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sábado, 13 de julio de 2013

Reloj

por Karo Velázquez


Cada mañana el reloj está ahí. Tic tac, tic tac. Escucho el movimiento de las manecillas. Es muy extraño cómo un objeto inanimado puede provocar tantas cosas en nosotros.

Si tenemos prisa, nos agobia. ¡Qué rápido avanza el tiempo! En cambio, si queremos que el tiempo avance lentamente, parece que aún no ha terminado de dar el primer “tic” cuando ya está sonando el “tac”.

Cuando preservamos un reloj, preservamos con él muchos momentos: la hora del nacimiento del primogénito, las doce campanadas, la noche vieja y la llegada del año nuevo… También esas veces que una madre miró desesperada la llegada de la media noche para iniciar la serenata por los 15 años de su hija. ¡Sí que son muchas cosas!

Quizás no notamos la ausencia del reloj hasta que no lo tenemos con nosotros, hasta que sentimos la mano desnuda por la falta de aquel pequeño reloj de pulsera. Considero que en ese reloj, en ese accesorio, se conserva lo más valioso que uno tiene: el tiempo.

Si no medimos el tiempo somos capaces de emplear mucho tiempo en asuntos innecesarios, dejando de lado las importantes: las pequeñas, grandes y verdaderas cosas que nos llenan la cara de felicidad.

Amemos al tiempo, amemos ese reloj de pulsera, ese reloj de pared… El reloj digital. Hagamos que ese “accesorio” sea importante para nosotros por el simple hecho de recordarnos que todo tiene su tiempo y su lugar. Por recordarnos que no podemos adelantar pero tampoco podemos atrasar las cosas.

Valoremos el tiempo porque no siempre estará con nosotros. Valoremos ese reloj que ha estado con nosotros desde mucho tiempo atrás, que quizás también nos recuerde que fue el primer regalo de nuestra madre cuando entramos a la adolescencia, que es el objeto que más veces hemos mirado y no nos habíamos dado cuenta…

Apreciemos ese reloj, escuchémoslo y hagamos cosas verdaderamente plenas con el tiempo que nos marca, antes que la manecilla se detenga y tu tiempo no camine más. Tic, tac…

sábado, 6 de julio de 2013

La ciudad: sobre el viaje y los tipos de viajeros

por Mario Note Valencia


Hasta el día de hoy caí en la cuenta de que la ciudad me mantuvo en la periferia. Como un nuevo invitado en la casa, estuve en la antesala, antes de pasar a los lugares íntimos: como el comedor, la cocina, el sanitario, las habitaciones (hay lugares en las que el extraño nunca podrá explorar, y eso es comprensible). La ciudad me recibió desde antes de que yo abordara el autobús hacia ella, y toda la noche, durante el viaje, no soñé más que en las expectativas que formulé semanas antes. Me vino también el recuerdo de dos años atrás y la difícil experiencia que tuve durante una breve estadía. Ahora, en este nuevo viajar hacia ella, las circunstancias y motivos son otros; se puede decir que la ciudad iba por fin a entrar en mi pecho, definitivamente, y durante toda mi estancia yo estaría desgranando su sustancia, la que pudiera, ya sin expectativas.

Así fue como se me han ido borrando las expectativas, y el lugar de mi experiencia comenzó a llenarse de instantes verdaderos. No es funcional llegar al lugar de la experiencia y contar con que podamos expresar: “así me imaginé que lo sería”. La sorpresa puede llegar de dos maneras: o somos tan ingenuos para no intuir lo común, lo ordinario, o la ciudad a la que se viaja realmente no guarda nada metafísico qué ofrecer; sin embargo, es probable que, ante opiniones negativas de las ciudades, se encuentren con que son en realidad viajeros inadecuados.

