jueves, 6 de agosto de 2015

En apoyo a la Editorial Praxis

por Mario Note Valencia

La Cultura Efímera no es sólo un entretenimiento intelectivo, sino una forma de esclarecer conciencias y activar el pensamiento crítico. A través del humor y de las experiencias cotidianas, propone el ambiente para la reflexión acerca de cómo intervenimos en el mundo.

Ha sorprendido la noticia sobre el desalojo inadecuado, por no decir forzoso, que tiene que llevar a cabo la Editorial Praxis. Extiendo mi apoyo a Carlos López, que durante más de 30 años ha dirigido su editorial, y cuya independencia se enfrenta al desmesurado mercadeo de la producción literaria por las grandes cadenas de librerías comerciales e instituciones del Estado represor.

En mi primera visita a la Editorial Praxis, calle Vértiz 185, col. Doctores, Distrito Federal, fui bien recibido durante tres semanas para conocer cada espacio que ocupaba su proceso editorial, y por otro lado para poner en práctica mis primeros pasos de editor aprendiz. Mientras iba y venía del hotel, o caminaba por la ciudad, el maestro Carlos y sus compañeros, cada uno con su talento, me invitaron a asistir a cualquier horario; tan pronto como me pareció la idea, me indicaron los días y horas en los que estaría cada uno de ellos para que, si deseaba, interviniera un poco en el proceso.

Desde el primer momento, el lugar me pareció acogedor e idílico. Para entrar al corazón, se pasa por un pasillo que da a un patio oblongo de cemento, común en una vecindad de ensueño urbano. Las instalaciones ocupan varios departamentos de la vecindad. Después de la puerta, la Editorial desata a quien entra bajo cualquier expectativa. Libros en estantes, como grandes pilares bien ordenados en un laberinto de conocimiento, cultura y poesía, sobre todo; por todas partes pinturas de todos los tamaños. Más al fondo, en el recibidor, la mesa de trabajo, los paquetes de libros por enviar, los compañeros que laboran con Carlos López.

En mi recuerdo sigo recorriendo ese paraje literario. Llego a una especie de sala rectangular, con no menos pinturas y libros, desde donde se vislumbra, a unos cuantos pasos, una cocina adosada. Un año después, durante una visita fugaz a la ciudad, por suerte encontré al maestro Carlos. De inmediato me invitó a pasar y a beber café en esa pequeña pero agradable cocina. Conversamos. Entonces confirmé algo para mis adentros, y que explica por qué no tomé ninguna fotografía de los interiores habitacionales: por algún motivo demasiado fuerte, por la influencia transgresora que me habitó, no deseaba profanar su ámbito.

Hoy, sin embargo, las imágenes públicas de las instalaciones muestran otra realidad: después de desalojar a 18 familias de la vecindad, la constructora ABEC continúa demoliendo muros aun cuando hay trabajadores de Praxis dentro. Todo apunta a que el traslado de la Editorial es inevitable, pero las formas "legales" no han sido las adecuadas. De acuerdo con Carlos López, no está en contra del desalojo sino de la forma inoportuna como han actuado los agentes implicados; un punto clave es lo que marca la licencia para la demolición que le presentaron y en la que se miente sobre la desocupación total de las instalaciones.

La Editorial Praxis es actualmente una de las pocas resistencias independientes en México. La situación por la que pasa es un llamado de emergencia para no perder de vista que el Estado mexicano chapotea en los albañales de la corrupción, en la podredumbre de su sistema.
  
Mi apoyo al maestro Carlos López y a sus colaboradores cercanos.
La Cultura Efímera se suma a la denuncia pública.

06 de agosto de 2015
Alcuzahue, Colima

martes, 28 de julio de 2015

Somewhere over the seed

por  Rafael Frank


En esta ciudad, cuando es azotada por las lluvias, es imposible anticiparse al caos que se desatará por las calles, los inevitables árboles caídos, que si no han muerto, no les queda a las autoridades otra opción más que destazarlos y llevarlos al basurero; mientras, a bordo del bus, mi camino se incrementa veinte minutos por la desviación que causa el tronco derribado, en ese transcurso confirmo dentro de mí lo cruel que resultaba llevar un árbol a la muerte definitiva, habiendo, pues, posibilidades de reubicación si el cuerpo vegetal lo permite.

Las consecuencias llegaron a casa: un joven aguacate dobló su tronco en nuestro patio. El tronco permaneció doblado durante algunos días en espera del dictamen médico, que después de una semana se resolvió y fue un llamado al que atendí sordo. Eutanasia. No había más remedio para el árbol que conducirlo, cual valkiria, hacia una muerte digna. El acto no se realizó de inmediato, hubo el tiempo suficiente para pensar las cosas, quizá, para crear una estrategia de alta jardinería y llevarnos el árbol al sombrío terreno de la muerte. Recordé a los verdugos medievales y me sentí hermanado, soñé con Francia y Bretaña, «decapítalo, decapítalo» me gritaba la muchedumbre, así son los héroes.

