lunes, 31 de octubre de 2016

Dulce, fiesta o travesura

por Mario Note Valencia


El último día de octubre cumple años el Señor del Mal. Para México, Halloween es una costumbre popular y extranjera que le cae como anillo al dedo porque los dos primeros días de noviembre festejan a los muertos. Sin embargo, Halloween no es tan relevante, excepto para la ocurrencia de los niños y jóvenes mexicanos, influenciados por los discursos de la televisión y el cine: debe ser divertido vestir el atuendo de su monstruo favorito, asustar en las noches, pedir dulces y hacer desmanes con los timbres de las casas, tirar macetas, desbaratar guirnaldas, pisar el jardín del vecino.

Algunos niños preguntan, con cara de no romper un vaso: “Señor, ¿sí me da para mi calaverita?”, mientras otros nada más sentencian: “Dulces o travesuras”, casi porque no pueden decir, por su edad y sus fines: “El dinero o la vida, madrecita”. Dulces o travesuras, al ritmo de tátara-tata-ta-ta. En todos los grupos siempre hay un niño que es generoso en demasía y que después de recibir el dulce igual hace la travesura. El señor de la casa sale gritando y, como todo buen mexicano, le mienta la madre al pequeño lobo salvaje que por sus brincos graciosos y máscara barata más bien parece duende del demonio. Los niños crecen y olvidan la indulgencia de pedir dulces, sólo para iniciarse en el ritual de las fiestas de disfraces.

Me parece que el éxito de las fiestas de disfraces es compensada por el puente (días de descanso) que en todo México se da por el Día de Muertos, y porque los Carnavales de primavera (cuya esencia es el disfraz) es un gusto sólo para quienes desfilan y no para quienes se encuentran como espectadores. En una fiesta de disfraces todos son protagonistas, el juego consiste en ocultar el rostro y ser un poco más adepto al descontrol de las normas sociales; en un espacio dado para la ocasión, bajo las bajas luces y la noche maciza, las máscaras, lo grotesco, el alcohol, el sexo y la muerte, bailan con el único fin de divertirse. Lo perverso, por supuesto, también es el ingrediente: deformar el rostro, ser irreconocible, pasar de incógnito frente las estupideces que se puedan cometer en una sola noche.

Según lo que he visto, para ir a una fiesta de disfraces no es regla usar el disfraz más horrible, porque aquél que ha ido al gimnasio se viste de romano, con el vientre y los brazos descubiertos, o la muchacha del fitness luce su entallado atuendo de enfermera. Algunos van vestidos de payasos diabólicos y otros son más payasos porque sólo se pintan con rímel rojo manchitas de sangre en su rostro y así dicen que ya son unos muertos. Le preguntan a un hombre si viene vestido de calavera, por sus ojos hundidos en la oscuridad de sus ojeras, y éste contesta que no, joven, yo soy el velador del local. ¿A quién buscas? Busco a mi novia, me dijo que vendría vestida de bruja. ¿Y tú de qué demonios vienes? Soy la Inquisición, papá.

La gente se pierde y se busca en la redonda pista de baile, nutrida de seres insurrectos y feos, bailando al beat de una música sensual y bañados por la incesante lluvia de luces multicolores. Telarañas, no hechas de algodón, sino de verdad, cuelgan de las esquinas del local y de los ventiladores de techo apagados (porque no funcionan). Adentro hace un calor del infierno. Lujuria, gula y sodomía son los tres pecados por las cuales todos se han reunido a beber, platicar, bailar y comer cacahuates y churros de harina. Cerveza derramada en los azulejos percudidos; mesas que han perdido sus manteles; sillas abolladas; orines fuera del mingitorio. Me ha tocado ver a un mapache besar a una princesa; he visto a Satanás revuelto del estómago, mientras sus dos amigos, Mario y Luigi, lo sostienen para que no se caiga, uno por cada lado. He visto, apenas salía del baño, cómo algunas brujas eran en realidad brujos, orinando fuera del mingitorio, con tetas falsas, falda corta, piel tostada y zapatillas de equilibrista. El carnaval me asusta, pero me voy acostumbrado.

Luego, a mitad de la noche, los que están más borrachos aúllan y echan guacos. Aya, aya, aya. ¡Áyayay! El noob en la tomadera siempre es el más estúpido o el más callado. Te dicen “te quiero” más de una vez y a ti, por supuesto, no te cuesta nada aceptarlo, porque nunca quieres más a tus amigos si no es cuando los dos están hasta las chanclas de fumigados. Ves hermosa a la que iba de la mujer barbuda, porque es tu amiga. Pero su barba es falsa, como tu dignidad. Es tu amiga y ella se aprovecha de tu estado cuasi-comatoso. No está tan mal, piensas, y se besan a la luz de la lámpara de mano con que les aluza un ángel que ha perdido las alas, tu amigo, otro bastardo que también quiere lo suyo y no encuentra a su novia. Le decimos que se vaya. Pero nosotros, condescendientes, vamos tras él. Se abre camino, apretado, por entre la gente: chifla. Sí, eres tú, aquí estás. Su novia era una diablilla; pese a la perversidad de fusionar contrarios, la abraza, la besa y le dice: llévame al cielo. Y los perdemos, al bien y al mal, en el baño de mujeres.

Ay Dio’ mío, pero qué cosa –dice una pareja vestida de turistas caribeños. Alguien más fue de típico mexicano, con su sombrero grande, playera ajustada, so pretexto de enseñar su panza chelera. ¿Otra michelada, mija? Lo que usted mande, mi rey. En efecto, el chico de la barra va en onda de parecerse al Carlos V. ¿Y también sabes rico? –le pregunta la Llorona. No sé (ríe nervioso), pregúntale a mi novia. Oh verás si no le sacará un grito porque su novia va de Lady Apache, la luchadora. 

