lunes, 21 de diciembre de 2015

Galimatías para acabar con la navidad

por Mario Note Valencia


Me gusta la época decembrina para que pinte como una farsa. Después de la natividad llega pronto el Año Nuevo, y esto ya es demasiado, considerando que una fiesta ampulosa sobrevive en la memoria a expensas de una gutural distancia entre uno y otro festejo, bien o mal vividos. No advertiría esto si no fuera porque afecta directamente en el sistema socioeconómico de la ciudad; al siguiente día los videoclubs están cerrados o la pequeña fonda de confianza no abre sino hasta que pase el rigor y jugo de las bacanales. No así los cines y los casinos, cuya regulación sobre derechos y obligaciones de estos lugares de entretenimiento estipula que días feriados deben laborar en horario común. Haga usted la prueba y saque su billetera.

En el lugar donde vivo es así de claro y directo. Es difícil vivir en una pequeña sociedad unilateral, porque entonces los prejuicios resortean sobre un mismo eje: las pequeñas cocinas económicas se atienen a la vigilia de Semana Santa y no ofrecen sino tortas de camarón en caldo o rudimentarios tacos de pescado que sólo saben hacer bien en el puerto del pez vela. Aquí no, en Tecomán, con excepción del pescado zarandeado cuya receta muy celosamente guardan las cocineras de las enramadas y restoranes del balneario.

Noticias de prostíbulo llegan a mi mente ociosa, tratando de refugiarse en el mar de ruidos inoportunos de mi provincia, pueblo o como sea que se le llame a este híbrido urbano hecho de calles polvorientas y olor a copal cítrico. Leo la noticia, en un periódico invisible que compré en la tienda de ningún lugar, que Papá Noel ha sido aprehendido por la Policía Estatal tras una denuncia de activistas frente a la Comisión de Derechos Humanos. Se le acusa de haber abusado laboralmente de los enanos, quienes, con presteza, fabrican los juguetes para los niños que se han portado bien durante el año. Cosa curiosa es que sólo Santa Claus haga caso a los hijos de consumidores capitalistas o católicos mitómanos, que para el caso es lo mismo.

Como nací en una casa católica recibí un pequeño carbón al primer año en que empecé a dudar de un dios omnipotente, y cambié mi asombro de un hombre que resucitaba al tercer día por la fascinación de una diosa, Afrodita, que se ensartaba alegre aun con los mortales. ¿Por qué no nací en tiempos grecorromanos? Como sea, de esa manera fui enviado al catecismo impartido por viejas aburridas que se llenaban la boca asustándonos con cuentos sobre el limbo y el infierno, la báscula en el juicio de nuestra muerte que valuaría el tiempo de pena en el Averno y un itinerario de castigos increíbles, como sacado de un libro de Superación Personal para Estoicos.

Mi pasión desbordada por ser un incipiente legionario de Cristo se volvió locura cuando creí que debíamos ponerle velas a Benito Juárez; es de fácil adivinación saber que me gané sin mucho esfuerzo la etiqueta de blasfemo. Pero las cosas han cambiado, pues hoy veo que la enseñanza religiosa es un negocio redondo y grande, como Dios, y que las autoridades eclesiásticas se preocupan ahora por la imagen y la mercadotecnia: las nuevas catequistas son muchachas guapas y jóvenes, y los sacerdotes son más liberales y pedófilos… ¡Oh, por Deus, que los alejen del niño Jesús!

Que nos guarden y nos cuiden los nacimientos de heno y figuritas de proporciones descomunales. Mi madre solía poner cada diciembre el nacimiento en el patio de la casa, con esmero de mujer prendida de la fe y la esperanza. Aunque yo sólo ayudara a colocar los corderos en una diminuta parcela guiados por su pastorcito petrificado, siempre me pareció abominable que el niño Jesús fuera más grande que José y María, y apenas cupiera en el pesebre hecho de palitos. Nunca me supieron explicar por qué siempre tenía que acechar en las alturas, o escondido, un diablito del tamaño de un pecado (no como la ley matrimonial que dicta: el tamaño del regalo a la pareja es proporcional al tamaño del adulterio cometido). No lo entendí, o me convino creer que entendí, hasta que vi pastorelas, esas representaciones teatrales que terminan en pitorreo público gracias a que el diablito hace de comediante entre tanta aburrición clerical.

Lo más interesante en la vida de Cristo son los episodios de ira, el aislamiento o la crucifixión, y no necesariamente el nacimiento, por más que se haya tomado como el año 1 para contabilizar la historia de Occidente. Pero en mis delirios infantiles observaba el nacimiento en tardes ventosas y solitarias de diciembre. Atestigüé cómo corrían presurosos los pastores, cómo los tres magos seguían una estrella por el desierto de aserrín. Ahora sólo me queda la cuenta del carbón de mis navidades, suficiente para preparar una carne asada, acompañado de personas de confianza a las que no les interese más que conversar y esperar al siguiente día, empiernados, el bendito recalentado.

A los seis o siete años sospeché de las intermitencias de Papá Noel. Lo sospeché porque aquí no cae nieve, no hay osos polares que beban Coca-Cola y ninguna casa que cuente con chimenea. Excepto, eso sí, la casa lejana de la abuela, cuyos primeros recuerdos los guardo con cierto agrado y nostalgia. Si me acuerdo de mi abuela, sobrevuelan mis sueños en imágenes de una casa enorme, fresca, dos plantas, perdida entre las zonas conurbadas y pastosas de Guadalajara. Hacía mucho frío en su casa, y durante las fiestas de diciembre la calle era poblada por los vecinos que invitaban a quebrar la piñata, siempre rebosante de dulces, cañas y mandarinas. Mis padres, con humildes regalos, remediaron el hecho de que Santa Claus fuera inconstante o no pasara, como dios, por los parajes trasquilados de mi provincia. En más de una ocasión mi hermano mayor descubrió el lugar donde pernoctaban los regalos comprados por mis padres, y sin embargo eso no escindía la emoción de verlos sobre mi zapato en el amanecer del día 25.

Era un gusto y triunfo visitar la casa de mi abuela. Toda mi familia tenía que ir al corte de limón y después, ahorrado el dinero, viajar doce horas, lo que dura la noche redonda, en el extinto ferrocarril pasajero. Todavía recuerdo recargar mi cabeza en la ventanilla, afuera un azul profundo, morros oscuros y cerros iluminados por el claro de la luna; esto lo imagino acompasado al sonido de las ruedas sobre los rieles como incansable máquina de escribir, solitaria, en un pasillo abovedado. Las vías férreas que me vieron viajar, de Tecomán a Guadalajara, hoy ya sólo transporta minerales e indocumentados.

Algunos indocumentados que vienen de Centroamérica se han establecido en los perímetros de mi provincia, como si el sueño americano hubiera tropezado a medio camino. Me gustaría que no sólo esta Noche Buena sea “buena” para quienes tenemos dónde caernos muertos. ¿Y los que no tienen casa y comida? Pues los que vivimos como lobos esteparios podemos sobrevivir sin abrazos durante mucho tiempo, la cueva y las tundras son demasiadas cálidas para nosotros, pero los hay quienes transitan por ahí como almas que no tienen ni para una pena; es más triste si, por ejemplo, no tienen muerto a quién llorarle o ponerle velas.