El día llegó, no hubo más tiempo para meditaciones ni tiempo para el sadismo de elegir las armas; el asesinato tenía que consumarse lo más pronto posible. Fui llamado, como los jueces llaman a sus hombres, como los generales a sus soldados. Hadas Oscuras me ataviaron de gris y botas, me entregaron la sierra letal. Cuando pisé el lodo que rodeaba al árbol pude escuchar cómo llegaba la vibración de mis pasos hasta el núcleo terrestre. Golpeé uno de los tallos más anchos y no se quebró; me detuve un momento cuando el árbol se agitó para mover sus ramas como director de orquesta y traer los espirales infinitos de Melnyk y los jardines de Wonder.

Me quedé callado en el llanto. Las ramas cayeron. Arrancamos la raíz, pretendí ocupar el espacio en la tierra con mis pies.


El olor fue contundente: cuando aprendí a sembrar el mismo perfume subía a mi nariz; el brotar de las semillas, los cotiledones. En el aroma se reunieron todas las partículas del nacimiento y la muerte.

sábado, 25 de julio de 2015

El valse del error en el Jardín de Niños

por Mario Note Valencia


A las primeras horas de la mañana, como no es de costumbre, las madres y las madrinas van a la estética más cercana o bien con su estilista de confianza para que les planche el cabello o les haga un peinado nuevo. Maquilladas, surcan el albor de dejarlo todo preparado en casa para cuando lleguen las nueve y tengan que tener al niño o a la niña, según el caos, según el engendro, bien vestidos y formados para su graduación del Jardín de Niños.

Por las calles ya se ven los globos y los regalos, las madrinas y los padrinos, los grandes vestidos, el camino a pie y las zapatillas torciendo sus patitas en el empedrado; otras mujeres más perspicaces, y no enjutas a la opinión pública, deciden caminar descalzas con sendas zapatillas en la mano o llevar huaraches y sandalias con los zapatos en una bolsa.

Con un retraso ritual de quince o veinte minutos, poco a poco, como chapoteando, llegan los chiquillos a la escuela. Alrededor ya hay decenas de personas, ajenas o familiares, que esperan con abolengo  estoicismo el inicio del pequeño festival. Por un momento creo no haber llegado al lugar exacto, al ver a tanto animal, entre conejos, mariposas y leones, agarrados de la mano de su madre. Se trata, por suerte, de otros niños de grados inferiores que servirían de piscolabis, de primera entrada antes del plato fuerte que es el valse entre los niños graduados. Efectivamente es un jardín de niños y no un pequeño zoológico improvisado.

En otro momento creo, al ver a tanta monería pintada hasta los pies, que estaba en uno de esos restaurantes familiares en los que cada domingo, a eso de las tres de la tarde, hay "variedad", es decir, travestis que alegran la comida con sus parodias de personajes de la farándula; no falta en esos restaurantes la presentación de "Paquita la del barrio", "Juanga", "el Buqui" y el dueto de Pimpinela que siempre termina con la dramatización desencarnada de golpes y azotes contra el suelo. Si los grandes griegos Esquilo y Eurípides hubieran vivido para ver esto, habrían visto con orgullo que veinte siglos después haya triunfado la tragedia en su forma más ambigua del melodrama.

Pero me dejo del drama y las tragedias, me alejo de Shakespeare y doy con que unos albañiles, con antonomasia pero indiferencia, escarban a un costado del patio cívico como los sepultureros en Hamlet; en mi delirio y en el mareo de ver a tanto ser humano silvestre, de verlos entre tanta complejidad cosmética y arreglos en sus trajes, por poco caigo en ese pozo y desentierro un antiguo cráneo que me haría preguntarme, si lo encontrara, sobre el sentido y sinsentido de la vida... "Morir es dormir; tal vez soñar", así ha dicho Hamlet. Por un momento me viene la idea de que, considerando los múltiples hallazgos de restos prehispánicos en las tierras solares de este pueblo, encontrarían una nueva Petra y la atención pública del festival se dirigiría entonces a ella, al pozo, no por el asombro sino por el impulso de saquearlo.

Una mujer se habrá ahogado aquí, me digo. Pero un empuje de señores tratando de encontrar el peor ángulo para una fotografía, me quiebra y caigo en el siglo XXI, siglo del progreso y sin embargo qué tan cerca estamos de los años 90, con sus siempre fallas técnicas a la hora de emprender el festival. Tras buscar espacio entre la multitud, muevo una carretilla vieja llena de escombros, pero un albañil me detiene y me dice que él lo mueve; así lo hace, así yo entro en la avalancha de gentes y sudores, perfumes penetrantes y sedas irresistibles de las madres que bien o mal buscaron una prenda que hiciera juego con su peinado. De nuevo formo parte de esa ola que no respeta la línea pintada en el suelo por la que entrarán los niños graduados.