En mi vida había estado en una fiesta de disfraces tan salvaje. En mi vida había estado en una terrible y atractiva ola de confusión, cómo saberlo, si te toca de todo, sudores de otras frentes caen a tus brazos, o los disfraces puntiagudos te pican la cara. Órale, ¡fíjate, maistro!, le dices al que va esponjado como un armadillo, con púas hechas de limpiapipas. Lo único bueno es que nadie sabe que eres tú debajo de un buen disfraz. Siempre quise saber si el que iba de Michelin era una mala réplica de los Cazafantasmas. Dizque con un antifaz ya nadie sabe de ti y puedes hacer lo que quieras; no conoces a todos, pero hablándoles por afinidad puede ser una buena idea: la mesa de los licántropos por un lado y, por el otro, los miedosos a los crucifijos y los espejos.

La persona que me ha invitado a semejante jauría quiere saber cómo me la estoy pasando. Le cuento del muchacho que llevaba un buen disfraz de Jason y otro que iba de cocodrilo. Deberías conocerlos, son muy buena onda. Luego me invita a que la acompañe a una tienda de autoservicio 24 horas abierta. Recarga crédito para su teléfono celular. Piensa en volver, pero me despido. Comparto el taxi con otros dos chicos, adolescentes, muy bebidos y sonrientes, que abordan por la puerta trasera y lamentan no haberle hablado a Fulana o a Sutana. El taxista me pregunta qué hubo. Yo le digo que puras travesuras y que los de atrás pagan mi pasaje. 


viernes, 14 de octubre de 2016

El caso Dylan en el Premio Nobel de Literatura 2016

por Mario Note Valencia


La noticia del veredicto no me impresionó en lo absoluto. Había escuchado el rumor desde hace algunos años y, es cierto, también sentí una extrañeza al principio. ¿Cómo puede ser aquello de que un músico se encuentre entre los prospectos a recibir un premio literario? Tanto se había litigado en las academias, y los cafés y los bares, sin llegar a un acuerdo, para que un premio archiconocido lo resuelva de la noche a la mañana.

La resolución de la Academia Sueca ha azuzado la quietud de un sinfín de vanidades heridas. Los lectores sacan las uñas y vapulean comentarios en defensa o repulsión. Siempre habrá quienes, entre cultos e imbéciles, digan que estuvo bien o que fue el colmo. Yo les pregunto a todos: ¿Qué les preocupa? ¿Acaso los ha defraudado el Nobel Prize porque no pueden leer sino a aquellos autores que la Academia premie y dicte? ¿Dejarán de leer a su Adonis, Roth o Murakami?

En México tenemos un solo premio Nobel de Literatura: Octavio Paz, y no es por cierto una figura de las más aceptadas entre snobs y fantoches. Igual cuando se lo entregaron a Mario Vargas Llosa hubo muchos que lo señalaron inmerecido. Total, siempre es la misma cantaleta.

Las deliberaciones del Premio Nobel han sido criticadas a lo largo de sus más de cien años de existencia. Qué le vamos a hacer: ellos son los del dinero. Uno muy sonado, por poner un ejemplo, fue el de la escritora Alfriede Jelinek en 2004. Esto nos da para imaginar las pugnas que se viven en las reuniones del jurado para proponer y defender a sus candidatos; por ahí me contaron que cuando propusieron a Juan Rulfo lo desmeritaron por su escasa producción, o que Jorge Luis Borges echó a perder su premio por una visita que hizo a Pinochet.

Deberíamos hacer caso a la razón: los premios Nobel de Literatura son un asunto geopolítico. Bioy y Borges más de una vez hicieron bromas al respecto, imaginando al jurado disertando sobre qué países faltaba concederles un premio. ¿Quién gana el premio? ¿Quién debería, según usted, merecer el premio?

Hay autores Nobel cuyas obran han sido olvidadas o decisiones igual de ridículas según el parecer del público en general. Podemos estar de acuerdo en que muchos otros se lo merecían (y aquí los autores agradecerían nuestro apoyo) pero eso no descarta que se escurran de esta vida sin recibir el galardón, a pesar de que su obra permanezca durante mucho tiempo.

Entendiendo que es en parte una suerte geopolítica y que para merecer el premio es necesario que el autor viva, no se puede esperar más que aceptar las deliberaciones Nobel Prize como si no nos incumbieran. A Nicanor Parra no le concedieron el Premio Cervantes, sino hasta el 2012, por su miedo a volar. ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Cada Institución convocante tendrá sus razones, buenas o ridículas.

Los únicos preocupados con la resolución del Premio Nobel deberían ser las casas de apuestas, que, para el caso, no se necesita conocer nada de literatura para entrarle a la quiniela. Entonces, tranquilos, a todos los demás no se nos bajarán los ánimos para seguir disfrutando de la lectura. Quiero decir que no pasa nada.

Con respecto a Dylan, me dio alegría, sí, sobre todo por sus letras, pero esto no entra como justificación de su victoria, pues es igual de vago que los motivos perjurados por la Academia Sueca. Sin embargo, a nadie afecta, o no debería afectar, que un músico gane. A menos que, como dije al principio, salgan a flote las vanidades heridas de todos aquellos escritores románticos preocupados por ganar el premio, viendo cómo, además de su inseguridad o falta de méritos, se agrega una superflua preocupación más: ¡los músicos también ganan!

