Conversamos,
en su momento, sobre las posibilidades de contemplar una ciudad en su fuente
directa, la ciudad por la ciudad; de las posibilidades de contemplarse en su
interior; de cómo dejar un fantasma suelto corriendo entre sus vías al momento
de abandonarla. Por años impares sembré en la ciudad que hoy habito, las
semillas del espectro que dejaría transitar las esquinas y glorietas.
Aguardar es
necesario si hablamos de semillas, y como tal fue preciso esperar que la ciudad
y yo estuviésemos listos. Para habitarla. Sembré nuevamente pues creí perdida
mi labor anterior. Sentí propio el polvo y la bruma. La ciudad reclamó por mi
fantasma, exigió que me lo llevara conmigo si pretendía permanecer allí, si
esperaba que se acurrucara entre las líneas de mi mano. Un ritual abrió sus
puertas para fundir el hierro de la urbe con mis huesos, abandonar la carne y
revestirme.
Recuerdo,
cuando fuimos pasajeros en tránsito, abordamos el tren de sur a norte, al
cerrar los vagones la lluvia liberó sus cadenas y comenzó a seguirnos durante
medio trayecto; la velocidad se igualó, caballo de agua. De esa forma fue el
recibimiento, después la cascada pluvial cobijó entera la ciudad y en las gotas
de agua caímos también. Fuimos la piedra que rompe la superficie cristalina del
lago, la lluvia en la piel rompió como lo hace sobre arena.
No todas las
vías son visibles, se refugian igual que la sangre en túneles arteriales.
Circulé la ciudad montado sobre los metales del tren una vez más, allí dentro
busqué a mi fantasma, semilla depositada en el almácigo esperando
transplantarse, lo vi asomarse a las estaciones subterráneas, él afuera. La
mudanza a una nueva zona cambió mis recorridos, no pasé día a día por el tren.
Di por perdido el fantasma. Deposité mi cuerpo entre el café y el vino. Llegó.
A través de mis ojos la fiebre
conformó un laberinto en cuyo centro habitó el minotauro de la ceguera. Pasé
los meses trepando siluetas y colores, resignándome a la claridad de las
distancias cortas. Las luces del orbe vibraron en mis cuencas acuosas. Tuve
ante mis córneas nubladas un mensaje transparente: imita con la vista los
sonidos en el aire.
Me di a la fuga, sin gafas, entre
calles que pude ver antes, calles que había escuchado, busqué para cada hercio
un color. Jugué con mis ojos y el sonido artificial del mundo, todos los días.
Después de crear con el ruido mi propia ciudad dibujada, me vi obligado a
renovar la función de mis extensiones visuales.
Me hice de cristales nuevos,
tristemente vi cómo el haz de luz adelgazaba y fragmentaba. Pero también, con
mi cuerpo magnético toqué los nuevos objetos. El sonido se me fue de los ojos.
Comencé una misión, busqué un tesoro
en una isla.
Alojada en un cubo con columnas
clásicas, ahí dentro reposaba Remedios Varo. En el terreno, el sol fundía una
masa informe: la galería con motivos barrocos separada a una acera de un templo
gótico imprudente; coronando, una batalla contra las suites de los edificios
bancarios. El suelo desprendió su aroma a fósil carbonizado, como una trampa para hacerme retroceder.
Remedios, en el interior, quería
encontrarme, acariciarme el iris con su terciopelo, filigranas de oro y
esmeralda fundidas en un mineral novedoso. Envió a los búhos para arrancarme
los ojos, quedaron mis cuencas como pirámides abandonadas.
Crecieron alas en mi cuerpo y durante
el vuelo la luz abraz(s)ó el túnel vacío de mis pupilas. Remedios alzaba la voz
con sus hechizos; me convirtió en pez, en nube, en polvo. Los espectros nos
guardan en un frasco, allí bailamos.
Lo sucedido en París hace unos días (13/11/2015)
no es casualidad, Francia ya había bombardeado objetivos en Siria el pasado 27
de septiembre. Más todavía: se trata de un efecto colateral de las políticas ofensivas
de los países poderosos cuyo choque de intereses se remontan hasta hace más de
cien años. Recordemos que después de Inglaterra, Francia ocupaba la parte más
rica e importante del continente africano en ese periodo llamado Imperialismo y
que desembocó, precisamente, en la Primera Guerra Mundial (1914-1918). Equipos
armados: Inglaterra, Francia y la Rusia zarista; por otro lado, con Alemania a
la cabeza, el Imperio Austro-Húngaro e Italia. Conflicto: dominar la península
de los Balcanes, el oro negro, el recurso del mercado: petróleo.
Acaso poco han cambiado
los bandos desde entonces, sobre todo desde que hubo un frente que sacudió al
mundo como una chispa de esperanza frente al dominio capitalista: el proyecto
del Socialismo Ruso, cuya flama incendió para siempre más de 300 años de
dinastía y que, desde 1917 repercutió en todos los demás conflictos rojos no
aislados, de manera inminente (Cuba, China, Vietnan, Corea). Reflexionemos: qué
hubiera sido si el socialismo no hubiera existido, ¿viviríamos
industrializados, sí, pero libres con las múltiples colonias que extendieron
las potencias imperialistas?
¿Ha jugado alguna vez el
Monopoly? ¿Sabe qué es un monopolio? ¿Sabe que para ganar en este kind of wargame es necesario desbancar a
los jugadores próximos a usted? No es azar: es dominio, propiedad privada, riquezas,
clases sociales, cobrar hasta por el aire de albañal que respiras. Ése es el
capitalismo: estudia y compite sólo el que tiene dinero.
Estados
Unidos no se queda atrás. Desde que entró de manera estratégica, pero con
ejército mediocre, en la Gran Guerra (la Primera), supo que su posición
geográfica lo blandía de ataques en su territorio. Sus aliados: Francia e Inglaterra.
El motor de la reconstrucción, después de la Alemania vencida en 1918, Tratado
de Versalles (1919), fue Estados Unidos y con esto, por supuesto, el país del
Tío Sam puso condiciones: culturales, políticas y económicas, sobre todo. Lo
que, veamos bien, se le fue de la mano cuando este país capitalista se sumió en
la Gran Depresión económica de 1929. Hasta ese momento, después de las terribles
imposiciones que los países ganadores (excepto Rusia que se apartó del
conflicto en 1917) sobre el pueblo Alemán, daría pie al ascenso de uno de los
líderes más controvertidos de la Historia, un personaje que llevó al límite su
ideología: Adolf Hitler.