Una voz de ultratumba me hace mirar hacia el lugar donde se encuentra una tierna directora del pequeño Jardín de Niños, que trata de callar a la multitud impacientada. Entre los desfases del sonido, se dan aplausos para que comience el festejo. Los pequeños niños vestidos como primeras damas y señores burocráticos, se sientan en una hilera al lado de una orquesta de sapos y ranas (no hay diferencia), y  en el otro confín yacen desconcertados los conejos, las mariposas y los leones. 

Al iniciar el primer número de los desorientados sapos, estoy seguro que por los movimientos autónomos y autómatas de los niños, más de alguno entre el público y las maestras habrá pensado que el mejor disfraz hubiera sido el de los cigotos cuando, entre luchas egotistas, viajan al óvulo para fecundarlo, o ya por no decir que en vez de trajes de ranas y de sapos (no se diferencia) hubieran optado por renacuajos. Sin embargo, nadie parece notar sino la bien soportable ternura de estos seres: seguro que su baile se llama "La condición del Mexicano".

Para el segundo número sale la jauría de felpa. Una estampida demora en concordar las leyes de la naturaleza para bailar al son y ton de la música fabulada. A estas alturas ya hay niños entre la multitud que se pierden de sus padres a seis metros a la redonda. Por un instante fui padre de una niña que, desorbitada y atenta a los animales del patio cívico, me tomó de la mano al tiempo que su verdadero padre la jalaba del brazo: Disculpe, joven...

Por fin llega el valse, aquel mítico valse que recordarán todos los que alguna vez fuimos presos de ese primer universo, fuera de casa, que se llama Jardín de Niños. Parece que no hemos surcado el siglo XX: la misma música, los mismos pasos, y no sé por qué es tan ritual y necesario, como parte de la liturgia mediocrentista, que la música deje de sonar a media pieza o simplemente parezca rayado (antes eran los cassettes que sin previo aviso la grabadora solía escupir su cinta). Hoy, aunque se trata de un Disco Compacto (CD), por los horrores musicales parece más bien la mágica intervención de un niño travieso sobre un disco Lp de un antiguo fonógrafo. La directora del plantel se disculpa, tal como lo ha hecho los últimos años; su forma tranquila de tomar las cosas la delata.

Esos errores técnicos parecen ya cosa del demonio, porque sin duda aquí Dios no ha pasado, o eso escuché decir a los albañiles que, de vez en cuando, apartaban la vista de la tierra para medir y comparar el encaje, la delicada hechura de los vestidos de las mujeres y las muchachas; por sus ojos dilatados pienso que en otra vida debieron haber sido sastres acomedidos.

Según la Historia de la civilización contemporánea, se han enviado ondas electromagnéticas al espacio, fotografiado con gran nitidez la inmensidad de las galaxias y sin embargo aquí, en mi pueblo, no ha caído sino la errata técnica: la música siempre malfunciona cuando se trata del valse entre los niños. Si levantara una encuesta ahora mismo, notaría que once de cada diez personas sufrieron la misma situación cuando se graduaron del Jardín de Niños. Yo mismo tuve que vivirlo para que no me lo contaran.

Después de cinco intentos, los niños graduados pueden terminar lo que iniciaron: ese indeciso caminar y difícil paso de baile que consiste en llevar un pie adelante seguido del otro hasta que den una vuelta al patio y salgan de las cámaras y la vista de los padres de familia. Con gran orgullo aplauden: el valse se ha llevado a cabo según lo planeado, no hay heridos ni imágenes perdidas.


Miro al tropel de niños todavía bien vestidos: tienen su mirada en la infinita pared del sanitario, su vista traspasa los cuerpos, el cuerpo de los familiares, el de las maestras, el de la directora. Meditabundos se reponen poco a poco del desbarajuste técnico a medio baile. Yo los miro y por fin aplaudo. Ya se irán acostumbrado a las inconsistencias sociales.

miércoles, 22 de julio de 2015

Crónica del mosquito crónico

por Mario Note Valencia

al Chikungunya,
por su ocio de viajar
de cuerpo en cuerpo

Julio, de nombre así por el soberano Iulius Caesar, es el mes que pone un paso más cerca del año nuevo próximo; el mes que indica que aquí en México pronto las calles se llenarán de lentejuelas tricolores y banderitas desechables. Reconocemos su aliento a medio año porque apenas termina junio y ya barajea sus primeros síntomas de calor tropical.