***

En una casa de apuestas de Inglaterra, la noche del 12 de octubre de 2016. Dos desconocidos:
–¿Por quién apostaste?
–Puse un 50% a Murakami, y 25% a Adonis y otro 25% a Roth, por si las moscas.
–¿Y quiénes son? ¿Los conoces?
–No, para nada, pero me dijeron que este japonés ahora sí que gana. Así que no puede fallar. Lo di todo.
–Vaya, hombre, esto me pasa por no saber nada –dice y se acongoja. Luego agrega: –Yo sólo sé de boxeo y equitación.
–¿Pues qué pasó? ¿A quién apostaste?
–A un tal Dylan.
–Es una pena.
–Sí. 


sábado, 8 de octubre de 2016

Retrato de una joven doctora

por Mario Note Valencia


“Les dije que estaba enfermo”
-epitafio en un cementerio
de San Francisco

Podríamos decir, como en Full metal jacket, que los enfermos sólo saben una cosa: es mejor estar sanos. Preferible es rebozar de salud ya que el dinero y el amor son dos cosas que se dan, incluso, bajo las más inhóspitas condiciones del cuerpo; esto, por más que alguien se pase de listo y diga con gracia que lo más importante es el dinerico, el money, la pasta, porque la salud, como todo lo demás, siempre viene y va. Salud, dinero y amor, ¿qué vale más?

En estos últimos días de enfermedad estoy echando de menos a mi doctora de pies y cabecera. Una joven mujer de cuerpo ligeramente rollizo, pómulos rosas, ojos pardos y mirada gentil, nimbada su piel tersa y lechosa, como de besucona, por el resplandor de su bata blanca y plateado estetoscopio al cuello. Usted juzgará mi estado: alucino su presencia como un ángel que me tiende su mano, desde la otra orilla del Leteo, cada vez que siento próxima la congestionada presencia de la muerte.

Todos alguna vez hemos pecado de salud. Elegimos el riesgo de la vida (bendito sea el carpe) por una porción más grande de tarta, crema batida y cerezas. No es por demás que la salud obligue al perro a confundir la luna con otra suculenta rueda de queso. Después de hundirse en el agua sale el chucho, mojado y triste, a sufrir su enfermedad postrera, consecuencia de lo que quiso de más, como siempre pasa entre nosotros con el amor y el dinero.

Mi joven doctora me entiende cuando le digo que quizá esta vez me pasé de vivo, por no decir perro. Es condescendiente con mi pena, más por carácter que profesión. Con ese rostro uno piensa que no haría daño a un mosquito y que fija su mirada al suelo para no pisar a los insectos. Asertiva y directa, como mi doctora una en un millar. Tan así que no fue nada fácil dar con ella, pues tuve que probar suerte en otros consultorios privados y hospitales públicos, antes de que la encontrara, abrigada, en el interior aclimatado de una farmacia de genéricos.

Creo que a la doctora le interesa saber si durante mucho tiempo fui fiel consumidor del ambroxol con salbutamol, alérgico al naproxeno o amador de la loratadina. Fui las tres, pero de niño no fui más que bueno para el desenfriolito. Le cuento que a mí también me dieron píldoras de hígado de tiburón, que voceaba una camioneta en las calles de mi infancia, para el hombre viejo y cansado y para el niño que se orina en la cama. Un frasco a veinte y dos por treinta, sólo por esta ocasión, acérquese al carro de sonido y pida su frasco de píldoras de hígado de tiburón.

Confieso que fui un chico tan mal portado con la gloria y la buena vida, y que jamás había conocido a enfermera o doctora tan buena gente como la que ahora se me aparece en los sueños. Es la única mujer que tengo en mente cuando sudo, caliente por la fiebre y tembloroso por el escalofrío, no porque me inspire a desire, es decir un deseo carnal y venusiano, sino porque me cura lo que el Cura no me hace ni con medio litro de agua bendita. Con perdón del Señor, digo, pero ¡ah, quién me manda a seguir viviendo!

La doctora es una virtud hecha carne y vino a dar consulta a este indolente, polvoriento valle donde vivo. Si por mí fuera, la postularía como la próxima Santa Patrona del pueblo. Apuesto a que muchas personas no conocen a alguien que inyecte en la nalga y que haga y logre como que no se sienta nada. Mi joven doctora, en verdad os digo, tiene una técnica bastante buena: te da a elegir si quieres la inyección de pie o recostado en su cómoda camilla; te dice que te descubras un poquito el glúteo de pepino; no te enseña la aguja ni prepara el menjurje enfrente tuyo, para no alarmarte, para no ver cómo suda la nutrida gota de la aguja. Dependiendo de la solución, te informa, con esa voz dulce del empíreo, si arderá un poco, un poquito nada más. Después limpia el área de la piel con un algodón remojado en alcohol, te presiona y, en un segundo, ella hace su trabajo. No sientes la aguja. Te dice ¿verdad que no dolió? Y a mí me dan ganas de llorar, porque aquí ha ocurrido un milagro: la inyección no ha dolido.

Su cuarto de consulta es sencillo pero acogedor; una pieza dividida en dos por una cortina: la primera pertenece a la consulta y la camilla ocupa la segunda. Me parece haber visto un anillo en su dedo del corazón, mano izquierda; las teclas vencidas de su vieja computadora portátil; una foto familiar (de ella y sus padres) en el cristal que protege la faz de su escritorio; una copia de su título universitario en la pared que da a su espalda; un cartelito de bendiciones católicas. Me maravillo en demasía con el póster tamaño real del sistema óseo, al que me acerco a saludar, sólo por cortesía.

Aquella inmaculada estancia del consultorio resalta, para nuestra mala suerte, el terrible estado en el que asistimos para que nos asistan. Está muy mal, doctora, que nos veamos justo cuando yo parezco que me muero, aunque exagere, entre espasmos y temblores, estornudos y pañuelos. Otra pena más es que después de hurgarme los sonidos de ultratumba que bullen en mi pecho, me tenga que revisar la boca y el oído y los ojos. Quién sabe, para la ocasión pude haberme puesto pupilentes, humectar mi piel de iguana y hacer discretas las ojeras con un poco de corrector facial, que entrar a duros pasos al consultorio, con la cara de la momia, aferrándome a la pared, a la puerta, a cualquier cosa que me supere en mejor vida. Pero, doctora, yo no quiero pasar a mejor vida, ay dolor, ay amor, ¡agárreme fuerte porque me muero!