Hitler,
como se sabe, se apoderó del momento, por los años del 33 y 34, en que Estados
Unidos dijo: “Hasta aquí llegué, necesito tiempo, no más préstamos, no puedo
ayudar a los países europeos” (esto dijo Roosevelt, quien implementó el New Deal, programa económico lento más
para evitar una revolución popular
que dar freno al capitalismo). Con ello, el Nazismo alemán (Nacional Socialismo
–que de hecho, no tiene nada de socialista: Hitler aborrecía igual a los
judíos, negros, discapacitados, lo mismo que a los comunistas) encontraría compañerismo
acerado con el fascismo de Mussolinni en Italia y el gobierno de Japón, quien,
de hecho, no aceptaba tampoco las condiciones de Estados Unidos.
Corre
el año de 1939. Hitler rompe pactos con la URSS (antigua Rusia socialista de
Stalin) y estalla la Segunda Guerra Mundial. Hechos memorables: Alemania domina
y tiñe a Europa y el Norte de África; Japón el Pacífico, y éste último
demuestra al mundo que, por primera vez, Estados Unidos no es impenetrable
(Pearl Harbor, 1941); Japón (quiero decir, el pueblo japonés) pagará caro esto en
un bastardo 06 y 09 de agosto de 1945, Hiroshima
y Nagasaki.
Antes
de poner el estrado de los vencedores comentaré que sin Stalin (temido y
repudiado en el frente capitalista como Fidel Castro y Salvador Allende)
hubiera costado más a los Aliados (Inglaterra y EUA) contraatacar en la parte
norte de Alemania. Así de claras las cosas: es una bandera socialista la que se
posa en la famosa foto de la toma de Berlín, Alemania, abril del 45. Vencedores:
Inglaterra, E. U. A. y la URSS. Pero he aquí una estrategia que desvela, desde
mi punto de vista, lo que sucedería en una posible Tercera Guerra Mundial.
Pongamos
las piezas sobre la mesa. Inmediatamente después de ganada la Segunda Guerra,
Estados Unidos y la URSS se enemistan casi por naturaleza, es decir, por
consecución de la estrategia: vencer al chico malo y poderoso (Hitler) para
después jugar entre ellos más tranquilos y prósperos. Dividen Berlín (el Muro),
se amenazan durante mucho tiempo con un ataque masivo de bombas nucleares. La
vida no tiene sentido; la lucha de ideas políticas y económicas entre el
capitalismo (EUA) y el socialismo (URSS) involucran al pueblo desarmado; uno y
otro país estaban dispuestos a la autoaniquilación; Bertrand Russell proclama
un manifiesto donde desvela la amenaza a la humanidad si uno y otro país en
pugna desatan el ataque nuclear. A este periodo se le llamó para los que
estudian Historia: Guerra Fría (anote aquí, estimado alumno, que el término se
acuñó para dar sentido a la guerra que no se dio, es decir, se enfrió pero que bien tuvo sus abominables
chispas en Vietnam y Corea).
Estados
Unidos inició las guerras en Vietnam y Corea para evitar sin éxito el socialismo
en expansión. Y esto está claro: si un país adopta el comunismo iniciado en
Rusia (temible Carl Marx, con cuyo nombre tiemblan los burgueses y los
estúpidos) no es posible comerciar con él, es decir, no hay manera de imponer
condiciones culturales, políticas y económicas a los países “subdesarrollados”
(con esta insignia inició el Imperialismo: la “obligación” de llevar a los
pueblos “pobres y desprotegidos” la industria, a cambio de comercio, gangas,
pobreza, radios y cuarteles). De hecho, la Guerra Fría fue también pura
propaganda: tanto un bando como otro mediatizaban a su pueblo para poner mal parados a los otros. Esta técnica,
esta estrategia aparentemente
inofensiva, que por cierto pervive hoy todavía y avasalla a todo México (sí,
señor, México mama de Estados Unidos y después va a ser esto lo que pagaremos
caro todo el pueblo mexicano), la había iniciado ya Estados Unidos durante la
Segunda Guerra: vemos al Pato Donald en un mediometraje en donde exhorta a los
conciudadanos a odiar a Hitler y pagar impuestos para la creación de armas;
vemos a Bugs Bunny humillando a los japoneses; y así, trasladándonos
sincrónicamente, tiene sentido que El Capitán América (vestido de la bandera
rojo-azul, estrellitas) haya tenido génesis durante la Segunda Guerra, incluso
Superman, o después Indiana Jones (que se declara odiador número uno de los
alemanes).
Lo
que pagará México es su inclusión en los Tratados dirigidos por Estados Unidos.
La misma Organización de las Naciones Unidas (ONU, sede en New York, antes Liga de las Naciones y creada por los
vencedores de las Guerras, esto es: de acuerdo a intereses capitalistas) cuyo
fin es promulgar la paz, siempre se ha encontrado en incongruencias: permiten
declarar la guerra cuando es inevitable, permiten que se usen los tiros de gracia para matar al enemigo,
pero (bendito Dios) prohíben el uso de armas tóxicas o creación de bombas
nucleares. ¿En dónde reside más la futilidad de la ONU? Que te permite matar,
invadir, encubrirte, dar una cara falsa de tu país (como hace poco lo hizo Peña
Nieto en un discurso y denunció un posible “populismo” en el país) a todo el
mundo, pero te prohíbe el juego sucio como el terrorismo, la creación y ataque
de armas biológicas. Sí que esta ONU lamenta los ataques del mundo Islámico
radical que realiza sobre los países occidentales (caso de Francia), pero
justifica los ataques infiltrados de Estados Unidos (y sus aliados, como
Francia) en Estados al sur y este del Mediterráneo.
Pasó
lo mismo con el ataque a Charlie Hebbo (¿2013-2014? Qué rápido pasa el tiempo).
Todo el mundo solidarizado con “Je suis the
fucking Charlie”, pero al otro lado de la noticia, Estados Unidos y Francia
pactaban un acuerdo para invadir los Estados islámicos, indiscriminadamente. Nadie
pareció notarlo. El gobierno mexicano no puede hacer más que esperar: sus
padres están resolviéndolo todo, pero en caso de guerra mundial, México le
tendrá que rendir cuentas a su madre del Norte. Esto, por supuesto, ya es un
hecho: Corea del Norte, radical socialista, amenazó en una ocasión a México si éste
se involucraba con Estados Unidos en un futuro conflicto. Estoy seguro que
Estados Unidos buscaría la manera de meter a México en la Guerra, con el uso de
artimañas, para desplegar ataques en el Pacífico. Estrategia: “Hundo el barco
de uno de mis hijos (México) y le digo que fueron los putos socialistas” (EUA dixit).