Más allá del dengue hemorrágico, hace unas semanas apareció otro mosquito que lo desplazó a buen ojo y que parece, a boca de loco, inversionista chino: el Chikungunya. Pero nosotros, que no queremos oro ni plata, no necesitamos más China Town a cada torcer de esquina, a menos que se trate de la comida que preparan en Tijuana, exquisita, inigualable. Se me ha acusado de vérseme por esos lugares, pero aseguro que no soy yo sino la prueba fehaciente de aquella risible penitencia del crucifijo globalizado. Así me lavo las manos. Así es julio, así los otros meses. Como dice mi abuela difunta, en las noches en que me visita, que llega enero y se va el año, naturalmente. Por suerte, las genealogías lingüísticas me salvan, y no voy a buscar a Tijuana sino al sureste de África de donde proviene la palabra chikungunya, lengua de los makonde en Mozambique, cuyo significado es sencillamente "doblarse" u "hombre que se dobla".  

Las movilizaciones de los organismos de salud estatales, una vez que comprueban que por el virus realmente la gente se dobla de fiebre y dolor en articulaciones (sume a eso, señor juez, que las incapacidades laborales se pagan mal), no han sido sin embargo tan afanosas como las medidas tomadas cuando ocurrió la pandemia de la influenza A H1N1 en el año 2009; fue una gripe que, por porcina, su virus confundió el cuerpo de los gentiles hombres y los hizo pasar por cerdos. Se cerraron temporalmente restaurantes y se cancelaron fiestas multitudinarias, incluso en las iglesias se prohibió el ceremonial saludo de mano, ese acto que pronostica la salida próxima de la sesión católica.

En las escuelas se pidió que se tomaran medidas sanitarias como el uso excesivo de gel antibacterial para las manos y el uso estricto del cubrebocas. Para ese tiempo lo que tenía en mis manos no era alcohol en gel sino páginas amarillas de El amor en los tiempos del cólera de García Márquez, y esa epidemia invisible en el país me puso a quemarropa la decisión de besar en la boca, pese al riesgo, a una muchacha que era mi novia y con la que recién iniciaba una relación efímera. En los parques, caminando riesgosamente de la mano, nos escondíamos detrás de los escenarios vacíos de los parques para besarnos. Nos decíamos de vez en cuando, ingenuos, las advertencias que aparecían en los periódicos locales y en las noticias nocturnas de la televisión abierta. Quizá por eso experimenté la noción de saberme casi muerto, como Florentino Ariza, en tanto que buscaba lo vivo y fugitivo de la experiencia amorosa. 

Si el calor del día, que irradia luz y encandila hasta al más ufano en utilizar lentes de sol por el camino de estas calles polvorientas, debería funcionar para que, durante estos días de claridad más largos del año, llegando la noche quede un poco de brillo retozando en los cuerpos de los seres y las paredes de los edificios. Se ha comprobado que los fotones de luz viajan y, al hacerlo, cubren de su esencia luminosa a los cuerpos por los que se refleja; aunque, dicho está, el ser humano se devanea en su ínfima percepción fusible de los ojos (quién como los sapos que pueden ver el espectro ultravioleta). A esto, ya una señora, ama de casa, de la colonia Tuxpan ha advertido el mal funcionamiento del alumbrado público en su manzana. En una calle, a oscuras, cuenta, la banqueta ha sido lugar los últimos días para que borrachines y jeringueros de heroína se entreguen a su hábito en la oscuridad, en las penumbras de lo secreto. Yo celebro, sin embargo, el pudor que estos seres tienen con respecto a las demás personas, los servidores públicos deberían aprender algo de ellos. No conforme con esta infección social, solar, la señora ha visto otra plaga que le da nombre de homosexuales, asustada. Encuentra condones y ropa interior cada mañana, que los niños llevan y traen con asombro de sorna durante los tiempos de ocio en que no tienen por qué ir a la escuela, ya sea por vacaciones o por paro laboral del magisterio público.

La naturaleza selecciona, es cierto, por lo que se debería mirar con fe la posibilidad de que Dios quiso que así fuera en todo México. No como en otros lugares de aquí, Tecomán, en la que me han dicho los mayores, que Dios pasó corriendo; aunque es cierto que he visto algo de su presencia divina en las carnes magras de mi abuela difunta. Mi abuela me advirtió siempre que las cosas se repetirían con los años, que retornaríamos a las cosas pero con nombres diferentes: una vez fue el dengue, otra la gripe de la influenza, ahora el mosquito portador del Chikungunya.