Tranquilo. Tome asiento y respire. Lo siento, ya ve usted mi drao, soy un actor de método. Quiero decirle que no he ido a verla porque ya casi salgo de ésta: enfermedad de temporada. Estoy tomando de las mismas pastillas que me recetó la última vez, para el resfriado y la temperatura. Lo peor que me puede suceder es que usted se vaya y no la vea. De nuevo, mi drao, soy su paciente-actor de método.

En mis achaques cotidianos, estoy a punto de tomar un taxi e ir tras ella, aunque sea para asegurarme de que lo que tomo es lo indicado y que sigue aquí, en este pueblo, dando consulta. Mientras tanto
en mis delirios,
con la cara de la momia,
creo ver una luna
en el interior aclimatado
de una farmacia de genéricos.
Bendito carpe diem,
ergo fucking sum.

lunes, 3 de octubre de 2016

Dos de octubre

por José Calderón Mena


En sus cada vez más escasos momentos de lucidez, el arquitecto López de Garay recordaba con horror aquella noche en el que perdió por completo su contacto con la realidad.

Con la mirada perdida, fija en el techo del hospital psiquiátrico donde estaba internado, veía con claridad las imágenes de las grandes manifestaciones de júbilo popular que apoyaba las justas peticiones estudiantiles; la toma de las calles como nunca antes, pidiendo al gobierno, sordo y represor, justicia y democracia; la salvaje respuesta del sistema al invadir y ocupar los principales centros educativos de la ciudad, tratando a toda costa de mostrar al mundo una imagen falsa de la realidad nacional.

Los principales puntos del pliego petitorio consistían en exigir la libertad de los presos políticos, la derogación de ciertos artículos constitucionales que señalaban los delitos de "disolución social", el desalojo de los espacios universitarios, entre otros, pero sobre todo el diálogo público.

Todas las manifestaciones fueron reprimidas y, en el mejor de los casos, ignoradas; la más impresionante fue la multitudinaria marcha del silencio: miles de ciudadanos caminando en silencio absoluto, con la vista baja o auto-amordazados.

La tarde del 2 de octubre fue convocado un mitin, uno más, pensaron todos, sin embargo había un aire de sospecha e incertidumbre en el ambiente; algo como un rumor incierto.

El evento se llevaría a cabo en la Plaza de las Tres Culturas del conjunto habitacional Tlatelolco a las seis de la tarde.

El arquitecto López de Garay habitaba un departamento en el 3er. piso del Edificio Chihuahua con su esposa y sus dos hijos, ambos estudiantes universitarios, la señora aficionada a la pintura y él mismo docente en la Universidad Iberoamericana, todos comprometidos con la causa estudiantil.

La última imagen que recuerda con claridad es la que percibió desde el balcón de su edificio: una silueta en el campanario de la iglesia con un fusil apuntando hacia la multitud, luego el estruendo de un helicóptero y la luz verde de una bengala que contrastaba con la del atardecer.

De ahí en adelante todo fue confusión: disparos, gritos y carreras en desbandada, el horror y la sangre bajando por las escaleras, escurriendo por los balcones como la lluvia, roja.

Sangre, sangre en su cara, en la puerta de su casa, sangre bajo los cuerpos de sus hijos, sobre su esposa mancillada, en los muebles, en la alfombra, en su garganta, en sus ojos, todo rojo y viscoso.

¿Cómo salir de esa realidad insoportable?

Corrió hacia su closet y sacó un hacha que guardaba para alguna emergencia de incendio y empezó a destruirlo todo: muebles, espejos, cuadros, todo lo que representaba este dolor que no podía enfrentar.

Cayó la lluvia con la noche y empezó a desaparecer la sangre y todas las imágenes en la mente del arquitecto, hasta quedar completamente en blanco.

El parte médico reportó un brote sicótico con daño irreversible.

El jueves 3 de octubre de 1968 amaneció soleado.


miércoles, 28 de septiembre de 2016

El calendario de los espíritus libres (año 128)

Descarga el calendario en buena resolución:
Aquí

* * *

Dos años antes de su muerte, Friedrich Nietzsche cerró su obra inmortal El Anticristo con una “Ley en contra del cristianismo”. Dicha ley consta de siete artículos breves, densos y radicales, cuya función estriba en condensar su filosofía acerca de la voluntad de poder y, por otro lado, liberar a Occidente de la enfermedad cristiana (de una forma violenta y sin escrúpulos).

Es natural que el lector no habituado a la filosofía de Nietzsche, encuentre esta ley “aterradora”, desmedida o incluso producto del mismo diablo. Sin embargo, le digo a ese tipo de lector que no se espante ni se santigüe, sino que conozca al filósofo a partir de otras obras, anegadas en un estilo fuerte y aforístico, con una gran sabiduría sobre la naturaleza humana y un esclarecimiento sobre la psicología, la historia, la ética y los problemas morales.

El calendario que proponemos (el cual nos dice que este 30 de septiembre será el nuevo año 128) data del día en el que Friedrich Nietzsche concibió la ley en contra del cristianismo. Él mismo escribió: “promulgada el día de la salvación, día 1 del año 1”. Pues bien, ahora han pasado 127 años desde entonces. ¿Somos, tú y yo, los espíritus libres del futuro? Y si no, puesto que fuimos educados en cunas occidentales, con todos sus vicios y creencias, ¿nos tocará educar al nuevo superhombre?

El calendario ha sido ajustado correctamente. Unos pueden vivir en el 2016 según la cronología cristiana y otros en el 128 de acuerdo a los espíritus libres. Como propuesta agregada, y en armonía con la filosofía de Nietzsche, consideramos el día 29 de septiembre como el Día de la Nada (simbolizando la destrucción de todas las flaquezas que tuvo nuestro espíritu durante el último año) para así pasar al nuevo amanecer del día 30, con las energías auténticas por la vida y la experiencia. 

