por Mario Note Valencia
En un breve pasaje
literario, leí lo que alguien más ha reflexionado: las personas estimulan la
arquitectura de la ciudad. Si es así, podemos ver cómo los transeúntes locales
se desplazan con naturaleza, con sobre-entendimientos en los eventos más
inesperados que pueden ofrecer las avenidas, o los pequeños flujos de
transporte de las calles aledañas.
La ciudad es motivada.
La estimulación le llega en un primer plano de la conveniencia de quienes la
habitan. Para qué los jardines, para qué las plazas y sus quioscos, las
fuentes, escalinatas y camellones, adustos algunas veces. Si hay calle, hay
camino, así como hay quién camine por él.
La arquitectura del
domicilio, de la casa, es motivada también por quienes viven allí; en otras
ocasiones, esta medida de conveniencia parece no ajustarse, como es el problema
del espacio privado en viviendas pequeñas. Si las paredes se movieran, seguramente
ensancharían su simetría si no fuera porque choca con otras paredes que
también, sofocadas, desalojan el eco de los apretados.
Hay ciudades que son
motivadas por los signos de extravío, por este peculiar signo particular de los
peregrinos, los foráneos, que la visitan y la pueblan. Eso es, el peregrino que
en su paso por las calles descubre la condición vitalicia de los días: cómo se
vuelve un desierto la ciudad cuando es domingo por la tarde, y cómo el lunes,
muy temprano, regresa la graciosa racha de individuos.
Personalmente, ¿cómo sería
la ciudad de acuerdo a nuestros movimientos, motivaciones? Sería interesante saber cómo cada uno resuelve el diseño de la ciudad de acuerdo a su propia conveniencia y deseo.









