martes, 29 de septiembre de 2015

El Día de la Nada (Declaración)

por Mario Note Valencia


"Mirémonos frente a frente:
somos hiperbóreos"
Nietzsche, 1888

En cualquier momento abogar por la voluntad de vivir. Irrumpir, entonces en el mundo como la flor policroma que exige al ambiente las circunstancias adecuadas, que lo condiciona y pide a manos llenas el devenir de lo novedoso, la experiencia vital literaria, en el tropel móvil de los días y sus noches.
            Somos el polvo de generaciones pasadas; el siglo XX funcionó, entre otras cosas, para tropezar más allá de la modernidad incipiente. No hace falta ser un gran mono de barro, que al fin y al cabo es un conjunto de polvo inamovible. Mejor trazar el viento, imponer en el mundo la arquitectura de nuestros ámbitos extraños para que las demás partículas perdidas, desplazadas del núcleo común y corriente, sepan que van por el camino de la subversión auténtica.
            No tenemos muelle, el movimiento de las olas y las condiciones intempestivas del océano son para nosotros otra prueba de nuestra fuerza del espíritu. Nosotros disparamos piedras a lo sagrado, surcamos lo intocable y comprobamos sus esencias falsas, magras y perecederas.
            Somos exigentes; deseamos porque tenemos la fuerza, la libertad del espíritu. Somos adeptos a la destrucción, somos como el Nerón sutil frente al fuego, porque así como desear podemos destruir; nos hacemos responsables también de la vida propia y sus ruinas. Erigimos chozas y catedrales para los eremitas, los apolíneos y los dionisiacos.
            No se nos busque si no entre los oquedales oscuros. Aquí, la única certeza está fundada en el temblor de las ideas, la corrupción de las formas y sus apariencias. La única forma que conviene cuidar es el cuerpo, el único que transporta, corpóreamente, ocupando espacio y tiempo, la voluntad de vivir.
Aquí el calor y el frío, lo claro y lo oscuro, el amor y el desprecio, pertenecen a un mismo lugar: el movimiento.
El movimiento acarrea naturalmente consecuencias que no vemos ni juzgamos a través del cristal que define lo que es bueno y lo que es malo. La moralidad es una apariencia. En dado caso, para nuestros actos, será mejor vivir en lo malvado. Nada que no exista tiene derecho ni el poder de juzgar la voluntad de nuestras pulsiones; la única rectora del acto será la voluntad de vivir.
Esta voluntad desplaza a todas las formas y seres decadentes del mundo moderno. Cualquier ser que exprese su esfuerzo hacia la muerte se le ayudará a morir lo más pronto posible; para las formas del anarquismo, ateísmo, decadencia en sus diversas presentaciones, recibirán el nombre de fanatismo y, por eso mismo, serán puestas en el mismo cajón del cristianismo y sus perjudiciales raíces en Occidente.
Hacerse, antes bien, responsable de vivir y dirigir la filosofía de Friedrich Nietzsche a su etapa posterior: su nueva praxis. La práctica consiste en el cultivo intelectual, la asimilación filosófica y su crítica para la anexión con otros aparatos teóricos, efímeros, adecuados.
Antes de su muerte, Nietzsche promulgó que escribía para los hombres del futuro. ¿Somos nosotros? Él no podía saberlo. Los superhombres no pueden existir si los mismos espíritus  superlativos no lo engendran y, desde entonces, procuran su educación con valores superiores. Resumiendo: nosotros, como él, no seremos superhombres, pero sí podemos condicionar el ambiente para que nazca la nueva flor policroma.
No sabemos si a los hiperbóreos, en la conjugación de hombre y mujer (ambos espíritus libres), nos tocará la tarea de engendrar a los filósofos del futuro, hacerlos presente. Ellos serán mejores que nosotros y serán quienes con su destrucción de lo humano, demasiado humano, superen las formas de la modernidad decadente.
Por ello es necesario continuar la transmutación de todos los valores, comprendiendo que la moral occidental tiene una genealogía fundada en la pobreza y debilidad espirituales.
En el siglo XIX, Nietzsche logró que el cristianismo entrara en crisis; nosotros debemos adecuar los actos para continuar el proyecto, transgrediendo lo cotidiano a partir de la voluntad de vivir.
Hiperbóreos: subamos a la copa de los árboles, soltemos la barquilla en altamar, arrojemos el cielo, ¡que descanse Atlas!, que Sísifo abandone la piedra, porque el único castigo de los grandes dioses olímpicos acaso reside y es digno de Prometeo, el que por no abandonar la soberbia supo contener su voluntad inquebrantable.
Habitamos en los rincones escíticos, lugar donde a casi todos les está prohibido pasar, o mirar sin antes quedar ciegos por el reflector de la lucidez más aguda y penetrante. Allí la tragedia de Esquilo tiene otro poder concatenado: declarar el riesgo de los espíritus superiores por la manutención del fuego.
Mañana, 30 de septiembre, se conmemora el nuevo año 127.


 ¡Celebremos, seguros de una misma victoria,
la fiesta de las fiestas!
¡Zaratustra, el amigo, el huésped de los huéspedes,
acaba de llegar!
Ahora ya ríe el mundo, se han rasgados las cortinas oscuras
y en este mismo instante celebras sus bodas
la luz y las tinieblas.