A
nadie le conviene una Tercera Guerra Mundial. ¿Piensan en el pueblo? No. En
cambio, piensan en economía, lo que consume el pueblo capitalista. En un país imperialista
tú representas un signo de dólar, conejillo de indias. Por otro lado, Corea del
Norte está dispuesto a todo, ir contra Estados Unidos, y a los norcoreanos se
le uniría China, como ya lo ha declarado en ocasiones pasadas. China rompería
lazos económicos con Estados Unidos y éste otro buscaría aliados prontamente
para afrontar el hartazgo que pagará el pueblo, nosotros. Los ataques nucleares
no respetan fronteras. Estrategia: debilitar al pueblo. Si yo fuera Corea del
Norte, y México mete sus narices en el conflicto, atacaría los puertos de la
costa del Pacífico (eso incluye primero a Baja California, y por supuesto, a
Manzanillo). Manzanillo, Colima, constituye uno de los principales motores
económicos de México.
El
panorama de una Tercera Guerra: la Federación Rusa tiene bases en el noroeste
de Europa (esto ya es real). Francia, Inglaterra y Estados Unidos se han
desplazado en Medio Oriente (la que inicia en África). Un escenario posible:
Rusia aprovecharía el conflicto entre Corea del Norte y China versus Estados Unidos y sus secuaces,
para desplazarse hacia el centro. Si Estados Unidos pierde (incluye
hecatombes), luego China y Rusia estarían en problemas. Si, por el contrario,
Estados Unidos gana: lo hará a fuerza de desestabilizaciones políticas e insania
del tejido social. Pero, insisto, a nadie le conviene. Otro punto recalcable:
no hemos mencionado al Estado Islámico, el radical, el que detrás de un
supuesto fanatismo religioso hay una lucha política, un conflicto bélico que se
han buscado a sangre fría Estados Unidos y Francia. Los dirigentes, los
líderes, no sufren, no lloran. Todo lo paga el pueblo preso, su pueblo, sui géneris. Países como Francia declaran la guerra y la invasión a
diestra y siniestra y mandan a los hijos a la ofensiva, abanderados de
ideologías, odio per se,
nacionalismo.
Una
gran estrategia de siempre, como lo ahora perpetrado en París: desmoralizar al
pueblo, tumbarle los ánimos, ponerlos depresivos, a la expectativa como de
quien espera más desesperanza. Esto se traduce en términos lógicos y concretos:
menos actividad en los medios de producción. En guerras mundiales: contaminen
los ríos y las cosechas, y la gente del país enemigo no tendrá otra que hacer
que preocuparse por satisfacer la sed y el hambre. Una persona de inteligencia
promedio podría pensar que todo acaba aprehendiendo al líder enemigo, al
presidente y dirigente de un país: pero no es verdad, no es “rentable”.
Incluso, bien se sabe, que vale más un líder apresado vivo que muerto. (¿Bastan
más razones para no creer en la inmolación de Hitler? Incluso a él no se le
escapó esa verdad). Y vale más, así mueran tras de él cientos de miles hombres
en su nombre, asta y bandera. Hay varias cosas que se nos escapan de la moral
habitual como aquella verdad que dijo Stalin: la muerte de un hombre es
lamentable; la de millones, estadística.
La cultura mediocre y
mediática del Occidente capitalista (la nuestra) obliga al usuario de Twitter,
Facebook, Google, Youtube, a sentir el pésame, conducidos por la escala de
valores según los países imperialistas que nos han dado (bravo por ello) estos
aparatejos digitales y luminosos que otorgan infinitas horas de distracción.
Para Facebook, pues, un ejemplo: Inglaterra, Francia y Estados Unidos cuentan;
a los demás que los chupe el diablo. Lo mismo sucedió con las donaciones
altruistas sobre el huracán que azotó hace unos años el Caribe: incluso
Televisa y TV Azteca, y por todos lados, pidieron víveres a los damnificados…
Un momento, ¿y Cuba? Nadie mencionó a Cuba, como ha sido así, ocultarlos, desde
el embargo en 1962. Embargar un país significa, acorde a EUA, pedirle a los
aliados que no apoyen económicamente al país rebelde, además de dedicarse a
proliferar imágenes cruentas y muchas veces sensacionalistas de esos Estados
que toman partido propio y no se sujetan a las potencias imperialistas (y aquí
los enajenados, diletantes académicos, saben cifras rojas del socialismo, saben
diferenciar a un país absolutista de otro con supuesta libre democracia, y
cobran una buena suma dinero cada quincena si cuentan lo que hizo Hitler, las
maldades de Stalin en números, pero no cuentan que el actual Estado Mexicano,
por ejemplo, se comporta como un país de caudillos, reyes absolutos, y que ha cobrado
más vidas por la libertad de expresión que en sus revoluciones internas).
No por nada me caen en la
punta del glande aquellos que, estudiados, pecan hasta la desfachatez de
ignorancia crítica: aquellos que lloraron con Cinema Paradiso o La vida es
bella, y otras infamias de esa calaña mediatizada. Igual aquellos que se
creyeron lo de Pearl Harbor, la
película, el amor mediante, o no saben por qué Rambo es igual de infame que su saga de películas. No saben que la
Segunda Guerra Mundial terminó como empezó: sin avisar. Hitler invadió Polonia
en el 39; Stalin duerme plácido y en Moscú nadie se entera que el conflicto
bélico ha iniciado. En 1945 EUA pone a prueba su nuevo juguete: la bomba
atómica sobre Hiroshima. No alerta al enemigo, el pueblo lo paga. Pero no hay
películas que nos hablen de cómo EUA se pareció tanto a Hitler en esos fatídicos
momentos. Lo que importa es: “Ganamos la guerra, muchachos” (van a ver que
Francia espera decir lo mismo –en este momento, 15 de noviembre, los franceses
coordinados por EUA acaban de bombardear Siria).
