jueves, 11 de febrero de 2016

Rituales mágicos para el amor (o cómo perder el tiempo)

por Mario Note Valencia


Me pasa como a Michael Corleone en El Padrino III: cuando quiero salir de la maldad, me vuelven a meter. ¿Usted también los quiere muertos? Porque eso no sucederá. Sin embargo, tome estas recetas mágicas para pasar el tiempo y arrancarle a Pandora, de una vez por todas, la esperanza que dejó atrapada en el borde de su caja.

En más de una ocasión, hace tiempo, me dijeron que había sido embrujado. Según los síntomas, soñar a diario con el pasado, estar tan ansioso como para enterrarle una mina a la noche (cavadora de ojos dice Neruda), pensar por ningún motivo aparente en la otra persona que ya no he visto, en fin, me encontraba en medio de un hechizo que traveseé en secreto y desvelado. Tecomán, la provincia en la que vivo, es conocida por tener a los mejores adivinos y las brujas más perspicaces. Si le contara y dijera nombres, mañana mismo amanecería muerto, o vivo (que es todavía peor). Nunca he recurrido a sus servicios mágicos, porque no creo, pero me he visto inmiscuido en mundos desfigurados por remedios, recetas, rituales y muertos que hablan a través del agua.

Una amiga me relata las peripecias por las que pasa uno de sus compañeros de trabajo: a diario, cuenta, los sueños no lo dejan descansar porque aparece la imagen de su indeseable expareja y dice que a veces pierde la conciencia y que, cuando la recupera, se encuentra enfrente de la antigua casa donde vivían juntos. Cuenta también que fue a ver a una bruja (oriunda de Tecomán) y le reveló que su expareja lo tenía en un embrujo que podía llevarlo a la locura. Desde ese día al presente no ha hecho caso, pero poco a poco dobla las manos (aunque él no crea en supersticiones) porque su situación mental se ha agravado.

De mi parte diré que salí del hechizo por cuenta propia. Ahora mismo, mi grado de científico y materialista aristotélico me han hecho ignorar funcionamientos mágicos. Pero, señor, ¡el mundo en Tecomán está completamente loco! Soy profesor y muchas veces he sido escucha de situaciones paranormales entre mis efímeros estudiantes. Incontables historias que llegan a mi oído, como si provinieran de cuentos literarios. Aquí yo no necesito leer realismo mágico, aquí todo sigue pasando en pleno siglo XXI.

Mi maldad me dice que debo mostrar lo que sé de estas cosas sólo en el ámbito del amor. Se trata de una venganza no menos locuaz que la idea de estar embrujado. Sugiero discreción y que los niños se alejen de la lectura. No me hago responsable de cualquier estupidez que usted desate en su relación. Aquí, en Tecomán, los muertos respiran por las heridas: ¡yo mismo los he visto quejarse en las noches!

Presento los rituales más comunes para hechizar al amor que no le corresponde:

1. Toloache: Consiste en uno de los métodos más tradicionales para que el amor dependa de su presencia. Del náhuatl toloatzin que significa “cabeza inclinada”. El toloache es una serie de plantas que tienen en común provocar delirios una vez que se infusiona. Aunque en un principio era utilizada para otros fines, hoy día se dice “le dieron toloache” para referirse a una persona que, de la noche a la mañana, se ha convertido en un ser voluble y dócil a su pareja (por no decir que le pusieron el mandil).
En la vida social nunca se comprueba, sólo se dice. La persona a la que le dan de beber esta planta, sin que se entere por supuesto, pasa más tiempo en casa y atiende con gran portento el ámbito hogareño.
Sólo hay una advertencia de los brujos: “el toloache amansa, pero también amensa”. La locura, pues, puede ser inducida en grandes dosis de esta planta.

2. Calzón: Oh, sí, una prenda hala más que mil caballos. Pero va más allá de eso. En este caso la mujer debe coser comida metiendo su ropa interior usada y dársela a su prometido. Se tiene por contado que el hombre caiga enamorado de su mujer y no tenga ojos para otra persona. De ahí la frase “le dieron calzón”.
Me ha tocado estar presente en una preparación, secreta e imprevista, y con esa vez me bastó para creer en las múltiples historias que han llegado a mis oídos (no en su efectividad, sino en su fenómeno).
Tiene las ventajas del toloache; aunque, si con las hierbas se induce a la locura mental, con ésta, no sé, supongo, a una infección estomacal.

3. Menstruación: (Salte este método si no quiere leer asuntos tabú). En tercer lugar, aunque discutible con el segundo, tiene que ver con la menstruación. De aquí no tengo duda en lo asqueroso que puede llegar a ser combinar una cosa, ésta cosa, con la comida. Como el calzón, los alimentos deben prepararse con el flujo en el día más fértil del periodo.
No tengo escrúpulos con respecto a la sustancia, común en el desarrollo humano, pero sí con ingerirla en mi plato de sopa de coditos. Aunque, debo informar, varios rituales orientales contemplan la ingesta del periodo como ganancia de fuerza viril en el hombre. Pero esto no es nada, tengo un arsenal de cosas puercas (según dicta la tradición occidental) que mejor me reservo para una conversación de cantina.
¿Efectividad? Vaya usté a saber. En pequeñas entrevistas improvisadas, al menos cuatro informantes femeninas de aquí, Tecomán, lo han hecho y juran haber obtenido los cambios esperados. Y esto no es del todo cierto: una de ellas acaba de separarse, lo que me hace pensar si los rituales deben efectuarse regularmente para que funcionen.
Lo curioso es que este tipo de “amarre” puede ser utilizado también en mal y perjuicio de una pareja, es decir: que una mujer quiera deshacer una relación y el hombre embrujado salga corriendo un día antes de la boda.

4. Moler uñas: Este ritual me encanta porque es sencillo e igual de loco que los anteriores. ¿Que si lo he hecho? Para nada. (¿O sí?). (Cara de sospecha). Se deben cortar al menos dos uñas limpias y bien lavadas, y después molerlas (en un molcajete, por ejemplo) hasta que se hagan polvo. Se disuelven como azúcar en cualquier bebida, incluso agua natural, que le vaya a ofrecer a su presa, la persona de la que está enamorada y desea sus servicios amorosos.
No cuento con informantes de este método. Lo conocí por error mientras revisaba la programación matinal en la televisión por cable. Ojos que no ven, estómago que no resiente.

Hasta aquí, los rituales mencionados son conocidos como “amarres por la boca”. Ahora presento otra muestra de rituales inofensivos.

5. Repetir su nombre antes de dormir: Éste me lo enseñaron en la escuela secundaria. Se trata de mencionar el nombre de la persona tantas veces como sea posible antes de dormir. Como una invocación, un mantra. Uno, al final, termina dormido, no se sabe si por aburrimiento o porque es similar a contar ovejitas. No hay efectividad segura, a lo sumo cubre las horas que podrían desperdiciarse en otra cosa y reafirma que, por amor adolescente, podemos desvelarnos. No tengo idea si contraje secuelas por creer en esto, que actualmente en sueños, suelo decir nombres de mujeres, amigas y demonios.