“Desde las altas cumbres”, Nietzsche

sábado, 19 de septiembre de 2015

29 de septiembre: El Día de la Nada, en busca de espíritus libres

por Mario Note Valencia



“Ha llegado la hora del juicio final
y voy a pronunciar mi sentencia”
Friedrich Nietzsche, El Anticristo, 1888

Este próximo 30 de septiembre de 2015 se cumplen 127 años de la promulgación de la nueva era según Nietzsche, el primer filósofo que dedicó hasta sus últimos momentos de vida los esfuerzos intelectuales para el desarme de las ideas decadentes del cristianismo. Descubrió, por ejemplo, que la moral cristiana había viciado, desde la muerte de Cristo, muchos aspectos de la idiosincrasia Occidental; esta moral está basada en valores decadentes de la modernidad, como la pobreza del espíritu, la inclinación a la fe, la humildad perniciosa, el mundo aparente, las idea del más allá y de que existe algo (consecución de Platón) después de la corrupción orgánica del cuerpo. No existe el idealismo, no existe el mundo de las ideas.
Sentenció que: todo aquello que atenta contra la vida auténtica debería ser extirpado del mundo. Entre muchos aspectos, esta decadencia invisible en los vicios concretos del acto permeó al individuo moderno que, como puede atestiguarse, siguió durante todo el siglo XX: la enajenación de la voluntad de poder y la pérdida de las ganas de vivir, es decir, el nihilismo y el pesimismo. Expuso y expulsó a los simples ateos y a los anarquistas de su filosofía, al compararlos con su principal enemigo: el cristianismo.
Nietzsche agregó a su obra El Anticristo, como colofón, “La Ley contra el Cristianismo” (algunas ediciones en español no la incluyen). La Ley, constituida por siete artículos, es por lo demás su lucha personal y su modo radical de asistir su filosofía para provocar retazos de nueva filosofía, la filosofía de los hombres del futuro.
Lo que nos importa es recuperar la fecha que propuso para emprender el proyecto de su Ley: el 30 de septiembre de 1888 (según el calendario gregoriano y vigente hasta el día de hoy). Por lo que, en otras palabras, estamos a punto de entrar al año 127 desde el primer día en el que se vislumbró la venida de los espíritus libres. Los espíritus libres evocan a Zaratustra por sus cátedras radicales, desprovistas de fanatismo, inmorales y malvadas.
A pesar de que Nietzsche escribió su Ley a partir de “Guerra a muerte contra el vicio: el vicio es el cristianismo”, lo cierto es la lucha general contra la decadencia. Para seguir el proyecto haremos una fiesta dionisiaca.

Mi propuesta: el Día de la Nada.
Una reunión dionisiaca de espíritus libres, en honor a los valores superiores griegos, en cualquier parte del mundo este 29 de septiembre de 2015. Quedan excluidos los espíritus decadentes, los viciosos y unilaterales; también los fanáticos y los pertenecientes a grupos sociales que sostengan el pesimismo; así como todos aquellos que al ver un aforismo de Nietzsche se sintieron sacudidos y abandonaron el proyecto; aquellos que no pueden viajar solos y aquellos que han malinterpretado su filosofía (incluso si se tratara de artistas, escritores, doctos y longevos); en fin, aquellos que sufren de ineptitud intelectual, muy a pesar de sus títulos e influencias.
A este día, 29 de septiembre, lo llamaremos el Día de la Nada. Día de la Nada porque hasta los últimos segundos de esa jornada el nihilismo será suspendido. El nihilismo, bastardo de la filosofía, consejero de todos los valores decadentes, será destruido en la renovación del ciclo para el nuevo año 127: 30 de septiembre de 2015.
El 30 de septiembre rememoramos el nacimiento del nuevo día, como el de Zaratustra al resurgir de las montañas. Deberá buscarse, a toda costa, romper con el eterno retorno: cada año deberá ser distinto y conseguir en vida que la transmutación de los valores sostenga y procure los nuevos valores que deberán establecerse como el único ambiente posible para el nacimiento de los espíritus libres.
Hemos dejado pasar más de cien años hasta ahora. Es hora de que todos sepan que “Dios ha muerto y nosotros lo hemos matado”. Por consiguiente: deberíamos estar a la altura de los dioses para desarrollar una verdadera Voluntad de Poder.
En el próximo Día de la Nada publicaré en este mismo espacio una Declaración para quienes tienen el privilegio de festejar el nuevo año 127.

Mario Note Valencia
La Cultura Efímera
Alcuzahue, Colima a 18 de septiembre del año 126


lunes, 14 de septiembre de 2015

Un solo rostro para una fiesta patria

por Mario Note Valencia


Vemos a Miguel Hidalgo cada vez que nos llega un billete de mil pesos o cada que se acerca el 16 de septiembre. El Banco de México eliminó hace años el billete de diez pesos que tenía a Emiliano Zapata, y no conforme con el desplazamiento de los rostros heroicos entre los bolsillos de los mexicanos, sustituyó a Ignacio Zaragoza por los simples monigotes de Diego Rivera y Frida Kahlo en los ahora ya decadentes billetes de 500.

En los de cien pesos convino poner a Nezahualcóyotl, supongo, porque seguramente es de contexto prehispánico y porque acaso poco importa si hubo un acto subversivo en su vida que haya llevado al cauce una revolución de los sistemas. En otras palabras, así el Poeta de Texcoco como Sor Juana, en el billete de 200 pesos, neutralizan la imagen de la revolución, el cambio; en los de cincuenta vemos a un José María Morelos consternado, exiliado y fucsia; y en los de veinte, sin benemérito, al azulado Benito Juárez, también devaluado en pesos y en sus conmemoraciones: sus recuerdos son ahogados por los desfiles carnavalescos de primavera.

El Estado Mexicano (esto es: la estructura socioeconómica dirigida por el Gobierno Federal y sus compinches) opera perfectamente porque permea su poder hegemónico a través de su inclusión de ideologías en las producciones culturales de cualquier medio que persiga sus intereses (radio, televisión, periódicos, revistas, etc.); su poder consiste en homogeneizar al pueblo, hacerlo, pues, un mismo público, un mismo rostro. Los capitalistas acusan a los proyectos comunistas con la débil fundamentación de que, en sus procesos históricos, homogenizaron al pueblo con un mismo color, pero lo que no acusan son los múltiples estereotipos en los que un capitalista común y corriente se  mueve y que los hace parecerse tanto al rebaño de ovejas tiernas e inofensivas.