Mientras todo pasa y hay enfermos, mientras las tiendas de medicinas genéricas atienden más temprano y más de noche a los pobres seres que buscan paracetamol y agua de coco, el bochorno de la tierra por los trópicos, su cinturón de fuego en las costas, ha cambiado como siempre los humores, pues hace hablar a la gente sobre curiosas y retornadas reflexiones acerca del clima caluroso. Da para conversar con los taxistas, siempre, da para justificar incluso la terrible condición de la transpiración húmeda y la llegada impuntual a los compromisos. Pero una trasegada de lluvia moja las lenguas que hablan del chapoteo y trombas inesperadas. La conversación entonces cambia y va hacia las esperanzas de que salga el sol tan rápido para que la ropa, después del enjuague, se tienda en las azoteas y haya uniformes secos; calles transitables, sin lagunas, para volver al trabajo rutinario. Así, unos y otros ven con benevolencia o recelo las primeras nubes que se aglomeran y orquestan las prometidas lluvias de San Juan para la gente que se dedica al campo.

Pasada la lluvia, llega de nuevo el calor sofocante y nacen las nuevas, quiero decir repetidas conversaciones entre pasajeros y transportistas. En otras partes han crecido autodefensas, e intuyo que han sido causas más por el clima político del país que el clima enviado por la madre Gaia. Esto, habrá que decirlo, es común. Sin embargo, llama la atención que un grupo de autodefensas de un pueblo costero se hiciera llamar "Los inmaculados de Troya", porque si su emblema está en ganar batalla al crimen organizado haciendo igual manera uso de armas ilícitas (¿qué arma, empero, es humanamente lícita?) para protegerse de las injusticias que nacen como tubérculos, más tendidos a la generación espontánea que al uso común de los campos mexicanos.

No sé si esta organización de autodefensas conoce vis a vis, ya no la obra épica de Homero y Virgilio, sino la histórica resolución que tuvo Troya. El nombre es destino, pero también conciencia. Bien se sabe que los dioses, unos en pro y otros en contra, dotarán de designios nefastos para quien está destinado a hacer grandes cosas; por más que pongan su dedo imperial y olímpico en nuestros lomos perecederos, si héroes, sabremos llevar a cabo el destino aun si eso consta de peregrinar veinte años para volver a la Ítaca perdida. Los Tucanes de Tijuana lo más probable es que no hayan reflexionado sobre el idealismo de Platón cuando escribieron y cantaron "eres mi amor platónico, eres la fruta prohibida"; así, el grupo de autodefensas "Los inmaculados de Troya" jamás habrán advertido que antes de Roma hubo fuego, devastación y muerte. Pero hasta el jade, advierte Netzahualcóyotl, se rompe. Roma dirigió su ascendencia, antes del mismo Julio César, sobre la espalda de Eneas. Quinientos años después sucumbiría por algo que, se sospecha, es lo mismo que sucede con estos grupos de autodefensas armados: la traición.

Ojalá alguien traicione al China Town, porque seguramente este mosquito del Chikungunya fue traído gracias a la globalización desmesurada del capitalismo. Pero lo bueno es que, a pesar de ello, también nos traen curas y remedios: paracetamol, puro paracetamol. Yo, por si las moscas o los mosquitos, pondré muy pronto un tianguis de paracetamol dado su escasez en los centros de salud. Lo más probable es que quiebre y me declare en bancarrota a la primera semana, cuando el Estado me exija expedir facturas y registrarme en Hacienda. Del mismo modo, y sin acabar la cena, quebraré cuando el Estado me pida que asegure al IMSS al señor que barra el pedazo de calle antes y después de poner el changarro. Entonces ya no habrá ni Seguro Social ni puesto de medicamentos, y también entonces, cuando el Chikungunya rece por mí, iré al Hospital Regional y no tendrán de lo que yo vendía.
           
–Lo que no pasa desapercibido es el calor, joven, ¿ha visto cómo suda la gente?, ¿ha visto cómo compra agua de coco? –un taxista dixit.

¡Oh, señor taxista, líbrenos de todo mosquito!

martes, 16 de junio de 2015

Château avec des cornes

por Rafael Frank


1540 msnm
Some people like cupcakes better.
I for one care less for them!

Huesos de chocolate, decía mi tía cada vez que hablaba al teléfono; siempre quise recordarlo, para salvarme del cáncer. Aunque mi inclinación eran las trufas, los rellenos de rompope, las malteadas y el pastel con flan encima, me hice adicto a los conejos y muffins de chocolate, los regalos más preciados que recibí de mi padre en la infancia y que formaron parte, durante años, del recibimiento en casa cuando mis visitas.

Dos ciudades quisieron también sobrevivirme al cáncer, una me dio pastel de chocolate y otra el conejo. Sí me refugié en un café concurrido, pero no el insinuado; ahí encontré el pastel para salvarse. Entre los huecos de la calle y las paredes, entre todos los poros fui el relleno para sus huesos hasta comer el pastel. Ingería el chocolate, y la migaja de mi recorrido se convertía en migaja absorbida. La segunda ciudad, por la mañana, no me ofreció aquel mismo búnker del café. Así crecí como el cáncer desastroso y no pude tocar el mundo con mis manos, pero el hambre siempre puede llevar a todos a una calma inicial. De una suerte extraña, los conejos de chocolate aparecieron por doquier como el elixir que detiene enfermedades incurables.