6. El nombre en el azúcar y el cigarro: Usted pone azúcar en un platito y en medio pone de cabeza un cigarro con el nombre de la persona escrito en el papel que envuelve la molienda del tabaco. Debe custodiar su ofrenda por aquello de las hormigas y las ratas, durante varios días. Si no funciona, recuerde que siempre cabe la posibilidad de salir a la calle. (Este ritual lo leí en un libro, hace muchísimo cuando los dulces a veces venían dentro de paquetes en forma de cajetillas y aparecía el hombre Marlboro, montando a caballo, en los comerciales de televisión abierta).

7. Decidirse por uno, una: No es un método de amarre, pero sí una técnica para decidirse por una persona como si fueran cartas de garito. Digamos que usted no puede decidirse entre tres personas. ¿No le ha pasado? Pues imagínese.
Según el ritual debe escribir el nombre de estas tres personas en pequeños papelitos. A cada nombre le corresponde un papel. Debe doblarlos y no saber qué papel contiene cada nombre. Una vez que lo haga, ponga un papel debajo de su almohada, otro en cualquier parte de la habitación y el último en la ventana.
Después de breves minutos revise los nombres. El nombre de la persona debajo de su almohada es la que debe elegir como la mejor y la más conveniente; el otro nombre dentro de la habitación corresponde a la persona con quien puede tener una buena relación pero sin futuro (toma eso, Albert Einstein); y el que aparezca en la ventana, pobre, ¡es la persona que no lo quiere y sólo le traerá problemas!
Ya ve, por andar de ojo alegre.

Fin de los rituales.

Yo nomás digo. Si nada de esto funciona, haga como don Corleone: “le haré una oferta que no podrá rechazar”. Aunque en el amor no se manda. Incluso hay brujos que mantienen una ética, la de no realizar amarres, porque creen en el amor auténtico. Ellos pueden sacar al diablo de la casa, maldecir eternamente la estirpe de una familia, pero jamás, escúcheme bien, se prestarían para juegos sucios en el amor.

Y frente a todo esto, me relajo. No hay mejor embrujo que el sencillo hechizo del amor por sí mismo. Sentirnos hechizados, a eso me refiero. Entonces conserve su ropa interior, no se coma las uñas y evite dejar al azar la elección amorosa. Todos los vicios que van a la boca se curan con besos. ¿No me cree? Usté acérquese y le daré una bofetada.

"Mujer de Magia Negra" – Carlos Santana





miércoles, 10 de febrero de 2016

El combustible del amor

por Mario Note Valencia


Pongamos las palabras, como frutas, en el banquete
(homenaje a Platón)

Del amor diré pocas palabras. Creo que puedo hablar del amor, como he aprendido a hablar de la muerte: digo algo sin decir nada, porque nunca es suficiente lo que sé, visto, probado, y ninguna verbalización todavía me convence en lo absoluto. Y eso está muy bien. La infancia y la vejez no son benignas para la memoria, enseñó Aristóteles. Soy joven, un fuego, como tú, irresoluto. Temo sin pena que nunca lo sabré, me defiendo con un filósofo cuando asegura que “lo que realmente es grandioso e importante no tiene cabida en las palabras”. No puedo negar su existencia, la Historia tiene una retahíla de rellanos en los que la humanidad se ha recargado para configurar esa otra fuerza que se llama libido (deseo y pulsión, fuerza y vida). Tanto se habla del amor, como de la muerte. Mis dedos, ahora mismo, disparan hacia muchas direcciones; trataré de retenerlos para esta ocasión.

Podemos hablar del amor apenas por sus consecuencias. Un abrazo es una consecuencia de la causa: el amor. Lo mismo un beso, un atajo abierto entre la piel. La causa es el amor. Bien, pero ¿qué es el amor? Podríamos hablar como ese método interesante en que descartamos las cosas que no son de lo que es. Pero si hablamos de consecuencias, suponemos que hay experiencia cognitiva, empírica, esencialmente vital. ¿Qué recuperamos de esas experiencias? Impresiones, apariencias, intelecciones, resonancias.

Sospecho que el amor nunca será arrancado por el humano inteligiblemente de su podio universal, es decir, que sea como el concepto de humanidad que puede ser reconocido en un individuo y aun así no es posible reducirlo a una muestra de afección común, natural. Un tiempo mortal. Lo que siempre es bueno, supongamos, aprehendido en su actualidad (cuando la potencia se vuelve acto creador) poco importa qué nombre tenga o cuánto se demore en desaparecer (de aquí son los amadores que desean evaporarse en el instante –y si encuentran cómo hacerlo para siempre, díganme).

Lo que expongo es, en definitiva, la imposibilidad de hablar del amor alrededor de sí o desde adentro. Yo me acuerdo y olvido del mundo cuando estoy entre tu piel. Irrumpimos en el mundo con la ciudad de los abrazos. Uso un abrigo en tiempos de frío para acordarme de ti. La única que lo sabe todo es la libélula que se inmola en el fuego de una vela. Somos palomillas que siguen ciegas la luz de las lámparas. Y eso está muy bien. Como si quisiéramos renunciar al pasado y a las expectativas, ése es el amor auténtico. Nadie que sepa y haya estado dentro ha sabido describirlo; no han bastado los cien mejores libros de poesía y filosofía para entenderlo un poco y para siempre. Es una paradoja, como el infinito. Accedemos, escribe Octavio Paz, a esa porción de infinito que nos pertenece. Quizá por eso, en el delirio, decimos “eres mi diosa, sin tiempo, eterna…”. Propongo una religión del Amor.

Invitación al deseo,
combustible del amor

Hay un amor para cada loco en este pequeño planeta. Hay cada tipo locura para los que ya están enamorados. Fall in love, que no es lo mismo caerse de amor o derrocharlo. Fit as a fiddle, nos recuerda Cabrera Infante, and ready for love, ready for love. ¡Listos para la fiesta! Desde las llaves del sax te escribo I groove, and sing, and swing, you, you, youuu (grave, gravísimo, denso y ligero, como el amor).

De nada sirve saber que el piano cuenta con 88 teclas, o que el tablero de ajedrez tiene un ocho por ocho de cuadros, si no se entra al juego, si ni siquiera se toca por error. Tendremos que morir como el gato: por curiosidad. Lo mismo pasa con el conocimiento: es poco útil memorizar el plano de la ciudad si nunca se camina por sus calles, si nunca levantamos ese mapa a la medida de nuestra experiencia, acorde al asombro y la mirada que despega en infinitas posibilidades de conocerla.

Así con el amor y sus manifestaciones. Aunque existan exquisitos códigos de amor, maneras de reconocer y nombrar los tipos de abrazos y de besos, o la ciencia del cerebro alegue que todo se trata de un efecto psicológico y eléctrico a nivel neuronal, la realidad de la experiencia amorosa es irresoluta y nunca gasta los versos de la poesía. Bien se dice que es necesario acoplar saber con sabor.

La estela de un cometa, eso es el deseo. Imposible de diagnosticar, imposible de cuantificarlo sin otros aparatos más que el pulso del corazón y la conciencia. Y en todo lo que dura, no se parpadea, porque dura menos que un segundo: terrible indulgencia de los enamorados que no descansan y pasan sus noches en vela, con los ojos abiertos, con el miedo de que el jugoso dolor (que no es dolor común) desaparezca con el agua de los sueños en una noche. Y lo que dura, cuando madura y estalla, partiéndose en fríos pedazos de tierra estelar, se alcanza a “pedir un deseo”. Es una estrella fugaz, pero no es un sol. Podemos recoger, como el amor, los restos de ese magnetismo una vez que han caído en el patio y la lluvia las filtra… Con un imán las llamamos entre el otro polvo antes de que se vayan por las rendijas de la cloaca.