El Estado represor se entera de que ha hecho su tarea de homogeneización si los niveles de rating televisivos siguen en aumento y, aún más, si el Tonayán (chocón) se vende todavía como una simple moda entre los jóvenes pubertos y sus malos gustos por las aguas locas. O no hay dinero, o cuesta tan poco llegar a la estupidez. Si los adolescentes no se enteran que el Tonayán entumece más rápido por su baja calidad etílica, mucho menos entenderán que se trata de una estrategia del Estado (el mismo Gobierno que los hace romperse la espalda trabajando como esclavos) para neutralizar su rebeldía auténtica. Si no es con el alcohol, habrá otros medios para entumecer a los inconformes con su vida social: la televisión, la libre conexión a Internet y las escuelas públicas.

Otro indicador sobre un pueblo homogeneizado en México se puede detectar cada 15 de septiembre durante el festejo del Grito de Independencia. Pocos de los gritones que asisten saben que sólo fue el inicio y que duró hasta 1821, que derramó sangre y que cobró la cabeza del mismo Miguel Hidalgo antes de ver a México emancipado de la corona española. Pocos saben que fue la Iglesia Católica, en tiempos de Benito Juárez, que deseó a sangre y fe volver a traer un imperio, que fue la Iglesia la que trataba al pueblo como esclavos muy a pesar de la conquista iniciada con los Insurgentes. Lo mismo sucede casi con todos los movimientos actuales. Estoy seguro que el 90% de los mexicanos, que abren la boca para denunciar, sabe que el Gobierno está haciendo un daño, pero pocos, tan sólo el 5 o 10 por ciento sabe cómo y con qué instrumentos.

El Gobierno, es decir, el Estado Mexicano, espera que el simple mexicano, sin rostro, se ría amargamente con el farsante y payaso de Brozo o con el dos veces decadente Mario Moreno Cantinflas. Uno y otro actualmente son más nocivos que cualquier telenovela de televisión abierta. Escucharlos, y decir a alguien más que los vea y los escuche es como mandarlos al matadero intelectual. Ellos mismos, las ovejas del rebaño que irán a gritar ¡Viva México!, dijeron hace tiempo que no votar en las elecciones iba en contra de la democracia, sin tomar en cuenta que en nuestro contexto histórico-cultural “la democracia” no consiste en ejercer el voto, sino en escudriñarlo hasta el fondo y darse cuenta de que en México “la libertad” y el derecho a elegir están repartidos de acuerdo a instrumentos de poder, cuyas reglas del juego están determinadas por clases políticas corruptas. Nada de que “votemos por el menos malo”, eso también es neutralizar el problema esencial: la necesidad de cambio.

Vladimir Lenin sabía, a inicios del siglo XX en lo que hoy es Rusia, que la Revolución debía ser radical y no transitoria. Durante muchos años de represión, la clase obrera había resistido atropellos en su proyecto del cambio, un cambio no buscado por el sueño utópico, sino por las necesidades reales y concretas del pueblo; sólo una cosa los hizo derrocar 300 años de dinastía absolutista: la dirección intelectual y la puesta en práctica de la filosofía marxista.

Esto no lo entenderán, por supuesto, los borregos rebeldes que balan mientras se llenan la boca de pasto, mientras pintan sus rostros y greñas de verde, blanco y rojo. Ya lo dice el mismo pueblo: no se puede chiflar y comer pinole. Habrá que dar una pausa, entonces, detenerse a pensar rigurosamente antes de poner en acción las ideas.

Más importante: habrá que dar muerte simbólica a los productos culturales inadecuados, a los personajes “típicos” que hacen síntesis psicológicas del supuesto mexicano para neutralizar conflictos verdaderos. Apagar la televisión significaría, en muchos casos, la apertura a la reflexión, al autocuestionamiento. En la televisión y el cine se reproducen los signos culturales reconocidos por el común entendimiento de una sociedad determinada, por eso mi llamado es para dejar de seguir el estereotipo del mexicano patriótico, ése que no tiene rostro, ése que se conforma todos los lunes y alude a la bandera como su única redentora. Ya no necesitamos más Niños que se hagan los Héroes, no necesitamos que tomen el impulso improvisado y fracasen.


El festejo del Grito de Independencia en México se ha convertido en ritual, por eso mismo no se cuestiona. ¿Tendrá algún sentido? ¿Valdrá la pena preguntárselo? Aquí respondo a la segunda pregunta, y sobre la primera la dejo como tarea abierta. ¿Esperaremos otro año de lo mismo? ¿De lo cotidiano?

jueves, 20 de agosto de 2015

Los hijos no tienen cabida en el calendario

por Mario Note Valencia


Los hijos no tienen cabida en el calendario, porque incluso el Día Internacional del Hijo, destinado al 1° de enero, es menguado en importancia por el ya tradicional Recalentado, quiero decir: Año Nuevo. De la novedad a lo aparente, hablo por los hijos que, por mayores, no festejan el Día del Niño ni tienen motivos para festejarse el Día del Padre; tampoco se hable del Día del Amor, del que por cierto no tengo problemas si soy florero o vendedor de globos decorativos, pero, en realidad, y poniendo los pies sobre asfalto caliente, si el hijo es sólo un hijo, y no trabaja, no es profesor, no festeja el día de la secretaria, en dado caso de que sea mujer, o el día del trabajo, o no recibe honorarios por su cumplimiento laboral, o bien no se le festeje cada vez que hay reparto de utilidades, entonces el hijo será sólo "el hijo" circunnavegando en las cavidades de los múltiples festejos que figuran en el calendario gregoriano.

Todavía con el papa Gregorio XIII se compuso el calendario oficial incrementando diez días desfasados por aquellos tiempos del siglo XVI, arreglo que sacó de quicio, o mejor dicho de tiempo, a sus coetáneos feligreses, pero quienes también, lo mismo que los navegantes de los mares cuando incrementaron el almanaque de figuras en el cielo para guiarse con su delirio de estrellas, condujo a que los acontecimientos históricos ofrecieran una chispa, su ius belli comercial, para marcar un sinfín de festejos "positivos" que hasta el día de hoy se congratulan con bien o mal postura hedonista y, al mismo tiempo, estoicismo del gasto por el gusto (o al revés).