Sólo para quienes nos ha costado saber cuánto vale un garrafón de agua, pensamos dos veces en qué gastar la quincena o el aguinaldo. Desde no hace mucho, cada vez que observo una escena de hambruna en las películas, me duele la humanidad hasta lo más recóndito y hago una mueca de desagrado. Para sobrevivir a tribulaciones al respecto fuera de casa, por suerte tuve una educación hogareña que consistía en atenernos a lo que hubiera ni preguntar qué era lo que íbamos a comer; de mi padre sólo sé decir que no sé cómo le hizo para no dejarnos sin comer ningún día, o mi madre que estiraba el dinero para toda la semana. Nunca faltó, durante mi infancia, una olla de frijoles y tacos de, cuando no sal, queso.

He pensado en una manera de festejar, con ciertos consumibles y simbolitos, las fiestas que van de noviembre a enero: en un pan de muerto pongo dentro figuritas de niños, hechos de azúcar y calavera, para partirla en doce, la madrugada de Año Nuevo. Así de sencillo. A quien le toque niño, que ponga la capirotada el 10 de mayo. Con un pan bien elaborado puedo reventarme una multitudinaria caterva de impresiones que mezcle las distintas fechas para justificar el gasto por el gusto (y no al revés).


Éste y otros motivos me dan la pinta para una farsa: pequeña obra de teatro cuyo fin es ridiculizar lo grotesco de los comportamientos humanos. Como la pastorela, este género me parece ingenioso y divertido, mucho más que las diatribas entre parejas y solteros, y uno que otro sancho volador (ustedes saben, queridos renos), poblando de bullicio los aparadores del centro comercial, la misma algarabía de la que huyo formulándome noticias de cantina. Si hay posibilidad de reír, me gusta; si hay posibilidad de recalentado, mucho mejor, pero de eso hablaré en otra ocasión. Felices fiestas patrias.

martes, 15 de diciembre de 2015

La carta madura

por Mario Note Valencia


Al madurar como la fruta, este espacio se polariza en la piel hecha de instantes, sábanas y relojes pulsera. Mientras miro el sol cobrizo tras el cristal raído de la ventanilla, el autobús avanza acompasado con el estertor del motor y los remaches; pronto se rebasa la estela de las casas y los hombres que incendian el polvo acumulado de las horas lúcidas. Prospera la noche: aún entre los últimos reflejos moribundos el polvo se vuelve arena y brilla esparcida en las calles. Uno puede caminar sobre el machuelo como por la orilla de los mares abiertos.

Escribo una carta en la oscuridad para que madure en las dos primeras horas del alba. Le escribo al taxista y a su hijo convaleciente, para que uno encuentre consuelo y el otro un remedio del tamaño de su suerte; a la vieja de los nopales como al joven de los elotes, poemas en ungüento a sus manos agotadas y bruñidas. Una carta y sueño a los trabajadores del campo con quienes compartí más de una huerta y un camión apretado de limones y sandías. A mis amigos desaparecidos de la infancia, a la china, al manco y al mudo, les escribo así como a mi primera amiga de la manzana.

Escribir una misiva es plétora verbal, vital y erótica. La carta madura las palabras que hemos escrito en el árbol de las necesidades primigenias. Por naturaleza, trasciende lugares, ilumina rincones, travesea errabunda por nuestros corredores en la búsqueda del Otro. Agita pechos, exhala suspiros o lágrimas. La carta es un asombro: un pequeño pétalo de impresiones cotidianas que van, conforme escribimos o leemos, hacia la opalescencia de lo extraordinario.

La intimidad es el descifre, la lectura de la carta. Íntima, cerrada o abierta. La inmensidad cabe en un pañuelo de papel, el trazo en las grafías, un doble sostenido que se registra cuando escribo tu nombre. El nombre es invocación, resonancia. Si te nombro, una ristra de sensaciones y recuerdos cautivan al astrolabio con que te escribo recargado en el pasado y las expectativas, a realizar o irrealizables; la carta es nostalgia o melancolía.

Las cartas más nobles son las que se escriben cuando nadie llama, o las que se reciben inesperadas. “Trocar la vida del Otro” se traduce en el mundo como confirmación de la vida. Acto erótico. Así uno muera antes o después del envío, o navegue por las calles como ritual para no llegar a casa temprano, todo sobre algo se habrá dicho y demostrado en un modesto escrito a mano; esto funciona incluso si se trata de una despedida. Hace mucho tiempo escribí una carta para mi primera amiga de la manzana cuando supe que ya no la vería; sólo entonces comprendí el dejo que sigue a la resignación y a la sonrisa de, quizá, nos veremos luego.

Pero hay cartas más secretas y descomunales: ensoñadoras, como pez del sueño que deriva en el estanque oblongo y diurno de la vigilia. Tierna la carne, libera las líneas. Una carta puede ser el rasguño que dejé en una amante para que su amiga lo atisbara y me quisiera igual o más que la primera. Una carta permanece en la mordida dibujada, malva, de la pareja, en donde sólo ella o él pueden verse en el espejo de baño. Una carta se escribe rasguñando el borde de la mesa en la que la otra persona come cereal por las mañanas. Una carta es preparar café, con ritual, constancia y entrega. Una carta puede ser como la oreja que van Gogh regaló a su pajarita.

Mi prima escribió, con flores y plantas de su jardín, el itinerario de un viaje para asombrar el vuelo fugitivo de un colibrí. Me dio celos, se lo dije en una carta, cuando prestó más atención a la llegada de la pequeña ave que a mis labios adolescentes; después de nuestro nido bajo el árbol de navidad en casa de mis tíos, la enredadera de nuestras manos en la cintura, la fruta que nacía en nuestras bocas, se apartó de mí para ver si el colibrí aparecía, frágil y sostenido, por entre las flores alineadas del patio. Mario, en dado caso, para mí tú eres una garcita. En otra carta me escribió sus dientes blancos y lechosos sobre la piel de una manzana que echó, discreta, en mi mochila de viaje.

Hay cartas que empiezan a escribirse con signos, ramitas secas de otros árboles, que se fraguan en la flama del amor auténtico: Necesito acordarme de todo…

sábado, 28 de noviembre de 2015

Hierro y polvo, el fantasma recobrado

por Rafael Frank



Una ciudad se esconde
de repente
en la intimidad
Gerardo Enciso

Conversamos, en su momento, sobre las posibilidades de contemplar una ciudad en su fuente directa, la ciudad por la ciudad; de las posibilidades de contemplarse en su interior; de cómo dejar un fantasma suelto corriendo entre sus vías al momento de abandonarla. Por años impares sembré en la ciudad que hoy habito, las semillas del espectro que dejaría transitar las esquinas y glorietas.

Aguardar es necesario si hablamos de semillas, y como tal fue preciso esperar que la ciudad y yo estuviésemos listos. Para habitarla. Sembré nuevamente pues creí perdida mi labor anterior. Sentí propio el polvo y la bruma. La ciudad reclamó por mi fantasma, exigió que me lo llevara conmigo si pretendía permanecer allí, si esperaba que se acurrucara entre las líneas de mi mano. Un ritual abrió sus puertas para fundir el hierro de la urbe con mis huesos, abandonar la carne y revestirme.