El deseo no se manda, sólo se desboca. No hay más. El deseo es pretensión de amor para consumirse, de ahí la búsqueda errática. Transfigura las cosas, nos engaña, pero nos hace viajar por terrenos incógnitos. Nos hace cruzar las sombras como a través de puertas infinitas. Hacer caso al deseo es entregarse a los periplos del aire, aceptar los desvaríos, cultivar un amor también igual de fugaz que el agua y el aire, antes de que se vuelvan tierra y fuego. Pero cuando aparece y se corresponde, lo único que queda no es menos pasional que ir tras su origen: se trata de ganar todos los días el jardín que nos pertenece, pero sin seguridad del para siempre. No por tenerla una vez a esa persona se tiene para siempre. Es agua, explica Ruy Sánchez, que si se aprieta en la palma escapa mucho más rápido que en su huida natural. Una hora, un día, una semana, incluso un mes o diez, noventa años, eso dura el deseo. Nadie sabe. Spinetta cantó a propósito: “Necesito verte ahora, porque no decido entre el mar y la arena”.

Si el deseo escapa, no perdura un amor por la vida misma, de vivir por vivir, consumiéndose en el mundo. El deseo permite el amor en su más entera esencia: búsqueda y reencuentro, obra y expectativa. No son contrarios ni extremos, sólo unidad, numéricamente infinitos como la geometría. Estar conscientes del deseo, asegura fiebres y ansiedades, a veces quita vidas, en otras desata guerras y, con suerte, construye palacios. La mejor de las veces hace de un ser humano una potencia, hacedor de cosas, inteligencia y creatividad. Al enamorado le sucede una coraza. Goethe alguna vez dedujo que “da más fuerza saberse amado que saberse fuerte: la certeza del amor, cuando existe, nos hace invulnerables”.


jueves, 4 de febrero de 2016

El muerto al Karma y el vivo al bollo

por Mario Note Valencia


“única patria en la que creo,
única puerta al infinito”
Cuerpo, Octavio Paz

Sólo porque Joaquín Sabina cantó que hay más de cien mentiras en el mundo que valen la pena, no me cortaré de un tajo las venas ni me salvaré para la otra vida. Suponiendo que existe una vida después de ésta, y no me refiero a la muerte, sino aquella que dice reencarnarnos en otra cosa, animal o, para nuestra fortuna (au revoir, Buda / aufidersen, Krishna) en otra persona, estamos condenados al eterno retorno.

Es curioso que quienes confían en la reencarnación la evitan a toda costa, mediante ritos de libación y purificación anímicas, pues para ellos el infierno es nada menos que este mundo. Anulación del yo, de la vitalidad, para morir tranquilos, sin pena ni gloria, morir y nada más, para ver si a un dios se le ocurre que, por portarnos enteramente bien de acuerdo a su escala de valores, no nos devuelva a la Tierra y nos acoja para siempre, nimbados de laureles invisibles. Sólo acaso hay algo de interesante en la religión secreta que enfundan los tántricos en oriente cuya unión carnal, también anulación del yo a partir del placer sexual, es un “anticipo” de lo que nos espera en el otro mundo. En parte budistas, en parte hinduistas, los adeptos al Tantra nos han hecho llegar a voces, jadeos amatorios, la realidad jugosa de saberse dioses en la tierra: “Dios era uno –cuentan– pero tuvo que inventarse a otro para llegar al goce”.

La apariencia de la reencarnación, como la de un cielo y un infierno, sujetan al ser a conductas normadas y normativas, por el miedo que suscita el juicio después de la muerte. Un juguete tóxico es el karma: lo que ya debes y otros no han cumplido, lo que cargas nada más porque sí de tus vidas pasadas.

Siguiendo la lógica de la Reencarnación, nosotros debimos haber estado ya desde los orígenes del tiempo, en el cuerpo del gran Gengis Kan o vendido como esclavo en Roma. Será mejor que nuestro padre haya sido Julio César y no Cristo. O, por qué no, a lo mejor fuimos Mahoma, Rama, María Magdalena, Doña Perfecta, la entrañable Odette de Swann o Swann mismo. Aunque la mayoría de los creyentes prefieren no haber sido Nerón o Napoleón, porque piensan que su culpa a limpiar sería enorme y no les alcanzaría una vida humana para la esperada expiación. En fin, esto nos pone en algo que no cuadra: el número de humanos que han poblado la Tierra ha crecido en los últimos 500 años que parece absurdo, como muchas otras cosas que no entendemos de los dioses, enviar más vidas originales (sin karma, sin vida pasada) para hacerlos desvivirse en este infierno florido.

El error y el pecado son ideas humanas, igual que los mitos y las leyendas, imaginación y deseo por entender lo que pasa; aceptar el pecado es una actitud reducida, egocéntrica, aislada, porque la simple búsqueda por la autenticidad del ser, cuya única rectora es la Filosofía, ya presupone un cuidado entre el Uno y la otredad. En dado caso, Sophia, la sabiduría, sería la única deidad sin ataduras ni intereses ambiguos, ni siquiera con imagen humana, credos, sacrificios o veladoras para un altar. Eso me lleva a buscar, como José Saramago, la dimensión humana de los seres que se dijeron y contaron divinos. Imagino, como el portugués me contó en un libro, a José orinar en la mañana, salpicando el horizonte de un campo abierto, antes de fecundar a María; imagino así a Jesús adolescente repantigado en un pozo que haga de sanitario o a Mahoma escarbándose la nariz. Pero esto no debería alarmar, para nada. Incluso antes, los griegos, quienes dieron a Occidente, entre otras cosas, una manera de ver la divinidad (como la dicotomía de “cuerpo y alma” que adoptaron los cristianos) que les permitía soportar mejor el devenir humano y, entre chispas de luz y sombras, ser más sinceros: suponían que Zeus era igual de pasional y tramposo que cualquiera de los mortales (sólo que sin el peligro de la muerte). Envidias, celos, lujuria, soberbia, venganza, muerte atravesaron a los dioses en su ámbito sin tiempo, dividiéndonos a los humanos entre un decadente maniqueísmo, totalmente desprotegidos, a merced de sus caprichos.

Los aztecas resintieron la huida de Quetzalcóatl (por un error involuntario que cometió) y el fin de la espera a su regreso, acorazado en el cuerpo de los españoles; los mayas, según las antiguas leyendas del quiché, contaron cómo los primeros dioses, al vernos inteligentes después de varios intentos de creación, nos hicieron torpes, ciegos, con intelección limitada y corazón sensible. Capaces de amar, capaces de sacrificar por amor y benevolencia, agradecimiento por la vida. En la concepción cristiana Dios expulsó al hombre del Paraíso por desobedecer, e infundió el pecado original, el dolor de la madre al parir y el resentimiento del género masculino (semilla potencial del machismo); en cambio, los afanosos seguidores de la Cábala creen que fue el mismo hombre quien expulsó a Dios y por ese motivo buscan reconectarse con él, entablar conversación. Salvarse. Para los antiguos griegos, la maldad vino al mundo por aceptar la inteligencia, el fuego que robó Prometeo del Olimpo. En todos los mitos se cierne la creencia de que un bien no viene sin un mal a sus espaldas, creencia tan arraigada del pensamiento mágico en la que la suma de contrarios hace posible el movimiento.