Como sea, cuando no es el día de la madre, llega el padre, y luego los abuelos, pasando por el día de la internet y el día del estudiante. El día del hijo, así desnudo de cualquier atributo social, no se instaura todavía ni las empresas de marketing encuentran una excusa para guerrear con estereotipos y crear necesidades inexistentes (por aquello de que la psicología inversa actúa bajo el pretexto de que lo que no se tiene, más se desea).

No hay lugar para el hijo esencial, como si fuera poco venir al mundo en donde nadie los ha llamado "con su permiso" (y hablo por aquellos vagabundos que no tienen festejo más que su viernes social decadente o su cumpleaños para nada novedoso). Todos los años son lo mismo. Pero eso sí, quizá los hijos, por lo que son, representan una excusa para salvar el matrimonio o para terminar esas tres grandes tareas que por mucho en la colectividad han desplazado a las tres preguntas fundamentales de la filosofía: plantar un árbol, escribir un libro y engendrar un niño.

Veo con cierta ternura los casos de embarazos no deseados o, dicho de otra manera, mal planeados y acarreados en donde nadie los esperaba. Cómo esperar a que el embarazo se perpetre en una situación incómoda entre jóvenes que dijeron: "Ya que suceda, vemos qué hacemos, no te preocupes", o más astutos: "Vamos con mis padres a vivir en mi cuartito". Lo veo con ternura porque la tarea de los tres fines vitales, sin proponérselo, están casi cumplidas, y es bien visto por la sociedad "sentar cabeza" (si acaso eso significa enterrar como avestruz la lucidez intelectiva o cerrar los ojos para achacarse en algo que en realidad no se deseaba). Ahí cuento a todos mis conocidos que mutilaron sus sueños por un trabajo "estable" y por la aceptación de la premura paternalista.

Nadie que sea precavido, o simplemente capaz de atisbar el mundo como se le mira a una máquina industrial que reduce esfuerzos musculares pero da la posibilidad al patrón de reducir los sueldos, podría dejar el erotismo por la simple cobertura de la sexualidad instintiva. Entonces corrijo: los embarazos no deseados deberían ponerse en la categoría de actos puros y salvajes. Pero no así incrimino a todos, porque las instituciones de salud deberían dejarse de engañar por los hechos: bien pudo ser que los múltiples métodos anticonceptivos hayan errado en la ígnea elaboración de su práctica.

Desconfío de los condones en cuyas cajas en las que se venden, la empresa dadora de no dar hijos se vanaglorie porque cada condón ha sido probado electrónicamente, entonces ¿si ya fueron probados, aunque sea virtualmente, para qué encomendarse a la tecnología? Entendería, por otro lado, si mi resolución forma parte de la inherente anfibología de los mensajes. Pero no se engañen, que no creo para nada en el otro absoluto, por eterno e improbable, por quitarnos el sueño y dejar a uno y a la otra con los vientres adoloridos, objeto de filósofos posmodernos, casi bofetada al intelecto, que reza (porque es puritano) "la abstinencia es el mejor anticonceptivo", o que en otras palabras diría: "no saques la lengua sobre lo que no tenga que ver con la boca", porque la otra parte son las infecciones venéreas, aunque la higiene, ángel que salva de las pestes, diría que no hay nada que el agua no limpie, que la pasta dental no excluya ni disemine.


Si no fuera motivo de escrutinio, los hijos como simples hijos no tendrían por qué rasgarse los sesos al tener que comprobar que, efectivamente, no hay cabida para ellos en el devenir de los festejos calendarizados. Tanto trabajo cuesta no ser huérfano a los dos años y también en el adolecer de la adolescencia, pues ¿quién es el que mora en los escaparates del mercado buscando un pequeño regalo para el día de la Madre, el día del Padre y para el día de los enamorados? El hijo, así sin más. Me parece que el hijo per se necesita un día en el que recibiendo algún festejo en su nombre cierre el círculo de dar y recibir, a menos que ya le hayan dado demasiado, como heredarle estudio, pero sin dejar notar entonces que a los padres, no por llegar su día, se les festejen las fechorías que hacen el resto del año; entonces, socialismo en praxis: si no hay festejo para el hijo, no hay festejo para nadie. No incluyamos ya, el hecho de que, siendo hijo, se tenga que ser hermano, primo, nieto, bastardo. Propongo que, lo mismo, haya un Día del Reo: alguien debe poner el ejemplo. 

lunes, 17 de agosto de 2015

Sobre los servicios de streaming

por Rafael Frank


El 30 de abril, Grooveshark (GS) cerró sus puertas al público; si intentabas enlazarte al sitio web únicamente veías el comunicado donde exponían sus motivos, a los cuales podíamos anticiparnos: problemas con los derechos de autor. La noticia parecía dar un paso atrás en las innovaciones de la distribución musical donde GS había participado en gran medida, y que fue uno de los principales temas que trató su fundador en una conferencia durante la Feria Internacional de la Música-Guadalajara 2012.

Desde ese año Grooveshark enfrentaba denuncias que las grandes disqueras habían hecho en su contra. Mientras tanto, Spotify reforzaba sus contratos con las empresas productoras. Ambos servicios que se ofrecían eran distintos: en Spotify sólo estaban los álbumes o canciones aprobadas por los artistas y su contrato; en cambio, Grooveshark representaba una plataforma más libre, donde los usuarios con cuenta registrada podían subir a la red todo el material que tuvieran a la mano.

Previo al cierre de GS, en el mercado musical se preparaba un movimiento fuerte: Apple arrancaría su servicio de difusión musical (streaming). Detrás de los anuncios donde Apple pretendía cambiar el mundo del streaming, sus contratos presionaban a las agencias disqueras para negar sus firmas con Spotify si éste último seguía manteniendo las cuentas de usuario free (hasta ahora este tipo de registro no desaparece entre los servicios que ofrece Spotify).

Apple Music abrió justo un mes después de la clausura de Grooveshark. ¿Cuál es el asunto aquí? Las grandes compañías siguen tomando el control y limitando a los usuarios. Uno de los problemas consiste en que toda la producción musical necesita oficializarse desde estas plataformas, incluyendo las producciones más independientes.