De una tercera ciudad me hice el destino anhelado, viajé para habitarla y nada siguió. La casa, el cáncer y el pan no estaban, se habían almacenado mientras anduve fuera y desaparecieron cuando llegué. Entre sus ruinas, levanté una ciudad nueva y la derrumbé al momento; visité cafés nuevos y los dejé, comí pasteles, empanadas, bollos, construía y tiraba una vez más la ciudad entera. Mis huesos quedaron huecos para llenarse de cáncer.

En la calle triste vi, tras un halo, un pequeño muffin de chocolate. Al morderlo, la ciudad se construyó y reconstruyó por sí misma. El pastelillo me dio una casa, una calle, un vecindario propio. Recordé la vez que medí los pechos de una muchacha según el tamaño de los panes; cuando fueron disímiles, ella se marchó y la dejé seguir.

Dejarse habitar por el pan para inundar la ciudad con este cáncer que es uno. El pan es la casa vacía que espera ser devorada, destruirse, para levantar entonces la casa del recibimiento, donde pueden ocuparse los agujeros de la esponja. El pan es la casa vacía.

martes, 2 de junio de 2015

El viaje del sueño, reposo y profundidad

por Mario Note Valencia


El sueño es posibilidad del retorno. Se desenvuelve en lo instantáneo. Estamos frente a un lago que crece en cerros, sutura en arboleda y animales silvestres. La bóveda sobre nosotros se empaña de noche. Las cosas y los nombres aparecen. Son presencias, olvidos del ser. La transparencia en exceso se diversifica en formas irregulares.

En otro momento he dado los primeros atisbos para una Apología del sueño. Nos importa el sueño porque en él, si bien vivido, se desvela la autenticidad. En los sueños se nutre la fruta del deseo. El aroma y el tacto son una sola cosa que cabe en la palma de una mano. Miramos la palma: una ciudad sobrepuja en nuestras líneas oraculares, porque la arquitectura de los sueños se sujeta a las continuidades eternas.

No sabemos de los intersticios formales que nos conducen al sueño. Apenas decimos que estamos recostados, vivimos la algarabía del silencio. Vivir el sueño es viajar. Corremos y amamos en un mismo momento. El mundo es instantáneo.

Un producto cultural como el video para la canción "2 trees" del grupo Foals puede tener atisbos de una poética del sueño. La letra de la canción, además de exhortar el reposo, concuerda con lo visual al proponer el sueño como fuga de lo cotidiano.

Éste es el video, invito a verlo antes de continuar:

En el primer cuadro vemos al protagonista recostarse. Ésta es la primera acción que representa la voluntad de soñar. Un parpadeo hacia lo oscuridad lo pone de frente a su reflejo. Ve a su alcance el agua de una pecera y un pez que, móvil, roza las paredes. Los antiguos místicos sabían de la relación del pez con la libertad, porque no hay inmensidad como el agua que no suponga el estado de delirio.

Vemos al ser reposar sobre un escritorio. Sus puntos cardinales van del fuego de unas veladoras al frescor de la pecera. La flama, como en este caso, es lucidez, iluminación de la razón; la pecera, sin embargo, se sublima al agua de los sueños. El pez nada todavía sobre sus límites. Habrá que resistir al viaje. Las voluntades de la mesura anegarán el mundo onírico.

Por la vigilia se sabe que de los sueños recordamos sólo el 40%, y que el origen de un sueño siempre es incierto. Pero el ser soñador se adentra en su pulso máximo de la deformidad, que su periodo más nutrido está en los últimos momentos de la postura soñadora.  Cuando el sueño no es lúcido (experiencia de saberse dentro del sueño), el ser se sujeta a los sistemas caóticos de lo que se yergue auténtico y taimado. El sueño desarma, doblega líneas, desenvaina voluntad de vivir.

El espejo entonces se desfasa. Las voces del ser resuenan, como encabalgadas, unas sobre otras. Se precipita la conversación instantánea como las gotas: no conoce duraciones, desconoce días y calendarios.

Un mundo de seres invertebrados, azules y púrpuras, iluminan al soñador. El hombrecillo ha descendido más al pozo de los sueños. Si los huesos desvanecidos son síntoma irreductible de la permanencia en el vuelo, el aire se acopla al agua por su manera de ser fluido.

El pez se libera de los límites. El ser ahora sueña tendido y abierto. No por nada concuerda con su disertación visual cuando canta "Forget all the rest, free yourself, free your head".