No importa hacia dónde y qué dirección se viaja, poner los pies sobre nuevas tierras implica el sentido renovado de la experiencia. Recorrer las calles diciendo: “se parece tanto al lugar donde vivo” cubre de una falsa impresión, provocada sólo por el viajero;  lo mismo sería si uno, en cuanto conociéramos a una persona, le dijéramos que se parece tanto a otras personas que conocemos, colocándoles al instante una máscara con anticipación. No nos reservamos el hecho de pensar que cada persona es, en esencia, única. Los espacios habitables también son únicos. Allí se ve, pues, una falta de respeto al prójimo y a los espacios ajenos a nuestro conocimiento, por eso exhorto a los lectores efímeros para que no lo hagan, o para que no compartan experiencias con este tipo de viajeros que no pueden desprenderse de su tierra materna. Además,  por cierto, concordemos algo real y seguro: si son malos viajeros, son malos residentes en su tierra.

Habrá, en cambio, buenos residentes que sólo les haga falta acondicionar sus sentidos para recibir los nuevos lugares. Esto no se logra antes de la experiencia, debe haber una exploración real (buena o mala) y, como en mi caso, aprender si es necesario de  difíciles golpes hasta sensibilizarme, hermanarme (si vale la expresión) con la ciudad.

Perderse en ella, angustiarse los primeros días, sentirse en el exilio, o simplemente temerle a la gente de la ciudad, ya es ganancia. No queremos llegar a una costumbre, porque sería disfuncional acostumbrarnos a la paranoia. La paranoia causada por las condiciones de la nueva ciudad constricciona la experiencia del viaje. Aunque fuera el viaje hacia la provincia, la paranoia puede aparecer en la imaginación de que la tranquilidad y el silencio es signo certero de que algo anda mal. Como siempre, recordemos, no todos los lugares (pequeños o grandes) tienen por qué parecerse entre sí. Tan sólo hagamos la prueba: mantengámonos un tiempo en la periferia, como en los suburbios, y luego habitemos el corazón de la ciudad. Los días y las noches tienen otras iluminaciones, otros matices de silencio y bullicio.

No hace mucho, un conocido se burlaba de otra persona que viajó a la India (es decir, al otro lado del mundo) sólo para encontrarse con un paisaje muy parecido a su lugar de origen, de manera que, al enviar fotografías de su nueva estancia, no se encontraba (en apariencia) diferencia alguna con la ciudad que había dejado. Yo esperaba que esta persona no se creyera en la creencia de que fuera así, pero, desafortunadamente, fue esta misma persona que dio la idea a los demás acerca de que su viaje “había sido en vano”. Entonces ¿qué tipo de extravagancias deseamos encontrar en los viajes? En ese caso, basta con visitar los grandes centros comerciales donde los aparadores (con luces e imagen) se renuevan de acuerdo a las tendencias de la moda.

Para algunos viajeros los atractivos de las ciudades han sido las mujeres, la condición política y la expresión artística. En Tijuana todavía hay turistas (en especial extranjeros) que por la noche salen en busca de algún voceador que, afuera de bares, tugurios o men´s club, anuncien el tan mitificado “Donkey Show”. He sabido de personas que abordan taxis y preguntan por lugares secretos donde realizan ese tipo de presentaciones sexuales; los taxistas prometen llevarlos a un lugar en las afueras de la ciudad fronteriza, donde sólo ellos están acreditados para saberlo, pero cuando están solos en la carretera, estos precavidos conductores asaltan a sus pasajeros, entonces en lugar de encontrar un “Donkey show”, encuentran la mala experiencia de no intuir al mismo tiempo el hecho de que una presentación de tales condiciones, estaría (más por higiene que moral) prohibido por la ley. Sin embargo, las lenguas más sabias de Tijuana aseguran que hace muchos años llegaron a realizar una presentación (incluyendo un “Dog Show”) en un conocido bar del centro. Pura publicidad.