Recuerdo, cuando fuimos pasajeros en tránsito, abordamos el tren de sur a norte, al cerrar los vagones la lluvia liberó sus cadenas y comenzó a seguirnos durante medio trayecto; la velocidad se igualó, caballo de agua. De esa forma fue el recibimiento, después la cascada pluvial cobijó entera la ciudad y en las gotas de agua caímos también. Fuimos la piedra que rompe la superficie cristalina del lago, la lluvia en la piel rompió como lo hace sobre arena.


No todas las vías son visibles, se refugian igual que la sangre en túneles arteriales. Circulé la ciudad montado sobre los metales del tren una vez más, allí dentro busqué a mi fantasma, semilla depositada en el almácigo esperando transplantarse, lo vi asomarse a las estaciones subterráneas, él afuera. La mudanza a una nueva zona cambió mis recorridos, no pasé día a día por el tren. Di por perdido el fantasma. Deposité mi cuerpo entre el café y el vino. Llegó.

lunes, 23 de noviembre de 2015

Remedios Varo, la hechicera

por Rafael Frank


A través de mis ojos la fiebre conformó un laberinto en cuyo centro habitó el minotauro de la ceguera. Pasé los meses trepando siluetas y colores, resignándome a la claridad de las distancias cortas. Las luces del orbe vibraron en mis cuencas acuosas. Tuve ante mis córneas nubladas un mensaje transparente: imita con la vista los sonidos en el aire.

Me di a la fuga, sin gafas, entre calles que pude ver antes, calles que había escuchado, busqué para cada hercio un color. Jugué con mis ojos y el sonido artificial del mundo, todos los días. Después de crear con el ruido mi propia ciudad dibujada, me vi obligado a renovar la función de mis extensiones visuales.

Me hice de cristales nuevos, tristemente vi cómo el haz de luz adelgazaba y fragmentaba. Pero también, con mi cuerpo magnético toqué los nuevos objetos. El sonido se me fue de los ojos.

Comencé una misión, busqué un tesoro en una isla.

Alojada en un cubo con columnas clásicas, ahí dentro reposaba Remedios Varo. En el terreno, el sol fundía una masa informe: la galería con motivos barrocos separada a una acera de un templo gótico imprudente; coronando, una batalla contra las suites de los edificios bancarios. El suelo desprendió su aroma a fósil carbonizado, como una trampa  para hacerme retroceder.

Remedios, en el interior, quería encontrarme, acariciarme el iris con su terciopelo, filigranas de oro y esmeralda fundidas en un mineral novedoso. Envió a los búhos para arrancarme los ojos, quedaron mis cuencas como pirámides abandonadas.

Crecieron alas en mi cuerpo y durante el vuelo la luz abraz(s)ó el túnel vacío de mis pupilas. Remedios alzaba la voz con sus hechizos; me convirtió en pez, en nube, en polvo. Los espectros nos guardan en un frasco, allí bailamos.


Mi-Re, Sol, Si/Fa/Re, Si, Mi-Fa, Sol-Fa.