Honestamente:
La Cultura Efímera

martes, 27 de septiembre de 2016

De estudiante a profesor, ¿para toda la vida?

por Juan Ernesto Corona Maldonado


En este preciso instante, luego de haber cursado cuatro semestres de mi licenciatura y de practicar impartiendo clases a alumnos de secundaria, me encuentro en la necesidad de reflexionar acerca de mi futuro profesional, es decir: ¿realmente quiero dedicarme a la docencia para toda la vida? Responder a la pregunta no es nada fácil, por lo que tendré que analizar varias situaciones a las que me he enfrentado.

La vida de un practicante suele ser difícil, incluso más como la cuentan en las calles de la ciudad. Ellos tiene a un maestro que les ayuda, ¿acaso no pueden solos?, es tan sólo uno de los tantos comentarios que podrán escuchar de los practicantes, pero la realidad es que no se puede ejercer la autoridad tal y como la hace el maestro titular, porque los alumnos, incluso nosotros mismos, los practicantes, tenemos la idea de que sólo hay un maestro para los estudiantes (o en el caso de la secundaria, uno por cada materia). Entonces, en la mente de los alumnos surge la pregunta ¿por qué ahora nos presentan a un muchacho que dice ser “practicante” pero que aún no es un maestro? Es ahí la causa de que el diario de prácticas se convierta en nuestro confidente y, en palabras de Homero, el inicio de nuestra odisea.

Durante el periodo de prácticas son numerosas las adversidades a las que nos debemos enfrentar, como cumplir con los deberes de la facultad y los que demanda la escuela secundaria (como si no fuera suficiente la vida de un estudiante universitario), asimismo los días en que los alumnos simplemente no les apetece trabajar en la clase del practicante o las largas horas de planeación, hasta con material didáctico, para que en menos de 50 minutos te la tumbeny, si eso no es suficiente, te generan un ardor en la garganta ocasionado por los gritos de autoridad (que más bien parecen de clemencia por uno mismo). Al final del día sólo quieres llegar a tu habitación y dormir, pero recuerdas que aún tienes tarea que hacer, así que con gran fuerza de voluntad ni siquiera volteas a ver la cama para no caer en la tentación.

Hoy en día, la situación a la que se enfrentan los maestros es inverosímil, ya que la cantidad de prestaciones se han reducido en número y el tiempo laboral ha aumentado; agreguemos ciertas evaluaciones injustas y no menos importante el desprestigio frente a la sociedad.

A pesar de todo, me es grato decir que estoy feliz con la profesión que he elegido; no me arrepiento desde el momento en que egresé del bachillerato y decidí estudiar esta licenciatura.

Las experiencias que me han brindado las prácticas han sido bastas, tanto la organización como la paciencia. Del mismo modo, la empatía hacia el hecho de que todos aprendemos de maneras y ritmos diferentes, que las necesidades son distintas en todos los alumnos, y que todos y cada uno de ellos requiere nuestra atención y comprensión.

Es por ello que al terminar el día, dejando de lado el cansancio, me queda la satisfacción de que hoy todos los estudiantes estuvieron atentos y participativos; me dicen con euforia que ya entendieron el tema o mencionan que quisieran que yo les siguiera impartiendo clases. Todas estos motivos son las recargas de energía para seguir preparándome y esforzándome, para dar lo mejor de mí y, de esa manera, ellos estén preparados para el futuro.

Por último, sé que el camino es difícil, pero con entusiasmo y motivación seguiré enseñando matemáticas.


sábado, 24 de septiembre de 2016

La endemoniada novela de Salinger (o de cómo casi pierdo la cabeza)

por Mario Note Valencia


Desde hace dos semanas mi concentración ha sido apaleada por lo que voy a relatar ahora. Quiero aclarar que me he resistido a contarlo, a dejarlo escrito en alguna parte, pero mi situación espiritual se ha agraviado hasta el punto que no veo otra opción. Sólo espero que después, cuando finalice, repose mi memoria y concilie el sueño. Ya veremos.

Hace dos libros leí El guardián entre el centeno del escritor estadounidense J. D. Salinger, publicado en 1951. Los tres días que ocupé para leerlo, entre lecturas pausadas y otras ocupaciones, en la noche, entre eso de las doce y dos de la mañana, comencé a tener pensamientos con tintes fatídicos y odiosos; sin embargo, para no manchar mi experiencia de lectura, evité atribuir a la obra el origen de estas cavilaciones.

Pese a mi reserva, aconteció el primer incidente. En la novela hay un pasaje en el que hablan del centeno como una epifanía, pero no sé por qué vino a mi mente el suicidio de Vincent van Gogh. Imaginé las horas angustiantes después de que el pintor se disparó en la cabeza, sólo para fallar y arrastrarse, desangrado, hasta la casa de su hermano Theo, en cuyos brazos moriría más tarde. La última pintura que dejó después de terminar con su vida, fue la famosa Campo de trigo con cuervos, compuesta de colores macizos y profundos que luchan a retazos entre el campo, las aves y el cielo. La melancolía invadió aquellas primeras imágenes que me hacía del centeno. (Para quienes hayan leído el libro de Salinger, esta asociación les parecerá desmesurada y patética, pero les digo a ellos que ya, como a los que no, que aguarden para lo que viene).

Eso no fue todo ni lo más agresivo. En la segunda noche de los tres días de lectura, tuve un sueño muy extraño –bueno, creo que todos los sueños son extraños y, si me preguntan, sueño locuras como si no hubiera vigilia–: caminaba muy despacio, sin hacer ruido, adherido a la pared de un estrecho callejón; era de noche o muy de madrugada; hacía frío; la calle a la que daba el callejón y a la cual me dirigía, taimado, se veía sofocada por una espesa neblina e iluminada únicamente por el débil fulgor de la luna; mientras más me aproximaba, más se aceleraba mi corazón; fui un temblor entero, de pies a cabeza, cuando detrás de lo que parecía un coche estacionado, sobre la acera de enfrente, advertí la silueta de un desconocido; él era mi objetivo, la razón de que en mi mano, envuelta en un pañuelo de franela rojo, cargaba un arma de fuego.