Quienes buscan este tipo de extravagancias tienen con claridad una expectativa de la que no se despegan hasta volverla real. El transcurso de ida se vuelve ansiedad. Los espacios de las ciudades, las calles, se vuelven para ellos una especie de caricatura, irreal, como una pintura surrealista que apenas acabada de pintar la colocan verticalmente para que se escurra; cualquier movimiento puede ser señal de lo que buscan. Piensan en una ciudad de la que pueden abusar como les plazca, porque ellos son los viajeros y la ciudad está para servirles. Falso. La ciudad hace lo posible para recibirnos, y si tenemos que esperar en la antesala, debemos esperar antes de causar incomodidad por la impaciencia.

Esperar en la periferia de la ciudad para poder entrar al centro lo he percibido como una purificación y, al mismo tiempo, una preparación. Ahora veo que abordar directamente el corazón de la ciudad hubiera sido un cúmulo de ansiedades, desorbitación natural. En mi antigua estadía me entró la ciudad, como suele pasar, por la ventana. Hoy me hospedo por la calle Bolívar, una calle, que hace una semana, cuando pasé rápidamente, me pareció inhóspita. Pero esta mañana, después de abandonar el pasado hotel, he podido beber el primer café de la ciudad, y he podido entrar en la intimidad de la misma. El hotel es otro espacio por donde se entra a la experiencia de la ciudad.

Honestamente.

lunes, 1 de julio de 2013

Sobre la estimulación de la ciudad (1ª impresión)

 por Mario Note Valencia


En un breve pasaje literario, leí lo que alguien más ha reflexionado: las personas estimulan la arquitectura de la ciudad. Si es así, podemos ver cómo los transeúntes locales se desplazan con naturaleza, con sobre-entendimientos en los eventos más inesperados que pueden ofrecer las avenidas, o los pequeños flujos de transporte de las calles aledañas.

La ciudad es motivada. La estimulación le llega en un primer plano de la conveniencia de quienes la habitan. Para qué los jardines, para qué las plazas y sus quioscos, las fuentes, escalinatas y camellones, adustos algunas veces. Si hay calle, hay camino, así como hay quién camine por él.

La arquitectura del domicilio, de la casa, es motivada también por quienes viven allí; en otras ocasiones, esta medida de conveniencia parece no ajustarse, como es el problema del espacio privado en viviendas pequeñas. Si las paredes se movieran, seguramente ensancharían su simetría si no fuera porque choca con otras paredes que también, sofocadas, desalojan el eco de los apretados.

Hay ciudades que son motivadas por los signos de extravío, por este peculiar signo particular de los peregrinos, los foráneos, que la visitan y la pueblan. Eso es, el peregrino que en su paso por las calles descubre la condición vitalicia de los días: cómo se vuelve un desierto la ciudad cuando es domingo por la tarde, y cómo el lunes, muy temprano, regresa la graciosa racha de individuos.

Personalmente, ¿cómo sería la ciudad de acuerdo a nuestros movimientos, motivaciones? Sería interesante saber cómo cada uno resuelve el diseño de la ciudad de acuerdo a su propia conveniencia y deseo.

domingo, 16 de junio de 2013

Es un placer

por Montse Jiménez


Por las mañanas, muy temprano, se anuncia la llegada del pan recién hechecito. Los niños se preparan para ir a la escuela y los adultos al trabajo. El olor a café inunda los hogares.

En medio de la colonia se encuentra un jardín que, si bien deteriorado, todas las tardes incluso algunas nochesles roba un par de carcajadas de alegría a los niños.  También, muy cerca, se encuentra una de las Unidades Deportivas, donde cada cierto tiempo se realizan actividades entre los colonos para fomentar la sana convivencia.

Las anchas y solitarias calles permiten que las personas caminen libremente, iluminadas sólo por faroles situados a lo largo del camino. La temporada de lluvia es una de mis favoritas porque el olor a humedad y a tierra mojada se percibe hasta en el último rincón,  sintiéndose un ambiente agradable y tranquilo.