En el debate sobre la defensa de medios de distribución más libres, muchos han argumentado que este tipo de streaming colabora al desarrollo de los artistas y les ayuda a continuar con sus creaciones. Vil Mentira. La aportación monetaria que tanto alegan esos argumentos apenas llega a los músicos por una cantidad ridícula, menor incluso a las ganancias que se obtienen de la venta de discos o merchandising. Sin embargo, esto lo tenemos claro: para colaborar directamente con el artista es preferible tenerlo de frente en un concierto y pagar la entrada, no tener la vaga ilusión de los intermediaros benevolentes.

Algo como lo anterior sucedió con Taylor Swift al iniciar Apple Music. La empresa no planeaba pagar a los artistas durante los tres meses de prueba que otorgarían a los primeros usuarios; casi por arte de magia Apple se tentó el corazón cuando la chica rubia publicó una carta a favor de los desprotegidos. ¿Qué significa esto? Estrategia de mercado. Recordemos que Swift se retiró de Spotify. Así, nuevamente Apple estaba en el corazón de todos y el dinero de los usuarios en los bolsillos de la empresa, no de los artistas.


Finalmente, ¿qué sucederá en la industria del streaming? Soportaremos comerciales en Spotify y pagaremos el Apple Music. Aun así, existe otra alternativa, su nombre es Audiosplitter, el hermano menor de Grooveshark; de momento este sitio permite la importación de los playlists que tenías guardados en GS, el proceso es lento pero efectivo, también estaremos a salvo de la publicidad ofensiva. El registro de Audiosplitter es del año en curso, así que deberemos esperar un poco a que la base de datos se llene tanto como la que antes disfrutamos. Bienvenido sea este hermano menor de Grooveshark.

jueves, 6 de agosto de 2015

En apoyo a la Editorial Praxis

por Mario Note Valencia

La Cultura Efímera no es sólo un entretenimiento intelectivo, sino una forma de esclarecer conciencias y activar el pensamiento crítico. A través del humor y de las experiencias cotidianas, propone el ambiente para la reflexión acerca de cómo intervenimos en el mundo.

Ha sorprendido la noticia sobre el desalojo inadecuado, por no decir forzoso, que tiene que llevar a cabo la Editorial Praxis. Extiendo mi apoyo a Carlos López, que durante más de 30 años ha dirigido su editorial, y cuya independencia se enfrenta al desmesurado mercadeo de la producción literaria por las grandes cadenas de librerías comerciales e instituciones del Estado represor.

En mi primera visita a la Editorial Praxis, calle Vértiz 185, col. Doctores, Distrito Federal, fui bien recibido durante tres semanas para conocer cada espacio que ocupaba su proceso editorial, y por otro lado para poner en práctica mis primeros pasos de editor aprendiz. Mientras iba y venía del hotel, o caminaba por la ciudad, el maestro Carlos y sus compañeros, cada uno con su talento, me invitaron a asistir a cualquier horario; tan pronto como me pareció la idea, me indicaron los días y horas en los que estaría cada uno de ellos para que, si deseaba, interviniera un poco en el proceso.

Desde el primer momento, el lugar me pareció acogedor e idílico. Para entrar al corazón, se pasa por un pasillo que da a un patio oblongo de cemento, común en una vecindad de ensueño urbano. Las instalaciones ocupan varios departamentos de la vecindad. Después de la puerta, la Editorial desata a quien entra bajo cualquier expectativa. Libros en estantes, como grandes pilares bien ordenados en un laberinto de conocimiento, cultura y poesía, sobre todo; por todas partes pinturas de todos los tamaños. Más al fondo, en el recibidor, la mesa de trabajo, los paquetes de libros por enviar, los compañeros que laboran con Carlos López.

En mi recuerdo sigo recorriendo ese paraje literario. Llego a una especie de sala rectangular, con no menos pinturas y libros, desde donde se vislumbra, a unos cuantos pasos, una cocina adosada. Un año después, durante una visita fugaz a la ciudad, por suerte encontré al maestro Carlos. De inmediato me invitó a pasar y a beber café en esa pequeña pero agradable cocina. Conversamos. Entonces confirmé algo para mis adentros, y que explica por qué no tomé ninguna fotografía de los interiores habitacionales: por algún motivo demasiado fuerte, por la influencia transgresora que me habitó, no deseaba profanar su ámbito.

Hoy, sin embargo, las imágenes públicas de las instalaciones muestran otra realidad: después de desalojar a 18 familias de la vecindad, la constructora ABEC continúa demoliendo muros aun cuando hay trabajadores de Praxis dentro. Todo apunta a que el traslado de la Editorial es inevitable, pero las formas "legales" no han sido las adecuadas. De acuerdo con Carlos López, no está en contra del desalojo sino de la forma inoportuna como han actuado los agentes implicados; un punto clave es lo que marca la licencia para la demolición que le presentaron y en la que se miente sobre la desocupación total de las instalaciones.

La Editorial Praxis es actualmente una de las pocas resistencias independientes en México. La situación por la que pasa es un llamado de emergencia para no perder de vista que el Estado mexicano chapotea en los albañales de la corrupción, en la podredumbre de su sistema.
  
Mi apoyo al maestro Carlos López y a sus colaboradores cercanos.
La Cultura Efímera se suma a la denuncia pública.

06 de agosto de 2015
Alcuzahue, Colima

martes, 28 de julio de 2015

Somewhere over the seed

por  Rafael Frank


En esta ciudad, cuando es azotada por las lluvias, es imposible anticiparse al caos que se desatará por las calles, los inevitables árboles caídos, que si no han muerto, no les queda a las autoridades otra opción más que destazarlos y llevarlos al basurero; mientras, a bordo del bus, mi camino se incrementa veinte minutos por la desviación que causa el tronco derribado, en ese transcurso confirmo dentro de mí lo cruel que resultaba llevar un árbol a la muerte definitiva, habiendo, pues, posibilidades de reubicación si el cuerpo vegetal lo permite.