Ya sé que toda fe consiste en cerrar los ojos y abrir el alma (signifique lo que tenga que significar), pero me parece que los predicadores empedernidos se lavan las manos muy fácilmente, usureros de la ley que le imponen a los niños cuando ya pueden hacer preguntas: “No cuestiones a tus mayores; no cuestiones a dios; no cuestiones el infinito”. Jugando con las emociones de los asistentes, la mayoría de los líderes espirituales reconoce que tienen cierta porción del mundo en sus manos si fraguan bien las mentiras o si comparten enérgico su ceguera, un halo de fantasía, patologías e indicios de esquizofrenia. Donde dicen tener fe, ven a Cristo en el reverso de una tortilla o en el culo indiferente de un perro (¡nunca sabrán de la pareidolia!). Frente aquello que no pueden entender anticipan la rodela de su magia, que nada cuesta, formada de hábitos constantes, repetidos, rituales. Bien decía un antiguo maestro de matemáticas: “Estudia diez veces la misma ecuación y terminarás aprendiendo el camino. Yo, por ejemplo, leí diez veces el credo y terminé creyendo en Dios”.

Blasfemo. La primera vez que escuché una blasfemia fue en la radio: “a Dios le pido que si me muero será de amor”. Era Juanes, en sus inicios, y me sentí un poco más relajado que en la provincia se escuchara un desafío en la que le piden a Dios (usando su nombre en vano) deseos carnales, deseos de adultos, pero que yo entendía, o creía entender. Me acuerdo que la sensación de tocar lo sacro y hacerles muecas a los santos se confirmó con una niña de primaria que se sentaba a mi lado y me cantaba esa canción la mayor parte de la clase. Se fue, como la Beatriz de Dante, para siempre, pero ésa es otra historia. Yo sólo dije, pero “decir es desear” escribe Ruy. Desire.  

¿Cómo reencarnar en el cuerpo del deseo? Supongo que en la vida pasada fui la corona de Carlota, la guillotina de María Antonieta, el hongo de María Sabina o la carnosidad de Mercedes Sosa. Fui cáustico, Maestro Limpio, Pinol y Suavitel libre enjuague. O fui un niño Dios, del nacimiento de tu abuela, fui el cáncer de una niña, el tumor que se extirpó del hombre cuando lo sacudieron en Cananea. (Ilumina y asombra el centelleo del disparo como el de una cámara fotográfica. Obtura el instante.) Fui el viento de Benito Juárez; es cierto, no le hice nada. Fui la orina de Miguel Hidalgo y después su aroma impregnado en los túneles de Guanajuato. O fui, Dios mediante, los cartuchos que lo fusilaron. Fui el fusil, la piedra, la fusta, la puerta y el fuego, los gritos, el error de Granaditas. O la concha de tu madre. Si no los clavos, fui el agua trocada en vino, Lázaro o el romano que devanó a Cristo. Grecia, Roma, Bizancio. La ola que acarició a Heráclito, la primera tragedia de Esquilo; fui el iceberg que hundió al Titanic, el fuego que consumió al Hindenburg, el que intentó asesinar a Francisco Fernando (maldita cápsula de ciunuro) y el cloro en las trincheras de la Primera Guerra. Fui Lenin, Trotsky y Stalin. Después la moneda de un capitalista nato. In God we trust. O más bien fui la última fuma del Che, la casa de campaña, la traición, La Higuera, Bolivia, 1967. El primer beso dado en la Tierra, eso fui.

Somos ciegos frente aquello a lo que no le prestamos la más mínima atención. O en otras palabras: corazón que no ve, se lo lleva la corriente. El amor es ciego, pero los vecinos no, corrigió Noel Clarisó. Enamorados del mundo, únanse. Pero nos gusta imaginar, ensoñar posibilidades. Son esas mentiras de ser otro, de parecernos a, de elucubrar dimensiones distintas a las impuestas por nuestra historicidad común y corriente. Las más grandes aventuras del arte iniciaron con un sueño, una idea, un desperfecto de la vida cotidiana. Todo discurso valioso para contemplarse en el Arte despega de una pregunta: ¿Qué haría el ser humano en determinadas circunstancias? Vemos a los héroes, castigados por el mundo, soportar los más grandes improperios.

Aun comprendiendo el azar, hay algo de atractivo en ser la mala calaña del pasado, un antihéroe, ser como Pito Pérez, borracho y pensador, o el Martín Fierro, que después de herido recogía sus tripas para seguir tirando a los cobardes en los morros insolados de la Pampa. Y aunque la historia contada por los burgueses condene, colme libros de Educación Pública con suposiciones y prejuicios morales, el único valor que sobrevive es la duración y causa de esa vida desaliñada. Para que dicha vida descomunal se cierna en los discursos del secreto a voces, lejos de la opinión caché y pública, lejos de los buenos modales, es necesario que demuestre una voluntad por la vida, en hacer y deshacerse, recrearse y obrar de acuerdo a valores únicos y superiores. Pero cada Pito Pérez en el mundo es un proyecto y, cuando no, un intento ahogado. Un sacrificio.

Pienso en Judas, en su traición, dirigida por el todopoderoso. Pienso en la prueba de fe que Dios encomendó a Abraham. En la resignación de Job, en las incertidumbres de Moisés. En Babel, Gomorra y las estatuas de sal. Pero más en Judas Iscariote. En el icónico musical de Broadway Jesus Christ Superstar (Jesucristo superestrella) vemos el momento en que Judas entrega a su maestro, convencido de que el hijo de dios en ese momento se comporta haragán y ciego. “Aceptaré, no vine por mi propia cuenta –canta Judas –, pero díganme que no seré maldito para siempre”. La historia se cuenta sola. Incluso así, el acto lo redime, acepta el extraño juego de los dioses.

Sólo porque el dios de los caballos debe ser un caballo y el de las moscas una mosca, guardamos correspondencia con la imagen que nos hacemos de los dioses y los extraterrestres. Las piedras callan, los ríos suenan; cuando te acercas y resuellas cerca de mi oreja, me cultivas en sueños de maldad, locura, amor y muerte. No tengas miedo. El tabú es un engendro del miedo que sentimos por imaginar lo repetido en otros cuerpos. Tabú puede ser que ahora mismo muera y regrese en el cuerpo de un joven, veinte años después, y así enamore a la hija del primer amor de mi vida, la que, suponiendo, no me ha olvidado. En dos cintas que traigo a la memoria, realizadas sobre este conflicto, los guionistas traicionan la tragedia humana, anulándolo: Señora, si atiende a su vida pasada ¿traicionaría a su hija para recuperar al amor que creía perdido para siempre, pero que la reencarnación hizo posible? Eso no lo responde el churro de The age of Adeline (2015).

Pero sí que hay otra, muy buena, del director Aki Kaurismaki: The man without a Past (2002, Un hombre sin pasado). Un golpe nos borra la memoria; se traduce en comenzar una vida nueva, con todo lo que implica, desde cero, sin moral, sin pasado, sin remordimientos, esto es: sin acomplejarse por el karma que ya no nos pertenece porque no tenemos conciencia de ello. Ciego el perro, se acaba la rabia. ¿Para qué, pues, revisar con los adivinos una supuesta vida pasada? Si fui la reina de Gran Bretaña a finales del XIX, supongo que no cobraré honorarios ni herencias ahora que soy un simple joven de provincia, viviendo al otro lado del mundo.