Resumiendo: gracias a la
inteligencia promedio de la mayoría de los salvajes cibernautas, Facebook se
encarga de decirles qué, cómo y cuándo pensar. Llora por esto, dile al mundo
que lo sientes, saca el rosario; pide a gritos la muerte de niños musulmanes; agasájate
de imágenes penosas de los exiliados de Siria; comenta “Qué triste”, dale “Me
gusta”, escribe pronto, no tardes, “Y nosotros los mexicanos de qué nos
quejamos”. Quizá podamos asentir lo que ha dicho Umberto Eco: “Las redes
sociales han dado el derecho de hablar a legiones de idiotas”.
En cualquier momento abogar por la voluntad de
vivir. Irrumpir, entonces en el mundo como la flor policroma que exige al
ambiente las circunstancias adecuadas, que lo condiciona y pide a manos llenas
el devenir de lo novedoso, la experiencia vital literaria, en el tropel móvil
de los días y sus noches.
Somos
el polvo de generaciones pasadas; el siglo XX funcionó, entre otras cosas, para
tropezar más allá de la modernidad incipiente. No hace falta ser un gran mono
de barro, que al fin y al cabo es un conjunto de polvo inamovible. Mejor trazar
el viento, imponer en el mundo la arquitectura de nuestros ámbitos extraños
para que las demás partículas perdidas, desplazadas del núcleo común y
corriente, sepan que van por el camino de la subversión auténtica.
No
tenemos muelle, el movimiento de las olas y las condiciones intempestivas del
océano son para nosotros otra prueba de nuestra fuerza del espíritu. Nosotros
disparamos piedras a lo sagrado, surcamos lo intocable y comprobamos sus
esencias falsas, magras y perecederas.
Somos
exigentes; deseamos porque tenemos la
fuerza, la libertad del espíritu. Somos adeptos a la destrucción, somos como el
Nerón sutil frente al fuego, porque así como desear podemos destruir; nos
hacemos responsables también de la vida propia y sus ruinas. Erigimos chozas y
catedrales para los eremitas, los apolíneos y los dionisiacos.
No
se nos busque si no entre los oquedales oscuros. Aquí, la única certeza está
fundada en el temblor de las ideas, la corrupción de las formas y sus
apariencias. La única forma que
conviene cuidar es el cuerpo, el único que transporta, corpóreamente, ocupando
espacio y tiempo, la voluntad de vivir.
Aquí el calor y el frío, lo
claro y lo oscuro, el amor y el desprecio, pertenecen a un mismo lugar: el
movimiento.
El movimiento acarrea
naturalmente consecuencias que no vemos ni juzgamos a través del cristal que
define lo que es bueno y lo que es malo. La moralidad es una apariencia. En
dado caso, para nuestros actos, será mejor vivir en lo malvado. Nada que no exista tiene derecho ni el poder de juzgar la
voluntad de nuestras pulsiones; la única rectora del acto será la voluntad de
vivir.
Esta voluntad desplaza a todas las formas y seres decadentes del mundo
moderno. Cualquier ser que exprese su esfuerzo hacia la muerte se le ayudará a
morir lo más pronto posible; para las formas del anarquismo, ateísmo,
decadencia en sus diversas presentaciones, recibirán el nombre de fanatismo y,
por eso mismo, serán puestas en el mismo cajón del cristianismo y sus
perjudiciales raíces en Occidente.
Hacerse, antes bien, responsable
de vivir y dirigir la filosofía de Friedrich Nietzsche a su etapa posterior: su
nueva praxis. La práctica consiste en el cultivo intelectual, la asimilación
filosófica y su crítica para la anexión con otros aparatos teóricos, efímeros,
adecuados.
Antes de su muerte, Nietzsche promulgó
que escribía para los hombres del futuro. ¿Somos nosotros? Él no podía saberlo.
Los superhombres no pueden existir si los mismos espíritus superlativos no lo engendran y, desde
entonces, procuran su educación con valores superiores. Resumiendo: nosotros,
como él, no seremos superhombres, pero sí podemos condicionar el ambiente para
que nazca la nueva flor policroma.
No sabemos si a los hiperbóreos,
en la conjugación de hombre y mujer (ambos espíritus libres), nos tocará la
tarea de engendrar a los filósofos del futuro, hacerlos presente. Ellos serán
mejores que nosotros y serán quienes con su destrucción de lo humano, demasiado
humano, superen las formas de la modernidad decadente.
Por ello es necesario continuar
la transmutación de todos los valores, comprendiendo que la moral occidental
tiene una genealogía fundada en la pobreza y debilidad espirituales.
En el siglo XIX, Nietzsche logró
que el cristianismo entrara en crisis; nosotros debemos adecuar los actos para
continuar el proyecto, transgrediendo lo cotidiano a partir de la voluntad de
vivir.
Hiperbóreos: subamos a la copa
de los árboles, soltemos la barquilla en altamar, arrojemos el cielo, ¡que
descanse Atlas!, que Sísifo abandone la piedra, porque el único castigo de los
grandes dioses olímpicos acaso reside y es digno de Prometeo, el que por no
abandonar la soberbia supo contener su voluntad inquebrantable.
Habitamos en los rincones
escíticos, lugar donde a casi todos les está prohibido pasar, o mirar sin antes
quedar ciegos por el reflector de la lucidez más aguda y penetrante. Allí la
tragedia de Esquilo tiene otro poder concatenado: declarar el riesgo de los
espíritus superiores por la manutención del fuego.
Mañana, 30 de septiembre, se
conmemora el nuevo año 127.
¡Celebremos,
seguros de una misma victoria,
la fiesta
de las fiestas!
¡Zaratustra,
el amigo, el huésped de los huéspedes,
acaba de
llegar!
Ahora ya
ríe el mundo, se han rasgados las cortinas oscuras
Este próximo 30 de septiembre de 2015 se cumplen 127
años de la promulgación de la nueva era según Nietzsche, el primer filósofo que
dedicó hasta sus últimos momentos de vida los esfuerzos intelectuales para el
desarme de las ideas decadentes del cristianismo. Descubrió, por ejemplo, que
la moral cristiana había viciado, desde la muerte de Cristo, muchos aspectos de
la idiosincrasia Occidental; esta moral está basada en valores decadentes de la
modernidad, como la pobreza del espíritu, la inclinación a la fe, la humildad
perniciosa, el mundo aparente, las idea del más allá y de que existe algo
(consecución de Platón) después de la corrupción orgánica del cuerpo. No existe
el idealismo, no existe el mundo de las ideas.