domingo, 15 de noviembre de 2015

París o terrorismo para Dummies

por Mario Note Valencia


Lo sucedido en París hace unos días (13/11/2015) no es casualidad, Francia ya había bombardeado objetivos en Siria el pasado 27 de septiembre. Más todavía: se trata de un efecto colateral de las políticas ofensivas de los países poderosos cuyo choque de intereses se remontan hasta hace más de cien años. Recordemos que después de Inglaterra, Francia ocupaba la parte más rica e importante del continente africano en ese periodo llamado Imperialismo y que desembocó, precisamente, en la Primera Guerra Mundial (1914-1918). Equipos armados: Inglaterra, Francia y la Rusia zarista; por otro lado, con Alemania a la cabeza, el Imperio Austro-Húngaro e Italia. Conflicto: dominar la península de los Balcanes, el oro negro, el recurso del mercado: petróleo.
Acaso poco han cambiado los bandos desde entonces, sobre todo desde que hubo un frente que sacudió al mundo como una chispa de esperanza frente al dominio capitalista: el proyecto del Socialismo Ruso, cuya flama incendió para siempre más de 300 años de dinastía y que, desde 1917 repercutió en todos los demás conflictos rojos no aislados, de manera inminente (Cuba, China, Vietnan, Corea). Reflexionemos: qué hubiera sido si el socialismo no hubiera existido, ¿viviríamos industrializados, sí, pero libres con las múltiples colonias que extendieron las potencias imperialistas?
¿Ha jugado alguna vez el Monopoly? ¿Sabe qué es un monopolio? ¿Sabe que para ganar en este kind of wargame es necesario desbancar a los jugadores próximos a usted? No es azar: es dominio, propiedad privada, riquezas, clases sociales, cobrar hasta por el aire de albañal que respiras. Ése es el capitalismo: estudia y compite sólo el que tiene dinero.
            Estados Unidos no se queda atrás. Desde que entró de manera estratégica, pero con ejército mediocre, en la Gran Guerra (la Primera), supo que su posición geográfica lo blandía de ataques en su territorio. Sus aliados: Francia e Inglaterra. El motor de la reconstrucción, después de la Alemania vencida en 1918, Tratado de Versalles (1919), fue Estados Unidos y con esto, por supuesto, el país del Tío Sam puso condiciones: culturales, políticas y económicas, sobre todo. Lo que, veamos bien, se le fue de la mano cuando este país capitalista se sumió en la Gran Depresión económica de 1929. Hasta ese momento, después de las terribles imposiciones que los países ganadores (excepto Rusia que se apartó del conflicto en 1917) sobre el pueblo Alemán, daría pie al ascenso de uno de los líderes más controvertidos de la Historia, un personaje que llevó al límite su ideología: Adolf Hitler.
            Hitler, como se sabe, se apoderó del momento, por los años del 33 y 34, en que Estados Unidos dijo: “Hasta aquí llegué, necesito tiempo, no más préstamos, no puedo ayudar a los países europeos” (esto dijo Roosevelt, quien implementó el New Deal, programa económico lento más para evitar una revolución popular que dar freno al capitalismo). Con ello, el Nazismo alemán (Nacional Socialismo –que de hecho, no tiene nada de socialista: Hitler aborrecía igual a los judíos, negros, discapacitados, lo mismo que a los comunistas) encontraría compañerismo acerado con el fascismo de Mussolinni en Italia y el gobierno de Japón, quien, de hecho, no aceptaba tampoco las condiciones de Estados Unidos.
            Corre el año de 1939. Hitler rompe pactos con la URSS (antigua Rusia socialista de Stalin) y estalla la Segunda Guerra Mundial. Hechos memorables: Alemania domina y tiñe a Europa y el Norte de África; Japón el Pacífico, y éste último demuestra al mundo que, por primera vez, Estados Unidos no es impenetrable (Pearl Harbor, 1941); Japón (quiero decir, el pueblo japonés) pagará caro esto en  un bastardo 06 y 09 de agosto de 1945, Hiroshima y Nagasaki.
            Antes de poner el estrado de los vencedores comentaré que sin Stalin (temido y repudiado en el frente capitalista como Fidel Castro y Salvador Allende) hubiera costado más a los Aliados (Inglaterra y EUA) contraatacar en la parte norte de Alemania. Así de claras las cosas: es una bandera socialista la que se posa en la famosa foto de la toma de Berlín, Alemania, abril del 45. Vencedores: Inglaterra, E. U. A. y la URSS. Pero he aquí una estrategia que desvela, desde mi punto de vista, lo que sucedería en una posible Tercera Guerra Mundial.
            Pongamos las piezas sobre la mesa. Inmediatamente después de ganada la Segunda Guerra, Estados Unidos y la URSS se enemistan casi por naturaleza, es decir, por consecución de la estrategia: vencer al chico malo y poderoso (Hitler) para después jugar entre ellos más tranquilos y prósperos. Dividen Berlín (el Muro), se amenazan durante mucho tiempo con un ataque masivo de bombas nucleares. La vida no tiene sentido; la lucha de ideas políticas y económicas entre el capitalismo (EUA) y el socialismo (URSS) involucran al pueblo desarmado; uno y otro país estaban dispuestos a la autoaniquilación; Bertrand Russell proclama un manifiesto donde desvela la amenaza a la humanidad si uno y otro país en pugna desatan el ataque nuclear. A este periodo se le llamó para los que estudian Historia: Guerra Fría (anote aquí, estimado alumno, que el término se acuñó para dar sentido a la guerra que no se dio, es decir, se enfrió pero que bien tuvo sus abominables chispas en Vietnam y Corea).
            Estados Unidos inició las guerras en Vietnam y Corea para evitar sin éxito el socialismo en expansión. Y esto está claro: si un país adopta el comunismo iniciado en Rusia (temible Carl Marx, con cuyo nombre tiemblan los burgueses y los estúpidos) no es posible comerciar con él, es decir, no hay manera de imponer condiciones culturales, políticas y económicas a los países “subdesarrollados” (con esta insignia inició el Imperialismo: la “obligación” de llevar a los pueblos “pobres y desprotegidos” la industria, a cambio de comercio, gangas, pobreza, radios y cuarteles). De hecho, la Guerra Fría fue también pura propaganda: tanto un bando como otro mediatizaban a su pueblo para poner mal parados a los otros. Esta técnica, esta estrategia aparentemente inofensiva, que por cierto pervive hoy todavía y avasalla a todo México (sí, señor, México mama de Estados Unidos y después va a ser esto lo que pagaremos caro todo el pueblo mexicano), la había iniciado ya Estados Unidos durante la Segunda Guerra: vemos al Pato Donald en un mediometraje en donde exhorta a los conciudadanos a odiar a Hitler y pagar impuestos para la creación de armas; vemos a Bugs Bunny humillando a los japoneses; y así, trasladándonos sincrónicamente, tiene sentido que El Capitán América (vestido de la bandera rojo-azul, estrellitas) haya tenido génesis durante la Segunda Guerra, incluso Superman, o después Indiana Jones (que se declara odiador número uno de los alemanes).
            Lo que pagará México es su inclusión en los Tratados dirigidos por Estados Unidos. La misma Organización de las Naciones Unidas (ONU, sede en New York, antes Liga de las Naciones y creada por los vencedores de las Guerras, esto es: de acuerdo a intereses capitalistas) cuyo fin es promulgar la paz, siempre se ha encontrado en incongruencias: permiten declarar la guerra cuando es inevitable, permiten que se usen los tiros de gracia para matar al enemigo, pero (bendito Dios) prohíben el uso de armas tóxicas o creación de bombas nucleares. ¿En dónde reside más la futilidad de la ONU? Que te permite matar, invadir, encubrirte, dar una cara falsa de tu país (como hace poco lo hizo Peña Nieto en un discurso y denunció un posible “populismo” en el país) a todo el mundo, pero te prohíbe el juego sucio como el terrorismo, la creación y ataque de armas biológicas. Sí que esta ONU lamenta los ataques del mundo Islámico radical que realiza sobre los países occidentales (caso de Francia), pero justifica los ataques infiltrados de Estados Unidos (y sus aliados, como Francia) en Estados al sur y este del Mediterráneo.
            Pasó lo mismo con el ataque a Charlie Hebbo (¿2013-2014? Qué rápido pasa el tiempo). Todo el mundo solidarizado con “Je suis the fucking Charlie”, pero al otro lado de la noticia, Estados Unidos y Francia pactaban un acuerdo para invadir los Estados islámicos, indiscriminadamente. Nadie pareció notarlo. El gobierno mexicano no puede hacer más que esperar: sus padres están resolviéndolo todo, pero en caso de guerra mundial, México le tendrá que rendir cuentas a su madre del Norte. Esto, por supuesto, ya es un hecho: Corea del Norte, radical socialista, amenazó en una ocasión a México si éste se involucraba con Estados Unidos en un futuro conflicto. Estoy seguro que Estados Unidos buscaría la manera de meter a México en la Guerra, con el uso de artimañas, para desplegar ataques en el Pacífico. Estrategia: “Hundo el barco de uno de mis hijos (México) y le digo que fueron los putos socialistas” (EUA dixit).
            A nadie le conviene una Tercera Guerra Mundial. ¿Piensan en el pueblo? No. En cambio, piensan en economía, lo que consume el pueblo capitalista. En un país imperialista tú representas un signo de dólar, conejillo de indias. Por otro lado, Corea del Norte está dispuesto a todo, ir contra Estados Unidos, y a los norcoreanos se le uniría China, como ya lo ha declarado en ocasiones pasadas. China rompería lazos económicos con Estados Unidos y éste otro buscaría aliados prontamente para afrontar el hartazgo que pagará el pueblo, nosotros. Los ataques nucleares no respetan fronteras. Estrategia: debilitar al pueblo. Si yo fuera Corea del Norte, y México mete sus narices en el conflicto, atacaría los puertos de la costa del Pacífico (eso incluye primero a Baja California, y por supuesto, a Manzanillo). Manzanillo, Colima, constituye uno de los principales motores económicos de México.
            El panorama de una Tercera Guerra: la Federación Rusa tiene bases en el noroeste de Europa (esto ya es real). Francia, Inglaterra y Estados Unidos se han desplazado en Medio Oriente (la que inicia en África). Un escenario posible: Rusia aprovecharía el conflicto entre Corea del Norte y China versus Estados Unidos y sus secuaces, para desplazarse hacia el centro. Si Estados Unidos pierde (incluye hecatombes), luego China y Rusia estarían en problemas. Si, por el contrario, Estados Unidos gana: lo hará a fuerza de desestabilizaciones políticas e insania del tejido social. Pero, insisto, a nadie le conviene. Otro punto recalcable: no hemos mencionado al Estado Islámico, el radical, el que detrás de un supuesto fanatismo religioso hay una lucha política, un conflicto bélico que se han buscado a sangre fría Estados Unidos y Francia. Los dirigentes, los líderes, no sufren, no lloran. Todo lo paga el pueblo preso, su pueblo, sui géneris. Países como Francia declaran la guerra y la invasión a diestra y siniestra y mandan a los hijos a la ofensiva, abanderados de ideologías, odio per se, nacionalismo.
            Una gran estrategia de siempre, como lo ahora perpetrado en París: desmoralizar al pueblo, tumbarle los ánimos, ponerlos depresivos, a la expectativa como de quien espera más desesperanza. Esto se traduce en términos lógicos y concretos: menos actividad en los medios de producción. En guerras mundiales: contaminen los ríos y las cosechas, y la gente del país enemigo no tendrá otra que hacer que preocuparse por satisfacer la sed y el hambre. Una persona de inteligencia promedio podría pensar que todo acaba aprehendiendo al líder enemigo, al presidente y dirigente de un país: pero no es verdad, no es “rentable”. Incluso, bien se sabe, que vale más un líder apresado vivo que muerto. (¿Bastan más razones para no creer en la inmolación de Hitler? Incluso a él no se le escapó esa verdad). Y vale más, así mueran tras de él cientos de miles hombres en su nombre, asta y bandera. Hay varias cosas que se nos escapan de la moral habitual como aquella verdad que dijo Stalin: la muerte de un hombre es lamentable; la de millones, estadística.
La cultura mediocre y mediática del Occidente capitalista (la nuestra) obliga al usuario de Twitter, Facebook, Google, Youtube, a sentir el pésame, conducidos por la escala de valores según los países imperialistas que nos han dado (bravo por ello) estos aparatejos digitales y luminosos que otorgan infinitas horas de distracción. Para Facebook, pues, un ejemplo: Inglaterra, Francia y Estados Unidos cuentan; a los demás que los chupe el diablo. Lo mismo sucedió con las donaciones altruistas sobre el huracán que azotó hace unos años el Caribe: incluso Televisa y TV Azteca, y por todos lados, pidieron víveres a los damnificados… Un momento, ¿y Cuba? Nadie mencionó a Cuba, como ha sido así, ocultarlos, desde el embargo en 1962. Embargar un país significa, acorde a EUA, pedirle a los aliados que no apoyen económicamente al país rebelde, además de dedicarse a proliferar imágenes cruentas y muchas veces sensacionalistas de esos Estados que toman partido propio y no se sujetan a las potencias imperialistas (y aquí los enajenados, diletantes académicos, saben cifras rojas del socialismo, saben diferenciar a un país absolutista de otro con supuesta libre democracia, y cobran una buena suma dinero cada quincena si cuentan lo que hizo Hitler, las maldades de Stalin en números, pero no cuentan que el actual Estado Mexicano, por ejemplo, se comporta como un país de caudillos, reyes absolutos, y que ha cobrado más vidas por la libertad de expresión que en sus revoluciones internas).
No por nada me caen en la punta del glande aquellos que, estudiados, pecan hasta la desfachatez de ignorancia crítica: aquellos que lloraron con Cinema Paradiso o La vida es bella, y otras infamias de esa calaña mediatizada. Igual aquellos que se creyeron lo de Pearl Harbor, la película, el amor mediante, o no saben por qué Rambo es igual de infame que su saga de películas. No saben que la Segunda Guerra Mundial terminó como empezó: sin avisar. Hitler invadió Polonia en el 39; Stalin duerme plácido y en Moscú nadie se entera que el conflicto bélico ha iniciado. En 1945 EUA pone a prueba su nuevo juguete: la bomba atómica sobre Hiroshima. No alerta al enemigo, el pueblo lo paga. Pero no hay películas que nos hablen de cómo EUA se pareció tanto a Hitler en esos fatídicos momentos. Lo que importa es: “Ganamos la guerra, muchachos” (van a ver que Francia espera decir lo mismo –en este momento, 15 de noviembre, los franceses coordinados por EUA acaban de bombardear Siria).
Resumiendo: gracias a la inteligencia promedio de la mayoría de los salvajes cibernautas, Facebook se encarga de decirles qué, cómo y cuándo pensar. Llora por esto, dile al mundo que lo sientes, saca el rosario; pide a gritos la muerte de niños musulmanes; agasájate de imágenes penosas de los exiliados de Siria; comenta “Qué triste”, dale “Me gusta”, escribe pronto, no tardes, “Y nosotros los mexicanos de qué nos quejamos”. Quizá podamos asentir lo que ha dicho Umberto Eco: “Las redes sociales han dado el derecho de hablar a legiones de idiotas”. 