Pasar tan sólo un día en mi colonia es muy bonito; además, los vecinos son muy atentos. En el día sólo se escuchan los niños subiendo y bajando, en bicicleta y corriendo, las comadres cuchicheando afuera de sus casas, y por las noches, a lo lejos, se escucha el ladrar de los perros…

viernes, 12 de abril de 2013

Sobre no estacionarse...

Un poema vano atribuido al riguroso, compadrito y arrabalero (en su debido tiempo), fantasma de Borges, detalla la imagen que vino, no hace mucho, a posarse en la redacción del equipo de Destellos. La referencia autoral es apócrifa; sin embargo, para efectos de esta presentación, no demeritaremos (por ahora) la introducción que, si no nos engañamos, dicta el siguiente pensamiento: “después de un tiempo, uno comprende la sutil diferencia entre sujetar una mano y encadenar un alma”.

Sobre el pasado
El invierno suele ser el tamiz perfecto para la nostalgia desatendida. Se echa redes al pasado y, cuando se quiere subir la pesca al bote, sólo aparecen cocodrilos enredados que halan siempre, casi siempre, hacia el fondo, muy al fondo. Allí se va otro año, otro otoño, con todo y sus augurales días de invierno, tiempo en el que seguramente se actúa bajo la infaltable y perniciosa disposición de comprender si la puerta de nuestra habitación permanece media abierta o media cerrada. Al final, nadie entra ni sale; el invierno, naturalmente, pasa.
Por si el lector de este Destellos gusta de prejuicios ceremoniosos (y pletóricos agüeros), se le advertirá que si sueña con un cementerio en el que un féretro es enterrado, no significa nada más que la necesidad que tiene usted, apreciable lector, por enterrar el pasado; pero sólo considere esto si gusta de confiar en la efectividad de las reproducciones oníricas. Nosotros hace poco soñamos, por ejemplo, que usted nos leía.
El cambio de estación, como la edad, apenas se siente. Sujetémonos del invierno, si se quiere, sin encadenar las potencias al pasado: ¿acaso el presente no es la actualización de los actos? La puerta puede estar media abierta o media cerrada, pero abierta al fin; se está a unos pasos de cruzar aquel umbral, y sentir los últimos vientos del invierno, presenciar el gradual desmoronamiento de los cuerpos y, sobre todo, percibir el aroma a primavera que despide un beso imaginado o la viva temperatura de una mano, al viento, correspondida.
Después del invierno, el calor primaveral. En las faldas del volcán se levantarán las plantas, y los árboles maltrechos, entre los caminos, alzarán por fin sus brazos de verdor altivo; habrá jardín para los jardineros. El equipo de Destellos se suma a esta serie de cambios primaverales, para que usted disfrute y evalúe las lecturas que en esta ocasión aparecen.** 

Honestamente: Mario Note Valencia


**Este texto se publicó como la presentación del suplemento de lengua y literatura "Destellos",  en su edición  de marzo 2013, Colima. 

domingo, 7 de abril de 2013

Para saltar: el retorno necesario

Hay que pensar en el retorno. ¿Qué tan común es la necesidad del regreso? Basta con mirar a cada uno de nuestros vecinos, a los ojos y con los pies en la tierra, para reconocer ese mismo sentimiento que consiste en la necesidad del retorno. Ese regreso tiene la imagen del hogar, de nuestros aposentos, del cuarto, la habitación, del catre, la cama matrimonial, del sofá, de nuestros párpados sosteniendo la densa oscuridad que aparece cuando disminuyen las luminarias artificiales.