Sentenció que: todo aquello que
atenta contra la vida auténtica debería ser extirpado del mundo. Entre muchos
aspectos, esta decadencia invisible en los vicios concretos del acto permeó al
individuo moderno que, como puede atestiguarse, siguió durante todo el siglo
XX: la enajenación de la voluntad de poder y la pérdida de las ganas de vivir,
es decir, el nihilismo y el pesimismo. Expuso y expulsó a los simples ateos y a
los anarquistas de su filosofía, al compararlos con su principal enemigo: el
cristianismo.
Nietzsche agregó a su obra El Anticristo, como colofón, “La Ley
contra el Cristianismo” (algunas ediciones en español no la incluyen). La Ley,
constituida por siete artículos, es por lo demás su lucha personal y su modo
radical de asistir su filosofía para provocar retazos de nueva filosofía, la
filosofía de los hombres del futuro.
Lo que nos importa es recuperar
la fecha que propuso para emprender el proyecto de su Ley: el 30 de septiembre
de 1888 (según el calendario gregoriano y vigente hasta el día de hoy). Por lo
que, en otras palabras, estamos a punto de entrar al año 127 desde el primer
día en el que se vislumbró la venida de los espíritus libres. Los espíritus
libres evocan a Zaratustra por sus cátedras radicales, desprovistas de
fanatismo, inmorales y malvadas.
A pesar de que Nietzsche
escribió su Ley a partir de “Guerra a muerte contra el vicio: el vicio es el
cristianismo”, lo cierto es la lucha general contra la decadencia. Para seguir
el proyecto haremos una fiesta dionisiaca.
Mi propuesta: el Día de la Nada.
Una reunión dionisiaca de espíritus libres, en
honor a los valores superiores griegos, en cualquier parte del mundo este 29 de septiembre de 2015. Quedan
excluidos los espíritus decadentes, los viciosos y unilaterales; también los
fanáticos y los pertenecientes a grupos sociales que sostengan el pesimismo;
así como todos aquellos que al ver un aforismo de Nietzsche se sintieron
sacudidos y abandonaron el proyecto; aquellos que no pueden viajar solos y
aquellos que han malinterpretado su filosofía (incluso si se tratara de
artistas, escritores, doctos y longevos); en fin, aquellos que sufren de
ineptitud intelectual, muy a pesar de sus títulos e influencias.
A este día, 29 de septiembre, lo
llamaremos el Día de la Nada. Día de la Nada porque hasta los últimos segundos
de esa jornada el nihilismo será
suspendido. El nihilismo, bastardo de la filosofía, consejero de todos los
valores decadentes, será destruido en la renovación del ciclo para el nuevo año
127: 30 de septiembre de 2015.
El 30 de septiembre rememoramos
el nacimiento del nuevo día, como el de Zaratustra al resurgir de las montañas.
Deberá buscarse, a toda costa, romper con el eterno retorno: cada año deberá
ser distinto y conseguir en vida que la transmutación de los valores sostenga y
procure los nuevos valores que deberán establecerse como el único ambiente
posible para el nacimiento de los espíritus libres.
Hemos dejado pasar más de cien
años hasta ahora. Es hora de que todos sepan que “Dios ha muerto y nosotros lo
hemos matado”. Por consiguiente: deberíamos estar a la altura de los dioses
para desarrollar una verdadera Voluntad de Poder.
En el próximo Día de la Nada
publicaré en este mismo espacio una Declaración para quienes tienen el
privilegio de festejar el nuevo año 127.
Vemos a Miguel Hidalgo cada vez que nos
llega un billete de mil pesos o cada que se acerca el 16 de septiembre. El
Banco de México eliminó hace años el billete de diez pesos que tenía a Emiliano
Zapata, y no conforme con el desplazamiento de los rostros heroicos entre los
bolsillos de los mexicanos, sustituyó a Ignacio Zaragoza por los simples
monigotes de Diego Rivera y Frida Kahlo en los ahora ya decadentes billetes de
500.
En los de cien pesos convino poner a
Nezahualcóyotl, supongo, porque seguramente es de contexto prehispánico y
porque acaso poco importa si hubo un acto subversivo en su vida que haya llevado
al cauce una revolución de los sistemas. En otras palabras, así el Poeta de
Texcoco como Sor Juana, en el billete de 200 pesos, neutralizan la imagen de la
revolución, el cambio; en los de cincuenta vemos a un José María Morelos consternado,
exiliado y fucsia; y en los de veinte,
sin benemérito, al azulado Benito Juárez, también devaluado en pesos y en sus
conmemoraciones: sus recuerdos son ahogados por los desfiles carnavalescos de
primavera.
El Estado Mexicano (esto es: la estructura
socioeconómica dirigida por el Gobierno Federal y sus compinches) opera
perfectamente porque permea su poder hegemónico a través de su inclusión de ideologías
en las producciones culturales de cualquier medio que persiga sus intereses
(radio, televisión, periódicos, revistas, etc.); su poder consiste en
homogeneizar al pueblo, hacerlo, pues, un mismo público, un mismo rostro. Los
capitalistas acusan a los proyectos comunistas con la débil fundamentación de
que, en sus procesos históricos, homogenizaron al pueblo con un mismo color,
pero lo que no acusan son los múltiples estereotipos en los que un capitalista
común y corriente se mueve y que los
hace parecerse tanto al rebaño de ovejas tiernas e inofensivas.
El Estado represor se entera de que ha
hecho su tarea de homogeneización si los niveles de rating televisivos siguen en aumento y, aún más, si el Tonayán (chocón) se vende todavía como una simple
moda entre los jóvenes pubertos y sus malos gustos por las aguas locas. O no hay dinero, o cuesta tan poco llegar a la
estupidez. Si los adolescentes no se enteran que el Tonayán entumece más rápido
por su baja calidad etílica, mucho menos entenderán que se trata de una estrategia
del Estado (el mismo Gobierno que los hace romperse la espalda trabajando como
esclavos) para neutralizar su rebeldía auténtica. Si no es con el alcohol, habrá
otros medios para entumecer a los inconformes con su vida social: la
televisión, la libre conexión a Internet y las escuelas públicas.