Haz turismo invadiendo un país...

martes, 29 de septiembre de 2015

El Día de la Nada (Declaración)

por Mario Note Valencia


"Mirémonos frente a frente:
somos hiperbóreos"
Nietzsche, 1888

En cualquier momento abogar por la voluntad de vivir. Irrumpir, entonces en el mundo como la flor policroma que exige al ambiente las circunstancias adecuadas, que lo condiciona y pide a manos llenas el devenir de lo novedoso, la experiencia vital literaria, en el tropel móvil de los días y sus noches.
            Somos el polvo de generaciones pasadas; el siglo XX funcionó, entre otras cosas, para tropezar más allá de la modernidad incipiente. No hace falta ser un gran mono de barro, que al fin y al cabo es un conjunto de polvo inamovible. Mejor trazar el viento, imponer en el mundo la arquitectura de nuestros ámbitos extraños para que las demás partículas perdidas, desplazadas del núcleo común y corriente, sepan que van por el camino de la subversión auténtica.
            No tenemos muelle, el movimiento de las olas y las condiciones intempestivas del océano son para nosotros otra prueba de nuestra fuerza del espíritu. Nosotros disparamos piedras a lo sagrado, surcamos lo intocable y comprobamos sus esencias falsas, magras y perecederas.
            Somos exigentes; deseamos porque tenemos la fuerza, la libertad del espíritu. Somos adeptos a la destrucción, somos como el Nerón sutil frente al fuego, porque así como desear podemos destruir; nos hacemos responsables también de la vida propia y sus ruinas. Erigimos chozas y catedrales para los eremitas, los apolíneos y los dionisiacos.
            No se nos busque si no entre los oquedales oscuros. Aquí, la única certeza está fundada en el temblor de las ideas, la corrupción de las formas y sus apariencias. La única forma que conviene cuidar es el cuerpo, el único que transporta, corpóreamente, ocupando espacio y tiempo, la voluntad de vivir.
Aquí el calor y el frío, lo claro y lo oscuro, el amor y el desprecio, pertenecen a un mismo lugar: el movimiento.
El movimiento acarrea naturalmente consecuencias que no vemos ni juzgamos a través del cristal que define lo que es bueno y lo que es malo. La moralidad es una apariencia. En dado caso, para nuestros actos, será mejor vivir en lo malvado. Nada que no exista tiene derecho ni el poder de juzgar la voluntad de nuestras pulsiones; la única rectora del acto será la voluntad de vivir.
Esta voluntad desplaza a todas las formas y seres decadentes del mundo moderno. Cualquier ser que exprese su esfuerzo hacia la muerte se le ayudará a morir lo más pronto posible; para las formas del anarquismo, ateísmo, decadencia en sus diversas presentaciones, recibirán el nombre de fanatismo y, por eso mismo, serán puestas en el mismo cajón del cristianismo y sus perjudiciales raíces en Occidente.
Hacerse, antes bien, responsable de vivir y dirigir la filosofía de Friedrich Nietzsche a su etapa posterior: su nueva praxis. La práctica consiste en el cultivo intelectual, la asimilación filosófica y su crítica para la anexión con otros aparatos teóricos, efímeros, adecuados.
Antes de su muerte, Nietzsche promulgó que escribía para los hombres del futuro. ¿Somos nosotros? Él no podía saberlo. Los superhombres no pueden existir si los mismos espíritus  superlativos no lo engendran y, desde entonces, procuran su educación con valores superiores. Resumiendo: nosotros, como él, no seremos superhombres, pero sí podemos condicionar el ambiente para que nazca la nueva flor policroma.
No sabemos si a los hiperbóreos, en la conjugación de hombre y mujer (ambos espíritus libres), nos tocará la tarea de engendrar a los filósofos del futuro, hacerlos presente. Ellos serán mejores que nosotros y serán quienes con su destrucción de lo humano, demasiado humano, superen las formas de la modernidad decadente.
Por ello es necesario continuar la transmutación de todos los valores, comprendiendo que la moral occidental tiene una genealogía fundada en la pobreza y debilidad espirituales.
En el siglo XIX, Nietzsche logró que el cristianismo entrara en crisis; nosotros debemos adecuar los actos para continuar el proyecto, transgrediendo lo cotidiano a partir de la voluntad de vivir.
Hiperbóreos: subamos a la copa de los árboles, soltemos la barquilla en altamar, arrojemos el cielo, ¡que descanse Atlas!, que Sísifo abandone la piedra, porque el único castigo de los grandes dioses olímpicos acaso reside y es digno de Prometeo, el que por no abandonar la soberbia supo contener su voluntad inquebrantable.
Habitamos en los rincones escíticos, lugar donde a casi todos les está prohibido pasar, o mirar sin antes quedar ciegos por el reflector de la lucidez más aguda y penetrante. Allí la tragedia de Esquilo tiene otro poder concatenado: declarar el riesgo de los espíritus superiores por la manutención del fuego.
Mañana, 30 de septiembre, se conmemora el nuevo año 127.