La conciencia nos hace responsables y nada más. Si olvido un daño hecho a otra persona, años atrás, aceptaré que no me dirijan la palabra pero no así la culpa, porque lo he olvidado y ya no significa nada. Si me olvido de rostros y nombres, soy ciego a ellos, olvido direcciones y teléfonos que antes eran imprescindibles para mi agenda. Lo mismo significa el sueño que la ignorancia natural. Ignorar es también parte de la habilidad para adaptarnos: si paso entre mil personas y a ninguna saludo para pedirle su número de teléfono, es porque sólo puedo invitar a cinco amigos a cenar a mi casa un sábado cualquiera. Por suerte, solución equidistante, cada uno de estos cinco invitados conoce a cinco más, y estos cinco a otros cinco, hasta juntar mil. De ahí que el mundo parezca un pañuelo, por los ínfimos grados de separación que nos comunican, influyen y desplazan.

Si somos humanos, seres sociales inmersos en un contexto determinado, que los dioses se encarguen por quienes no podemos hacer nada. Isaac Asimov escribió “La metáfora del cuarto de baño” para explicar el fenómeno de la sobrepoblación, porque si dos personas viven en una casa con dos cuartos de baño, entonces no hay problema, sino una libertad completa para usarlo, cuanto y como se quiera; pero, por otro lado, si viven más de veinte en el mismo lugar, entonces se establecen normas, estatutos que derivan en la prohibición de tiempo y uso particular (exclusivamente para lo indispensable). La libertad supuesta se anula, se acompleja.

La democracia entra en conflicto cuando más de tres personas desean usar el baño al mismo tiempo. De ese modo, nada puedo hacer por las vidas pasadas que me antecedieron. De una vez informo que no me salvaré para la otra vida, porque aquí hay mucho que hacer, mucho que disfrutar, al menos cien mentiras grandes y ornadas. Espero que el otro que viene, después de mí –según dicta la Reencarnación–, se encargue de mi vida y sufra o ignore los estragos pasados, pero se ría tanto que se muera de lo mismo, y nazca de nuevo para completar la carcajada en esta lerda, triste broma infinita. (¿También en la otra vida entendería a David Foster Wallace?).
*  *  *
Algunas evidencias de reencarnación:





lunes, 1 de febrero de 2016

Miento, tengo la nariz grande

por Mario Note Valencia


A mi entrada, escamoteo la casa y afirmo: aquí huele a tamales. No podría cerrar la boca ahora. No culpe, señora, dueña de mis noches aciagas y consultas matinales en el diccionario de los sueños, a las circunstancias de la experiencia sino más bien a la Filosofía que, con masaje y oprobio, hace dialéctica sobre todas las cosas del Universo, como, por ejemplo, ese olor a maíz cuya causa primordial debe ser la sagrada olla de tamales. Sólo vine a molestarla un rato, nada más. Tiro la piedra y me voy; pero usted puso el motivo, usted envuelve mi materia, cariñosamente, como hoja de tamal (de mazorca o plátano, según el estilo y lugar donde cocine). Aristóteles hubiera dicho que el tamal es imagen de las tres almas, que nacen y mueren con nosotros: la hoja sería el alma nutritiva; la masa, el alma sensitiva; el relleno, alma racional.

Soy un “metiche”, como usted me llama, y vivo de la libre asociación de ideas. También dice que meto la nariz en todas partes. Tengo una objeción: habrá notado ya, por la sombra, mi natural fisiología. Mi nariz es desproporcionalmente más grande y llega antes que yo a todas partes, incluso a su corazón. Quizá por eso olisco demasiado, atravieso paredes, cruzo el puente antes de poner un pie en la escalinata, detecto el temor de los otros como los perros, y quizá, de nuevo, por la nariz se deberá que yo mienta, y mienta rico. Me gusta mentir que podría estar mintiendo ahora. ¿Qué le vamos a hacer? Bien me queda de consuelo ese extraño verso de Quevedo a Góngora: “érase un hombre a una nariz pegado”.

–Señora, le propongo un juego: si le digo que soy un completo mentiroso, ¿me creería suponiendo que por ahora estoy diciendo la verdad? Fíjese, si digo:
            “Todos los Mario son mentirosos”.
            Mario es un Mario.
            Y si Mario es un Mario, es un mentiroso.
          Pero suponiendo que dije una verdad, entonces no todos los Mario son mentirosos y este Mario ha echado una mentira. En fin, se trueca a una verdad desesperada, luego a mentira, verdad, mentira, verdad, etcétera.
            –Ay, cariño, hasta los tamales chistaron…
        –Guarde la calma, señora, las paradojas fueron inventadas sólo por ocio, sólo para incomodar la razón.
–Estoy considerando llamarte Mario Note Nasón, por Ovidio.
–¿Leerá El Arte de amar a mi lado?
–Cierra la boca, hijo, los tamales ya están casi listos.

Uno de mis mejores amigos también es narigón, pero más honesto. Es un loco, también, pero sincero. Dice la verdad desencarnada. Él, apasionado a los croissants, me compartió una máxima de Charly García: “Si tenés la nariz grande, hacé algo con ella, y no te encojas”. Y sí, desde luego, a veces lo mismo afloja que aprieta; lo mismo da curiosidad que aberración. Ese adagio, de inclinación “cínica y despreocupada”, aliñó la resistencia del rock argentino en tiempos de dictadura. Volviendo, a propósito, si se tratara de proporción, o “el hombre es la medida de todas las cosas”, no atribuyo estéticas informes del cuerpo con enfermedades socioculturales, o lo que digo es: miento y obro por cuenta propia.

La psicología social sugiere que los seres humanos mentimos incluso sin darnos cuenta. Engañamos al otro y, al hacerlo, nos engañamos a nosotros mismos; resolviendo la ecuación, prefiero ser el prestigiador. Prefiero ser la incógnita que el resultado. Y aquí difiero casi con todos, señora: desde mi punto de vista una mentira es una mentira cuando se conjetura para dañar. Yo no hago eso (no sé si miento ahora). ¿Qué peligro corre un viejo amigo al que le insuflé un recuerdo ficticio y alegre? Ninguno. A usted le gusta, por ejemplo, que describa las partes de su cuerpo como si describiera los buenos portes de la naturaleza.

El pasado es una moneda de dos caras: la verdad y la memoria. La memoria se construye como se recuerda un sueño. ¿Me llamarán hipócrita porque no pueda diferenciar el sueño de la vigilia en un estado de delirio amoroso? Falcitas somnis parit, o como dije: la falsedad engendra sueños. In vino veritas. La realidad se va de bruces. Meto las manos para protegerme la nariz.

Pero si se miente por diversión y sin perjuicio, daño alguno, y no tiene encrucijadas existenciales, o no comprende las razones de la hoguera, entonces es lo mismo que asistir a la plaza pública para escuchar al cuentacuentos, a una obra de teatro de carpa o a un espectáculo de ilusionismo. Se paga para que alguien más nos mienta, para que exageren la verdad. Como la publicidad, como las compras, como todo aquello que sirve para no pensar ni preguntarnos si ésta era la vida que deseábamos. Una vez, a los dieciséis años, conocí a un publicista nato, casi pordiosero, que me dijo secretos que escribiré en otro lugar. Me explicó, cuando intentó venderme un ladrillo como obra de arte, que para los grandes vendedores hay una gran diferencia entre la realidad (que se vende) y la verdad (que se entrega); para el comprador sólo existe la realidad, una necesidad injertada por el publicista, esto es: una obra de arte y no un simple ladrillo.