Las consecuencias llegaron a casa: un joven aguacate dobló su tronco en nuestro patio. El tronco permaneció doblado durante algunos días en espera del dictamen médico, que después de una semana se resolvió y fue un llamado al que atendí sordo. Eutanasia. No había más remedio para el árbol que conducirlo, cual valkiria, hacia una muerte digna. El acto no se realizó de inmediato, hubo el tiempo suficiente para pensar las cosas, quizá, para crear una estrategia de alta jardinería y llevarnos el árbol al sombrío terreno de la muerte. Recordé a los verdugos medievales y me sentí hermanado, soñé con Francia y Bretaña, «decapítalo, decapítalo» me gritaba la muchedumbre, así son los héroes.

El día llegó, no hubo más tiempo para meditaciones ni tiempo para el sadismo de elegir las armas; el asesinato tenía que consumarse lo más pronto posible. Fui llamado, como los jueces llaman a sus hombres, como los generales a sus soldados. Hadas Oscuras me ataviaron de gris y botas, me entregaron la sierra letal. Cuando pisé el lodo que rodeaba al árbol pude escuchar cómo llegaba la vibración de mis pasos hasta el núcleo terrestre. Golpeé uno de los tallos más anchos y no se quebró; me detuve un momento cuando el árbol se agitó para mover sus ramas como director de orquesta y traer los espirales infinitos de Melnyk y los jardines de Wonder.

Me quedé callado en el llanto. Las ramas cayeron. Arrancamos la raíz, pretendí ocupar el espacio en la tierra con mis pies.


El olor fue contundente: cuando aprendí a sembrar el mismo perfume subía a mi nariz; el brotar de las semillas, los cotiledones. En el aroma se reunieron todas las partículas del nacimiento y la muerte.

sábado, 25 de julio de 2015

El valse del error en el Jardín de Niños

por Mario Note Valencia


A las primeras horas de la mañana, como no es de costumbre, las madres y las madrinas van a la estética más cercana o bien con su estilista de confianza para que les planche el cabello o les haga un peinado nuevo. Maquilladas, surcan el albor de dejarlo todo preparado en casa para cuando lleguen las nueve y tengan que tener al niño o a la niña, según el caos, según el engendro, bien vestidos y formados para su graduación del Jardín de Niños.

Por las calles ya se ven los globos y los regalos, las madrinas y los padrinos, los grandes vestidos, el camino a pie y las zapatillas torciendo sus patitas en el empedrado; otras mujeres más perspicaces, y no enjutas a la opinión pública, deciden caminar descalzas con sendas zapatillas en la mano o llevar huaraches y sandalias con los zapatos en una bolsa.

Con un retraso ritual de quince o veinte minutos, poco a poco, como chapoteando, llegan los chiquillos a la escuela. Alrededor ya hay decenas de personas, ajenas o familiares, que esperan con abolengo  estoicismo el inicio del pequeño festival. Por un momento creo no haber llegado al lugar exacto, al ver a tanto animal, entre conejos, mariposas y leones, agarrados de la mano de su madre. Se trata, por suerte, de otros niños de grados inferiores que servirían de piscolabis, de primera entrada antes del plato fuerte que es el valse entre los niños graduados. Efectivamente es un jardín de niños y no un pequeño zoológico improvisado.

En otro momento creo, al ver a tanta monería pintada hasta los pies, que estaba en uno de esos restaurantes familiares en los que cada domingo, a eso de las tres de la tarde, hay "variedad", es decir, travestis que alegran la comida con sus parodias de personajes de la farándula; no falta en esos restaurantes la presentación de "Paquita la del barrio", "Juanga", "el Buqui" y el dueto de Pimpinela que siempre termina con la dramatización desencarnada de golpes y azotes contra el suelo. Si los grandes griegos Esquilo y Eurípides hubieran vivido para ver esto, habrían visto con orgullo que veinte siglos después haya triunfado la tragedia en su forma más ambigua del melodrama.

Pero me dejo del drama y las tragedias, me alejo de Shakespeare y doy con que unos albañiles, con antonomasia pero indiferencia, escarban a un costado del patio cívico como los sepultureros en Hamlet; en mi delirio y en el mareo de ver a tanto ser humano silvestre, de verlos entre tanta complejidad cosmética y arreglos en sus trajes, por poco caigo en ese pozo y desentierro un antiguo cráneo que me haría preguntarme, si lo encontrara, sobre el sentido y sinsentido de la vida... "Morir es dormir; tal vez soñar", así ha dicho Hamlet. Por un momento me viene la idea de que, considerando los múltiples hallazgos de restos prehispánicos en las tierras solares de este pueblo, encontrarían una nueva Petra y la atención pública del festival se dirigiría entonces a ella, al pozo, no por el asombro sino por el impulso de saquearlo.

Una mujer se habrá ahogado aquí, me digo. Pero un empuje de señores tratando de encontrar el peor ángulo para una fotografía, me quiebra y caigo en el siglo XXI, siglo del progreso y sin embargo qué tan cerca estamos de los años 90, con sus siempre fallas técnicas a la hora de emprender el festival. Tras buscar espacio entre la multitud, muevo una carretilla vieja llena de escombros, pero un albañil me detiene y me dice que él lo mueve; así lo hace, así yo entro en la avalancha de gentes y sudores, perfumes penetrantes y sedas irresistibles de las madres que bien o mal buscaron una prenda que hiciera juego con su peinado. De nuevo formo parte de esa ola que no respeta la línea pintada en el suelo por la que entrarán los niños graduados.

Una voz de ultratumba me hace mirar hacia el lugar donde se encuentra una tierna directora del pequeño Jardín de Niños, que trata de callar a la multitud impacientada. Entre los desfases del sonido, se dan aplausos para que comience el festejo. Los pequeños niños vestidos como primeras damas y señores burocráticos, se sientan en una hilera al lado de una orquesta de sapos y ranas (no hay diferencia), y  en el otro confín yacen desconcertados los conejos, las mariposas y los leones. 

Al iniciar el primer número de los desorientados sapos, estoy seguro que por los movimientos autónomos y autómatas de los niños, más de alguno entre el público y las maestras habrá pensado que el mejor disfraz hubiera sido el de los cigotos cuando, entre luchas egotistas, viajan al óvulo para fecundarlo, o ya por no decir que en vez de trajes de ranas y de sapos (no se diferencia) hubieran optado por renacuajos. Sin embargo, nadie parece notar sino la bien soportable ternura de estos seres: seguro que su baile se llama "La condición del Mexicano".