 ¡Celebremos, seguros de una misma victoria,
la fiesta de las fiestas!
¡Zaratustra, el amigo, el huésped de los huéspedes,
acaba de llegar!
Ahora ya ríe el mundo, se han rasgados las cortinas oscuras
y en este mismo instante celebras sus bodas
la luz y las tinieblas.

“Desde las altas cumbres”, Nietzsche

sábado, 19 de septiembre de 2015

29 de septiembre: El Día de la Nada, en busca de espíritus libres

por Mario Note Valencia



“Ha llegado la hora del juicio final
y voy a pronunciar mi sentencia”
Friedrich Nietzsche, El Anticristo, 1888

Este próximo 30 de septiembre de 2015 se cumplen 127 años de la promulgación de la nueva era según Nietzsche, el primer filósofo que dedicó hasta sus últimos momentos de vida los esfuerzos intelectuales para el desarme de las ideas decadentes del cristianismo. Descubrió, por ejemplo, que la moral cristiana había viciado, desde la muerte de Cristo, muchos aspectos de la idiosincrasia Occidental; esta moral está basada en valores decadentes de la modernidad, como la pobreza del espíritu, la inclinación a la fe, la humildad perniciosa, el mundo aparente, las idea del más allá y de que existe algo (consecución de Platón) después de la corrupción orgánica del cuerpo. No existe el idealismo, no existe el mundo de las ideas.
Sentenció que: todo aquello que atenta contra la vida auténtica debería ser extirpado del mundo. Entre muchos aspectos, esta decadencia invisible en los vicios concretos del acto permeó al individuo moderno que, como puede atestiguarse, siguió durante todo el siglo XX: la enajenación de la voluntad de poder y la pérdida de las ganas de vivir, es decir, el nihilismo y el pesimismo. Expuso y expulsó a los simples ateos y a los anarquistas de su filosofía, al compararlos con su principal enemigo: el cristianismo.
Nietzsche agregó a su obra El Anticristo, como colofón, “La Ley contra el Cristianismo” (algunas ediciones en español no la incluyen). La Ley, constituida por siete artículos, es por lo demás su lucha personal y su modo radical de asistir su filosofía para provocar retazos de nueva filosofía, la filosofía de los hombres del futuro.
Lo que nos importa es recuperar la fecha que propuso para emprender el proyecto de su Ley: el 30 de septiembre de 1888 (según el calendario gregoriano y vigente hasta el día de hoy). Por lo que, en otras palabras, estamos a punto de entrar al año 127 desde el primer día en el que se vislumbró la venida de los espíritus libres. Los espíritus libres evocan a Zaratustra por sus cátedras radicales, desprovistas de fanatismo, inmorales y malvadas.
A pesar de que Nietzsche escribió su Ley a partir de “Guerra a muerte contra el vicio: el vicio es el cristianismo”, lo cierto es la lucha general contra la decadencia. Para seguir el proyecto haremos una fiesta dionisiaca.

Mi propuesta: el Día de la Nada.
Una reunión dionisiaca de espíritus libres, en honor a los valores superiores griegos, en cualquier parte del mundo este 29 de septiembre de 2015. Quedan excluidos los espíritus decadentes, los viciosos y unilaterales; también los fanáticos y los pertenecientes a grupos sociales que sostengan el pesimismo; así como todos aquellos que al ver un aforismo de Nietzsche se sintieron sacudidos y abandonaron el proyecto; aquellos que no pueden viajar solos y aquellos que han malinterpretado su filosofía (incluso si se tratara de artistas, escritores, doctos y longevos); en fin, aquellos que sufren de ineptitud intelectual, muy a pesar de sus títulos e influencias.
A este día, 29 de septiembre, lo llamaremos el Día de la Nada. Día de la Nada porque hasta los últimos segundos de esa jornada el nihilismo será suspendido. El nihilismo, bastardo de la filosofía, consejero de todos los valores decadentes, será destruido en la renovación del ciclo para el nuevo año 127: 30 de septiembre de 2015.
El 30 de septiembre rememoramos el nacimiento del nuevo día, como el de Zaratustra al resurgir de las montañas. Deberá buscarse, a toda costa, romper con el eterno retorno: cada año deberá ser distinto y conseguir en vida que la transmutación de los valores sostenga y procure los nuevos valores que deberán establecerse como el único ambiente posible para el nacimiento de los espíritus libres.
Hemos dejado pasar más de cien años hasta ahora. Es hora de que todos sepan que “Dios ha muerto y nosotros lo hemos matado”. Por consiguiente: deberíamos estar a la altura de los dioses para desarrollar una verdadera Voluntad de Poder.
En el próximo Día de la Nada publicaré en este mismo espacio una Declaración para quienes tienen el privilegio de festejar el nuevo año 127.

Mario Note Valencia
La Cultura Efímera
Alcuzahue, Colima a 18 de septiembre del año 126


lunes, 14 de septiembre de 2015

Un solo rostro para una fiesta patria

por Mario Note Valencia


Vemos a Miguel Hidalgo cada vez que nos llega un billete de mil pesos o cada que se acerca el 16 de septiembre. El Banco de México eliminó hace años el billete de diez pesos que tenía a Emiliano Zapata, y no conforme con el desplazamiento de los rostros heroicos entre los bolsillos de los mexicanos, sustituyó a Ignacio Zaragoza por los simples monigotes de Diego Rivera y Frida Kahlo en los ahora ya decadentes billetes de 500.

En los de cien pesos convino poner a Nezahualcóyotl, supongo, porque seguramente es de contexto prehispánico y porque acaso poco importa si hubo un acto subversivo en su vida que haya llevado al cauce una revolución de los sistemas. En otras palabras, así el Poeta de Texcoco como Sor Juana, en el billete de 200 pesos, neutralizan la imagen de la revolución, el cambio; en los de cincuenta vemos a un José María Morelos consternado, exiliado y fucsia; y en los de veinte, sin benemérito, al azulado Benito Juárez, también devaluado en pesos y en sus conmemoraciones: sus recuerdos son ahogados por los desfiles carnavalescos de primavera.