Otro indicador sobre un pueblo homogeneizado
en México se puede detectar cada 15 de septiembre durante el festejo del Grito
de Independencia. Pocos de los gritones que asisten saben que sólo fue el inicio
y que duró hasta 1821, que derramó sangre y que cobró la cabeza del mismo
Miguel Hidalgo antes de ver a México emancipado de la corona española. Pocos
saben que fue la Iglesia Católica, en tiempos de Benito Juárez, que deseó a
sangre y fe volver a traer un imperio, que fue la Iglesia la que trataba al
pueblo como esclavos muy a pesar de la conquista iniciada con los Insurgentes.
Lo mismo sucede casi con todos los movimientos actuales. Estoy seguro que el
90% de los mexicanos, que abren la boca para denunciar, sabe que el Gobierno
está haciendo un daño, pero pocos, tan sólo el 5 o 10 por ciento sabe cómo y
con qué instrumentos.
El Gobierno, es decir, el Estado Mexicano,
espera que el simple mexicano, sin rostro, se ría amargamente con el farsante y
payaso de Brozo o con el dos veces decadente Mario Moreno Cantinflas. Uno y otro actualmente son más nocivos que cualquier
telenovela de televisión abierta. Escucharlos, y decir a alguien más que los vea
y los escuche es como mandarlos al matadero intelectual. Ellos mismos, las
ovejas del rebaño que irán a gritar ¡Viva
México!, dijeron hace tiempo que no votar en las elecciones iba en contra
de la democracia, sin tomar en cuenta que en nuestro contexto
histórico-cultural “la democracia” no consiste en ejercer el voto, sino en
escudriñarlo hasta el fondo y darse cuenta de que en México “la libertad” y el
derecho a elegir están repartidos de acuerdo a instrumentos de poder, cuyas
reglas del juego están determinadas por clases políticas corruptas. Nada de que
“votemos por el menos malo”, eso también es neutralizar el problema esencial:
la necesidad de cambio.
Vladimir Lenin sabía, a inicios del siglo
XX en lo que hoy es Rusia, que la Revolución debía ser radical y no transitoria.
Durante muchos años de represión, la clase obrera había resistido atropellos en
su proyecto del cambio, un cambio no buscado por el sueño utópico, sino por las
necesidades reales y concretas del pueblo; sólo una cosa los hizo derrocar 300
años de dinastía absolutista: la dirección intelectual y la puesta en práctica
de la filosofía marxista.
Esto no lo entenderán, por supuesto, los
borregos rebeldes que balan mientras se llenan la boca de pasto, mientras pintan
sus rostros y greñas de verde, blanco y rojo. Ya lo dice el mismo pueblo: no se
puede chiflar y comer pinole. Habrá que dar una pausa, entonces, detenerse a
pensar rigurosamente antes de poner en acción las ideas.
Más importante: habrá que dar muerte
simbólica a los productos culturales inadecuados, a los personajes “típicos”
que hacen síntesis psicológicas del supuesto mexicano para neutralizar
conflictos verdaderos. Apagar la televisión significaría, en muchos casos, la
apertura a la reflexión, al autocuestionamiento. En la televisión y el cine se
reproducen los signos culturales reconocidos por el común entendimiento de una
sociedad determinada, por eso mi llamado es para dejar de seguir el estereotipo
del mexicano patriótico, ése que no
tiene rostro, ése que se conforma todos los lunes y alude a la bandera como su única
redentora. Ya no necesitamos más Niños que se hagan los Héroes, no necesitamos
que tomen el impulso improvisado y fracasen.
El festejo del Grito de Independencia en
México se ha convertido en ritual, por eso mismo no se cuestiona. ¿Tendrá algún
sentido? ¿Valdrá la pena preguntárselo? Aquí respondo Sí a la segunda pregunta, y sobre la primera la dejo como tarea
abierta. ¿Esperaremos otro año de lo mismo? ¿De lo cotidiano?
Los hijos no tienen cabida en el
calendario, porque incluso el Día Internacional del Hijo, destinado al 1° de
enero, es menguado en importancia por el ya tradicional Recalentado, quiero
decir: Año Nuevo. De la novedad a lo aparente, hablo por los hijos que, por
mayores, no festejan el Día del Niño ni tienen motivos para festejarse el Día
del Padre; tampoco se hable del Día del Amor, del que por cierto no tengo
problemas si soy florero o vendedor de globos decorativos, pero, en realidad, y
poniendo los pies sobre asfalto caliente, si el hijo es sólo un hijo, y no trabaja, no es profesor,
no festeja el día de la secretaria, en dado caso de que sea mujer, o el día del
trabajo, o no recibe honorarios por su cumplimiento laboral, o bien no se le
festeje cada vez que hay reparto de utilidades, entonces el hijo será sólo
"el hijo" circunnavegando en las cavidades de los múltiples festejos
que figuran en el calendario gregoriano.
Todavía con el papa Gregorio XIII se
compuso el calendario oficial incrementando diez días desfasados por aquellos
tiempos del siglo XVI, arreglo que sacó de quicio, o mejor dicho de tiempo, a
sus coetáneos feligreses, pero quienes también, lo mismo que los navegantes de
los mares cuando incrementaron el almanaque de figuras en el cielo para guiarse
con su delirio de estrellas, condujo a que los acontecimientos históricos
ofrecieran una chispa, su ius belli
comercial, para marcar un sinfín de festejos "positivos" que hasta el
día de hoy se congratulan con bien o mal postura hedonista y, al mismo tiempo,
estoicismo del gasto por el gusto (o al revés).
Como sea, cuando no es el día de la
madre, llega el padre, y luego los abuelos, pasando por el día de la internet y
el día del estudiante. El día del hijo, así desnudo de cualquier atributo social,
no se instaura todavía ni las empresas de marketing
encuentran una excusa para guerrear con estereotipos y crear necesidades
inexistentes (por aquello de que la psicología inversa actúa bajo el pretexto
de que lo que no se tiene, más se desea).
No hay lugar para el hijo esencial, como si fuera poco venir
al mundo en donde nadie los ha llamado "con su permiso" (y hablo por
aquellos vagabundos que no tienen festejo más que su viernes social decadente o
su cumpleaños para nada novedoso). Todos los años son lo mismo. Pero eso sí,
quizá los hijos, por lo que son, representan una excusa para salvar el
matrimonio o para terminar esas tres grandes tareas que por mucho en la
colectividad han desplazado a las tres preguntas fundamentales de la filosofía:
plantar un árbol, escribir un libro y engendrar un niño.