Para el segundo número sale la jauría de felpa. Una estampida demora en concordar las leyes de la naturaleza para bailar al son y ton de la música fabulada. A estas alturas ya hay niños entre la multitud que se pierden de sus padres a seis metros a la redonda. Por un instante fui padre de una niña que, desorbitada y atenta a los animales del patio cívico, me tomó de la mano al tiempo que su verdadero padre la jalaba del brazo: Disculpe, joven...

Por fin llega el valse, aquel mítico valse que recordarán todos los que alguna vez fuimos presos de ese primer universo, fuera de casa, que se llama Jardín de Niños. Parece que no hemos surcado el siglo XX: la misma música, los mismos pasos, y no sé por qué es tan ritual y necesario, como parte de la liturgia mediocrentista, que la música deje de sonar a media pieza o simplemente parezca rayado (antes eran los cassettes que sin previo aviso la grabadora solía escupir su cinta). Hoy, aunque se trata de un Disco Compacto (CD), por los horrores musicales parece más bien la mágica intervención de un niño travieso sobre un disco Lp de un antiguo fonógrafo. La directora del plantel se disculpa, tal como lo ha hecho los últimos años; su forma tranquila de tomar las cosas la delata.

Esos errores técnicos parecen ya cosa del demonio, porque sin duda aquí Dios no ha pasado, o eso escuché decir a los albañiles que, de vez en cuando, apartaban la vista de la tierra para medir y comparar el encaje, la delicada hechura de los vestidos de las mujeres y las muchachas; por sus ojos dilatados pienso que en otra vida debieron haber sido sastres acomedidos.

Según la Historia de la civilización contemporánea, se han enviado ondas electromagnéticas al espacio, fotografiado con gran nitidez la inmensidad de las galaxias y sin embargo aquí, en mi pueblo, no ha caído sino la errata técnica: la música siempre malfunciona cuando se trata del valse entre los niños. Si levantara una encuesta ahora mismo, notaría que once de cada diez personas sufrieron la misma situación cuando se graduaron del Jardín de Niños. Yo mismo tuve que vivirlo para que no me lo contaran.

Después de cinco intentos, los niños graduados pueden terminar lo que iniciaron: ese indeciso caminar y difícil paso de baile que consiste en llevar un pie adelante seguido del otro hasta que den una vuelta al patio y salgan de las cámaras y la vista de los padres de familia. Con gran orgullo aplauden: el valse se ha llevado a cabo según lo planeado, no hay heridos ni imágenes perdidas.


Miro al tropel de niños todavía bien vestidos: tienen su mirada en la infinita pared del sanitario, su vista traspasa los cuerpos, el cuerpo de los familiares, el de las maestras, el de la directora. Meditabundos se reponen poco a poco del desbarajuste técnico a medio baile. Yo los miro y por fin aplaudo. Ya se irán acostumbrado a las inconsistencias sociales.

miércoles, 22 de julio de 2015

Crónica del mosquito crónico

por Mario Note Valencia

al Chikungunya,
por su ocio de viajar
de cuerpo en cuerpo

Julio, de nombre así por el soberano Iulius Caesar, es el mes que pone un paso más cerca del año nuevo próximo; el mes que indica que aquí en México pronto las calles se llenarán de lentejuelas tricolores y banderitas desechables. Reconocemos su aliento a medio año porque apenas termina junio y ya barajea sus primeros síntomas de calor tropical.

Más allá del dengue hemorrágico, hace unas semanas apareció otro mosquito que lo desplazó a buen ojo y que parece, a boca de loco, inversionista chino: el Chikungunya. Pero nosotros, que no queremos oro ni plata, no necesitamos más China Town a cada torcer de esquina, a menos que se trate de la comida que preparan en Tijuana, exquisita, inigualable. Se me ha acusado de vérseme por esos lugares, pero aseguro que no soy yo sino la prueba fehaciente de aquella risible penitencia del crucifijo globalizado. Así me lavo las manos. Así es julio, así los otros meses. Como dice mi abuela difunta, en las noches en que me visita, que llega enero y se va el año, naturalmente. Por suerte, las genealogías lingüísticas me salvan, y no voy a buscar a Tijuana sino al sureste de África de donde proviene la palabra chikungunya, lengua de los makonde en Mozambique, cuyo significado es sencillamente "doblarse" u "hombre que se dobla".  

Las movilizaciones de los organismos de salud estatales, una vez que comprueban que por el virus realmente la gente se dobla de fiebre y dolor en articulaciones (sume a eso, señor juez, que las incapacidades laborales se pagan mal), no han sido sin embargo tan afanosas como las medidas tomadas cuando ocurrió la pandemia de la influenza A H1N1 en el año 2009; fue una gripe que, por porcina, su virus confundió el cuerpo de los gentiles hombres y los hizo pasar por cerdos. Se cerraron temporalmente restaurantes y se cancelaron fiestas multitudinarias, incluso en las iglesias se prohibió el ceremonial saludo de mano, ese acto que pronostica la salida próxima de la sesión católica.

En las escuelas se pidió que se tomaran medidas sanitarias como el uso excesivo de gel antibacterial para las manos y el uso estricto del cubrebocas. Para ese tiempo lo que tenía en mis manos no era alcohol en gel sino páginas amarillas de El amor en los tiempos del cólera de García Márquez, y esa epidemia invisible en el país me puso a quemarropa la decisión de besar en la boca, pese al riesgo, a una muchacha que era mi novia y con la que recién iniciaba una relación efímera. En los parques, caminando riesgosamente de la mano, nos escondíamos detrás de los escenarios vacíos de los parques para besarnos. Nos decíamos de vez en cuando, ingenuos, las advertencias que aparecían en los periódicos locales y en las noticias nocturnas de la televisión abierta. Quizá por eso experimenté la noción de saberme casi muerto, como Florentino Ariza, en tanto que buscaba lo vivo y fugitivo de la experiencia amorosa. 