Todos pueden imaginarse en una situación parecida, pero aseguro que es muy distinto cuando el alma y el cuerpo se vuelven un amasijo de pulsiones, imposibles de reparar o detenerlas, aunque se trate de una simulación onírica. No hay duda, todo es más violento cuando las energías del espíritu demandan una sola cosa, así en el amor como en la guerra. Iba a asesinar a un hombre en aquel turbio y cenagoso sueño, un sueño que bien hubiera sido, no el mío sino el de Dostoievski.

Antes de que pudiera terminar la faena, desperté entre sábanas de sudor y escalofríos. Una terrible sensación de desconcierto me mantenía entre la realidad y el sueño, con réplicas de la extrañísima, fantástica y demencial ensoñación. Sólo después del desayuno, de vuelta en mi habitación, mi escritorio y mi café, supuse mi sueño como un jirón de éxtasis, arrancado de Crimen y castigo.

Como tenía muy tibia la pasión del homicidio, traté de recurrir al sentimiento de la culpa. Hecho un ovillo, en mi silla, fumé nervioso un cigarrillo; a través del humo, desfilaron mis emociones torcidas. Me acordé de El extranjero de Camus, de su mortal indiferencia; de la venganza de Hamlet; los celos de Juan Pablo Castel en El Túnel, de Sabato; y también de la ambición de Julien Sorel, un vástago de Stendhal. Pero al final, como todos ellos, me rehusé a declararme culpable e inocente; muy en el fondo no podía calmar los ánimos de una justicia oscura y viciosa. Hoy pienso: ¡qué extraña es la naturaleza del alma! ¡Qué poco sabemos de ella!

Terminé de leer la novela de Salinger. En la tercera noche me dormí asimilando el efecto del libro o lo que fuera que estuviera sucediendo. ¿Se trataba acaso de una coincidencia? No lo sabía. A la mañana siguiente, creyendo que las aguas de mi alma se habían sosegado, gracias a la fuerte escollera que construye la razón y el uso reflexivo de la ética, busqué en libros e internet otras opiniones con respecto a la obra y al autor para ponerlas en diálogo con las mías. Y es aquí, amigo, donde las emociones (el sueño del asesinato y el suicidio de van Gogh) volvieron a mi espíritu con mayor intensidad.

Encontré, por ejemplo, que desde su publicación, en 1951, El guardián entre el centeno había estado relacionado con varios asesinatos. Reales y documentados. Esto no significaba que los asesinos se hubieran inspirado en el libro, porque de eso no va la historia ni mucho menos, pero daba la casualidad que se encontraba un ejemplar muy cerca de los hechos o en el departamento de los criminales. Ya sé lo que estás pensando: si lo vemos con literalidad, lo mismo podría decirse de la Biblia. Sin embargo, tengamos en cuenta que se trata de un libro que en un principio escandalizó a Estados Unidos, no por los asesinatos (que ocurrirían después), sino por su contenido provocativo para una época herida, magullada por la Segunda Guerra Mundial.

La más intrigante de estas especulaciones (book = murder) es sin duda la de un tipo llamado Mark David Chapman, el asesino de John Lennon. De acuerdo con la biografía del homicida, leyó El guardián entre el centeno por recomendación de un amigo. La obra lo cautivó hasta el punto de que deseaba ser como el adolescente, protagonista, Holden Caulfield. (El protagonista no es un asesino; he aquí lo raro de todo). Chapman tenía a la mano cuanto podía encontrar en la novela de Salinger, es decir, por el lugar en el que se desenvuelve Holden Caulfield, Nueva York y sus hoteles con bar; Central Park y los patos que no sabemos adónde van cuando es invierno; las amistades y los phonies; y, por último, un insoportable paso hacia la madurez.

Mark David Chapman adoptó el nombre de Holden Caulfield para escribir, con su puño y letra, “Ésta es mi declaración…” en uno de los forros de otro libro que compró, antes de dirigirse a la casa de su víctima, esa mañana del 8 de diciembre de 1980. Ya en la noche, después de dispararle cuatro veces a John Lennon, Chapman permaneció en el lugar, tratando de leer el libro que había comprado esa mañana: The Catcher in the Rye. O para su publicación en español: El guardián entre el centeno por J. D. Salinger. La policía interrumpió su lectura. Lo detuvieron. Hoy día sigue preso bajo cadena perpetua.

Yo creo que Chapman era un tipo tocadísimo, de por sí. Otros aseguran, como sostenía un ex-agente de la CIA (Agencia Central de Inteligencia), que Chapman había participado, a sus 19 años, en uno de los campamentos militares y ultra secretos de EUA, dedicado a la experimentación con seres humanos y supuestamente a operaciones de control mental. Según lo relacionado con el ya desaparecido expediente MK-Ultra (uno de los mayores escándalos publicados por el New York Times en 1974), la novela de Salinger tenía la capacidad de alterar la conciencia de los individuos que antes habían sido manipulados o torturados psicológicamente, o lo que sea que les hayan hecho, en aquellos campamentos del demonio.

A todo esto, si bien es cierto que yo no he sido enviado a ningún campamento ultra secreto y que, antes bien, vivo una locura sana, no descarto que todo se trate de una serie de coincidencias entre el libro, el sueño y el recuerdo de un pintor que atiende su propia muerte.