Después de un día agotador, la imagen de la cama nos hala como diciendo “me perteneces”. A veces uno evita complacer a ese mueble, y continúa; otras nada más tratamos de no llegar a la habitación para no tener que ver ese lugar que da auspicio merecido al sueño. Pero el cansancio es mucho y en cualquier silla, sobre casi cualquier condición ambiental, reposamos (como diría García Márquez) los ojos.
Honestamente: 
Mario Note Valencia

martes, 1 de mayo de 2012

La agenda de los tiempos


por Marionote Valencia
esta redacción se la dedico 
Paola, hermana mía, 
lectora asidua

El tiempo, ¿qué es el tiempo? No hay por qué fatigarse tratando de definir o encapsular su esencia en exhaustivas definiciones. El tiempo puede ser una entidad invisible que, sin duda, desbarata todo cuerpo que pase a través de los minutos. No hay definición, pero sí hay aspectos por los cuales conviene reflexionar ahora; por ejemplo: pensemos en el valor que uno le concede a los hechos cotidianos y cuánto tiempo se le invierte a cada uno de ellos. En cuanto a las relaciones humanas, comúnmente se dice: “Hazme un lugar en tu agenda” o “¡A ver cuándo concordamos en horarios!”. Sí, la agenda es un instrumento que sin duda tiene qué ver con el tiempo.
La funcionalidad de una agenda, ese artilugio que marca las responsabilidades de tus horas, radica en la limitación del tiempo compartido. Como tienes una vida fugaz, con tu agenda eliges y diriges las oportunidades que tienes para alcanzar la satisfacción; así agendarás para mañana algo que te agrade, y no algo que te destruya. Los insensatos y/o pesimistas programan la agenda de mañana con porvenires vanos, ellos encuentran muy fácil dejarse llevar por la corriente de pasividad que trata de asechar a todos y, por cierto, no discrimina.

Pero antes, concordemos en algo: todo necesita tiempo; el perezoso, por ejemplo, necesita tiempo del cual, busca, no hacerse responsable. Las agendas las hay para todo tipo de labores y actitudes. Por más que se ajusten las cuentas horarias, tal parece que el tiempo no alcanza para hacer todo, y es allí cuando se le cuestiona al haragán: ¿cómo puedes vivir sin hacer nada? Primero, ésa no es vida: vivir a merced de los demás es una manera de desquiciar y desvalorar el tiempo.

También, actualmente las horas de los días parecen no alcanzar para llevar a cabo un sinfín de proyectos personales. Yo sugiero lo siguiente: no agendar nada, así es, porque sólo se agendan las cuestiones superfluas. Agendar un diálogo íntimo sería como enjaular los sentimientos, predisponer plásticamente lo que tiene su propia lógica; los sentimientos no responden coherentes a emociones prefiguradas. Yo creo que los verdaderos objetivos se construyen día a día, y son tan naturales nuestros esfuerzos que no nos parece extraño tener expectativas inherentes a nuestro vivir cotidiano.

El sabio comprende que su mañana es dudoso, por eso vive su presente pero con la templanza de quien sabe esperar; es un salvajismo vivir sólo en el presente, caer en el arrebato como si no entendiéramos que hay aspectos tan humanamente ineludibles. Dice el poeta Jaime Sabines que uno nace para morir a diario, entonces ¿para qué profanar los días con agendas mecanizadas? Sí, lo sé, hay veces que sobre nosotros se plantan asuntos de enorme gravidez, angustiantes, pero hay maneras de solventar esos momentos que uno nunca planea; una manera de resolver estos embrollos es encontrando una forma de purificación: Jaime Sabines lo hizo a través de la poesía cuando tuvo que hablar sobre la muerte de su padre.

La mejor agenda que se pueda tener, creo, es aquélla en la que no es necesario apuntar nada. Deja la agenda para las labores necesarias, para tu escuela o para tu trabajo; cuando estés a punto de programar un encuentro, mejor deja la agenda y sal en busca de otras personas, quizá de las que ya conoces y necesitan, como tú, un simple gesto para saber que siempre “allí estamos”. Muy simple, muy complicado. Nada del otro mundo. Si quieres manifestarle tu amor a otra persona, dedícale tiempo, sea quien sea. Buena suerte mi lector efímero, honestamente.