En el camino último del sueño, se vive un viaje nocturno por la ciudad. Si la ciudad es ensoñada, sufren más sus líneas cuando la noche avanza. Entre respiros y contemplaciones, anuncia su tiraje a la vigilia. Pero las imágenes son igualmente esféricas, sin punto fijo ni líneas temporales. Los acontecimientos históricos apuestan por el viaje cósmico, nostálgico y oracular.

El tiempo del sueño es un reloj hecho con el polvo de las estrellas. El ser se inmola en el fuego de la autenticidad.


domingo, 5 de abril de 2015

Abordaje de “Caratango”, poemario de Rafael Frank



por Mario Note Valencia


Éste es el comentario que pude compartir con Frank, amigo letroso, sobre su poemario Caratango hace unas semanas cuando nos encontramos los dos, de nuevo, en el puerto de Manzanillo, Colima.

Pienso que hay que resistir, éste ha sido mi lema, 
pero hoy cuántas veces me he preguntado 
cómo encarnar esta palabra, cómo vivir la resistencia
E. Sabato

Habrá que resistir entonces. Me parece que la anatomía general, la unidad, de Caratango  de Frank tiende a ser una coraza sincera para quienes buscan y escarban entre las criptas, para quienes buscan como herramienta las espátulas que deshebran la vigilia, el momento en que no se sabe si está despierto o completamente dormido. Pero ese delirio es tan real, Frank, que recuerdo las incontadas veces que veíamos premoniciones en la arquitectura de un sueño, en el rompimiento de una taza o la forma instantánea de la borra del café desfallecida. Mirábamos, no sin hartazgo de saberse profeta, que algo habría que pasar. Y pasaba. Habrá que resistir si eliges este camino, Frank; así lo hemos hecho desde entonces, hemos intentado hacerlo desde ese acuerdo, hace más o menos tres años.

Caratango está puesto en esa línea de delirio activo, siempre imaginación progresiva que puede volverse hábito. Para Gaston Bachelard sólo conviene vivir el instante en tanto que se vuelve un hábito hacia delante, hacia el reconocimiento de que en ese punto sin tiempo, valor de la poesía, “el pasado y el porvenir están completamente muertos”. Decía Octavio Paz, Paul Valéry, López Velarde y muchos poetas más que podríamos barajear ahora, que el poema renace con la lectura. Vive y sobrevive o “yo soy y me dejo vivir” dijo Borges, esta pequeña Oda a la vida. ¿Desde qué ángulo lo hace? Desde el más radical en la poesía: la conciencia de la muerte. 

Potro, testigo ritual en el Hellstery
La anatomía de Caratango se sostiene como un ser propio, pero también como la extremidad de algo más grande. Este algo tiene que ver con la poética que respira y exhala el poeta, incluso cuando no se le encuentra con el bolígrafo despuntando sobre el campo de la hoja. De algún modo, el tiempo compartido con Rafael Frank me hizo adivinar cómo, entre otras obsesiones, experimentaba los eventos más insospechados que trastocan la vida cotidiana. Ante o frente a un evento siempre me decía y nos decíamos cosas que no recuerdo ahora pero que tenían que ver con la muerte y su suplicio, con la muerte y su manera de franquearla para resistir en vida. Recorreré, entonces, brevemente el cuerpo nupcial de Caratango.

Cuando conversamos de un poemario, hablamos de una unidad que extirpar un poema (a menos que lo haga el propio autor), incluso si le damos un nuevo orden, el sentido general de la obra cambia, o al menos se le da una visita nueva. Lo que no nos detiene es revivir el poema cuantas veces queramos, ese poema que ha dado en la médula porque nombra para bien o mal, no sabemos, la experiencia terrible, execrable, que identificamos en nuestra propia vida. Ahora bien, entendemos que si algo o todo nos agrada es porque, desde la sinceridad, nos sentimos escritos, entendidos. Éste es el grado comunicacional de la poesía: tendrá, por muy abstracto que parezca, que hablar de nosotros mismos. El otro grado, la otra dimensión, de la poesía es que parte, bella ilusión del acto de escribir, de la experiencia personal del autor que comunica y nos llega de modo universal. El autor muere y vive en un instante porque cuando la poesía se vuelve nuestra no existe más que nosotros y, por cierto, el tiempo muere en el incendio del habla poética. Hablamos de un lenguaje universal: aquí y en China bien sabemos lo que significa llorar y reír.

Caratango  abre su universo con el poema titulado “Plaza Mayo”, y ya de por sí la palabra plaza conmemora la necesidad sincera de comunión. Es decir: hablo yo para que tú respondas. La imagen de la plaza nos envía a las imágenes que tenemos de los centros, de las antiguas ágoras y los lugares recónditos en donde solían reunirse nuestros antepasados: las cavernas y las grutas, la primera de múltiples cámaras y la segunda de una sola. Al final: imagen del ermitaño que tiñe su vida en la oscuridad alumbrado por el fuego original.

