de volver termina
por entregar un ultimátum. Las culturas han sabido bien, hasta ahora, migrar de
una época a otra, cargando en sus espaldas a sus muertos, construyendo
ciudadelas y rotondas, condominios sobre los cementerios. La Historia, en fin,
se hace y escribe gracias a las guerras.
*
Hay otra historia que también agota y hurta
al Tiempo. Me refiero a la del amor, antídoto contra la violencia. Hay quienes
se buscan para quitarse la vida; hay otros que nos buscamos para inmolarnos en
el presente. En el jardín de la esquina, una mano dispara el arma que arrebata
vidas; en el hotel, a media cuadra, otra mano acaricia el rostro para cuidarlo.
El amor procura y atiende la vida: conducir los cuerpos, mimarlos, vacacionar
en el paraíso. Y, pese a todo, aquí en Tecomán nos aprisiona el conflicto; los
enamorados del mundo nos repelemos, buscamos la oscuridad en los cuerpos que
amamos y aman la vida. Nos sujetamos. Desnudos, en las aguas de la eternidad, nos
olvidamos de la otra muerte.
Ah, The Mamas &
the Papas escribió Hyperborea Dreaming. No, loco, California Dreamin’,
se llama. Nos miramos de frente, como dicen los filósofos. En mi infancia tuve
un telescopio con el que quise ver la nave espacial de mis iguales genéticos
cuando llegaran por mí; evidentemente, eso nunca sucedió. Un escritor amigo mío
(aficionado a la filosofía) y yo nos recluimos un tiempo para sacar de la bolsa
de sándwiches los secretos de Hiperbórea, sobre cómo hablar con los tlacuaches y
aguardar el momento de la llegada del Gran Capibara. El cofre se abrió:
créanme, supersticiosos del mundo entero, algún día mi amigo el griego y yo
volveremos a Hiperbórea.
Debí sospechar tiempo atrás, pero las
revelaciones traen consigo el recuerdo de los signos no descifrados. El camino
hacia esta tierra más allá del norte
permanecía perdido; comencé a hacer memoria.
Entre las pequeñas obsesiones durante
mis primeros años humanos (se cuenta una fijación por conseguir una escalera de
juguete) desarrollé ansiedad por saber, a cada instante, la dirección donde se
encontraba el Norte. Mamá, ¿dónde está el Polo Norte?, ¿dónde está el norte?
Creí recibir un llamado sideral y
quería responderlo. Tuve la oportunidad de recibir un regalo de mis padres y
elegirlo (juguetes, quizá, pero ya había obtenido la escalera anhelada). Puse a
mis padres en apuros: papá, quiero una brújula. Un reto auténtico, habitábamos
en una provincia donde abundaban las frutas exóticas pero poco material físico
para niños hiperbóreos.
Acabada la merienda me entregaron la
brújula pequeña, de exterior negro e interiores verdes, indicaba los puntos
cardinales en letras blancas y, la aguja, una flecha cuyo extremo rojo era el
salvador que apuntaba hacia el norte.
Aprendí, después, cómo ubicarme
geográficamente a partir de la posición del sol. Aún con mis trescientos años, cada
vez que salgo de un edificio me cercioro en qué parte se encuentra el astro
rey. Aprendí en su momento a magnetizar agujas de costura para utilizarlas como
sustituto de las brújulas. Recuerdo también que las manecillas de un reloj pueden
utilizarse como guía, sobre una hoja, dentro de una cohesión acuosa (¡mucha
fantasía, milord!). Cuando no hay estas posibilidades y el cielo opta por una
barba de nubes, no me queda más opción que esperar; los tlacuaches no me
acompañarían si saben las probabilidades del clima.
Cuando llega la noche, dejo que los
astros transcurran, pongo atención especial al cenit de la luna, recuerdo el
fondo verde de la brújula y espero. Viví con mi amigo griego en una edificación
casi-rectangular donde una ventana recibía al sol matutino, la puerta principal
tendía sus brazos hacia el Este, por fortuna no hacia el Norte porque, de algún
modo, la dirección de esa entrada y el vestíbulo semivacío (dos caballos
–regalo de las valkirias– y dos torres custodiaban el sitio) nos retuvieron de
emprender la huida hacia Hiperbórea. Dentro de aquel lugar construimos con humo
y fotones nuestra versión del Bifröst. Mi amigo griego es un viajero, heredero
de Odiseo –cuentan algunas leyendas. Algún día volveremos a Hiperbórea en un
drakkar, se dibujará un mar ante nosotros y vendrán las auroras boreales,
verdes y azules, a llevarnos.
Todo lo que sé del amor se lo debo a ella, dijo por fin Sócrates en el
banquete, antes de que los demás comensales quedaran rendidos por el vino y la
algarabía. De alguna manera, mi mejor amiga, la llamaré H, es también esa
confesora y revelación perpetua. Hablaré de la amistad a través de mi
experiencia juntos, esperando que el lector encuentre justificado el ego que se
inscribe en la crónica personal.