Ahora soy un ladrillero, sin la desventaja del sol y las jornadas a campo raso. Disfruto mentirle a su hija, a mi cuñado, a mi padre y madre, a mis hermanos. Me gusta porque al final dirán que se trata de mi nariz. Procuro, en todo, no jugar con los sentimientos, pero lo apuesto todo si de enemigos se trata en las mesas de un garito, si hay un cubilete de por medio en una taberna encumbrada de humanoides, falsos, como yo, que les he dicho tener un nombre, oficio, lugar, cualquiera.

Sólo guardo remordimiento con un hombre, diez años mayor, al que le mentí diciéndole que podía adivinar el futuro, que en mi vida pasada había sido, al menos tres veces, un gusano y un tahúr. El alcohol se nos había subido a la cabeza, escupíamos ensueños, babeábamos pesadillas. Me acordé de Villoro y un cuento, en donde dos hombres apuestan el sueño de sus esposas o algo por el estilo. Él me apostó que podía ganar una pelea. Le dije que no lo intentara porque perdería. Fue por una linda muchacha de la barra y, al parecer, un exmilitar la acompañaba. El resto es, precisamente, una nariz rota. Me fui al hotel, solo, en una cobarde noche del Distrito Federal.

No juego con los sentimientos porque es aburrido, porque todo el juego de descalabrar la realidad se anula con el llanto. Yo por eso chillo tranquilo de martes a jueves y de seis a siete de la tarde, para “no llorar de amor” y sinsentido los otros días de la semana. A la gente le gusta que le engañen sin peligro, no que la hagan llorar. Debería dedicarme tiempo completo a este deporte del lenguaje, abrir una clínica, tener sesiones prolongadas con hombres sin punto fijo ni proyectos, de sueños mutilados, con mujeres corneadas, y corneadoras, con niños y adolescentes aficionados a los cuentos de hadas, con todos, para así romper la monotonía de sus miserables vidas cotidianas. Les gusta que por su oreja escurra un elogio como caricia.

Por todos lados se cuecen habas. En los trópicos por lo general se hacen tamales cada dos de febrero en honor al fin de la cuarentena de María. Igual aquí y allá, en oriente y occidente mexicano, se dilata la verdad por el calor. Calienta cabezas de los jefes y los capos, o las armas se disparan solas en las calles. Los cuerpos gotean, como la sangre, se bañan dos o tres veces al día con la verdad. Como globo, “pesa menos y sube más”, la mentira. Se pincha la indulgencia. Entre tanta verdad sobria del mundo, la mentira es un refugio. Pregunte a los poetas. Sospecho que al final se trata de un problema del lenguaje: si digo que la silla es roja, pero por una disfunción visual no detecto que es azul o que ni siquiera existe (ni lo rojo ni la silla), entonces miento por naturaleza. Los animales hacen trampa para acechar a su presa. Miento cuando le digo, señora, que a usted la quiero un poco, aunque la quiera mucho.
           
–¿Quedaron buenos los tamales?

–En esto no me engaño, quedaron ricos.

martes, 26 de enero de 2016

Cómo bailar y despedirse ‘más que lento’

por Mario Note Valencia


Bailar hace al mundo más llevadero. Mientras más nos alejamos del centro inmóvil cotidiano, con pasos fraguando una trocha invisible para el entendimiento de un pequeño, efímero sentido de la vida, también la soledad crece a nuestro lado como la madreselva en el paramento de nuestra casa interior. Creo que parte de esta soledad son puentes que aparecen en los interludios de cuando uno conoce y desconoce, por voluntad o error de la naturaleza, a los que danzan alrededor nuestro, como ahora, como usted, a quien enfoco sentado en su silla con uso de mi catalejo mágico.  

Si piensa que malgastamos el tiempo cuando cavilamos con las manos vacías, estará de acuerdo con que las horas sin leer ni escribir al menos son justas si se dilucidan cuando existe otra actividad de por medio, cualquiera, cotidiana. Hablo acerca de los rituales neutros (muertos si se quiere), sin tensión, más bien mecánicos que pensados, pero inclinados al trabajo per se, lo que hacemos a diario porque tenemos que hacerlo a menos que dependamos de algo o de alguien o prefiramos morirnos en la podredumbre. Comer, asearse, lavar la ropa, planchar, fregar los trastes, sacudir el polvo incubado en el rabillo de su ojo. Mire, tóquese.

Bailar, no le miento, en un principio puede ser neutro y después revelador; si saliva en lo sacro, debilita, despega y rompe con la monotonía. ¿Qué le parece? No importa si no sabemos, lo que se dice bailar bailar. Las luces bajas o moverse acompañado aflojan la primera resistencia de sentir que en la pista haremos el ridículo, con el ruido fotogénico de una sobreexposición a la luz. Aquí en el baile, como en el amor, no hay manuales, porque aun sabiendo las bases se improvisa, se hace jazz. Tutú, frufrú o el simple swing. Sal, ¿qué diría Dean en On the road? –Dammit, Jack K. Paradise.

Ya que usted, como Dean o Marylou, se ha embriagado de luces cálidas y frías e intermitentes, lanzadas al exterior como soles de una galaxia; de la conversación: óbices, puentes y silencios; de la compañía y el tiempo desmedido; enervado, responda a la persona que, extendiéndole una mano, lo invita a bailar al centro del Globular Cluster (Dance Club). Aunque usted se descubra renuente, recule por simple mecanismo de defensa, no se admite un no como respuesta si le gusta andarse entre el peligro. Pero si necesita un tiempo, vaya al sanitario, libere la vejiga, báñese el rostro, enjuague su boca. Mengüe al menos 30% su aliento a tabaco. ¿Está lo suficientemente consciente como para asir el ritmo de la pista? Prometa que se pondrá de pie, así tan pronto como Baco se lo permita. Recuerde a Ovidio: Cupido moja sus alas en el vino de Dionisos. Baco. ¿Quién? Grecia y Roma. Allá lo esperan.

Baile con sus amistades, pequeños aerolitos encendidos como partículas de gas dentro de un espacio cerrado, seguidos en su atajo de humo rojo por el slow flash de mi catalejo, yo le sigo, no me haga caso, baile como si el mundo dependiera de ello; baile con quien primero le extendió la mano. Si es su amiga, amigo, mejor; si su pareja, no la deje a la suerte. Al fin que, a lo mejor, de un baile no depende el resto de su vida.

Si se inclina por alcohol, pondere la usura en fiestas que suponen la posibilidad infinita de afiliarse a pistas improvisadas. Vea cómo los demás bailarines no se han sentado siquiera un momento en su silla asignada, sin hendiduras, estacionaria, muy rara vez se les ve regresar a libar sus lenguas con alguna bebida. Observe cómo danzan esas partículas acompasadas a la armonía del universo provisional y sonoro. De norte a sur, de este a oeste, como los astros, el éter, los planetas. Usted lo ha notado a intervalos, pero ellos, los delirantes del baile en el instante, no toman registro, felizmente desnortados.