Veo con cierta ternura los casos de
embarazos no deseados o, dicho de otra manera, mal planeados y acarreados en
donde nadie los esperaba. Cómo esperar a que el embarazo se perpetre en una
situación incómoda entre jóvenes que dijeron: "Ya que suceda, vemos qué
hacemos, no te preocupes", o más astutos: "Vamos con mis padres a
vivir en mi cuartito". Lo veo con ternura porque la tarea de los tres
fines vitales, sin proponérselo, están casi cumplidas, y es bien visto por la
sociedad "sentar cabeza" (si acaso eso significa enterrar como avestruz
la lucidez intelectiva o cerrar los ojos para achacarse en algo que en realidad
no se deseaba). Ahí cuento a todos mis conocidos que mutilaron sus sueños por
un trabajo "estable" y por la aceptación de la premura paternalista.
Nadie que sea precavido, o simplemente
capaz de atisbar el mundo como se le mira a una máquina industrial que reduce
esfuerzos musculares pero da la posibilidad al patrón de reducir los sueldos,
podría dejar el erotismo por la simple cobertura de la sexualidad instintiva.
Entonces corrijo: los embarazos no deseados deberían ponerse en la categoría de
actos puros y salvajes. Pero no así incrimino a todos, porque las instituciones
de salud deberían dejarse de engañar por los hechos: bien pudo ser que los
múltiples métodos anticonceptivos hayan errado en la ígnea elaboración de su
práctica.
Desconfío de los condones en cuyas cajas
en las que se venden, la empresa dadora de no
dar hijos se vanaglorie porque cada condón ha sido probado
electrónicamente, entonces ¿si ya fueron probados, aunque sea virtualmente, para
qué encomendarse a la tecnología? Entendería, por otro lado, si mi resolución
forma parte de la inherente anfibología de los mensajes. Pero no se engañen,
que no creo para nada en el otro absoluto,
por eterno e improbable, por quitarnos el sueño y dejar a uno y a la otra con
los vientres adoloridos, objeto de filósofos posmodernos, casi bofetada al
intelecto, que reza (porque es puritano) "la abstinencia es el mejor
anticonceptivo", o que en otras palabras diría: "no saques la lengua sobre
lo que no tenga que ver con la boca", porque la otra parte son las
infecciones venéreas, aunque la higiene, ángel que salva de las pestes, diría
que no hay nada que el agua no limpie, que la pasta dental no excluya ni
disemine.
Si no fuera motivo de escrutinio, los
hijos como simples hijos no tendrían por qué rasgarse los sesos al tener que
comprobar que, efectivamente, no hay cabida para ellos en el devenir de los
festejos calendarizados. Tanto trabajo cuesta no ser huérfano a los dos años y también
en el adolecer de la adolescencia, pues ¿quién es el que mora en los
escaparates del mercado buscando un pequeño regalo para el día de la Madre, el día
del Padre y para el día de los enamorados? El hijo, así sin más. Me parece que
el hijo per se necesita un día en el
que recibiendo algún festejo en su nombre cierre el círculo de dar y recibir, a
menos que ya le hayan dado demasiado, como heredarle estudio, pero sin dejar notar
entonces que a los padres, no por llegar su día, se les festejen las fechorías
que hacen el resto del año; entonces, socialismo en praxis: si no hay festejo
para el hijo, no hay festejo para nadie. No incluyamos ya, el hecho de que,
siendo hijo, se tenga que ser hermano, primo, nieto, bastardo. Propongo que, lo
mismo, haya un Día del Reo: alguien debe poner el ejemplo.
El 30 de abril, Grooveshark (GS)
cerró sus puertas al público; si intentabas enlazarte al sitio web únicamente
veías el comunicado donde exponían sus motivos, a los cuales podíamos
anticiparnos: problemas con los derechos de autor. La noticia parecía dar un
paso atrás en las innovaciones de la distribución musical donde GS había
participado en gran medida, y que fue uno de los principales temas que trató su
fundador en una conferencia durante la Feria Internacional de la Música-Guadalajara
2012.
Desde ese año Grooveshark enfrentaba
denuncias que las grandes disqueras habían hecho en su contra. Mientras tanto,
Spotify reforzaba sus contratos con las empresas productoras. Ambos servicios
que se ofrecían eran distintos: en Spotify sólo estaban los álbumes o canciones
aprobadas por los artistas y su contrato; en cambio, Grooveshark representaba
una plataforma más libre, donde los usuarios con cuenta registrada podían subir
a la red todo el material que tuvieran a la mano.
Previo al cierre de GS, en el mercado
musical se preparaba un movimiento fuerte: Apple arrancaría su servicio de difusión
musical (streaming). Detrás de los anuncios donde Apple pretendía cambiar el
mundo del streaming, sus contratos presionaban a las agencias disqueras para
negar sus firmas con Spotify si éste último seguía manteniendo las cuentas de
usuario free (hasta ahora este tipo
de registro no desaparece entre los servicios que ofrece Spotify).
Apple Music abrió justo un mes
después de la clausura de Grooveshark. ¿Cuál es el asunto aquí? Las grandes
compañías siguen tomando el control y limitando a los usuarios. Uno de los
problemas consiste en que toda la producción musical necesita oficializarse
desde estas plataformas, incluyendo las producciones más independientes.
En el debate sobre la defensa de
medios de distribución más libres, muchos han argumentado que este tipo de
streaming colabora al desarrollo de los artistas y les ayuda a continuar con
sus creaciones. Vil Mentira. La aportación monetaria que tanto alegan esos
argumentos apenas llega a los músicos por una cantidad ridícula, menor incluso
a las ganancias que se obtienen de la venta de discos o merchandising. Sin embargo, esto lo tenemos claro: para colaborar directamente
con el artista es preferible tenerlo de frente en un concierto y pagar la
entrada, no tener la vaga ilusión de los intermediaros benevolentes.
Algo como lo anterior sucedió con
Taylor Swift al iniciar Apple Music. La empresa no planeaba pagar a los
artistas durante los tres meses de prueba que otorgarían a los primeros
usuarios; casi por arte de magia Apple se tentó el corazón cuando la chica
rubia publicó una carta a favor de los desprotegidos. ¿Qué significa esto?
Estrategia de mercado. Recordemos que Swift se retiró de Spotify. Así,
nuevamente Apple estaba en el corazón de todos y el dinero de los usuarios en
los bolsillos de la empresa, no de los artistas.