Durante el recorrido de Caratango  encontraremos intuiciones sobre el tiempo y su piel perecedera. En el poema “Flama” dice Frank: “El segundo a domicilio / llega con su luto plasma”. El autor se ensaya en dos de las grandes obsesiones del ser humano: el tiempo y la muerte. Pero ¿qué caso tiene que un poeta del siglo XXI hable de la muerte como lo han hecho otros en otro tiempo? El trabajo del poeta consiste también en revivir según su contexto y aportar una nueva mirada. Es eso lo que nos llama: la novedad.

Lectura de “Gemelo”. (Nota: en la presentación Frank leía los poemas aquí citados).

Intuimos que en este poema existe una incubación de la muerte en tanto que se le abre paso al avance: se aguza terrible el instante, pináculo de “Plaza Mayo”, poema que, como dije, en su inicio se incendia el poemario. También vemos una plenitud benigna en “No necesito arruinar mi cadáver / poniéndole el mejor traje”. Asimismo con “tira el cartuchito vacío de tinta, /llena el otro de balas” se desvela la poética de creación según Rafael Frank. Vale decir que esta poética está segregada en el resto del poemario y responde a la pregunta: ¿cuál es el acto de creación?

Lectura de “Muertos la pupila y el botón”.

En este poema sobrevive la dialéctica de la fotografía que amenaza, como sabemos, detener la contingencia, eso que pasa sin retorno, asesina al dios del Tiempo que ahora mirará con resentimiento al poeta. Así mirará al lector que lo revive. ¿Estamos listos, pues, para jugar a ser dioses? ¿Para practicar el parricidio? ¿Degollar al hermano? ¿A la madre? La poesía es perversa, dice Roland Barthes, porque nos multiplica. En el poema “Citadino” me parece que cuando Frank escribe “Un cuerpo recostándose: /la cama, / el vientre materno; / apelación al vino” reafirma su poética de escritura. Pero en el poema “Ostra” ensaya por fin la situación del poeta en el mundo:

Lectura de “Ostra”.

Ese “habrá que caminar / por pabellones de Jazz” en “Plaza Mayo” renace vivo en “Ostra”. Vemos cómo se abre el poeta y se inclina al viaje de la poesía, las ganancias y las pérdidas. Donde ha dicho, por ejemplo, “jugando a que mis otros muertos / no me ignoran” nace la conciencia auténtica de la muerte. Y creo que esta conciencia da más vida que la simple apreciación de que vivimos en apretados calendarios. En los versos “convertirse en hedor, / en una flama verde de grafía” presiento su biografía inscrita. Supongo que esa flama verde me recuerda al bolígrafo de color con el que lo vi escribir en diversas ocasiones. Vi a Frank rebanarse los sesos frente la página.

En Caratango contamos con la sinestesia, los rituales de café y su oficio artesanal de poeta. Bastará decir que la caligrafía de Rafael Frank no intenta segregar al mundo, sino que su bolígrafo abre la cicatriz para expectorar la pus del otro, su semejante, para que no cierre la herida pero que la ámpula epidérmica desaparezca. Quizá el trabajo de Frank está precisamente en los albores de un bandoneón: esa conciencia cultural que se sabe, se reconoce, y sólo así puede y podrá hacerse una revolución también finita. He aquí el movimiento, volver a levantarse de entre los muertos. Pero no claudicar sencillo, galopar hasta los míticos páramos negros de Antonio Colinas. Frank deshebra al lenguaje, toca, rasga, lo que en un momento no tenía nombre. Escribe, atina y canta: “Entregarse a los mares de polvo / buscando el descanso”.

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Lo siguiente no se leyó en público.

Carta a Rafael Frank:
Frank, a los veinte años de mi vida ya había muerto veinte veces. A los veinte entró y salió la muerte, con su herida latente de quien extiende su mano para fundar el campo vacío. Entonces a los veinte aquí también reinó el silencio del espejo que mira incluso a través de la sábana que la cubre.
Al mirarme en la luna del espejo le pedí a mi madre un mausoleo, que el epitafio se inscriba con ceniza y que, sobre todo, ella no se vaya conmigo.
A los veinte años en el horizonte arden los segundos, crecen los matojos del instante, desplaza ecos, aplasta vidas, danza al fin a lo que no se multiplica ni duele ni perece: la infinita y vieja Nada.
Vi a Frank arrojarle piedras al tiempo cuando los dos teníamos veinte. Lo vi decirme el anuncio de una muerte y la esperanza de otra cosa también hecha de ceniza y polvo.
A los veinte seguimos moribundos, más de veinte hombros tuvimos para llenar de lágrimas y más de veinte hombros fuimos para que nos llenaran divididos. 

Frank y Note entre vulvas urbanas