Después de todo, El guardián entre el centeno es una novela que ahora se encuentra lejos de mis prejuicios y paranoias de temporal. Debo admitir que después de enterarme de todas estas locuras alrededor de la obra, más rica lo encontré y de inmediato quise verificar si yo había escrito algo como “Ésta es mi declaración…” en alguno de los forros. Ahora que lo he contado, me siento mucho más tranquilo, aunque a veces me pregunto: adónde irán los patos en invierno. 

sábado, 17 de septiembre de 2016

Olimpiadas, la gloria y el ocaso

por Mario Note Valencia


La televisión de los 90 y principios de nuestro siglo nos permitió vivir una auténtica emoción por los Juegos Olímpicos. Todo mundo ignoraba el rostro y nombre de los jugadores, pero reconocía, en unos cuantos píxeles de la pantalla, la agitada bandera de su país. Afloraba el orgullo y la esperanza. ¿Será posible? ¿Ganaremos?

Cuatro años son suficientes. No sabemos en cuánto tiempo los Juegos Olímpicos dejarán de ser para siempre asombrosos, no porque el público cambia, sino porque los medios de comunicación han cambiado al público.

Retrocedamos 16 años. Sídney 2000, Australia. Con la euforia de la tecnología y los avances en las telecomunicaciones, se cierne un mercado de souvenirs con motivo de los Juegos, que serán hasta el día de hoy el recuerdo de un asombro perdido. Coca-Cola, por ejemplo, emitió una breve colección vasos de cristal conmemorativos; en mi casa teníamos los demasiado frágiles, vasos de Atlanta (1996) y los de Sídney.

Todos aquellos vasos se han perdido con los temblores, el uso y el fregadero. Sólo se ha conservado uno de Millie, la equidna australiana, instruyéndose en artes marciales sobre un fondo mentolado. También se perdió mi favorito: Millie de ciclista en una pista cobalto. Ahora caigo en la cuenta: su nombre significa “milenaria”, pero el nuevo milenio la ha superado. 

Antes del internet y los teléfonos inteligentes, sabíamos que el periódico publicaría las victorias de México tan pronto como consiguieran una presea (de oro, plata o bronce). El titular diría: "Medalla para México", seguido del nombre y la disciplina en la que había ganado el o la deportista. La televisión centraba sus focos y reportajes en la vida de aquel, hasta entonces, deportista desconocido. La biografía resultaba a veces dura e increíble, o inspiraba asombro y compasión.

Ahí venía una medalla, y a duras penas otra, consuelo para la pérdida de muchas otras. El deportista laureado emergía de su anonimato. Subía al pódium, llevándose la medalla a la boca para darle un beso o morderla como asegurándose de que no se trataba de un sueño, una mentira. El camarógrafo dirigía su lente para inmortalizar, por espacio de un minuto, las banderas de los tres primeros lugares. En uno de aquellos lugares relucía un tríptico de verde, blanco y rojo, con el águila devorando una serpiente.

Aquel ritual de la victoria fue el anzuelo para justificar la plusvalía de Coca-Cola (compra mi producto, consigue puntos y canjéalos por regalos). El truco funcionaba con los Mundiales y las Olimpiadas. Cuatro años después de Sídney, es decir Atenas 2004, el diseño de las mascotas decepcionaron un poco pero también se prestaron para la publicidad. En ese año la televisión luchaba con el alcance que poco a poco tenía el internet en la vida de todos los mexicanos. Tras la progresiva disminución de audiencia, la pantalla chica dio el último intento por glorificar a Ana Gabriela Guevara, como lo había hecho con Soraya Jiménez en el 2000.

Pero crecimos y la vida cotidiana también se ajustó a la nueva ola de innovación y tecnología. Para Beijing 2008 ya no impresionaba el uso de teléfonos inteligentes, tanto como que las noticias no eran exclusivas del periódico y la televisión. En medio de la popularidad del internet, resistimos sólo la mitad de la transmisión de los Juegos Olímpicos de Beijing y una que otra noticia importante para México.

Para el 2010 las Redes Sociales se establecieron como el nuevo paradigma sobre cómo nos comunicaríamos. Los adultos se habituaban a las TIC y los niños prestaban más atención a los teléfonos que a la vida de su vecindario. Sobra decir que para Londres 2012 vimos algunas imágenes retransmitidas de la inauguración y acaso la mítica actuación de Michael Phelps. No creo que entre mis lectores exista alguno que se acuerde del medallero; no los culpo: fue un evento olvidable. 

Las recientes Olimpiadas de Río de Janeiro también fueron olvidables. La atención a los Juegos se debió más bien a los escándalos, las noticias morbosas y los temas polémicos. Nadie vio venir el evento. De un día para otro todo estaba listo. Y así finalizaron. Imagino la desolación que pintará sobre el paisaje de los estadios, edificaciones millonarias, que se construyeron únicamente para los Juegos Olímpicos 2016.

A todo esto, si la modernidad pretende que pongamos atención en las Olimpiadas de Tokio 2020, supongo que tomarán en cuenta la fugacidad y sincretismo de la cultura, así como el veloz intercambio de información digital. En internet somos libres, pero esclavos de un libre albedrío que agobia y satisface o encanta y desespera. Las noticias caducan en cuestión de días o de horas.

El mundo digital nos ha permitido desplazar la atención hacia todas partes; en otras palabras, nos ha vuelto más vagos, solitarios y metomentodos. Cuenta la leyenda que, después de todo, internet se reduce a dos etiquetas: los gatos y las tetas.

Las nuevas tecnologías arruinaron el asombro de la audiencia y acabó con la epicidad de los Juegos Olímpicos. Inspiración de la Grecia Clásica, la gloria comenzó en Atenas en el año de 1896 (primeras Olimpiadas modernas) y finalizó con su ocaso (fatídico retorno al origen) en los últimos Juegos de Atenas 2004.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Invernadero de la Vanguardia Diletante

por Rafael Frank

a prune is not a vegetable
cabbage is a vegetable
F. Zappa

Al tercer día en la Ciudad del Arte, los esbirros de Seguridad Pública me mostraron un performance para iniciarme en una vida nueva como agente –bacteriano– cultural. El derrape de sus llantas y escandalosas sirenas habrían causado envidia hasta al mismísimo Pierre Schaeffer. Tan increíble fue su instalación escénica que fui a esconderme al último rincón de las habitaciones. Los mitos eran reales: todos en Colima son artistas de corazón noble.