H se comporta como las verdaderas
amistades: se dejan ver de vez en cuando. Me permitió escribirla para este caso
(o me obligó, ya contaré después), como regalo de cumpleaños. No me lee, no me
escribe. Sólo cuenta con teléfono de casa, donde vive con sus padres, un
hermano mayor y tres gatos. Trabaja y es feliz, pero no confesaré su trabajo.
Lo importante es que la volví a ver y fue un alivio. Le dije que me parecía
impertinente estar juntos en vísperas del Día de los Enamorados. “No te tengo
miedo, niño”. Siempre bromea y sabe sacar a colación agradables insultos para
animarme, caso parecido a la relación que guardo con mi amigo Frank, sobre todo
en confianza, valores superiores y distancia natural.
Pero ella es como el arma y el diablo,
siempre se cargan juntos. Salimos el sábado. Nos repantigamos en un viejo
sillón del único café cuasi-decente que hay en la provincia. Le dije que
trabajaba los fines de semana, aun así me exhortó llevarme a un bar y
desvelarme. Quería bailar y cantar karaoke. Le dije no cuentes conmigo. Pero mi abulia se deshizo al verla, entre luces
bajas, malvas y bermejas, bailando con otro hombre, de pelo en pecho, botas y
cinto piteado. Entonces fui por ella a los diez o quince minutos, bailamos a
gusto, como dos amigos que no se han visto en mucho tiempo, aunque, de hecho,
era cierto.
“Mi venganza es que te duela” –me
replicaba al oído, que es como decir “me vas a extrañar, te conozco”. Bailando
con ella, en esa noche redonda, me sentí volátil. Di traspiés, de vez en cuando
nos pisamos; tengo dos pies izquierdos y estoy seguro que sé bailar con los
derechos que me faltan. Al fin nos divertimos. Bailé por inercia y la cafeína
que aún no abandonaba mi cuerpo. Su hermano mayor pasaría por nosotros, me
dijo, una vez que nos dijéramos adiós.
Escribo estos detalles porque así me lo
pidió como regalo de cumpleaños. Su venganza consiste en que me desaire
abandonando mis lecturas empedernidas acerca de la Primera Guerra Mundial, o sobre
la dicotomía entre Robert Graves (el beligerante inglés) y Herman Hesse (el
pacifista alemán). En más de una ocasión me insulta con sorna ligera y finge
enojarse si me descubre dándole vueltas a un asunto del pasado. Por lo general
olvida que me fui a Colima con el sueño de entender las letras, más en tiempos
de soledad que en el salón de clases, y otras veces también le recuerdo que mi
tristeza es dedicarme a dar clases y que eso me quita horas de lecturas o verme
más seguido, por ejemplo, con mi amigo Frank.
Los amigos se cuentan con los dedos de la
mano, y nos sobran. Podemos tener un sinnúmero de conocidos y compañeros, a
quienes les dejamos la puerta abierta para cuando deseen entrar a nuestra casa.
Pero amigos, amigos, muy pocos. La amistad tiene todas las ventajas del amor
filial (excepto los besos y las caricias) y ninguna desventaja de la relación en
pareja: no cuestionan nuestra ausencia deliberada, nos permiten llorar
tendidos, estar en silencio y rascarse la entrepierna sin que se molesten, o
acomodarse el sostén sin que por ello surja una tensión erotizada. También los
escuchamos en silencio, nos ofrecen una taza de café y la oportunidad de que
nunca olvidemos el camino a casa, como la amistad que guardo con don José, un
gran hombre al que admiro, sabio, buen padre y abuelo, y que conocí en la
capital. Ni Frank ni don José conocen, tampoco me han escuchado hablar de H. Aquí
la venganza de mi amiga cuando le hablo de ellos.
Después de bailar por espacio de una hora
o menos, nos sentamos a comer botana de totopos y guacamole. Miramos la hora,
según marcaba el amanecer del Día del Amor y la Amistad. Me habló, a media voz,
de la amistad que consagraba a mi existencia. Y la verdad, qué vitalidad, qué
fuerza, qué hermoso, se siente que a uno le confiesen “así estás bien, digo,
eres un bonito ser humano”. Y conforme me decía, me obligaba a recordarlo para
que lo escribiera, y con eso, insistía, dejara de leer cosas inútiles de la
Primera Guerra.
Hay otra amistad que se forja
indirectamente: los lectores, fugaces, de este espacio. He conocido personas
entrañables, incluso sin conocerlas en persona, gracias a que aplauden o
critican ferozmente y en secreto mis puntos de vista, pueriles o desgraciados
que con el tiempo refino, olvido o deshecho. Como Passolini, deberé adjurar sobre
lo que he dicho en varias ocasiones.