Si el calor del día, que irradia luz y encandila hasta al más ufano en utilizar lentes de sol por el camino de estas calles polvorientas, debería funcionar para que, durante estos días de claridad más largos del año, llegando la noche quede un poco de brillo retozando en los cuerpos de los seres y las paredes de los edificios. Se ha comprobado que los fotones de luz viajan y, al hacerlo, cubren de su esencia luminosa a los cuerpos por los que se refleja; aunque, dicho está, el ser humano se devanea en su ínfima percepción fusible de los ojos (quién como los sapos que pueden ver el espectro ultravioleta). A esto, ya una señora, ama de casa, de la colonia Tuxpan ha advertido el mal funcionamiento del alumbrado público en su manzana. En una calle, a oscuras, cuenta, la banqueta ha sido lugar los últimos días para que borrachines y jeringueros de heroína se entreguen a su hábito en la oscuridad, en las penumbras de lo secreto. Yo celebro, sin embargo, el pudor que estos seres tienen con respecto a las demás personas, los servidores públicos deberían aprender algo de ellos. No conforme con esta infección social, solar, la señora ha visto otra plaga que le da nombre de homosexuales, asustada. Encuentra condones y ropa interior cada mañana, que los niños llevan y traen con asombro de sorna durante los tiempos de ocio en que no tienen por qué ir a la escuela, ya sea por vacaciones o por paro laboral del magisterio público.

La naturaleza selecciona, es cierto, por lo que se debería mirar con fe la posibilidad de que Dios quiso que así fuera en todo México. No como en otros lugares de aquí, Tecomán, en la que me han dicho los mayores, que Dios pasó corriendo; aunque es cierto que he visto algo de su presencia divina en las carnes magras de mi abuela difunta. Mi abuela me advirtió siempre que las cosas se repetirían con los años, que retornaríamos a las cosas pero con nombres diferentes: una vez fue el dengue, otra la gripe de la influenza, ahora el mosquito portador del Chikungunya.

Mientras todo pasa y hay enfermos, mientras las tiendas de medicinas genéricas atienden más temprano y más de noche a los pobres seres que buscan paracetamol y agua de coco, el bochorno de la tierra por los trópicos, su cinturón de fuego en las costas, ha cambiado como siempre los humores, pues hace hablar a la gente sobre curiosas y retornadas reflexiones acerca del clima caluroso. Da para conversar con los taxistas, siempre, da para justificar incluso la terrible condición de la transpiración húmeda y la llegada impuntual a los compromisos. Pero una trasegada de lluvia moja las lenguas que hablan del chapoteo y trombas inesperadas. La conversación entonces cambia y va hacia las esperanzas de que salga el sol tan rápido para que la ropa, después del enjuague, se tienda en las azoteas y haya uniformes secos; calles transitables, sin lagunas, para volver al trabajo rutinario. Así, unos y otros ven con benevolencia o recelo las primeras nubes que se aglomeran y orquestan las prometidas lluvias de San Juan para la gente que se dedica al campo.

Pasada la lluvia, llega de nuevo el calor sofocante y nacen las nuevas, quiero decir repetidas conversaciones entre pasajeros y transportistas. En otras partes han crecido autodefensas, e intuyo que han sido causas más por el clima político del país que el clima enviado por la madre Gaia. Esto, habrá que decirlo, es común. Sin embargo, llama la atención que un grupo de autodefensas de un pueblo costero se hiciera llamar "Los inmaculados de Troya", porque si su emblema está en ganar batalla al crimen organizado haciendo igual manera uso de armas ilícitas (¿qué arma, empero, es humanamente lícita?) para protegerse de las injusticias que nacen como tubérculos, más tendidos a la generación espontánea que al uso común de los campos mexicanos.

No sé si esta organización de autodefensas conoce vis a vis, ya no la obra épica de Homero y Virgilio, sino la histórica resolución que tuvo Troya. El nombre es destino, pero también conciencia. Bien se sabe que los dioses, unos en pro y otros en contra, dotarán de designios nefastos para quien está destinado a hacer grandes cosas; por más que pongan su dedo imperial y olímpico en nuestros lomos perecederos, si héroes, sabremos llevar a cabo el destino aun si eso consta de peregrinar veinte años para volver a la Ítaca perdida. Los Tucanes de Tijuana lo más probable es que no hayan reflexionado sobre el idealismo de Platón cuando escribieron y cantaron "eres mi amor platónico, eres la fruta prohibida"; así, el grupo de autodefensas "Los inmaculados de Troya" jamás habrán advertido que antes de Roma hubo fuego, devastación y muerte. Pero hasta el jade, advierte Netzahualcóyotl, se rompe. Roma dirigió su ascendencia, antes del mismo Julio César, sobre la espalda de Eneas. Quinientos años después sucumbiría por algo que, se sospecha, es lo mismo que sucede con estos grupos de autodefensas armados: la traición.

Ojalá alguien traicione al China Town, porque seguramente este mosquito del Chikungunya fue traído gracias a la globalización desmesurada del capitalismo. Pero lo bueno es que, a pesar de ello, también nos traen curas y remedios: paracetamol, puro paracetamol. Yo, por si las moscas o los mosquitos, pondré muy pronto un tianguis de paracetamol dado su escasez en los centros de salud. Lo más probable es que quiebre y me declare en bancarrota a la primera semana, cuando el Estado me exija expedir facturas y registrarme en Hacienda. Del mismo modo, y sin acabar la cena, quebraré cuando el Estado me pida que asegure al IMSS al señor que barra el pedazo de calle antes y después de poner el changarro. Entonces ya no habrá ni Seguro Social ni puesto de medicamentos, y también entonces, cuando el Chikungunya rece por mí, iré al Hospital Regional y no tendrán de lo que yo vendía.
           
–Lo que no pasa desapercibido es el calor, joven, ¿ha visto cómo suda la gente?, ¿ha visto cómo compra agua de coco? –un taxista dixit.

¡Oh, señor taxista, líbrenos de todo mosquito!