Finalmente, ¿qué sucederá en la
industria del streaming? Soportaremos comerciales en Spotify y pagaremos el
Apple Music. Aun así, existe otra alternativa, su nombre es Audiosplitter, el
hermano menor de Grooveshark; de momento este sitio permite la importación de
los playlists que tenías guardados en
GS, el proceso es lento pero efectivo, también estaremos a salvo de la publicidad
ofensiva. El registro de Audiosplitter es del año en curso, así que deberemos
esperar un poco a que la base de datos se llene tanto como la que antes disfrutamos.
Bienvenido sea este hermano menor de Grooveshark.
La Cultura Efímera no es sólo un
entretenimiento intelectivo, sino una forma de esclarecer conciencias y activar
el pensamiento crítico. A través del humor y de las experiencias cotidianas,
propone el ambiente para la reflexión acerca de cómo intervenimos en el mundo.
Ha sorprendido la noticia sobre el desalojo
inadecuado, por no decir forzoso, que tiene que llevar a cabo la Editorial
Praxis. Extiendo mi apoyo a Carlos López, que durante más de 30 años ha dirigido
su editorial, y cuya independencia se enfrenta al desmesurado mercadeo de la producción
literaria por las grandes cadenas de librerías comerciales e instituciones del
Estado represor.
En mi primera visita a la Editorial
Praxis, calle Vértiz 185, col. Doctores, Distrito Federal, fui bien recibido
durante tres semanas para conocer cada espacio que ocupaba su proceso editorial,
y por otro lado para poner en práctica mis primeros pasos de editor aprendiz. Mientras
iba y venía del hotel, o caminaba por la ciudad, el maestro Carlos y sus
compañeros, cada uno con su talento, me invitaron a asistir a cualquier
horario; tan pronto como me pareció la idea, me indicaron los días y horas en
los que estaría cada uno de ellos para que, si deseaba, interviniera un poco en
el proceso.
Desde el primer momento, el lugar me
pareció acogedor e idílico. Para entrar al corazón, se pasa por un pasillo que
da a un patio oblongo de cemento, común en una vecindad de ensueño urbano. Las instalaciones
ocupan varios departamentos de la vecindad. Después de la puerta, la Editorial
desata a quien entra bajo cualquier expectativa. Libros en estantes, como
grandes pilares bien ordenados en un laberinto de conocimiento, cultura y poesía,
sobre todo; por todas partes pinturas de todos los tamaños. Más al fondo, en el
recibidor, la mesa de trabajo, los paquetes de libros por enviar, los
compañeros que laboran con Carlos López.
En mi recuerdo sigo recorriendo ese
paraje literario. Llego a una especie de sala rectangular, con no menos
pinturas y libros, desde donde se vislumbra, a unos cuantos pasos, una cocina
adosada. Un año después, durante una visita fugaz a la ciudad, por suerte
encontré al maestro Carlos. De inmediato me invitó a pasar y a beber café en esa
pequeña pero agradable cocina. Conversamos. Entonces confirmé algo para mis
adentros, y que explica por qué no tomé ninguna fotografía de los interiores
habitacionales: por algún motivo demasiado fuerte, por la influencia transgresora
que me habitó, no deseaba profanar su ámbito.
Hoy, sin embargo, las imágenes públicas de
las instalaciones muestran otra realidad: después de desalojar a 18 familias de
la vecindad, la constructora ABEC continúa demoliendo muros aun cuando hay
trabajadores de Praxis dentro. Todo apunta a que el traslado de la Editorial es
inevitable, pero las formas "legales" no han sido las adecuadas. De
acuerdo con Carlos López, no está en contra del desalojo sino de la forma inoportuna
como han actuado los agentes implicados; un punto clave es lo que marca la
licencia para la demolición que le presentaron y en la que se miente sobre la
desocupación total de las instalaciones.
La Editorial Praxis es actualmente una de
las pocas resistencias independientes en México. La situación por la que pasa es
un llamado de emergencia para no perder de vista que el Estado mexicano chapotea
en los albañales de la corrupción, en la podredumbre de su sistema.
Mi apoyo al maestro Carlos López y a sus
colaboradores cercanos.
En esta ciudad, cuando es azotada por
las lluvias, es imposible anticiparse al caos que se desatará por las calles,
los inevitables árboles caídos, que si no han muerto, no les queda a las
autoridades otra opción más que destazarlos y llevarlos al basurero; mientras,
a bordo del bus, mi camino se incrementa veinte minutos por la desviación que
causa el tronco derribado, en ese transcurso confirmo dentro de mí lo cruel que
resultaba llevar un árbol a la muerte definitiva, habiendo, pues, posibilidades
de reubicación si el cuerpo vegetal lo permite.
Las consecuencias llegaron a casa: un
joven aguacate dobló su tronco en nuestro patio. El tronco permaneció doblado
durante algunos días en espera del dictamen médico, que después de una semana
se resolvió y fue un llamado al que atendí sordo. Eutanasia. No había más
remedio para el árbol que conducirlo, cual valkiria, hacia una muerte digna. El
acto no se realizó de inmediato, hubo el tiempo suficiente para pensar las
cosas, quizá, para crear una estrategia de alta jardinería y llevarnos el árbol
al sombrío terreno de la muerte. Recordé a los verdugos medievales y me sentí
hermanado, soñé con Francia y Bretaña, «decapítalo, decapítalo» me gritaba la
muchedumbre, así son los héroes.
El día llegó, no hubo más tiempo para
meditaciones ni tiempo para el sadismo de elegir las armas; el asesinato tenía
que consumarse lo más pronto posible. Fui llamado, como los jueces llaman a sus
hombres, como los generales a sus soldados. Hadas Oscuras me ataviaron de gris
y botas, me entregaron la sierra letal. Cuando pisé el lodo que rodeaba al
árbol pude escuchar cómo llegaba la vibración de mis pasos hasta el núcleo
terrestre. Golpeé uno de los tallos más anchos y no se quebró; me detuve un
momento cuando el árbol se agitó para mover sus ramas como director de orquesta
y traer los espirales infinitos de Melnyk y los jardines de Wonder.
Me quedé callado en el llanto. Las
ramas cayeron. Arrancamos la raíz, pretendí ocupar el espacio en la tierra con
mis pies.
El olor fue contundente: cuando
aprendí a sembrar el mismo perfume subía a mi nariz; el brotar de las semillas,
los cotiledones. En el aroma se reunieron todas las partículas del nacimiento y
la muerte.