La persona que lo invitó a bailar, ahora no la reconocería, sesgada por las luces cromáticas, porque se mueve y baila como los otros, en unidad peripatética al estilo de los jonios, sin centros ni circunferencias, traslúcida con el retallo de las sedas que se juntan, rosan y separan. Usted hizo la promesa de bailar después del sanitario, no puede escaparse ahora sin entrar al juego. Láncese como dado del cubilete. Como todo, recuerde, siempre ganamos o perdemos, no importa. Se acerca. La fugacidad parece dominar las leyes incógnitas del baile. Un caos, sí, pero colorido, como estrellas sacudidas de su luz. Parecen flamas. Los domina el deseo del instante que los descalza. Sacuda su cuerpo, es la señal para que una ola suave de seres oblongos lo integren a su círculo con fuerzas espirales y magnéticas.

Ya ha dejado atrás, como un Halley cada 76 años, su naufragio social del festejo. Baila. Pasan los minutos, no lo sabe, lo siente, su reloj pulsera dejé de funcionar, su instantero enloquece hasta que se rinde, como la manecilla de las brújulas por los rayos. Pierda el norte. Los astrolabios y los sextantes parecen saber, pese a todo, poco sobre el mar y su oleaje noctívago. Siempre nos quedarán las estrellas. Muévase, déjese llevar, ha dado traspiés, pero se repone. Busque su planeta rector, haga caso a la relatividad en eso de que los cuerpos se mueven por conveniencia. Usted y los otros se alejan y se acercan. Perderá su nombre, se le esconderá el rostro; una burbuja invisible en el ambiente estallará en sonrisas. Siga buscando a quien primero lo invitó a bailar. Y si no encuentra, como le dije, aquí no gain no pain, sólo respuestas, volubles, como todo, como la vida.

Pasa a su lado, la mujer y el hombre, y le han sonreído, les ha gustado verlo bailar. Aquí estás, parece escuchar que le dicen. Ven, ayúdame con esto. Ahora el pasado y el futuro no caben, sólo tiene cabida el presente que lo sustrae del calendario. Seguirá bailando. Quizá usted, por poca experiencia en el caso, sea útil como asidero para otros que, avezados, lo tomen de rehén para canciones en las que no se ve bien andarse solos.

Por buscar a una persona, ha conocido la bondad de los desconocidos, los que no preguntan el nombre, como usted que, allá repantigado en su silla de piel acerada y cojines deslustrados, creía importante sólo conversar per se, anónimos, anularse de todo lo que apele y va en lugar del nombre. Aquí en la pista es otra danza, otro lenguaje. Hay que acariciar varias veces el piso, como con ganas de andar más ligeros; cada paso es una resonancia, iluminación de caminos entrecruzados. Escribe y borra estelas, conoce, imprime un paso y otra pequeña ola se lo desvanece como en los filos arenosos del mar.

Poco a poco, los cuerpos pierden aceleración: silenciada la música dan de bruces con los sonidos del mundo; usted se sacude un poco, y los demás a tumbos caminan diferentes, más ligeros, más diáfanos y transparentes. Por un momento piensa, mientras hilos de sudor le bañan la frente, que el baile es en buena medida un lugar perfecto para las despedidas. Usted, en otro tiempo y en su habitación macilenta de la ciudad, hará el lugar para el baile de una danza ‘más que lento’. (La plus que lente. Debussy. El francés dibujó no sin sorna un valse a propósito de las convenciones estéticas de su época). Sujetará a su amante de la cintura o el cuello, según sea el caso, y danzará en espirales, como aprendió, con pasos de lo más monótonos, cuya profundidad y asombro de misterio sólo puede tener igual con escavar un pozo a la orilla del mar y que, subida la marea, se anegue y suprima, como todo, como la vida de una estrella.

Usted y el otro se habrán despedido. Yo alejo mi catalejo de su soledad, en eso nos parecemos usted y yo. Quedará la noche, no se preocupe. Deje la puerta sin seguro. Nunca se sabe. Quizá la persona a la que le ha extendido la mano para bailar regrese de un interludio en el cuarto de baño y se agregue a nosotros en la unidad de la música. Nos sustraemos del mundo. Que regrese y nos sorprenda. Cómo es la vida. Ah, eres tú. Sonríe. Se ven, se desarman y se alejan, como en la pista, como todo, en el movimiento. Ahí tiene su ritual.

lunes, 18 de enero de 2016

Oasis 1

por Rafael Frank



A finales de la adolescencia, cuando estaba por convertirme en ciudadano legal, lo que ocupaba la mayor parte de nuestro tiempo activo y lugar en el pensamiento era la oportuna vinculación hormonal con las ninfas del bosque, en este caso, dadas las condiciones hidrográficas, hablaríamos más bien de la caza de kelpies y el ensueño con las ninfas. Con una perspicaz mitología a cuestas, el par de hermanos que me acompañaba y yo nos lanzamos a la búsqueda de una tierra prometida. Nómadas. Nuestro objetivo final fue localizar un sitio donde la comida proveyera fuerza y creatividad suficientes para este oficio como rastreadores de ninfas. En nuestro tránsito, cerca de la playa y el malecón había abundantes lugares donde se ofrecían alimentos. Como buenos viajeros (o pelotas de ping-pong) vagamos entre tacos de res y pollo.

Oculto alrededor de una zona gris, en aquella parte del puerto donde antes fue pantano, nos aguardó la bendición del Señor de las Moscas: Belcebú. Para el plano humano, este macabro oasis tiene aspecto de un puesto de carnitas (such a lovely place). Para nosotros, los viajeros, fue reposo y abundancia, los cisnes de Urdar.

Este templo era comandado por dos señoras (oh, mis queridas nornas) que nos aseguraban lo mejor del sacrificio animal a cambio de una quinta parte de nuestra alma. Pudimos salvar nuestro ojo gracias a este encuentro. Vimos cómo removían el cazo y machacaban con un hacha pequeña los trozos del jabalí. Hilvanaban en el plato que nos ofrecían mapas estelares que ingerimos cada visita. En estos manjares se tomaron decisiones importantes (que al tiempo supimos) de los viajes posteriores y sobre nuestro actuar acerca de las ninfas; la manteca del cerdo, sin duda, nos protegió del invierno crudo al que llegaron nuestras ondinas para convertirse en humanas.

Localizar a las criaturas mitológicas es un oficio agradable cuando los alimentos grasosos se incluyen en el contrato.

jueves, 14 de enero de 2016

Te cuidaré más que a mis ojos

por Mario Note Valencia


Interpretar va más allá que entender y explicar, va más allá e incluso puede tener un yerro inherente, entendiendo que cada acto del individuo puede ser un estímulo social o, bien, una mecanización sin sentido de lo mismo. ¿Hasta qué punto lo inconsciente puede ser interpretado? Por ejemplo, si un animalito me pica la nariz justo cuando digo una verdad y alguien más me ve, a lo  lejos, y asegura (porque es un psicólogo avezado en lenguaje no verbal) que estoy mintiendo. Estas errancias pueden incrementarse si no se tiene un contexto lo suficientemente claro para interpretar el fenómeno. Como bien sabemos, un gesto despectivo en un lugar determinado puede no tener significado en otro.