Pero son igualmente, todos y todas, irreales
en este presente. Frank ni don José ni H me acompañan, pero habitan en mis
imágenes aéreas. Pienso en H. No me lee, no me escribe. Y, sin embargo, me
cuida cuando nos vemos, porque es mayor cinco años y su experiencia en el amor
me deja mudo, celoso y, sobre todo, asombrado. A veces hace de Diotima, la
mujer figurada que visitaba Sócrates. Le he dicho la semejanza y me manda por
un tubo. ¿Era guapa? No sé, H, supongo que también tenía eso de belleza del
alma; Sócrates era feo y viejo. Entonces sí somos, Mario, como Diotima y
Sócrates. Nos reímos. Nos echamos para atrás y un halo de entendimiento humano tira
de mi ser como para desear nunca desaparecer de ese instante… Renunciar, como
escribiera Jelinek, a todos los demás tiempos.
Pero miento, lo mismo me sucede cuando veo
a todos mis amigos y no quiero alejarme, o cuando me habita el amor y mi cuerpo
no quiere vestirse, sino andarse entre los callejones de la ciudad y sus
relojes, esconderme del sol y la vigilia, nunca amanecer o, por lo contrario,
si se pudiera, mantener incubadas las dos primeras horas del alba. Acompañados,
las horas se calcinan como ofrenda al éter y al movimiento que nos atraviesa,
inexorablemente, volviéndonos más viejos.
Intuyo que moriré antes que H. Nos hemos
jurado hacer una travesura el día de nuestra muerte, no sabemos cuándo, pero
uno u otra regará hojas de acanto (o laurel, en su defecto) alrededor del
ataúd. La vida que llevo, advierte, a veces es de enfermos o de locos. Cuando
me empecino en irme del mundo habitual, como a deshoras y duermo poco. El café
y las quesadillas son mi dieta. Nada de qué vanagloriarse. Pero entonces ocurre
que me acuerdo de ella y pienso en llamarle. Su madre me dice que no la puedo
ver o que H me regresará la llamada. Y la espera se dilata semanas y meses.
Desde que en varias ocasiones cambié
malamente a mis amistades por un amor del que me colgué durante un tiempo, hace
años ya, al menos H me recriminó como una madre. Frank, por su lado, me
acompañó en el infierno, hicimos de nuestro monasterio un tugurio de muerte (sobre
lo que estaré eternamente agradecido). Después de la despedida de Frank, me vi
rara vez con H o con don José. Con H endurecí mi aprecio, tanto que llegamos a
pasar una semana viéndonos diario, lo que, conociéndola, fue rarísimo su
préstamo de tiempo.
Ahí hay otra verdad: lo único que damos es
tiempo, y me muerdo la lengua. Tengo cola que me pisen. Estoy pagando mis
faltas, mis ausencias, sin recelos ni remordimientos, sin buscar culpables,
porque arrepentirse es de cobardes y porque en la amistad hay equidistancias de
comprensión. Los amigos son tiempo, coexistencia. No hay sospechas, hay
renuencia. Si nos confiesan algo, somos tumba, piedra y entendimiento. También
somos corazones sensibles, alegres. Dependiendo de los valores en común que se
tengan los amigos, la moral convencional se pasa por el arco del triunfo.
Recuerdo a H enseñándome lo que nunca aprendí en la escuela, y al otro día, al
despedirnos, diciéndome que lo olvidara todo.
Los amigos nos ven y verán haciendo las
cosas que están bien guardarse en la intimidad. No cabe, si se trata de una
amistad auténtica, la traición, pues ni se piensa ni se espera. No sucede.
Aunque suceda aquello de la “amistad de estrellas”, cuando una amistad vira en
caminos y convicciones diferentes, es decir, se rompe, sólo, tras una tarde de
revelación, aceptamos como una simple respuesta lo ruin que puede ser la vida
social.
Finalmente, H me llevó del brazo a la
pequeña pista del karaoke. El lugar había escampado de personas. Casi vacío,
casi en silencio, casi nada más para H y para mí. Las mesas redondas,
deshabitadas, me parecían islotes en el agua de la noche. Me dijo que no
olvidara relatar lo que sucedía para “ese changarro
que tienes” (se refería al blog) y que me guardara en el pecho las
impresiones, como siempre, las impresiones más íntimas. Le dije que era mi
amiga, ella se sonrió y dijo al bartender
que tocara “Te lo agradezco pero no”, el dueto de Shakira y Alejandro Sanz.
Por un momento recordé cuando, adolescente todavía, me aferré con ella a “1973”
de James Blunt.
La amistad madura. Las experiencias con
nuestras amistades son como la fruta que se nutre de las temporadas. Si afirma
Rumi que el amor es un árbol y los enamorados su sombra, las frutas deben ser
los amigos. H agradecerá este regalo de cumpleaños, aunque no me lea ni me
escriba, amigos, en mucho tiempo. O quién sabe. “Yo no sé mañana”, fue lo
último que dijo H. Y cantamos.