El Estado Mexicano (esto es: la estructura socioeconómica dirigida por el Gobierno Federal y sus compinches) opera perfectamente porque permea su poder hegemónico a través de su inclusión de ideologías en las producciones culturales de cualquier medio que persiga sus intereses (radio, televisión, periódicos, revistas, etc.); su poder consiste en homogeneizar al pueblo, hacerlo, pues, un mismo público, un mismo rostro. Los capitalistas acusan a los proyectos comunistas con la débil fundamentación de que, en sus procesos históricos, homogenizaron al pueblo con un mismo color, pero lo que no acusan son los múltiples estereotipos en los que un capitalista común y corriente se  mueve y que los hace parecerse tanto al rebaño de ovejas tiernas e inofensivas.

El Estado represor se entera de que ha hecho su tarea de homogeneización si los niveles de rating televisivos siguen en aumento y, aún más, si el Tonayán (chocón) se vende todavía como una simple moda entre los jóvenes pubertos y sus malos gustos por las aguas locas. O no hay dinero, o cuesta tan poco llegar a la estupidez. Si los adolescentes no se enteran que el Tonayán entumece más rápido por su baja calidad etílica, mucho menos entenderán que se trata de una estrategia del Estado (el mismo Gobierno que los hace romperse la espalda trabajando como esclavos) para neutralizar su rebeldía auténtica. Si no es con el alcohol, habrá otros medios para entumecer a los inconformes con su vida social: la televisión, la libre conexión a Internet y las escuelas públicas.

Otro indicador sobre un pueblo homogeneizado en México se puede detectar cada 15 de septiembre durante el festejo del Grito de Independencia. Pocos de los gritones que asisten saben que sólo fue el inicio y que duró hasta 1821, que derramó sangre y que cobró la cabeza del mismo Miguel Hidalgo antes de ver a México emancipado de la corona española. Pocos saben que fue la Iglesia Católica, en tiempos de Benito Juárez, que deseó a sangre y fe volver a traer un imperio, que fue la Iglesia la que trataba al pueblo como esclavos muy a pesar de la conquista iniciada con los Insurgentes. Lo mismo sucede casi con todos los movimientos actuales. Estoy seguro que el 90% de los mexicanos, que abren la boca para denunciar, sabe que el Gobierno está haciendo un daño, pero pocos, tan sólo el 5 o 10 por ciento sabe cómo y con qué instrumentos.

El Gobierno, es decir, el Estado Mexicano, espera que el simple mexicano, sin rostro, se ría amargamente con el farsante y payaso de Brozo o con el dos veces decadente Mario Moreno Cantinflas. Uno y otro actualmente son más nocivos que cualquier telenovela de televisión abierta. Escucharlos, y decir a alguien más que los vea y los escuche es como mandarlos al matadero intelectual. Ellos mismos, las ovejas del rebaño que irán a gritar ¡Viva México!, dijeron hace tiempo que no votar en las elecciones iba en contra de la democracia, sin tomar en cuenta que en nuestro contexto histórico-cultural “la democracia” no consiste en ejercer el voto, sino en escudriñarlo hasta el fondo y darse cuenta de que en México “la libertad” y el derecho a elegir están repartidos de acuerdo a instrumentos de poder, cuyas reglas del juego están determinadas por clases políticas corruptas. Nada de que “votemos por el menos malo”, eso también es neutralizar el problema esencial: la necesidad de cambio.

Vladimir Lenin sabía, a inicios del siglo XX en lo que hoy es Rusia, que la Revolución debía ser radical y no transitoria. Durante muchos años de represión, la clase obrera había resistido atropellos en su proyecto del cambio, un cambio no buscado por el sueño utópico, sino por las necesidades reales y concretas del pueblo; sólo una cosa los hizo derrocar 300 años de dinastía absolutista: la dirección intelectual y la puesta en práctica de la filosofía marxista.

Esto no lo entenderán, por supuesto, los borregos rebeldes que balan mientras se llenan la boca de pasto, mientras pintan sus rostros y greñas de verde, blanco y rojo. Ya lo dice el mismo pueblo: no se puede chiflar y comer pinole. Habrá que dar una pausa, entonces, detenerse a pensar rigurosamente antes de poner en acción las ideas.

Más importante: habrá que dar muerte simbólica a los productos culturales inadecuados, a los personajes “típicos” que hacen síntesis psicológicas del supuesto mexicano para neutralizar conflictos verdaderos. Apagar la televisión significaría, en muchos casos, la apertura a la reflexión, al autocuestionamiento. En la televisión y el cine se reproducen los signos culturales reconocidos por el común entendimiento de una sociedad determinada, por eso mi llamado es para dejar de seguir el estereotipo del mexicano patriótico, ése que no tiene rostro, ése que se conforma todos los lunes y alude a la bandera como su única redentora. Ya no necesitamos más Niños que se hagan los Héroes, no necesitamos que tomen el impulso improvisado y fracasen.


El festejo del Grito de Independencia en México se ha convertido en ritual, por eso mismo no se cuestiona. ¿Tendrá algún sentido? ¿Valdrá la pena preguntárselo? Aquí respondo a la segunda pregunta, y sobre la primera la dejo como tarea abierta. ¿Esperaremos otro año de lo mismo? ¿De lo cotidiano?

jueves, 20 de agosto de 2015

Los hijos no tienen cabida en el calendario

por Mario Note Valencia


Los hijos no tienen cabida en el calendario, porque incluso el Día Internacional del Hijo, destinado al 1° de enero, es menguado en importancia por el ya tradicional Recalentado, quiero decir: Año Nuevo. De la novedad a lo aparente, hablo por los hijos que, por mayores, no festejan el Día del Niño ni tienen motivos para festejarse el Día del Padre; tampoco se hable del Día del Amor, del que por cierto no tengo problemas si soy florero o vendedor de globos decorativos, pero, en realidad, y poniendo los pies sobre asfalto caliente, si el hijo es sólo un hijo, y no trabaja, no es profesor, no festeja el día de la secretaria, en dado caso de que sea mujer, o el día del trabajo, o no recibe honorarios por su cumplimiento laboral, o bien no se le festeje cada vez que hay reparto de utilidades, entonces el hijo será sólo "el hijo" circunnavegando en las cavidades de los múltiples festejos que figuran en el calendario gregoriano.

Todavía con el papa Gregorio XIII se compuso el calendario oficial incrementando diez días desfasados por aquellos tiempos del siglo XVI, arreglo que sacó de quicio, o mejor dicho de tiempo, a sus coetáneos feligreses, pero quienes también, lo mismo que los navegantes de los mares cuando incrementaron el almanaque de figuras en el cielo para guiarse con su delirio de estrellas, condujo a que los acontecimientos históricos ofrecieran una chispa, su ius belli comercial, para marcar un sinfín de festejos "positivos" que hasta el día de hoy se congratulan con bien o mal postura hedonista y, al mismo tiempo, estoicismo del gasto por el gusto (o al revés).

Como sea, cuando no es el día de la madre, llega el padre, y luego los abuelos, pasando por el día de la internet y el día del estudiante. El día del hijo, así desnudo de cualquier atributo social, no se instaura todavía ni las empresas de marketing encuentran una excusa para guerrear con estereotipos y crear necesidades inexistentes (por aquello de que la psicología inversa actúa bajo el pretexto de que lo que no se tiene, más se desea).