Mi auténtica bienvenida la obtuve, sin embargo, mientras recorría los parques. Me acerqué a un racimo de gente, entre cocos, un proyector y adoquines instalados, un adulto joven  que vi llegar desde metros atrás, de pronto comenzó a gritar hincado en el suelo, mientras la artritis se apoderaba de sus dedos. Ah, monsieur, l’art coconut. En aquellas fechas no encontré sentido al acto y no quise juzgarlo. Un amigo exiliado y yo nos divertimos imaginando que podríamos imitar el performance de esta manera: un comensal del restaurante se levanta de su mesa y grita “¡calzones!” mientras se arrodilla como implorando a algún dios inmortal. Jung, me tienes hastiado de sincronicidad; durante una especie de concurso arbitrariamente poético fue premiada una mujer que se agitaba bailando reggae sin perder el tiempo en desnudarse y vociferar sinónimos arcaicos.

En alguna ocasión me ofrecieron dinero por publicar poemas en un suplemento de fama universal (porque la burbuja que rodea el arte en Colima es más grande que el Big Bang). El estafador que se hacía pasar por agente literario pretendía venderme para su beneficio, por medio de su recomendación y hacerme creer, de esa forma, que sin su permiso no se entraba al mundillo de las letras en el Estado. No acepté el negocio, no publiqué, porque todavía podía pagarme doce tacos tuxpeños. La noticia de mi actitud renuente corrió como salitre y la vaina de mineral blanco me cayó encima en su intento desesperado de ocultarme. Eventualmente dejaron de llegarme al hospital las invitaciones para ingresar proyectos a becas y subsidios, festivales, entre otros acontecimientos de la vanguardia independiente artística.

Hey, moro, ¿dijiste vanguardia independiente? Lo dije. Dicen que los artistas colimotes llevan grabada, en los barriles de su espina dorsal, la palabra independiente. Así es como van por la vida, es cierto, obras varias que auspició el Estado llevan, como la irónica firma de Satanás, el mote de vanguardia independiente. Se les oía proclamar esa independencia hasta en conferencias públicas y presentaciones de libros, donde el técnico de sonido curiosamente llevaba una camisa polo con el bordado de Secretaría de Cultura. Además, no se diga, aquellos cuya alcurnia podía pagar un viaje a Francia volvían diciendo que el señor Eiffel rompería paradigmas arquitectónicos, o afirmaban que Isadora Duncan montaría coreografía con Gaudí como primer violín de la orquesta. Say no more, say no more, la vanguardia es así.

Como toda civilización enferma de modernidad, la sociedad ejerce cambios. Fue de tal manera que llegaron, o gracias al calor salieron de sus escondites, los diletantes. En dos o tres pasos la burbuja del arte se empañó y no miró más hacia el exterior. Los efectos fueron variados, como que algunos talleres literarios no pasaron de ser una comedia stand up donde los asistentes reían por la nariz. Los tornillos que no supe acomodar cuando reparé el tanque del retrete los amarré con tocino y me permitieron montar una exposición fotográfica sobre el obsoleto Y2K. Imagino el problema que esto representa para el censo: 11 de cada 10 habitantes son poetas, 21 de cada 20 son artistas. Un amigo mío, muy aficionado a la filosofía, imaginaba que al caer un coco, del interior no brotaba agua sino artistas.

Entre aquella agitación, supe de algunos entes satelitales que ejercían el oficio de artista, daban golpes duros y no dependían del Estado, aunque ocasionalmente fueran invitados al evento oficial en turno; por ejemplo, don Corleone acariciando el lomo de los cachorros de la vanguardia independiente. Alguna vez, ya empañada, la burbuja abrió una compuerta, así pude ver un concierto de música experimental de un pianista extranjero que hizo el 4′33″ de Cage; por supuesto, los espectadores no comprendieron ni el diez por ciento del recital. Vaya, incluso los vanguardistas diletantes y atrevidos se espantaron. Aquel tipo de obras y artistas fueron desplazados y no los vi más por aquella ciudad. Del mismo modo, los subsidios estatales para el arte se volvieron ridículos, al grado que entregaron algunos por mera invitación, lejos, muy lejos del concurso que la institución oficial pregona. A todos les borraron la memoria, según parece, pero en una mesa de clericot un escultor confesó sin pena (o bajo la pena de Baco) cómo fue invitado por los gendarmes culturales para cubrir con modelos de arcilla las paredes de las oficinas institucionales recién remodeladas, así cubrían el gasto de la beca y conseguían que no cayera en manos de algún migrante bisnieto de Zappa.

El subsidio o beca (como usted guste) cambió, hace un par de años, su nombre de feca por pecda, trato de adivinar las siglas y quiero poner una queja por falsa publicidad. Los diletantes que eran retoños han crecido y ahora son aprobados y podados por la máquina cultural del Estado. Veo también participantes repetidos en subsidios anteriores, consecutivos, otros que brincan de categoría en categoría. Según mi experiencia, en tal entorno he buscado un sentido a las siglas y mi propuesta final fue llamarle Performance E del Calzón Diletante Artesanal; tengo un amigo más creativo y me sugirió estos nombres: Para Estos Curtidos Diletantes de Ahora, Para Empezar Colima Daba Artistas, Por Esto Colima Da Anchoas. Quedo abierto a sugerencias, y si el lector tiene nombres más adecuados para el pecda, no dude en escribirme al buzón de La Cultura Efímera.