En los últimos días ha rondado el tema de la recaptura del Chapo Guzmán (2016), pero también ha virado hacia otro interés (porque, acaso, el tema necesitaba una pizca de farándula) con respecto a la actriz Kate del Castillo. No me interesa recalcar lo que este hecho hace más factible: si le caes mal al Estado, buscarán tu comunicación escrita digitalmente, esto aunque te deshagas de los registros y del teléfono, según dictan los “términos y condiciones”. Twitter, Facebook, Hotmail, en fin, lo demás que tenga que ver con Google, Windows o Android bien especifican que al usarlos el usuario admite el hecho de que si un gobierno ordena catear los registros de conversación y búsquedas, las compañías de estos servicios pasarán al lado de la justicia legal. Nada de ciencia.

Se dieron a conocer, entonces, las conversaciones que sostuvo el Chapo con Kate. No hablaron de “asesíname a éste”, “¿ya te llegó la mercancía?”, etc… No, para nada. Lo que ya está en boca de algunos periódicos es la manera melosa en que el Chapo escribía y Kate le contestaba. Ah, bárbaros, hasta que el amor se posa en los titulares de la prensa. Esta inclinación morbosa se evitaría si los reporteros y los chismosos no sacaran conclusiones antes de tiempo, es decir: si respetaran y conocieran los límites de la interpretación. Porque, ¿a quién le importa si el Chapo y Kate se deseaban uno al otro? Antes bien, qué bello, qué bello cuando me hablas así, y muerdes cada parte de mí… Fue precisamente Margarita, la diosa de la cumbia, que cantó en el introito: Por qué me miras así / mientras me visto sin ti.

El Chapo Guzmán escribió supuestamente a Kate: “Te cuidaré más que a mis ojos”. El contexto del mensaje es ambiguo, porque mientras unos ven amorío futuro, otros tan solo vemos una simple conversación alegre, casi mágica y ritual, como cuando se tiene ansiedad por conocerse dos seres que se esperan. Antes de cerrar con esa línea, el Chapo escribió, entre otras cosas:

Te cuento que no soy tomador, pero como va a ser tu presencia algo hermoso, ya que tengo muchas ganas de conocerte y llegar a ser muy buenos amigos. Eres lo mejor de este mundo. Seremos muy buenos amigos”.  

Si quitáramos la imagen del Chapo como el autor de lo recién leído, este mensaje puede aplicarse enlatado, palabras más, palabras menos, como una efectiva confesión de interés hacia otra persona. No es una declaración de amor, pero por un lado y otro clava un dejo de pasión lacerante, común entre los amadores que se entregan, cuidando no arrebatarse demasiado sino hasta que llegue el momento del mar y el anego. Aunque, veamos, también puede ser una sinceridad expuesta hacia una amistad. Hay amigos, contados, a quienes nos expresamos así, con incluso un “te necesito cerca”.

El riesgo expuesto es otro aliciente. Dice que es abstemio, pero nada más por Kate empezaría a beber a su lado. ¿Leyó al gran poeta Ovidio? Quién sabe. ¿Los Tucanes de Tijuana leyeron a Platón cuando cantaron “eres mi amor platónico, eres la fruta prohibida”? Lo dudo, pero algo hay de colectivo y universal en eso del amor. Bien que para vivir el amor auténtico no hace falta ser sabio o filósofo, porque, en palabras del poeta arábigo, “en el amor se olvidan manuales”.

Hasta este punto me siento con las manos sucias, pues se trata de una conversación íntima, de dos, ahora públicas. ¿Pero qué hacemos con Sócrates? Sócrates confesó que todo lo que sabía de amor lo supo a través de una misteriosa mujer, aunque tuvo la cautela de no decir nombres; por eso mismo parece una amalgama de contrariedades que justo para investigar nexos con un jefe del cartel, salga entre luces lo que pertenecía al furor íntimo. Muy bien, pero ahora ¿por qué demonios hablo de eso? Hablo para quejarme con el centro de espionaje, de México o de Estados Unidos, a quien corresponda:

Ahora ya no podré usar esa construcción de “Te cuidaré más que a mis ojos” con mis amigas, amigos, sin evitar que ellas o ellos me asociasen con el Chapo. Antes bien, como dijo el latino: hasta los dioses prometían demasiado y no se preocupaban por cumplir. En el instante las promesas valen; frente al calendario son meros recuerdos.

miércoles, 6 de enero de 2016

Ya valió monito (Día de Reyes)

por Mario Note Valencia


¿Al niño Jesús no lo habían encontrado en un pesebre? Ahora en Día de Reyes el relato es distinto, el niño se encuentra embalsamado en plástico níveo, atorado entre la levadura dilatada de un pan. La rosca, le llaman; la rosca, le dicen. Tarará, tarará. Algunas veces, al cortar el pan con el filo de un cuchillo panadero o, si el pan no es reciente, con cuchillo de cocina dentado (aténgase a las boronas), aparece el chiquillo sin pena ni gloria, desnudo, o bien con un letrero ostentando buenos deseos para todos aquellos haraganes que no pidieron nada en Año Nuevo: buena salud, dinero, amor, calorías. Que te salga el niño es, en determinadas situaciones, señal fatídica: te toca poner los tamales el 2 de febrero; no es para nada como si la recién casada lanzara el ramo de bodas y la novia de tu mejor amigo lo cachara en el aire.

Como es común, en las escuelas y empresas públicas los directivos ponen la rosca para que los comensales invitados se la jueguen. Mi madre nos solía decir, a mis hermanos y a mí, cada seis de enero, que si nos daban en la escuela un pedazo de ese pan y nos salía el muñeco, hiciéramos lo posible por esconderlo. Éramos niños y no teníamos dinero. En dos ocasiones me deshice del niño: en una lo arrojé por la ventana del salón de clases y en otra lo eché a mi bolsillo de inmediato. Tanta era la pena del dinero y el compromiso que no me importó que dijera la maestra: “Aquí falta que alguien diga que le salió monito. Recuerden que es de mala suerte negarlo”.

Ya que tanta emoción se le agrega al asunto, Pronósticos o la Lotería Nacional debería dotar de quinielas cada paquete de rosca. Instrucciones: Rellene los cuadritos donde crea que no aparecerá monito y ganará. Debería haber un juego como la macabra Ruleta Rusa pero hecho de niños dioses. Que te salga el niño y que tú, en un principio, no quieras. Suele suceder que el niño aparezca justo a la mitad entre dos fragmentos de pan cortados. Águila o sol, ¿qué le vas?

Sin embargo, hay personas que sí les gustaría saber qué se siente que “te toque” el niño. Podríamos coleccionar las figuritas, revenderlas a los espíritus vagabundos fervientes de fe y superstición. Pero, incluso, en esto, los niños no son coleccionables, acaso los diferencian las babas plásticas que cuelgan de su cuerpo por la mala fabricación de los mismos. Hace mucho tiempo que dejaron de ser de porcelana. Ya se cuenta entre las bocas viperinas que algunos nacen bicéfalos, dignos del museo de Ripley.


Dos es mejor que uno (lo siento, Pitágoras). Si el niño sale con dos cabezas suponemos que nos ofrecerá el doble de salud, dinero y amor. Pero, ¿estaríamos obligados a ofrecer una fiesta con el doble de tamales? Por suerte no la haremos de Reyes ofreciendo oro, incienso o mirra. Finalmente, hoy se monta la rosca y se desmontan los adornos navideños. Hoy termina, señoras y señores, el famoso Guadalupe-Reyes. Adiós posadas y fiestas. Bienvenida la cuesta de enero, la escuela y los pagos de impuestos. Pero nos vemos el dos de febrero. Usted pone los tamales y yo pongo el ambiente.