No hay lugar para el hijo esencial, como si fuera poco venir al mundo en donde nadie los ha llamado "con su permiso" (y hablo por aquellos vagabundos que no tienen festejo más que su viernes social decadente o su cumpleaños para nada novedoso). Todos los años son lo mismo. Pero eso sí, quizá los hijos, por lo que son, representan una excusa para salvar el matrimonio o para terminar esas tres grandes tareas que por mucho en la colectividad han desplazado a las tres preguntas fundamentales de la filosofía: plantar un árbol, escribir un libro y engendrar un niño.

Veo con cierta ternura los casos de embarazos no deseados o, dicho de otra manera, mal planeados y acarreados en donde nadie los esperaba. Cómo esperar a que el embarazo se perpetre en una situación incómoda entre jóvenes que dijeron: "Ya que suceda, vemos qué hacemos, no te preocupes", o más astutos: "Vamos con mis padres a vivir en mi cuartito". Lo veo con ternura porque la tarea de los tres fines vitales, sin proponérselo, están casi cumplidas, y es bien visto por la sociedad "sentar cabeza" (si acaso eso significa enterrar como avestruz la lucidez intelectiva o cerrar los ojos para achacarse en algo que en realidad no se deseaba). Ahí cuento a todos mis conocidos que mutilaron sus sueños por un trabajo "estable" y por la aceptación de la premura paternalista.

Nadie que sea precavido, o simplemente capaz de atisbar el mundo como se le mira a una máquina industrial que reduce esfuerzos musculares pero da la posibilidad al patrón de reducir los sueldos, podría dejar el erotismo por la simple cobertura de la sexualidad instintiva. Entonces corrijo: los embarazos no deseados deberían ponerse en la categoría de actos puros y salvajes. Pero no así incrimino a todos, porque las instituciones de salud deberían dejarse de engañar por los hechos: bien pudo ser que los múltiples métodos anticonceptivos hayan errado en la ígnea elaboración de su práctica.

Desconfío de los condones en cuyas cajas en las que se venden, la empresa dadora de no dar hijos se vanaglorie porque cada condón ha sido probado electrónicamente, entonces ¿si ya fueron probados, aunque sea virtualmente, para qué encomendarse a la tecnología? Entendería, por otro lado, si mi resolución forma parte de la inherente anfibología de los mensajes. Pero no se engañen, que no creo para nada en el otro absoluto, por eterno e improbable, por quitarnos el sueño y dejar a uno y a la otra con los vientres adoloridos, objeto de filósofos posmodernos, casi bofetada al intelecto, que reza (porque es puritano) "la abstinencia es el mejor anticonceptivo", o que en otras palabras diría: "no saques la lengua sobre lo que no tenga que ver con la boca", porque la otra parte son las infecciones venéreas, aunque la higiene, ángel que salva de las pestes, diría que no hay nada que el agua no limpie, que la pasta dental no excluya ni disemine.


Si no fuera motivo de escrutinio, los hijos como simples hijos no tendrían por qué rasgarse los sesos al tener que comprobar que, efectivamente, no hay cabida para ellos en el devenir de los festejos calendarizados. Tanto trabajo cuesta no ser huérfano a los dos años y también en el adolecer de la adolescencia, pues ¿quién es el que mora en los escaparates del mercado buscando un pequeño regalo para el día de la Madre, el día del Padre y para el día de los enamorados? El hijo, así sin más. Me parece que el hijo per se necesita un día en el que recibiendo algún festejo en su nombre cierre el círculo de dar y recibir, a menos que ya le hayan dado demasiado, como heredarle estudio, pero sin dejar notar entonces que a los padres, no por llegar su día, se les festejen las fechorías que hacen el resto del año; entonces, socialismo en praxis: si no hay festejo para el hijo, no hay festejo para nadie. No incluyamos ya, el hecho de que, siendo hijo, se tenga que ser hermano, primo, nieto, bastardo. Propongo que, lo mismo, haya un Día del Reo: alguien debe poner el ejemplo. 

lunes, 17 de agosto de 2015

Sobre los servicios de streaming

por Rafael Frank


El 30 de abril, Grooveshark (GS) cerró sus puertas al público; si intentabas enlazarte al sitio web únicamente veías el comunicado donde exponían sus motivos, a los cuales podíamos anticiparnos: problemas con los derechos de autor. La noticia parecía dar un paso atrás en las innovaciones de la distribución musical donde GS había participado en gran medida, y que fue uno de los principales temas que trató su fundador en una conferencia durante la Feria Internacional de la Música-Guadalajara 2012.

Desde ese año Grooveshark enfrentaba denuncias que las grandes disqueras habían hecho en su contra. Mientras tanto, Spotify reforzaba sus contratos con las empresas productoras. Ambos servicios que se ofrecían eran distintos: en Spotify sólo estaban los álbumes o canciones aprobadas por los artistas y su contrato; en cambio, Grooveshark representaba una plataforma más libre, donde los usuarios con cuenta registrada podían subir a la red todo el material que tuvieran a la mano.

Previo al cierre de GS, en el mercado musical se preparaba un movimiento fuerte: Apple arrancaría su servicio de difusión musical (streaming). Detrás de los anuncios donde Apple pretendía cambiar el mundo del streaming, sus contratos presionaban a las agencias disqueras para negar sus firmas con Spotify si éste último seguía manteniendo las cuentas de usuario free (hasta ahora este tipo de registro no desaparece entre los servicios que ofrece Spotify).

Apple Music abrió justo un mes después de la clausura de Grooveshark. ¿Cuál es el asunto aquí? Las grandes compañías siguen tomando el control y limitando a los usuarios. Uno de los problemas consiste en que toda la producción musical necesita oficializarse desde estas plataformas, incluyendo las producciones más independientes.

En el debate sobre la defensa de medios de distribución más libres, muchos han argumentado que este tipo de streaming colabora al desarrollo de los artistas y les ayuda a continuar con sus creaciones. Vil Mentira. La aportación monetaria que tanto alegan esos argumentos apenas llega a los músicos por una cantidad ridícula, menor incluso a las ganancias que se obtienen de la venta de discos o merchandising. Sin embargo, esto lo tenemos claro: para colaborar directamente con el artista es preferible tenerlo de frente en un concierto y pagar la entrada, no tener la vaga ilusión de los intermediaros benevolentes.

Algo como lo anterior sucedió con Taylor Swift al iniciar Apple Music. La empresa no planeaba pagar a los artistas durante los tres meses de prueba que otorgarían a los primeros usuarios; casi por arte de magia Apple se tentó el corazón cuando la chica rubia publicó una carta a favor de los desprotegidos. ¿Qué significa esto? Estrategia de mercado. Recordemos que Swift se retiró de Spotify. Así, nuevamente Apple estaba en el corazón de todos y el dinero de los usuarios en los bolsillos de la empresa, no de los artistas.


Finalmente, ¿qué sucederá en la industria del streaming? Soportaremos comerciales en Spotify y pagaremos el Apple Music. Aun así, existe otra alternativa, su nombre es Audiosplitter, el hermano menor de Grooveshark; de momento este sitio permite la importación de los playlists que tenías guardados en GS, el proceso es lento pero efectivo, también estaremos a salvo de la publicidad ofensiva. El registro de Audiosplitter es del año en curso, así que deberemos esperar un poco a que la base de datos se llene tanto como la que antes disfrutamos. Bienvenido sea este hermano menor de Grooveshark.